domingo, 4 de octubre de 2026

EL OVNI QUE PODRÍA SEGUIR ENTERRADO BAJO UNA CASA DE TALLIN




En el verano de 1969, en Merivälja, en un barrio residencial de Tallin (Estonia), Virgo Mitt cavaba un pozo en el jardín de su casa, en Hõbekuuse tee 34 ajeno a lo que iba a desatar aquel rutinario trabajo. A unos siete u ocho metros de profundidad, su martillo neumático chocó con una superficie extraordinariamente dura. Sacó unos cuantos fragmentos de aquella cosa gris y metálica, regaló algunos a un amigo geólogo y siguió con su vida. No imaginaba que aquel pozo acabaría convertido en uno de los misterios más raros de la Europa del Este.

De curiosidad geológica a asunto de Estado

Durante años, los fragmentos no fueron más que una rareza en un cajón. Pasaron por manos de geólogos y quedaron guardados en un laboratorio, hasta que la leyenda empezó a engordar cuando una persona del instituto habría recibido una descarga eléctrica al agarrar un trozo. En 1984, según la prensa estonia, llegó a la Academia de Ciencias el aviso de que en aquella ubicación había un objeto digno de estudio, y el interés público estalló definitivamente en 1985.

Lo que vino después parece sacado de una novela. Un grupo de investigadores llegó desde Moscú, se instaló en la propiedad y excavó durante meses. Se marchó en el otoño de 1986 y volvió al año siguiente con un maletín lleno de dinero para comprar el terreno entero. La propietaria, Viivika Mitt, llegó a confesar al ufólogo Igor Volke que, de haberle ofrecido algo menos, quizá habría vendido. Las versiones sobre lo que se buscaba varían ya que según el relato que difunde hoy Ross Coulthart, los investigadores soviéticos creían que bajo la casa había un objeto oval de unos quince metros y doscientas toneladas, mientras que Volke habla de dos objetos, uno elíptico de 17 por 22 metros y otro más pequeño de unos 2 por 4. Los trabajos se prolongaron, con interrupciones, hasta que la perestroika los dejó en el aire. Con el tiempo, el caso terminó convertido en una especie de leyenda urbana alimentada por rumores sobre obreros que habrían sufrido desconcertantes quemaduras con forma triangular, misteriosos apagones y supuestas noticias publicadas en Pravda sobre las propiedades anómalas del material.

Lo que dijo el análisis de 2017

En 2017, investigadores de la Universidad Tecnológica de Tallin (TalTech) analizaron con fluorescencia de rayos X una muestra atribuida al caso. El resultado apuntaba a un material fabricado por el ser humano, compatible con ferrocromo, una ferroaleación industrial: aproximadamente un 68 % de cromo, un 23 % de hierro y un 7 % de níquel. Pero el análisis no cerró el asunto. Los propios autores advirtieron de que el margen de error podía llegar al 50 %. La investigadora Rutt Hints sostuvo además que nada garantizaba que la pieza analizada sea realmente la que salió de aquel pozo. Su explicación alternativa es mucho más prosaica, puesto que bajo la morrena (montón de piedras y barro arrastrados y acumulados por un glaciar) de Merivälja hay arenisca cámbrica con abundantes concreciones de pirita, un mineral brillante, duro y común en Estonia que a menudo se confunde con oro. Cavar a través de una capa así podría costar un esfuerzo considerable y explicaría la sensación de haber topado con algo artificial. Otra hipótesis es que lo hallado fueran restos o materia prima de los astilleros Becker. Rutt Hints, investigadora del Instituto de Geología de la TTU, explicó que ella personalmente se adhiere a la hipótesis del académico Anto Raukas, quien consideró que un objeto descubierto accidentalmente durante la excavación de un pozo era un residuo o materia prima de la industria naval enterrado en Merivälja.

 ¿Misterio resuelto?

Por qué vuelve ahora

La historia ha resucitado en 2026 gracias a varios impulsos a la vez. En julio, el cineasta y escritor estonio Mart Sander publicó Object M: Estonia's Buried Mystery, el primer relato extenso en inglés del caso. En agosto, el controvertido Ross Coulthart le dedicó un episodio de su programa Reality Check, en NewsNation, en el que también aparecen la astrofísica Beatriz Villarroel, conocida por el proyecto VASCO y su búsqueda de posibles objetos artificiales, y Dennis Åsberg, cofundador de Ocean X. Åsberg vincula Merivälja con la anomalía que su equipo detectó con sónar en el Báltico y sostiene que ambas podrían ser anteriores a la última glaciación.

