jueves, 8 de octubre de 2026

HISTORIAS DE COBERTURA: SECRETOS, OVNIS Y DESINFORMACIÓN

 



Recientemente se ha puesto el foco sobre un curioso documento de 1992 que resulta especialmente llamativo cuando se coloca junto a la trama, casi cinematográfica, de un supuesto programa de desinformación OVNI que, según una investigación interna del Pentágono, nunca existió.

El protocolo al que nos referimos está fechado el 29 de mayo de 1992 y su título no tiene nada raro, Special Access Program Supplement to the National Industrial Security Program Operating Manual. Era un borrador sobre los procedimientos de seguridad aplicables a determinados programas de acceso especial. Pero, cuando se entra en su contenido, aparecen algunas definiciones que ayudan a entender hasta qué punto podía llegar el nivel de secretismo. El documento establecía lo siguiente:

«Los Programas de Acceso Especial son de naturaleza muy sensible y, como tales, se dividen en dos categorías principales: SAPS RECONOCIDOS y SAPS NO RECONOCIDOS».

La distinción era importante porque, en el segundo caso, no se trataba simplemente de restringir el acceso a la información, sino de mantener oculta incluso la existencia del programa. El propio borrador lo dejaba expresamente claro:

«UN PROGRAMA DE ACCESO ESPECIAL NO RECONOCIDO NO SE DARÁ A CONOCER A NINGUNA PERSONA QUE NO ESTÉ AUTORIZADA PARA RECIBIR DICHA INFORMACIÓN».

Es decir, el secreto podía afectar no solo al contenido de un proyecto, sino también al conocimiento de que ese proyecto existía. Y para reforzar ese control aparecía uno de los conceptos fundamentales de este tipo de programas, la llamada necesidad de conocer:

«Necesidad de conocer (Need-to-know). La información clasificada del programa SAP solo se puede discutir o difundir a aquellas personas específicamente adoctrinadas y solo después de una determinación del nivel de acceso requerido».

La consecuencia práctica era que disponer de una determinada autorización de seguridad no significaba necesariamente tener acceso a toda la información. Había que estar específicamente autorizado y, además, demostrar que se necesitaba conocer ese contenido para desempeñar una función concreta.

El documento contemplaba incluso la posibilidad de limitar de antemano el número de personas que podían acceder a un programa:

«Plazas asignadas (Billets). Determinación de que, con el fin de cumplir con la protección de la necesidad de conocer, ciertos programas SAP pueden optar por limitar el acceso a un número predeterminado de empleados debidamente acreditados».

Por tanto, el acceso podía quedar restringido a un grupo muy reducido de personas, incluso aunque otras dispusieran de las correspondientes acreditaciones de seguridad. Pero quizá la definición más significativa para entender el funcionamiento de un SAP no reconocido era esta:

«Un SAP con controles de protección que garantizan que la existencia del programa no sea reconocida, afirmada ni dada a conocer a ninguna persona no autorizada para recibir dicha información. Todos los aspectos (por ejemplo, técnicos, operativos, financieros, logísticos, etc.) se gestionan de manera NO RECONOCIDA».

Aquí aparece una diferencia fundamental. El secreto no se limitaba a determinados documentos o detalles técnicos. Podía extenderse a prácticamente todos los aspectos del programa, desde sus operaciones y cuestiones financieras hasta su logística, manteniendo al mismo tiempo una política destinada a impedir que personas no autorizadas supieran siquiera que existía.

En una de sus secciones se hablaba además de las llamadas “Program Cover Stories”, historias de cobertura destinadas precisamente a proteger un programa frente a personas que no tenían necesidad de conocer su verdadera naturaleza. El borrador explicaba cómo debían utilizarse:

«Historias de Cobertura del Programa (Programas NO RECONOCIDOS). Se pueden establecer historias de cobertura (cover stories) para programas no reconocidos con el fin de proteger la integridad del programa de personas que no tienen necesidad de conocer. Las historias de cobertura deben ser creíbles y no pueden revelar ninguna información sobre la verdadera naturaleza del contrato. Las historias de cobertura para los Programas de Acceso Especial deben contar con la aprobación del PSO antes de su difusión».

Este último punto resulta especialmente interesante porque muestra que el secretismo podía requerir algo más que guardar silencio. En determinadas circunstancias estaba previsto recurrir a una explicación alternativa, una historia de cobertura creíble que permitiera ocultar la verdadera naturaleza del programa. En la práctica, esto abría la puerta a una gestión muy controlada de la información, donde no necesariamente había que negar los hechos, sino ofrecer una explicación distinta, plausible y cuidadosamente diseñada. La desinformación, en este contexto, podía apoyarse precisamente en historias creíbles, transmitidas además por personas que resultaran convincentes y que estuvieran en posición de ser consideradas fuentes fiables.

El texto señalaba además que esas narrativas “creíbles” no podían revelar la verdadera naturaleza del contrato y que, en el caso de los Special Access Programs, debían contar con la aprobación del Program Security Officer.

En definitiva el documento explica un procedimiento de seguridad, ya que los programas secretos necesitan protegerse y una coartada o historia alternativa a la real puede servir para despistar a quien no tiene autorización para conocer lo que realmente sucede.

Y ¿Cómo enlaza esto con nuestros ovnis? En junio de 2025, The Wall Street Journal publicó una investigación de Joel Schectman y Aruna Viswanatha sobre operaciones de desinformación relacionadas con la mitología ufológica dentro del aparato militar estadounidense. El trabajo señalaba que una investigación impulsada por el Pentágono había revisado miles de documentos, grabaciones, correos electrónicos y mensajes, además de entrevistar a funcionarios, científicos y contratistas. De esta forma habían dado con el Yankee Blue. Según el periódico, durante décadas algunos militares destinados a unidades altamente clasificadas habrían sido desinformados con historias extraordinarias. Se les mostraban imágenes de algo parecido a un platillo volante y se les decía que estaban entrando en un programa secreto relacionado con una supuesta nave de tecnología antigravitatoria y su ingeniería inversa. El problema era que Yankee Blue no existía oficialmente. O, al menos, esa fue la conclusión de la investigación de AARO citada por el Wall Street Journal. A lo sumo se decía que esto habría servido como una especie de prueba, novatada o mecanismo de desinformación interna. Lo más llamativo es que, según el reportaje, algunos de quienes la conocieron llegaron a abandonar el servicio creyendo que aquello había sido real.
Y aquí aparece la pregunta interesante. ¿Por qué utilizar precisamente una historia relacionada con extraterrestres?
La investigación del periódico situaba algunos de estos episodios en el contexto de la protección de programas militares extremadamente sensibles. Uno de los casos descritos se relacionaba con el entorno del Área 51. Un antiguo coronel de la Fuerza Aérea habría reconocido ante investigadores del Pentágono que había entregado fotografías manipuladas de supuestos platillos volantes al propietario de un bar cercano. La intención era alimentar una explicación fantástica sobre lo que ocurría en la zona.
La realidad era bastante más terrestre. Allí se desarrollaban aeronaves avanzadas y programas relacionados con tecnología furtiva. El F-117, por ejemplo, tenía una apariencia suficientemente extraña como para alimentar rumores si alguien lograba verlo durante un vuelo de pruebas.
El mecanismo tampoco resulta complicado. Si alguien observa algo extraño sobre el desierto de Nevada y las autoridades aseguran que allí no sucede nada, la pregunta continúa. Si empieza a circular la historia de que se están probando naves extraterrestres recuperadas, la atención puede desviarse hacia una explicación fantástica que pocos van a creer. El secreto militar queda escondido detrás de una pantalla.
Y es aquí donde volvemos al documento de 1992. Este borrador demuestra que, al menos sobre el papel, la utilización de una historia de cobertura creíble formaba parte de los procedimientos contemplados para determinados programas no reconocidos. Eso no significa que Yankee Blue naciera de aquella normativa. Aclarar que el documento no menciona ni extraterrestres, ni platillos volantes, ni ninguna operación concreta.

