Hay secretos que, por su propia naturaleza, no pueden mantenerse indefinidamente en un cajón porque su misma existencia alteraría el equilibrio de la realidad. Y luego está el supuesto secreto mejor guardado de todos los tiempos: que los Estados Unidos y otras grandes potencias saben que los ovnis son naves extraterrestres y que, además, poseen pruebas físicas irrefutables de ello. Cuerpos. Tecnología. Incluso naves intactas. La pregunta no es si podrían ocultarlo durante tanto tiempo, casi 80 años, sin una gran filtración. La pregunta es si tendría sentido hacerlo. Vamos a explicarlo.
Para empezar resulta difícil de justificar que, desde 1947 hasta el presente haya sido prácticamente una sola nación, Estados Unidos, la que ha monopolizado el relato, la iniciativa y, en cierto modo, la autoridad sobre el fenómeno OVNI y la supuesta presencia extraterrestre, como si a ningún otro país le interesa o le afectara la cuestión. Si realmente existieran pruebas físicas concluyentes, si estuviéramos hablando de cuerpos, tecnología o naves de origen no humano, estaríamos ante el descubrimiento más trascendental en la historia de nuestra especie. Ser el primero en anunciarlo supondría un hito político, científico e histórico sin precedentes que quedaría marcado para siempre en los anales de la historia. Y, sin embargo, como decía, el resto de grandes potencias, especialmente Gran Bretaña, Francia, China o Rusia, por ejemplo, nunca han querido participar ni disputar ese supuesto liderazgo informativo. Es más se comportan como si pasaran del tema. Como si todo fuera un asunto menor.Por el contrario, en Estados Unidos, debido a su particular idiosincrasia cultural, política y mediática, siempre ha existido un terreno especialmente fértil para alimentar la idea de que ese país posee las respuestas definitivas del fenómeno. Se ha consolidado así una narrativa persistente según la cual las autoridades estadounidenses no solo saben más que el resto del mundo, sino que mantienen ese conocimiento cuidadosamente protegido. Tienen incluso algunas coartadas para explicar este férreo silencio gubernamental.
Pese a todo lo que nos han contado en las últimas décadas sobre el caos y el desastre mundial que originaria la noticia de la existencia de vida extraterrestre, a nivel político, religioso, económico, científico, social, militar, etc. esa narrativa no se sostiene. Existe otra manera de interpretar ese aparente vacío de información sólida y verificable sobre los extraterrestres. De hecho sin analizamos la realidad en la que vivimos nos puede dar algunas respuestas.
Porque cuando uno observa el mundo tal y como es hoy, un planeta fracturado por rivalidades espurias, tensiones crecientes entre potencias nucleares y conflictos que amenazan con escalar hacia consecuencias irreversibles, la idea de que exista una presencia extraterrestre conocida por los gobiernos y mantenida en secreto empieza a desmoronarse por su propio peso.
EL MUNDO NO SE COMPORTA COMO SI SUPIERA LA VERDAD
Vivimos en una era marcada por la desconfianza generalizada
en todos los frentes. Estados Unidos, China y Rusia no actúan como actores que
comparten un secreto común que redefine la posición de la humanidad en el
universo. Actúan como lo que siempre han sido, naciones rivales que compiten
por influencia, territorio, recursos y supremacía tecnológica. Se imponen
sanciones. Se despliegan tropas. Se desarrollan armas cada vez más
sofisticadas. Se habla abiertamente de la posibilidad de guerras que, hace solo
unas décadas, parecían impensables. Y aquí es donde aparece la gran
incoherencia de la narrativa extraterrestre.
Porque si existiera la certeza de que una civilización no
humana está visitando la Tierra, observándonos, y ese hecho fuera conocido por
los principales gobiernos del mundo, toda la lógica geopolítica cambiaría de
inmediato. Las disputas territoriales, las rivalidades ideológicas y las luchas
por la hegemonía perderían parte de su sentido. No desaparecerían de la noche a
la mañana, pero quedarían inevitablemente relativizadas ante una realidad
superior y desconocida. La humanidad dejaría de verse a sí misma como animales territoriales
para verse como lo que realmente es, una única especie en un planeta
vulnerable. La historia demuestra que las “amenazas” externas unifican o al
menos pueden moldear la geopolítica. Siempre lo han hecho. Pero eso no es lo
que estamos viendo. Estamos viendo exactamente lo contrario. De un tiempo a
esta parte que todo se acelera de manera dramática hacia una realidad distópica
¿Y SI NADIE POSEE CUERPOS NI TECNOLOGIA EXTRATERRESTRE?
Si los Estados Unidos poseyeran tecnología extraterrestre ¿creen
realmente que no habría alterado el equilibrio tecnológico global de forma
visible? Si Rusia o China sospecharan que su rival posee tecnología de origen
no humano, ¿permanecerían impasibles?
Si existiera la más mínima evidencia verificable de que una
civilización extraterrestre está presente en la Tierra, el principal objetivo
de todas las potencias no sería competir entre sí, sino comprender, replicar y
controlar esa tecnología con algún tipo de tratado conjunto, que, de lo
contrario, de llevarse de forma unilateral, llevaría a que algún país decidiera
dar a conocer la realidad extraterrestre al mundo. Y sin embargo, el mundo
sigue funcionando bajo las mismas reglas de siempre y nadie parece temer al
vecino.