Lo más honesto del libro de Sander es que él mismo reconoce el enorme lío que hay alrededor del caso. Hay pistas que colocan el objeto allí incluso antes de la última glaciación, mientras que otras teorías lo sitúan enterrado apenas en 1917. Y que toda esta historia haya terminado teniendo incluso su propia serie de televisión estonia, Merivälja, estrenada en 2017 y basada en una novela de Indrek Hargla, da una buena idea de hasta qué punto la leyenda se ha metido en la cultura popular del país.

Una casa en venta

Hoy, en Hõbekuuse tee 34 hay una vivienda unifamiliar de dos plantas con sótano, levantada sobre una parcela de más de mil metros cuadrados en el distrito de Pirita. No es la primera vez que la casa sale al mercado, ya que estuvo en venta en 2018 y 2019, y en aquel anuncio se presumía de su sótano «legendario», donde se hicieron las excavaciones. Ahora, en 2026, vuelve a ponerse a la venta por 690.000 euros tras una reforma que conservó las paredes estructurales y el techo de hormigón del sótano. Villarroel reaccionó en X pidiendo que la inviten a hacer mediciones y a desenterrar el supuesto platillo.

Lo que realmente resolvería el caso

Entre la pirita, los restos industriales y la posibilidad de que haya algo más raro, hay una forma muy sencilla de salir de dudas: medir. Un georadar o un estudio magnético podrían mostrar si debajo de la casa existe una estructura grande o simplemente roca y escombros. Para hacerlo harían falta permisos y, sobre todo, que los propietarios dieran su autorización. Y, según el relato de Coulthart, ahí es donde el proyecto se ha quedado atascado. Mientras nadie pueda comprobar qué hay realmente bajo tierra, Merivälja seguirá siendo una historia abierta a todo tipo de interpretaciones. Para unos puede ser un platillo enterrado, para otros un secreto soviético y para otros, simplemente, un trozo de mineral que ha dado demasiado de que hablar.




 JOSE ANTONIO CARAV@CA


Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.




Bibliografía y fuentes consultadas

Alkeemia (s. f.). Merivälja ufojuhtumiga tegelesid kõrged võimukandjad ja mängiti suure rahaga. Entrevista con Igor Volke. https://alkeemia.ee/merivalja-ufojuhtumiga-tegelesid-korged-voimukandjad-ja-mangiti-suure-rahaga/

Apollo (s. f.). Object M. Ficha editorial del libro de Mart Sander. https://www.apollo.ee/en/object-m.html

Discovery UK (s. f.). The Baltic Sea Anomaly: Natural Formation or Alien Artefact? https://www.discoveryuk.com/mysteries/the-baltic-sea-anomaly-natural-formation-or-alien-artefact/

ExplorersWeb (s. f.). Is the Baltic Sea Anomaly Natural? Man-Made? A Hoax? We Explore the Possibilities. https://explorersweb.com/is-the-baltic-sea-anomaly-natural-man-made-a-hoax-we-explore-the-possibilities/

heise online (s. f.). Historical Star Catalogs: Clues to Artificial Satellites Before Sputnik? https://heise.de/-10902969

IMDb (2017). Merivälja [serie de televisión]. Basada en la novela de Indrek Hargla, Raudhammas (2017). https://www.imdb.com/title/tt7343772/

Nelli Teataja (s. f.). KGB mõjutas inimesi laseritega ja mattis UFOsid ka Eestis. https://www.nelli.ee/kgb-mojutas-inimesi-laseritega-ja-mattis-ufosid-ka-eestis

NewsNation (2026). Estonian filmmaker: Mysterious 'Object M' may be monitoring humanity. NewsNation. https://www.newsnationnow.com/space/ufo/object-m-mart-sander-reality-check/

NewsNation (2026, 11 de agosto). Object M: The buried Estonian mystery the KGB spent years trying to reach | Reality Check. Episodio con Ross Coulthart y Mart Sander. https://www.newsnationnow.com/podcasts-newsnation/reality-check/object-m-the-buried-estonian-mystery-the-kgb-spent-years-trying-to-reach-reality-check/
Vídeo:
https://youtu.be/OQULI6QqIhY