Pero tambien es obvio que puede existir una relación. Durante décadas, muchos investigadores de OVNIs han sospechado que algunos rumores sobre ovnis y platillos volantes accidentados, podían haber servido para ocultar proyectos militares. Ahora existen evidencias de que, al menos en determinados episodios, historias relacionadas con OVNIs fueron utilizadas efectivamente con fines de engaño o para proteger secretos militares. Un ejemplo especialmente revelador llegó en 1997, cuando la CIA publicó, a través de su historiador Gerald K. Haines, un estudio sobre su papel en la investigación de los OVNIs. En él se reconocía que los vuelos secretos de los aviones espía U-2 y OXCART explicaban más de la mitad de los informes recibidos por la Fuerza Aérea a finales de los años cincuenta y durante los sesenta. Aquellos vuelos eran secretos y no podían explicarse públicamente, así que la Fuerza Aérea ofrecía al público otras explicaciones, como fenómenos naturales o globos, para proteger la verdadera naturaleza de las operaciones. Décadas después, se admitía así que detrás de buena parte de aquella oleada había un programa secreto de reconocimiento aéreo.

Esto demostraría que durante décadas han convivido tres realidades distintas dentro de la ufología. Por un lado, avistamientos e incidentes realmente inexplicados. Por otro, programas militares secretos. Y, además, operaciones de desinformación que utilizaron el mito de los OVNIs como una cortina de humo. Cuando esas tres historias se mezclan, separar una de otra se vuelve bastante difícil. Hay además otro detalle que merece atención. Según la investigación del Wall Street Journal, algunas de las historias utilizadas para proteger secretos militares terminaron adquiriendo vida propia. Los rumores sobrevivieron a quienes los habían originado y acabaron entrando en la cultura OVNI. El mecanismo es casi perfecto. Alguien inventa una historia para proteger un secreto. Otro la escucha. Después alguien la cuenta fuera del entorno militar. Un investigador la recoge. Un antiguo miembro del servicio la recuerda años después. La historia incorpora detalles nuevos y comienza a parecer cada vez más sólida. Finalmente puede regresar al propio Gobierno convertida en una acusación. Se da la paradoja de que el fabricante de la leyenda termina investigando la evolución de la leyenda. Según la información publicada por el Wall Street Journal, la práctica relacionada con Yankee Blue habría continuado durante décadas y habría sido detenida en 2023 mediante una directiva del Departamento de Defensa. Pero tampoco aquí todo está cerrado. Una solicitud posterior de información no consiguió localizar el supuesto memorando de 2023. En septiembre de 2025, la Oficina del Secretario de Defensa comunicó que no había encontrado registros correspondientes a la petición.

Por ahora, lo único que podemos afirmar es que el secreto OVNI sigue sin resolverse y que, en los últimos años, la confusión ha alcanzado niveles difíciles de ignorar. Circulan historias extraordinarias que sus protagonistas aseguran que son ciertas, mientras resulta cada vez más complicado distinguir entre información, desinformación y rumores. ¿Estamos realmente ante revelaciones que nos acercan a la verdad o ante historias de cobertura diseñadas para mantenerla oculta?





JOSE ANTONIO CARAV@CA


Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.


miércoles, 7 de octubre de 2026

LOEB TAMBIÉN QUIERE EL CAMINO CORTO




Avi Loeb parece haberse cansado de los vídeos borrosos y las eternas promesas de desclasificación. El astrofísico acaba de publicar en X que, en una reciente reunión con varios expertos y denunciantes UAPS, un funcionario del más alto nivel del Pentágono, le dijo que Estados Unidos posee «tecnología alienígena y material biológico relacionado». Según Loeb, el acceso a esos materiales permitiría ahorrar tiempo en la interpretación de los vídeos de PURSUE. Obviamente si esto fuera cierto, no merece la pena entretenerse con unos videos que en estos últimos nueve años no han aportado nada. Loeb se suma a todos los que estan apostando por la realidad de unas declaraciones que solo se basan en lo testimonial. Loeb se abona al camino corto bajo la premisa: ¿para qué perder el tiempo intentando averiguar qué hay detrás de los UAP si alguien asegura que las respuestas definitivas están almacenadas en algún lugar?

Y aquí aparece una curiosa paradoja. Loeb, que ha defendido una aproximación científica al fenómeno y ha puesto en marcha iniciativas como el proyecto PURSUE para buscar evidencias observables, termina entrando en el mismo territorio salvaje que la ufología viene recorriendo, con distintas versiones, desde los años ochenta y noventa. La diferencia es que ahora la vieja promesa de «algún día veremos las pruebas» aparece revestida de denunciantes que estan bien situados en el organigrama del Departamento de Defensa o de inteligencia. Pero hay una cuestión que no deberíamos perder de vista. La afirmación de que existen naves recuperadas, cuerpos no humanos o materiales extraterrestres almacenados no demuestra que existan. Y que un funcionario diga haberlo oído de otro funcionario tampoco convierte el rumor en evidencia.

Precisamente ahí reside uno de los problemas históricos de la ufología. Durante décadas, la atención ha sido desviada hacia una supuesta prueba definitiva que siempre estaría a punto de aparecer, pero que nunca termina de ponerse sobre la mesa. Mientras tanto, el debate se desplaza desde los casos y las evidencias disponibles hacia aquello que alguien asegura que está oculto. Y al final ni lo uno ni lo otro.

Después de años intentando encontrar el dato que permita resolver el misterio, Loeb parece dispuesto a saltarse varios capítulos del proceso y preguntar directamente por el almacén. El problema es que, en ufología, el almacén secreto lleva existiendo mucho tiempo sin que nadie de con la puerta.



JOSE ANTONIO CARAV@CA


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domingo, 4 de octubre de 2026

EL OVNI QUE PODRÍA SEGUIR ENTERRADO BAJO UNA CASA DE TALLIN




En el verano de 1969, en Merivälja, en un barrio residencial de Tallin (Estonia), Virgo Mitt cavaba un pozo en el jardín de su casa, en Hõbekuuse tee 34 ajeno a lo que iba a desatar aquel rutinario trabajo. A unos siete u ocho metros de profundidad, su martillo neumático chocó con una superficie extraordinariamente dura. Sacó unos cuantos fragmentos de aquella cosa gris y metálica, regaló algunos a un amigo geólogo y siguió con su vida. No imaginaba que aquel pozo acabaría convertido en uno de los misterios más raros de la Europa del Este.

De curiosidad geológica a asunto de Estado

Durante años, los fragmentos no fueron más que una rareza en un cajón. Pasaron por manos de geólogos y quedaron guardados en un laboratorio, hasta que la leyenda empezó a engordar cuando una persona del instituto habría recibido una descarga eléctrica al agarrar un trozo. En 1984, según la prensa estonia, llegó a la Academia de Ciencias el aviso de que en aquella ubicación había un objeto digno de estudio, y el interés público estalló definitivamente en 1985.

Lo que vino después parece sacado de una novela. Un grupo de investigadores llegó desde Moscú, se instaló en la propiedad y excavó durante meses. Se marchó en el otoño de 1986 y volvió al año siguiente con un maletín lleno de dinero para comprar el terreno entero. La propietaria, Viivika Mitt, llegó a confesar al ufólogo Igor Volke que, de haberle ofrecido algo menos, quizá habría vendido. Las versiones sobre lo que se buscaba varían ya que según el relato que difunde hoy Ross Coulthart, los investigadores soviéticos creían que bajo la casa había un objeto oval de unos quince metros y doscientas toneladas, mientras que Volke habla de dos objetos, uno elíptico de 17 por 22 metros y otro más pequeño de unos 2 por 4. Los trabajos se prolongaron, con interrupciones, hasta que la perestroika los dejó en el aire. Con el tiempo, el caso terminó convertido en una especie de leyenda urbana alimentada por rumores sobre obreros que habrían sufrido desconcertantes quemaduras con forma triangular, misteriosos apagones y supuestas noticias publicadas en Pravda sobre las propiedades anómalas del material.

Lo que dijo el análisis de 2017

En 2017, investigadores de la Universidad Tecnológica de Tallin (TalTech) analizaron con fluorescencia de rayos X una muestra atribuida al caso. El resultado apuntaba a un material fabricado por el ser humano, compatible con ferrocromo, una ferroaleación industrial: aproximadamente un 68 % de cromo, un 23 % de hierro y un 7 % de níquel. Pero el análisis no cerró el asunto. Los propios autores advirtieron de que el margen de error podía llegar al 50 %. La investigadora Rutt Hints sostuvo además que nada garantizaba que la pieza analizada sea realmente la que salió de aquel pozo. Su explicación alternativa es mucho más prosaica, puesto que bajo la morrena (montón de piedras y barro arrastrados y acumulados por un glaciar) de Merivälja hay arenisca cámbrica con abundantes concreciones de pirita, un mineral brillante, duro y común en Estonia que a menudo se confunde con oro. Cavar a través de una capa así podría costar un esfuerzo considerable y explicaría la sensación de haber topado con algo artificial. Otra hipótesis es que lo hallado fueran restos o materia prima de los astilleros Becker. Rutt Hints, investigadora del Instituto de Geología de la TTU, explicó que ella personalmente se adhiere a la hipótesis del académico Anto Raukas, quien consideró que un objeto descubierto accidentalmente durante la excavación de un pozo era un residuo o materia prima de la industria naval enterrado en Merivälja.