La guerra sigue siendo terriblemente humana mostrando todas
su miserias. La tecnología sigue evolucionando de forma incremental, no
revolucionaria. Las limitaciones energéticas siguen existiendo. Las crisis
siguen siendo terrenales. Nada indica la presencia de un factor exógeno que
haya alterado el curso natural de nuestro desarrollo.
EL VERDADERO EFECTO DE UNA REVELACIÓN
Existe una idea profundamente arraigada en el imaginario
colectivo, invocada una y otra vez como argumento para justificar el supuesto
secreto de que los gobiernos ocultarían la verdad porque la humanidad no
estaría preparada y el mundo entraría en pánico.
Sin embargo, esta explicación, repetida hasta convertirse
casi en un mantra, resulta simplista y poco convincente. A estas alturas de la
historia, el efecto real de una revelación de tal magnitud no sería el caos.
Sería, más bien, una transformación profunda en la manera en que la humanidad
se percibe a sí misma y su lugar en el universo.
Indudablemente las fronteras y las diferencias entre
sociedades y países seguirían existiendo, incluso las rivalidades, pero serían
percibidas de forma diferente. Las competencias continuarían, pero perderían
parte de su intensidad. La humanidad, por primera vez en su historia, tendría
un punto de referencia externo que redefiniría su identidad colectiva. Seríamos,
por fin, conscientes de que no somos el centro del universo. Por eso resulta
difícil creer que, si tal verdad existiera y fuera conocida, no hubiera ya
señales claras de ese cambio en las altas esferas.
Pero no las hay.
EL FENÓMENO EXISTE. LA EXPLICACIÓN, QUIZÁ, NO ES LA QUE
CREEMOS
Esto no significa negar el fenómeno ovni. Sería absurdo
hacerlo. Existen observaciones, registros, testimonios y eventos que no han
sido explicados de forma concluyente. El fenómeno es real en el sentido de que
algo está ocurriendo. Algo que desafía nuestras expectativas y nuestro
conocimiento actual. Pero admitir la existencia del fenómeno no implica aceptar
automáticamente la explicación extraterrestre. Son dos afirmaciones distintas; Una
describe una manifestación desconocida. La otra es una interpretación.
Y puede que esa interpretación esté condicionada más por
nuestras expectativas que por la evidencia recopilada.
Es mucho más posible, aunque de entrada resulte más inquietante
que la posición tan ambigua y hermética que han mantenido los gobiernos durante
décadas se deba a la propia naturaleza anómala y esquiva del fenómeno OVNI,
pero obviamente, no en el sentido en que se ha popularizado. Nada que ver con la
confirmación de una presencia extraterrestre identificable, tangible y
tecnológicamente comprensible, sino como la constatación de que existen
manifestaciones de altísima extrañeza, reales, observables, y profundamente perturbadoras,
cuyo origen y naturaleza siguen siendo un enigma incluso para las instituciones
y mentes más privilegiadas del planeta.
Porque cuando estos fenómenos se producen a gran distancia,
pueden clasificarse como simples incursiones aéreas no identificadas. Pero
cuando ocurren en proximidad a testigos, cuando entran en el terreno de la
experiencia directa, aparecen elementos que desafían no solo la ciencia
conocida, sino también nuestra comprensión convencional de la realidad.
Alteraciones perceptivas y fenómenos que rozan lo que tradicionalmente se ha
calificado como paranormal y sobrenatural se hacen patente. En definitiva estas
apariciones tienen ramificaciones que no encajan fácilmente en la categoría de
visitantes procedentes de otro planeta en el sentido clásico que la ciencia
ficción nos ha enseñado a imaginar.
Es factible, por tanto, que el secreto no responda a la
voluntad de ocultar una verdad perfectamente conocida, sino precisamente a lo
contrario, a la ausencia de respuestas. A la incapacidad de definir con
claridad a qué nos estamos enfrentando. Podría tratarse de un fenómeno que no
es estrictamente tecnológico, ni exclusivamente físico, ni necesariamente
extraterrestre, sino algo que escapa a las todas las categorías convencionales:
una forma de inteligencia desconocida, una manifestación vinculada a
dimensiones de la realidad que apenas empezamos a intuir, o incluso algo que
interactúa de manera directa con la conciencia humana.
Ante esa incertidumbre, el silencio se interpreta como una
forma de protección institucional. No tanto para ocultar un secreto, sino para
evitar reconocer que no hay explicaciones. Porque admitir públicamente la
existencia de un fenómeno desconocido de tales dimensiones que desafía los
fundamentos de nuestra comprensión de la realidad sería complejo de defender en
una rueda de prensa multitudinaria. Eso si podría crear confusión.
Y tampoco puede descartarse otra razón, que, tras décadas de
investigación, muchos gobiernos hayan llegado a la conclusión de que, pese a la
incuestionable realidad del fenómeno, no existe detrás una tecnología
recuperable, ni un interlocutor identificable, ni una vía clara de explotación
científica o militar. Que se trate, en definitiva, de algo observable pero no
utilizable, presente pero no controlable, real pero no instrumentalizable. Y
por tanto, mejor darle carpetazo.
En ese escenario, el silencio no sería la antesala de una
revelación, sino el reflejo de un desconcierto profundo. No el resultado de un
secreto cuidadosamente guardado, sino la consecuencia inevitable de enfrentarse
a algo que, sencillamente, aún no sabemos qué es.
JOSE ANTONIO CARAV@CA
Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.
.jpg)
.jpg)