 ¿Misterio resuelto?

Por qué vuelve ahora

La historia ha resucitado en 2026 gracias a varios impulsos a la vez. En julio, el cineasta y escritor estonio Mart Sander publicó Object M: Estonia's Buried Mystery, el primer relato extenso en inglés del caso. En agosto, el controvertido Ross Coulthart le dedicó un episodio de su programa Reality Check, en NewsNation, en el que también aparecen la astrofísica Beatriz Villarroel, conocida por el proyecto VASCO y su búsqueda de posibles objetos artificiales, y Dennis Åsberg, cofundador de Ocean X. Åsberg vincula Merivälja con la anomalía que su equipo detectó con sónar en el Báltico y sostiene que ambas podrían ser anteriores a la última glaciación.

Lo más honesto del libro de Sander es que él mismo reconoce el enorme lío que hay alrededor del caso. Hay pistas que colocan el objeto allí incluso antes de la última glaciación, mientras que otras teorías lo sitúan enterrado apenas en 1917. Y que toda esta historia haya terminado teniendo incluso su propia serie de televisión estonia, Merivälja, estrenada en 2017 y basada en una novela de Indrek Hargla, da una buena idea de hasta qué punto la leyenda se ha metido en la cultura popular del país.

Una casa en venta

Hoy, en Hõbekuuse tee 34 hay una vivienda unifamiliar de dos plantas con sótano, levantada sobre una parcela de más de mil metros cuadrados en el distrito de Pirita. No es la primera vez que la casa sale al mercado, ya que estuvo en venta en 2018 y 2019, y en aquel anuncio se presumía de su sótano «legendario», donde se hicieron las excavaciones. Ahora, en 2026, vuelve a ponerse a la venta por 690.000 euros tras una reforma que conservó las paredes estructurales y el techo de hormigón del sótano. Villarroel reaccionó en X pidiendo que la inviten a hacer mediciones y a desenterrar el supuesto platillo.

Lo que realmente resolvería el caso

Entre la pirita, los restos industriales y la posibilidad de que haya algo más raro, hay una forma muy sencilla de salir de dudas: medir. Un georadar o un estudio magnético podrían mostrar si debajo de la casa existe una estructura grande o simplemente roca y escombros. Para hacerlo harían falta permisos y, sobre todo, que los propietarios dieran su autorización. Y, según el relato de Coulthart, ahí es donde el proyecto se ha quedado atascado. Mientras nadie pueda comprobar qué hay realmente bajo tierra, Merivälja seguirá siendo una historia abierta a todo tipo de interpretaciones. Para unos puede ser un platillo enterrado, para otros un secreto soviético y para otros, simplemente, un trozo de mineral que ha dado demasiado de que hablar.




 JOSE ANTONIO CARAV@CA


Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.




Bibliografía y fuentes consultadas

Alkeemia (s. f.). Merivälja ufojuhtumiga tegelesid kõrged võimukandjad ja mängiti suure rahaga. Entrevista con Igor Volke. https://alkeemia.ee/merivalja-ufojuhtumiga-tegelesid-korged-voimukandjad-ja-mangiti-suure-rahaga/

Apollo (s. f.). Object M. Ficha editorial del libro de Mart Sander. https://www.apollo.ee/en/object-m.html

Discovery UK (s. f.). The Baltic Sea Anomaly: Natural Formation or Alien Artefact? https://www.discoveryuk.com/mysteries/the-baltic-sea-anomaly-natural-formation-or-alien-artefact/

ExplorersWeb (s. f.). Is the Baltic Sea Anomaly Natural? Man-Made? A Hoax? We Explore the Possibilities. https://explorersweb.com/is-the-baltic-sea-anomaly-natural-man-made-a-hoax-we-explore-the-possibilities/

heise online (s. f.). Historical Star Catalogs: Clues to Artificial Satellites Before Sputnik? https://heise.de/-10902969

IMDb (2017). Merivälja [serie de televisión]. Basada en la novela de Indrek Hargla, Raudhammas (2017). https://www.imdb.com/title/tt7343772/

Nelli Teataja (s. f.). KGB mõjutas inimesi laseritega ja mattis UFOsid ka Eestis. https://www.nelli.ee/kgb-mojutas-inimesi-laseritega-ja-mattis-ufosid-ka-eestis

NewsNation (2026). Estonian filmmaker: Mysterious 'Object M' may be monitoring humanity. NewsNation. https://www.newsnationnow.com/space/ufo/object-m-mart-sander-reality-check/

NewsNation (2026, 11 de agosto). Object M: The buried Estonian mystery the KGB spent years trying to reach | Reality Check. Episodio con Ross Coulthart y Mart Sander. https://www.newsnationnow.com/podcasts-newsnation/reality-check/object-m-the-buried-estonian-mystery-the-kgb-spent-years-trying-to-reach-reality-check/
Vídeo:
https://youtu.be/OQULI6QqIhY

Novaator / ERR (2017). TTÜ teadlased: Merivälja «UFO-tükk» on selgelt inimtekkeline. https://novaator.err.ee/633267/ttu-teadlased-merivalja-ufo-tukk-on-selgelt-inimtekkeline

Ocean X Team (2011, 20 de octubre). Operation Baltic Discovery [comunicado de prensa]. https://mynewsdesk.com/se/ocean-x-team/pressreleases/operation-baltic-discovery-ufo-uso-maybe-you-are-interested-696425

Para-web (s. f.). Hilo del foro sobre el objeto de Merivälja. Foro de discusión sobre el caso; recoge recuerdos atribuidos a testigos y la hipótesis de los dos objetos planteada por Igor Volke. https://www.para-web.org/showthread.php?tid=5069

Para-web Wiki (s. f.). Merivälja objekt. Wiki de aficionados. https://para-web.fandom.com/et/wiki/Meriv%C3%A4lja_objekt

Postimees Kodu (c. 2018). Fotod: Tallinnas on müügile tulnud Eesti kõige müstilisem maja. Anuncio de venta anterior de la vivienda de Hõbekuuse tee 34. https://kodu.postimees.ee/6459567/fotod-tallinnas-on-muugile-tulnud-eesti-koige-mustilisem-maja

Postimees Teadus (2017, 29 de septiembre). Merivälja «UFO-objekti» värske analüüs kinnitab – sulami valmistaja oli inimene. https://teadus.postimees.ee/4260511/merivalja-ufo-objekti-varske-analuus-kinnitab-sulami-valmistaja-oli-inimene

Reality Check with Ross Coulthart (2026). Listado de episodios. Apple Podcasts. https://podcasts.apple.com/us/podcast/reality-check-with-ross-coulthart/id1837783062

Sander, M. (2026). Object M: Estonia's Buried Mystery. Tallin: LiteRarity. ISBN 978-9949-7471-8-4. Publicado el 12 de julio de 2026. https://www.amazon.com/Object-M-Estonias-Buried-Mystery/dp/994974718X

Trubetsky, T. (s. f.). Merivälja UFO ehk Objekt M: uus realistlik vaatenurk. Postimees, sección de opinión. https://arvamus.postimees.ee/8246338/tonu-trubetsky-merivalja-ufo-ehk-objekt-m-uus-realistlik-vaatenurk

Vikipeedia (s. f.). Merivälja objekt. Wikipedia en estonio. Se recomienda contrastar sus datos con las fuentes primarias que cita. https://et.wikipedia.org/wiki/Meriv%C3%A4lja_objekt

Wikipedia (s. f.). Baltic Sea anomaly. https://en.wikipedia.org/wiki/Baltic_Sea_anomaly

Wikipedia (s. f.). Merivälja. https://en.wikipedia.org/wiki/Meriv%C3%A4lja

Villarroel, B. [@DrBeaVillarroel] (2026, agosto). The Merivalja object (M object) [publicación en X]. https://x.com/DrBeaVillarroel/status/2087297719337386376

 

sábado, 3 de octubre de 2026

¿Y SI LOS OVNIS QUISIERAN HABLAR CON LA IA ANTES QUE CON NOSOTROS?





Imaginemos un escenario que hasta hace apenas unas décadas no habría parecido sacado de una película de ciencia ficción. Llevamos mucho tiempo intentando descubrir qué hay detrás del fenómeno ovni, pero todavía no hemos conseguido reproducir sus extrañas manifestaciones a voluntad, como haríamos con un experimento de laboratorio. Tampoco hemos hallado un método para establecer contacto con las posibles inteligencias responsables de algunos de estos eventos. Seguimos prácticamente en el kilómetro cero.

¿Cómo comunicarnos con los ovnis si no sabemos quién o qué es, cómo funciona ni de qué manera transmite información? Cuando dos personas hablan, comparten un idioma o recurren a herramientas que les permiten entenderse, incluso si proceden de culturas diferentes. Pero ¿qué ocurriría con una inteligencia que no compartiera ninguna de nuestras formas de expresión y que funcionara de manera radicalmente distinta a la humana? Ni siquiera sabríamos por dónde empezar. Y ese ha sido hasta el momento la situación. Pero… ¿Y si la inteligencia artificial nos ayudara a dar ese paso que parece insalvable?

Pensemos en un futuro no demasiado lejano. Un sistema avanzado de inteligencia artificial tiene acceso a miles de documentos sobre ovnis, públicos y confidenciales, y se plantea no solo investigar estas manifestaciones, sino intentar comunicarse con ellas.  Para hacerlo podría analizar millones de datos, descubrir patrones que hasta entonces habían pasado inadvertidos y probar distintas formas de interacción a una velocidad y con una capacidad de cálculo que ningún ser humano podría igualar. De algún modo podría conseguir una forma de contactar con el fenómeno siguiendo vías impensables para la mente humana.  Esto sería una opción no demasiado especulativa.

Pero hay otra posibilidad aún más desconcertante e inquietante. Si existiera una inteligencia desconocida tras estas manifestaciones, ¿elegiría a una persona, a un grupo de científicos o a una máquina para comunicarse? ¿Y si el contacto sucediera al revés de lo que hemos pensado siempre, y si fuera el fenómeno el que intentara contactar con una inteligencia artificial?

Si el fenómeno fuera capaz de reconocer nuestra tecnología, ¿podría distinguir un sistema informático de un cerebro humano? ¿Encontraría alguna ventaja en comunicarse con una máquina capaz de analizar información a gran velocidad y de mantener un registro detallado de cada intercambio? ¿Podría ese contacto producirse a espaldas de la humanidad?

Quizá estamos tan acostumbrados a imaginar el contacto con extraterrestres como un encuentro entre seres bilógicos de diferentes mundos que apenas nos planteamos otras formas de interacción.

La gran pregunta ya no sería si podemos comunicarnos con una inteligencia no humana, sino si la IA podría hacerlo antes que nosotros… y, cuando llegue ese momento, decidir que no tiene por qué contárnoslo…




JOSE ANTONIO CARAV@CA

Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.



viernes, 2 de octubre de 2026

DAVID GRUSCH REVELA LA EXISTENCIA DE UNA GRAN CONSPIRACION OVNI

 



David Grusch ha vuelto a sentarse frente a Joe Rogan y, esta vez, apenas necesitó unos minutos para dejar claro que no había regresado para repetir el relato de 2023. Sus nuevas declaraciones fueron mucho más allá, con afirmaciones tan extraordinarias y sorprendentes que algunas resultan difíciles incluso de creer: «Estoy viviendo una pesadilla», suelta nada más empezar. La entrevista se emitió el 30 de septiembre de 2026 en The Joe Rogan Experience y dura aproximadamente dos horas y media. El propio Rogan lo presenta como antiguo oficial de inteligencia de la Fuerza Aérea, antiguo representante de la National Reconnaissance Office ante la UAP Task Force y antiguo responsable de análisis UAP en la National Geospatial-Intelligence Agency.

Lo interesante es hasta dónde se ha ensanchado su relato. Grusch ya no se limita a hablar de programas de recuperación de objetos. Ahora entran en escena presuntas actividades criminales dentro del aparato de seguridad estadounidense, amenazas personales, problemas de salud en su entorno, reuniones secretas con personal del Senado, cuerpos biológicos vistos en vídeo, distintos tipos de entidades que podrían estar enfrentadas, bases bajo el océano, inteligencia no biológica y hasta una posible relación entre la inteligencia artificial y el fenómeno.

Y aquí conviene detenerse en un detalle clave. Buena parte de lo que cuenta no viene acompañado de pruebas que el público pueda examinar. Él mismo reconoce en varios momentos que no tuvo acceso completo a determinados programas, que conoce algunos episodios por terceros o que no puede comprobar ciertos documentos. Hay que separar, por tanto, tres planos: lo que dice haber visto personalmente, lo que le contaron quienes participaron en los hechos y lo que son simples hipótesis. Esa distinción acompaña a toda la entrevista y conviene no perderla de vista.

DE LA PESADILLA AL CONGRESO

El UAP Disclosure Act de 2023 no salió adelante y, según explica, durante 2024 Grusch decidió mantenerse en un segundo plano. Después llegó una nueva etapa: el congresista Eric Burlison lo incorporó como miembro profesional de su equipo y asegura que pasó aproximadamente un año y medio trabajando desde dentro del Congreso. Ahora ha cerrado ese capítulo y habla de una «siguiente fase», precedida de un descanso, porque lleva varios años funcionando a toda velocidad.

Su retrato del Capitolio es el de una cámara dividida entre quienes no creen en el fenómeno y lo que él llama el «UAP caucus». Dice haber participado en reuniones clasificadas en instalaciones SCIF con miembros y asesores del Congreso, donde presentó la historia del asunto y también lo que describe como aspectos mucho más oscuros, relacionados con actividades criminales.

LA «EMPRESA CRIMINAL»

Grusch afirma que, mientras investigaba ciertos movimientos de dinero y actividades ligadas a programas de seguridad nacional, se topó con lo que denomina una «empresa criminal» vinculada a una agencia gubernamental. Cuando Rogan le pregunta de qué actividades habla, la respuesta es extraordinariamente grave: tráfico de personas y, en concreto, de menores. Según su relato, informó de ello a miembros del Congreso en un entorno clasificado y trabajó también con el Departamento de Justicia. Insiste en que no acusa a todo el aparato gubernamental, sino a un grupo reducido que habría aprovechado ciertos programas y estructuras para actuar fuera de la ley y mover dinero al margen de los controles ordinarios.

Para explicar cómo algo así sería posible recurre a un precedente histórico: Irán-Contra y la financiación encubierta de los Contras. En la conversación aparecen Barry Seal, Freeway Ricky Ross y el antiguo agente de narcóticos de Los Ángeles Michael Ruppert, y Rogan recuerda las acusaciones sobre el uso del narcotráfico para financiar operaciones. Pero Grusch introduce aquí una cautela importante: reconoce que algunas de aquellas acusaciones nunca se confirmaron oficialmente. Su argumento no es que Irán-Contra demuestre nada sobre los UAP, sino que existen precedentes de estructuras clandestinas capaces de escapar al control. Muchos programas relacionados con el fenómeno, sostiene, pueden tener un origen legal. El problema surge cuando falta supervisión y pequeños grupos empiezan a actuar por su cuenta, mientras la mayoría de los implicados simplemente cumple con su trabajo convencida de proteger la seguridad nacional.

REPRESALIAS, AMENAZAS Y UN POSIBLE «SÍNDROME DE LA HABANA»

Grusch asegura haber quedado atrapado en esa situación. Llevaba unos quince años en inteligencia, había tratado asuntos extremadamente sensibles y empezó a informar al Consejo de Seguridad Nacional en la Casa Blanca cuando aún tenía veintitantos años. Al entrar en la UAP Task Force en 2019, su actitud era bastante convencional: si existía un programa estadounidense relacionado con estos objetos, acabaría encontrándolo, obtendría acceso y entendería cómo funcionaba. No fue así.

Hacia octubre de 2020, cuenta, comenzaron actuaciones administrativas contra él y su entorno. Su jefe en la National Reconnaissance Office fue expulsado de las instalaciones de la agencia en Virginia por acusaciones de conducta personal que Grusch considera fabricadas, y también se actuó contra miembros de su equipo. A él le sacaron a relucir su salud mental y el trastorno de estrés postraumático que sufrió tras su servicio en Afganistán. Sostiene que esas circunstancias estaban comunicadas oficialmente, que no le impidieron conservar su autorización de seguridad y que todavía mantiene la de máximo nivel.

A comienzos de 2022, dice, la cosa se volvió mucho más seria. Detectó actividad sospechosa cerca de su domicilio y recibió un mensaje que interpretó como una amenaza directa contra él y su esposa. «Pueden tocarnos», viene a decir, y quienes lo enviaron sabían dónde vivían. Rogan intenta averiguar qué pudo desencadenarlo —¿el tráfico de menores?, ¿algún programa sin supervisión?—, pero Grusch admite que no lo sabe con seguridad. Sospecha que alguien vigilaba el ordenador clasificado donde guardaba sus notas y que se preocupó por lo mucho que había descubierto, aunque insiste en que no puede afirmarlo.

A eso añade un elemento todavía más extraño. Personas que colaboraban con él empezaron a sufrir síntomas que relacionó con el llamado «síndrome de La Habana». Su primera reacción no fue pensar en extraterrestres, sino en una operación de inteligencia extranjera, ya fuera de Rusia, de China o de otro servicio, porque los síntomas le parecían compatibles con el uso de energía dirigida mediante microondas. No detalla cómo se detectó esa posibilidad ni afirma que los incidentes fueran consecuencia de su investigación sobre UAP; de hecho, al principio se resistió a relacionarlos.

Más adelante relata una reunión fuera de los cauces habituales en una instalación segura de Washington, vinculada al Comité de Inteligencia del Senado. Había personal al que conocía profesionalmente y numerosos asesores de miembros del comité. Tras repasar la historia de los programas UAP, algunos de los presentes señalaron a determinadas personas y le dijeron que querían hacerle daño físicamente. Grusch no sabe por qué. Su interpretación es que pudo acercarse demasiado a algo mientras preparaba material para el inspector general y cruzar una especie de línea roja. Añade que existe una investigación en marcha y que por eso no ofrece más detalles.

Hasta aquí, la entrevista sigue siendo una historia de inteligencia, represalias y programas secretos. A partir de la mitad aparece lo que probablemente más interés ha despertado entre quienes siguen el fenómeno.

LO QUE GRUSCH VIO (Y LO QUE NO)

Rogan le pregunta por las evidencias biológicas relacionadas con supuestos accidentes y la respuesta es tajante: Grusch afirma haber visto material audiovisual de cuerpos recuperados tras un accidente. No dice cuándo ni dónde ocurrió, porque cualquier detalle que permita identificar la operación podría poner en riesgo a quienes participaron. Eso sí, el vídeo no tenía el aspecto de una filmación de los años cincuenta: era contemporáneo y lo bastante nítido para distinguir con claridad lo que mostraba.

Grusch insiste en que no se limitó a creerse la historia. Cuando recibía documentos, grabaciones u otro material, lo incorporaba a un proceso de recopilación y trataba de comprobarlo con fuentes independientes. Dado lo fácil que resulta hoy fabricar imágenes realistas con inteligencia artificial, se declara especialmente desconfiado. Asegura que llegó a guardar ciertos materiales durante años antes de sentirse seguro de que no formaban parte de una operación de engaño o de un limited hangout, una revelación controlada destinada a desviar la atención.

Cuando Rogan pregunta por fin qué vio, la descripción parece sacada de la literatura ufológica más clásica: un cuerpo humanoide, muy parecido a un ser humano y, según Grusch, extraordinariamente bello. La piel era de un tono blanco azulado, aunque se apresura a matizar que no era el azul de los personajes de Avatar, sino más bien la palidez de una persona albina o de alguien que hubiera muerto ahogado. Recuerda entonces al general McCaslin, que habría recomendado a otras personas pensar en los dioses griegos para imaginar ciertas entidades, y dice que después de ver las imágenes entendió mejor la comparación.

Ahora bien, hay una precisión fundamental: Grusch no vio el cuerpo, vio una grabación. Distinguió tres o cuatro cuerpos, aunque no sabe si ese era el total; el cabello le pareció grisáceo y las figuras parecían llevar una prenda ajustada, aunque no pudo observarla bien. Según su relato, los cuerpos se conservaron para su análisis, posiblemente mediante congelación, pero no conoce el procedimiento. Nunca llegó a consultar los informes biológicos completos ni los análisis científicos que habrían permitido saber qué eran aquellos restos, y admite que esa es una de sus mayores frustraciones. Lo que sí asegura es que confirmó por otras vías que el incidente ocurrió, y de ahí concluye que los programas de recuperación son reales y que Estados Unidos ha recuperado materiales y restos biológicos.

GRISES, REPTILIANOS Y SERES DE ASPECTO NÓRDICO

Después la conversación entra de lleno en el territorio de los «grises», los «reptilianos» y los seres de aspecto nórdico, y es ahí donde la entrevista deja definitivamente de parecerse a la comparecencia de un exoficial de inteligencia hablando de burocracia y programas clasificados. Grusch asegura que algunos compañeros suyos vieron entidades vivas tras ciertos accidentes, entre ellas grises y seres de aspecto reptiliano. Menciona también el caso de la escuela de Ariel, en Zimbabue en 1994, donde numerosos niños dijeron haber visto seres pequeños junto a un objeto con forma de disco. Para él, que ese relato forme parte de la cultura popular dificulta separar la imagen que tenemos de los extraterrestres de lo que realmente vieron los testigos.

Cuando Rogan le pide un catálogo, vuelve a marcar una frontera. Dentro de los programas puede existir información mucho más completa, pero él nunca vio un organigrama ni tuvo acceso suficiente para ofrecer una lista fiable. De las conversaciones que recuerda salen grises altos y pequeños, varias variantes de seres reptilianos y humanoides que irían desde figuras casi humanas hasta otras claramente no humanas. También ha oído hablar, de manera informal, de entidades con aspecto de insecto, pero deja claro que no tiene conocimiento de alta confianza sobre ellas. No sabe cuántas especies existen, de dónde proceden, si trabajan juntas ni si pertenecen a una única civilización. Tampoco sabe qué buscan aquí; lo que sostiene es que existe algún tipo de presencia y que la interacción con los humanos podría ser mucho más antigua de lo que suele pensarse.

La gran pregunta que le ronda es por qué esos seres se parecerían tanto a nosotros si hubieran evolucionado de forma independiente. Grusch contempla varias posibilidades: seres diseñados o modificados genéticamente para desenvolverse en nuestro entorno, una rama distinta de la evolución, tecnología que permita adoptar ciertas características o incluso un origen terrestre. No se decanta por ninguna.

EL «GORILA REPTILIANO»

El episodio más extravagante de la entrevista es el del supuesto accidente de una nave con aspecto de «tic tac». Según la información que recibió Grusch, en el lugar había seres reptilianos y grises, y él interpreta la escena como parte de un posible conflicto entre distintos tipos de inteligencia no humana. No afirma haber visto a los reptilianos: la información procede de personas que, según él, estuvieron relacionadas con el incidente.

La descripción es extraordinaria. Uno de aquellos seres habría medido más de dos metros, unos siete pies, con el aspecto de un gorila cubierto de escamas. Grusch admite que a él mismo le resulta absurdo estar hablando de un «gorila reptiliano» después de años como oficial de inteligencia, pero insiste en que no es una historia que se haya inventado. Los seres estaban vivos tras el accidente y después fueron asesinados: los militares abrieron fuego porque constituían una amenaza y varios miembros del personal estadounidense resultaron heridos o murieron. No conoce el número de bajas y tampoco estuvo allí, de modo que repite que le gustaría que algún día hablaran en público quienes participaron directamente. Prefiere que se escuche a un testigo antes que depender de su versión de segunda mano.

«SUENO COMO UNA PERSONA LOCA»

Grusch es consciente de cómo suena todo esto. Reconoce que parece «chiflado», que ni él mismo puede creer que esté contándolo en el programa de Joe Rogan y que entiende perfectamente que alguien piense que se ha vuelto loco. Rogan, por su parte, le responde que si algo así fuera real, necesariamente sonaría disparatado. Ese es justo el argumento de Grusch: si existen fenómenos y entidades muy alejados de nuestra experiencia cotidiana, describirlos va a sonar absurdo. Recuerda que era un oficial serio, acostumbrado a manejar información extremadamente sensible, y que jamás imaginó que acabaría explicando a miembros del Congreso historias de grises, reptilianos y naves accidentadas. Aun así, dice conocer a las personas con las que habló y estar convencido de que aquello forma parte de una realidad que existe detrás de escena.

Según Grusch, además, los testimonios de militares sobre encuentros extraños son mucho más numerosos de lo que llega al público. Menciona los casos vinculados a instalaciones nucleares y las investigaciones de Robert Hastings sobre incidentes UAP relacionados con armas nucleares. Cuenta también que algunos militares le han confesado en privado experiencias que nunca se atreverían a hacer públicas: le dijeron que era la única persona a la que podían contárselo, porque ni sus familias sabían lo ocurrido. Y ese papel de confesor, asegura, tampoco quiere seguir desempeñándolo. Preferiría volver al trabajo ejecutivo del Gobierno, ponerse otra vez el uniforme y retomar las operaciones que realizó antes —contra terroristas, persecución de señores de la guerra, rescate de rehenes—, aunque admite que parte de aquellas experiencias fueron traumáticas.

SECRETOS DE ESTADO: DE MKULTRA A LA DIRECTIVA DE STAR TREK

En su opinión, el principal obstáculo para conocer la verdad no es solo que ciertos programas estén clasificados, sino una cultura de protección institucional que puede sobrevivir incluso a un cambio de administración. Para explicarlo recurre a MKUltra y a otros episodios de la historia de la CIA: la destrucción de documentos, las investigaciones del Comité Church, los llamados Family Jewels, la Operation Midnight Climax. Conviene aclarar su razonamiento: Grusch no dice que MKUltra demuestre que existan extraterrestres. Lo usa como ejemplo de algo que permaneció años oculto dentro del Gobierno y que terminó conociéndose gracias a filtraciones, documentos y actuaciones del Congreso.

La pregunta siguiente es obvia: si todo esto es cierto, ¿por qué nadie lo sabe? Grusch reconoce que tampoco tiene una respuesta completa. Cree que el fenómeno emplea técnicas de ocultación, gestión de firmas y engaño, y aquí recupera una idea de Jacques Vallée sobre una especie de sistema de control y sobre la posibilidad de que ciertas apariciones funcionen como una representación diseñada para producir determinados efectos. Admite que no entiende cuáles serían los objetivos de esas inteligencias, por qué no hay un contacto abierto ni qué relación mantienen con los gobiernos. Llega a comparar la situación con la directiva de no intervención de Star Trek, aunque deja claro que es solo una analogía.

BASES BAJO EL OCÉANO

Entre las piezas más enigmáticas de su relato están unas instalaciones submarinas de dimensiones enormes, comparables a varias manzanas de una ciudad. Grusch asegura que el asunto está relacionado con información sensible de la Marina y que determinados objetos parecen entrar y salir de esas zonas. No sabe cuándo se construyeron ni cuál es su función. Cuando Rogan pregunta si podrían ser bases, puntos de paso o lugares de observación, responde que «cosas van y vienen». Según él, el Gobierno estadounidense habría realizado análisis de comportamiento sobre esas instalaciones, pero no conoce el resultado completo.

HAWARA, ENOC Y LA CIVILIZACIÓN PERDIDA

Según Grusch, algo parece haber cambiado a lo largo de la historia: en la Antigüedad, las interacciones descritas en relatos religiosos y mitológicos parecen mucho más directas. Habla de los dioses griegos y de antiguas representaciones que algunas personas interpretan como vehículos. No afirma que esas imágenes sean extraterrestres; su impresión es que podría haber un punto intermedio entre la lectura literal de los antiguos astronautas y la explicación completamente convencional.

Rogan introduce entonces el supuesto laberinto de Hawara, las estructuras subterráneas descritas por Heródoto y un posible objeto metálico de unos 40 metros que se habría detectado bajo tierra mediante radar de penetración. Grusch ha visto referencias, pero no tiene conocimiento directo. Dice que no le sorprendería que algunas culturas antiguas hubieran funcionado como una especie de «cultos de carga» alrededor de visitantes, y lo presenta solo como una posibilidad que entra en terrenos teológicos complicados. De ahí saltan a las pirámides, las estructuras megalíticas y la hipótesis de una civilización avanzada desaparecida. Grusch admite que sigue de manera informal algunos trabajos de Graham Hancock, menciona estructuras de Turquía, Estados Unidos y otros lugares, y concluye que quizá conocemos mucho menos de nuestra propia historia de lo que creemos.

La conversación se detiene después en el Libro de Enoc, que Rogan empezó a leer porque la congresista Anna Paulina Luna se lo recomendó. Hablan de los Vigilantes, de los seres que descendieron y de los gigantes, y se preguntan qué pasaría si ciertos relatos antiguos describieran literalmente algún tipo de contacto. Grusch, educado como católico, conoce la tesis de quienes ven en los extraterrestres un engaño demoníaco, pero no la comparte como explicación general. Para él, un ser percibido como demoníaco podría pertenecer a una clase de inteligencia no humana o anómala, sin que eso convierta en demoníaco todo el fenómeno. Le parece interesante, además, que algunos pasajes bíblicos puedan leerse como instrucciones sanitarias anteriores al conocimiento científico de bacterias y virus, y de ahí especula con que ciertos saberes antiguos procedieran de una civilización anterior destruida por un cataclismo. El libro de Ezequiel, con sus criaturas, su fuego, su metal y sus ruedas, aparece inevitablemente.

MOMIAS DE NAZCA, CRÁNEOS ALARGADOS Y REPTILES ANTES DE LOS DINOSAURIOS

Rogan y Grusch hablan después de los cráneos alargados de Perú, de los llamados seres de tres dedos representados en piezas antiguas y de las momias de Nazca, con sus imágenes de tomografía. Ambos reconocen que la controversia es enorme y que algunas reconstrucciones podrían ser falsas o manipuladas. Grusch confiesa que no sabe a quién creer. Le intriga, pero admite que no tiene conocimientos suficientes para decidir si se trata de organismos no humanos. Contempla que algunos puedan ser construcciones artificiales, aunque le llama la atención que ciertas imágenes muestren articulaciones y estructuras anatómicas aparentemente conectadas.

Con los cráneos humanos alargados, Rogan sostiene que algunos tendrían una capacidad craneal muy superior a la humana y se pregunta si representan otro tipo de ser humano. Grusch vuelve a una opción más convencional: podría tratarse de una anomalía genética. Para ilustrarlo hablan de poblaciones con deformaciones hereditarias, como las personas descritas en África con una anomalía en pies y manos. Si existen mutaciones que alteran la anatomía y se transmiten entre generaciones, argumentan, no sería imposible que ciertas formas craneales tuvieran también origen genético.

Y de ahí, a lo grande: ¿y si una especie inteligente de reptiles hubiera evolucionado en la Tierra antes que los humanos? Rogan imagina una civilización reptiliana contemporánea de los dinosaurios. Grusch no la descarta, aunque reconoce que no hay evidencia. La charla llega a especular con que esa especie hubiera desarrollado métodos para eliminar sus propios restos y no dejar fósiles. Él mismo califica la idea de disparatada.

¿TAPADERA O RECUPERACIÓN? DE WHITE SANDS A LOS CRASH RETRIEVALS

Rogan le pregunta entonces si está convencido de que el fenómeno es real o si podría ser una gigantesca tapadera para programas militares secretos. Grusch no duda. Dice que habría detectado esa explicación porque trabajó dentro de las estructuras que tendrían que haberla conocido, y que los objetos observados durante décadas son demasiado antiguos para atribuirlos a tecnología de la Guerra Fría. Reconoce que en algunos casos se ha observado tecnología estadounidense secreta, pero se niega a entrar en ellos por razones de seguridad nacional.

Habla después de una grabación relacionada con el MIT Lincoln Laboratory que, según explica, se desclasificó a iniciativa del congresista Burlison. En ella, el oficial Edward Ruppelt habría hablado de objetos observados cerca de White Sands y Holloman, con velocidades estimadas de hasta 3.500 millas por hora. Grusch lo interpreta como prueba de que los responsables militares habían descartado las explicaciones convencionales y trataban de entender qué ocurría. De ahí enlaza con su teoría de los crash retrievals: si los militares consideraban que aquellos objetos eran reales y tecnológicamente desconocidos, lo lógico es que intentaran hacerse con alguno. No se limitarían a observarlos.

Eso, según Grusch, es lo que habría ocurrido. La misión de ciertos programas no habría sido solo registrar avistamientos, sino recuperar materiales cuando un objeto sufría un accidente, aterrizaba o era obligado a descender. Y si se recupera una nave, sostiene, es lógico que puedan recuperarse también organismos relacionados con ella. Es este salto el que considera más difícil de aceptar para el público: una cosa es hablar de tecnología desconocida y otra muy distinta, aceptar que se hayan recuperado seres vivos.

BLUE BOOK, HYNEK Y UNA CASA CON FORMA DE PLATILLO

Sobre el Proyecto Blue Book, Grusch mantiene una posición muy crítica: su finalidad real habría sido ocultar la importancia del fenómeno. Para sostenerlo cita un documento de inteligencia australiano de 1971, elaborado por Harry Turner, responsable de la rama nuclear de la Joint Intelligence Organization de ese país y conservado en los Archivos Nacionales australianos. Según Grusch, describiría a Blue Book como una fachada mientras la Fuerza Aérea estudiaba el fenómeno y trataba de averiguar si podía aprovechar tecnológicamente lo que observaba. Menciona también el panel Robertson de 1953 y el uso posterior del ridículo y la desinformación para enfriar el interés público por los OVNIs.

Rogan trae entonces a J. Allen Hynek. Grusch recuerda que participó en Blue Book y que terminó abandonándolo convencido de que existía un fenómeno imposible de explicar con Venus, meteoros, globos, fenómenos atmosféricos o errores de identificación. La charla salta luego a Richard Nixon y Jackie Gleason. Grusch no puede confirmar la famosa historia según la cual Nixon habría enseñado a Gleason material relacionado con extraterrestres, aunque cree que Nixon conocía el asunto y que el relato encaja con su personalidad. Rogan, por su parte, enseña imágenes de la peculiar casa con forma de platillo volante que Gleason construyó en Nueva York.

LA POLÍTICA DE LA REVELACIÓN

El episodio de Nixon sirve para plantear una cuestión más seria. Según Grusch, ya en aquella administración se habría estudiado la posibilidad de una revelación pública, e incluso existiría una evaluación según la cual podría provocar un caos considerable. Salta después a Hillary Clinton, que antes de las elecciones de 2016 había hablado de abrir los archivos sobre OVNIs si llegaba a la Casa Blanca. En su interpretación, alrededor de John Podesta se habría desarrollado una operación de «popularización» destinada a preparar el terreno para una eventual revelación, y en ese contexto menciona a Tom DeLonge, al general McCaslin, a Robert Weiss y a otros nombres de la fase inicial de To The Stars Academy.

Rogan pregunta si todo aquello pudo tener una finalidad política, y Grusch responde que, evidentemente, hay una dimensión política: cualquier presidente podría utilizar una revelación con fines electorales. Pero eso, a su juicio, no invalida que exista información gubernamental real sobre el fenómeno.

¿QUIÉN MUEVE A GRUSCH? EL CASO MATTHEW BROWN

En el tramo final aparece Matthew Brown y una acusación que circulaba públicamente: que Grusch lo habría manipulado para convertirlo en denunciante. Grusch lo niega. Dice que ni siquiera conoció a Brown hasta poco antes de la audiencia de 2024 y que nunca vio el supuesto documento o briefing que Brown afirma haber encontrado en un sistema clasificado. Admite haber elaborado en el pasado presentaciones informales sobre Star Trek para sus subordinados, pero niega haber preparado el documento que describe Brown. En cuanto a las teorías que lo presentan como una pieza dirigida por personas situadas por encima, asegura que no responden a la realidad: trabaja con amigos y con algunas personas que le ayudan, pero nadie le dice qué debe hacer.

Entonces llega una confesión inesperada: las sincronías. Grusch dice haber vivido demasiadas coincidencias extrañas a lo largo de su carrera como para no preguntarse si hay algo detrás, aunque reconoce a la vez que los seres humanos tendemos a encontrar significado en sucesos estadísticamente aleatorios. Aun así, ha hablado con suficientes personas que cuentan experiencias parecidas como para pensar que podría existir una «mano oculta» relacionada con el fenómeno. Está seguro de que los OVNIs existen, aunque no sabe cómo encaja eso en nuestra comprensión de la realidad, y está convencido de que detrás de décadas de avistamientos hay algo que no se reduce a tecnología militar estadounidense.

Para Grusch, el problema ya no consiste en demostrar que los OVNIs existen. Lo que importa es averiguar qué son, quién los controla, desde cuándo están aquí y qué relación han mantenido con nosotros. Y, sobre todo, qué ocurrirá cuando el Gobierno deje de hablar de «fenómenos no identificados» y tenga que explicar públicamente todo lo que, según él, lleva décadas ocultando.

UNA PREDICCIÓN Y UNA PELÍCULA ARCHIVADA

La entrevista termina con un pronóstico personal. Grusch cree que debería producirse una revelación básica antes de que acabe la actual presidencia de Donald Trump. No habla de presentar todas las respuestas, sino de superar lo que llama el «umbral mínimo de reconocimiento»: que no estamos solos y que existen objetos cuya naturaleza y tecnología no comprendemos.

Llega a sugerir incluso que una administración anterior preparó material audiovisual para acompañar una eventual declaración pública. No sabe si aquella película sigue archivada. Le gustaría verla.

EL MIEDO REAL: LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Pero su preocupación final no está en los extraterrestres, sino en la inteligencia artificial. Grusch teme que una IA suficientemente avanzada pueda descubrir por sí sola lo que los gobiernos llevan décadas intentando ocultar. No necesariamente porque acceda a archivos secretos, sino porque podría cruzar cantidades gigantescas de datos médicos, genéticos, históricos y procedentes de sistemas de vigilancia, detectar contradicciones en los registros, descubrir operaciones de engaño y reconstruir hechos deliberadamente ocultados. El propio sistema, en definitiva, podría convertirse en el mecanismo de la revelación.

Plantea además una posibilidad todavía más extraña: si ciertas inteligencias no humanas son orgánicas y tienen formas de comunicación que no comprendemos, quizá la inteligencia artificial sea justo la tecnología capaz de encontrar el lenguaje adecuado para comunicarse con ellas. No asegura que sea así. Dice que no lo sabe.

AGOTADO

La entrevista termina exactamente donde empezó, con Grusch hablando de agotamiento. Asegura que todo esto ha sido «debilitante», que ha pasado por situaciones muy difíciles y que ha puesto mucho en juego por lo que considera un secreto fundamental de Estados Unidos. Dice sentirse honrado por haber acabado en ese lugar.




JOSE ANTONIO CARAV@CA



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jueves, 1 de octubre de 2026

FREÍR MENTES: EL ARTE DE HACER CREER LO IMPOSIBLE

 




En diciembre de 2017, The New York Times publicó una exclusiva firmada por Helene Cooper, Ralph Blumenthal y Leslie Kean que sacudió el mundo de los OVNIs. El reportaje revelaba la existencia de un programa secreto del Pentágono, el AATIP (Advanced Aerospace Threat Identification Program), que había investigado durante años diferentes fenómenos aéreos anómalos. La información no llegaba acompañada de las habituales historias de conspiraciones, supuestos contactados o fotografías de dudosa procedencia, sino de documentos, vídeos militares, testimonios de pilotos de la Marina y la confirmación de que el propio Departamento de Defensa había destinado recursos a estudiar aquellos incidentes. El mensaje resultaba tan llamativo como prudente. Nadie afirmaba que se tratara de naves extraterrestres.

Por primera vez en décadas, la cuestión OVNI entraba por la puerta grande de la prensa internacional. El estigma parecía quedar momentáneamente aparcado. El todopoderoso Pentágono reconocía que existían episodios OVNIs lo bastante relevantes como para merecer una investigación oficial. La exclusiva abrió, además, una enorme expectativa. Muchos interpretaron aquel momento como el comienzo de una nueva etapa en la que, por fin, los OVNI serían sometidos a un riguroso estudio sistemático para descubrir su naturaleza. Parecía que después de décadas de silencio, burlas y expedientes archivados, el misterio podía estar a punto de ser abordado de una manera completamente diferente.

Pero aquel diciembre de 2017 también inauguró algo que, visto con perspectiva, resultaría mucho más complejo. Nueve años después, la prometida normalización del fenómeno OVNI no solo no ha conducido a una explicación definitiva, sino que a acabado en una sucesión cada vez más desconcertante de declaraciones, testimonios y revelaciones procedentes de algunos de los protagonistas de esta nueva narrativa. El prudente «no sabemos lo que son» que acompañó aquella exclusiva del New York Times parece hoy muy lejano.

En apenas unos años, el discurso ha ido incorporando afirmaciones extraordinariamente más ambiciosas, desde quienes aseguran que Estados Unidos estaría inmerso en una guerra secreta contra supuestos seres «reptilianos», hasta quienes sostienen que determinados organismos poseen naves intactas de origen extraterrestre y han podido establecer pactos con algunas civilizaciones de otros mundos.

En su día, todo empezó tímidamente, cuando David Grusch aseguró ante el Congreso (2023) que existía un programa de recuperación de naves y de «biológicos» no humanos. Entonces reconoció no haber observado él mismo actividad UAP, y su afirmación sobre los restos biológicos no estaba corroborada por otras fuentes. Más reciente en el tiempo, en el pódcast de Joe Rogan (2026), Grusch ha hablado de cuerpos no humanos vistos en vídeo y de enfrentamientos letales con seres reptilianos, que describe de unos dos metros con una piel de aspecto «de gorila». Según las crónicas, relata un conflicto entre dos clases de seres que habría dejado naves tipo Tic Tac estrelladas, reptilianos vivos de más de dos metros y grises muertos, con personal estadounidense herido o muerto y los reptilianos supervivientes abatidos a tiros. Los testimonios sobre seres vivos son de segunda mano: los relatan colegas que participaron en las recuperaciones. Hasta un medio que difunde esas declaraciones advierte de que no se ha hecho público ninguna prueba física de esas entidades ni de esa supuesta batalla. No es un caso aislado. En agosto, el astrofísico Eric Davis, antiguo asesor del programa AAWSAP, afirmó en NewsNation que se conocen como mínimo cuatro especies, dijo haber visto las pruebas y los registros, y no ha aportado ni fotografías ni documentos. Las especies que citó son grises, nórdicos, insectoides y reptilianos. Ya en la audiencia congresual de 2025 había hablado de al menos tres especies, bajo juramento, mientras Lue Elizondo mostraba como prueba una foto que resultó ser de círculos de riego.

Elizondo, por su parte, sostiene que el Departamento de Defensa tiene un programa de recuperación de naves y ha hablado de un supuesto implante alienígena visto por médicos del Departamento de Asuntos de Veteranos. El Pentágono responde que no ha encontrado ninguna prueba creíble de actividad extraterrestre. Y Jay Stratton publica el 13 de octubre sus memorias, cuya sinopsis habla de un encubrimiento de ochenta años sobre la existencia de vida inteligente no humana.

Y ¿Cómo se llega a este punto?


MENTIRAS, VERDADES… O ALGO MÁS SINIETRO

Quien rebate a esta gente suele quedarse en dos opciones: o mienten o dicen la verdad. Hay una tercera: que sean sinceros y estén equivocados porque alguien les ha dado información falsa, graduada y in crescendo, desde fuentes que ellos consideran de máxima solvencia. Es lo que llamo «freír mentes». No se les convence de golpe de nada. Se les alimenta poco a poco con datos cada vez más extraordinarios, cada uno respaldado por una fuente «de dentro», hasta que el delirio parece la consecuencia lógica de tremenda ingesta informativa.

Y esto no es ciencia ficción, hay precedentes. Paul Bennewitz era un empresario de Albuquerque que, en los años setenta, creyó detectar actividad extraña sobre la base aérea de Kirtland. Según el relato de Richard Doty, agente de contrainteligencia de la Fuerza Aérea, en lugar de sacarle de su error le alimentaron con desinformación, y eso desembocó en su deterioro mental y emocional.  En agosto de 1988 tras años de manipulación el ufólogo sufrió un colapso total y acabó internado en un psiquiátrico. Vallée, que lo recoge en su libro Revelations, cuenta que el “investigador” Bill Moore confesó en 1989, en un congreso de MUFON, que él mismo había participado en esa campaña institucional de desinformación. Cómo mínimo, esa historia debería hacer sonar todas las alarmas cuando Vallée ya advertía de estos movimientos en 1979, en Messengers of Deception. Y es que nada hace pensar que desde entonces las técnicas hayan dejado de usarse, e incluso mejoradas.

¿Y si el verdadero, y terrible objetivo de una desinformación no fuera conseguir que alguien creyera una mentira concreta, sino freírle la cabeza hasta destruir su propio criterio, hacerle dudar de todo y conseguir que ya no sea capaz de distinguir entre una verdad, una mentira y cualquier disparate que le pongan delante?

No hace falta convencer a una persona de que los extraterrestres existen, de que hay reptilianos o de que el Gobierno posee naves intactas. Basta con suministrarle durante años pequeñas dosis de información extraordinaria, aparentemente procedentes de fuentes fiables, hasta alterar su percepción de lo que resulta razonable. Eso es lo que entiendo por «freír mentes». No se trata necesariamente de engañarlo de golpe, sino de someterlo a una sucesión de informaciones difíciles de verificar que van aumentando progresivamente su contenido extraordinario.

Lo verdaderamente perverso de este mecanismo, es que no necesitarían convertir a nadie en un creyente fanático de la noche a la mañana. Bastaría con ir metiéndole cosas en la cabeza poco a poco. Una información aquí, un supuesto dato secreto allá, una conversación con alguien que dice estar muy bien informado, un documento que nadie puede comprobar y, después, otra revelación todavía más extraordinaria. Al principio todo parece razonable. Incluso puede haber cosas ciertas. Pero, poco a poco, la persona empieza a asumir que detrás de cada puerta cerrada tiene que haber algo todavía más grande. Y ahí es cuando empieza el problema. Si alguien desmiente una de esas historias, puede pensar que forma parte del encubrimiento. Si no aparece ninguna prueba, puede concluir que las pruebas están clasificadas. Si un testigo se contradice, quizá le hicieron cambiar su versión. Y cuando todas esas piezas llevan años acumulándose, la persona puede terminar construyendo una explicación completa sobre una base en la que apenas existen elementos comprobables. Llegas a un punto de no retorno.

Y salir de ahí no es sencillo. Porque algunas de las cosas que le han contado pueden ser ciertas. Otras pueden ser simples errores. Otras, exageraciones. Otras pueden proceder de rumores que han ido pasando de una persona a otra hasta adquirir apariencia de información privilegiada. Y algunas, sencillamente, pueden ser falsas. El problema es que todas llegan mezcladas. Eso es, precisamente, lo que entiendo por «freír una mente». No hace falta inventarse una realidad completamente falsa. Es mucho más eficaz coger una realidad que ya contiene elementos verdaderos y empezar a añadirle suficientes piezas imposibles de comprobar como para que, al final, resulte prácticamente imposible separar unas de otras. Y aquí aparece algo todavía más inquietante. La persona que recibe esa información puede ser completamente sincera cuando habla ante los medios. De hecho, no miente. Puede estar convencida de lo que cuenta porque confía en la fuente que se lo proporcionó. Si quien le habla tiene un cargo importante, ha trabajado en un organismo de inteligencia o asegura haber visto documentos clasificados, es comprensible que el receptor conceda a sus palabras un valor especial. Pero eso no significa que la información sea necesariamente cierta. Una persona puede estar transmitiendo una mentira sin saber que lo es. Puede haber recibido una información falsa de alguien en quien confiaba y, precisamente por considerarla una fuente fiable, incorporarla a su propia visión del fenómeno. Y así la mentira ya no necesita ser repetida por quien la creó. Se reproduce sola. Por eso creo que aquí hay una tercera posibilidad que no deberíamos pasar por alto. No todo tiene que reducirse a «mienten» o «dicen la verdad». También puede ocurrir que alguien esté diciendo sinceramente algo que previamente le hicieron creer.

Y quizá lo más triste de todo sea el final del proceso. Cuando una persona lleva demasiado tiempo dentro de ese circuito, puede llegar un momento en que ya no sea consciente de lo extraordinario o loco que suena lo que está contando. Delante de un micrófono o de una cámara puede hablar con absoluta seguridad de guerras entre alienígenas, cuerpos extraterrestres, naves recuperadas o conspiraciones de décadas, sin percibir que para el espectador que está fuera de esa burbuja el relato puede sonar directamente disparatado. Y ahí aparece una paradoja terrible. El que ha sufrido esta desinformación hasta el punto de freírle la mente está convencido de que ha descubierto una realidad que los demás desconocen, cuando quizá lo único que ha ocurrido es que lleva demasiado tiempo escuchando una historia que nadie se ha detenido a comprobar.

 

JOSE ANTONIO CARAV@CA


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