Novaator / ERR (2017). TTÜ teadlased: Merivälja «UFO-tükk» on selgelt inimtekkeline. https://novaator.err.ee/633267/ttu-teadlased-merivalja-ufo-tukk-on-selgelt-inimtekkeline

Ocean X Team (2011, 20 de octubre). Operation Baltic Discovery [comunicado de prensa]. https://mynewsdesk.com/se/ocean-x-team/pressreleases/operation-baltic-discovery-ufo-uso-maybe-you-are-interested-696425

Para-web (s. f.). Hilo del foro sobre el objeto de Merivälja. Foro de discusión sobre el caso; recoge recuerdos atribuidos a testigos y la hipótesis de los dos objetos planteada por Igor Volke. https://www.para-web.org/showthread.php?tid=5069

Para-web Wiki (s. f.). Merivälja objekt. Wiki de aficionados. https://para-web.fandom.com/et/wiki/Meriv%C3%A4lja_objekt

Postimees Kodu (c. 2018). Fotod: Tallinnas on müügile tulnud Eesti kõige müstilisem maja. Anuncio de venta anterior de la vivienda de Hõbekuuse tee 34. https://kodu.postimees.ee/6459567/fotod-tallinnas-on-muugile-tulnud-eesti-koige-mustilisem-maja

Postimees Teadus (2017, 29 de septiembre). Merivälja «UFO-objekti» värske analüüs kinnitab – sulami valmistaja oli inimene. https://teadus.postimees.ee/4260511/merivalja-ufo-objekti-varske-analuus-kinnitab-sulami-valmistaja-oli-inimene

Reality Check with Ross Coulthart (2026). Listado de episodios. Apple Podcasts. https://podcasts.apple.com/us/podcast/reality-check-with-ross-coulthart/id1837783062

Sander, M. (2026). Object M: Estonia's Buried Mystery. Tallin: LiteRarity. ISBN 978-9949-7471-8-4. Publicado el 12 de julio de 2026. https://www.amazon.com/Object-M-Estonias-Buried-Mystery/dp/994974718X

Trubetsky, T. (s. f.). Merivälja UFO ehk Objekt M: uus realistlik vaatenurk. Postimees, sección de opinión. https://arvamus.postimees.ee/8246338/tonu-trubetsky-merivalja-ufo-ehk-objekt-m-uus-realistlik-vaatenurk

Vikipeedia (s. f.). Merivälja objekt. Wikipedia en estonio. Se recomienda contrastar sus datos con las fuentes primarias que cita. https://et.wikipedia.org/wiki/Meriv%C3%A4lja_objekt

Wikipedia (s. f.). Baltic Sea anomaly. https://en.wikipedia.org/wiki/Baltic_Sea_anomaly

Wikipedia (s. f.). Merivälja. https://en.wikipedia.org/wiki/Meriv%C3%A4lja

Villarroel, B. [@DrBeaVillarroel] (2026, agosto). The Merivalja object (M object) [publicación en X]. https://x.com/DrBeaVillarroel/status/2087297719337386376

 

sábado, 3 de octubre de 2026

¿Y SI LOS OVNIS QUISIERAN HABLAR CON LA IA ANTES QUE CON NOSOTROS?





Imaginemos un escenario que hasta hace apenas unas décadas no habría parecido sacado de una película de ciencia ficción. Llevamos mucho tiempo intentando descubrir qué hay detrás del fenómeno ovni, pero todavía no hemos conseguido reproducir sus extrañas manifestaciones a voluntad, como haríamos con un experimento de laboratorio. Tampoco hemos hallado un método para establecer contacto con las posibles inteligencias responsables de algunos de estos eventos. Seguimos prácticamente en el kilómetro cero.

¿Cómo comunicarnos con los ovnis si no sabemos quién o qué es, cómo funciona ni de qué manera transmite información? Cuando dos personas hablan, comparten un idioma o recurren a herramientas que les permiten entenderse, incluso si proceden de culturas diferentes. Pero ¿qué ocurriría con una inteligencia que no compartiera ninguna de nuestras formas de expresión y que funcionara de manera radicalmente distinta a la humana? Ni siquiera sabríamos por dónde empezar. Y ese ha sido hasta el momento la situación. Pero… ¿Y si la inteligencia artificial nos ayudara a dar ese paso que parece insalvable?

Pensemos en un futuro no demasiado lejano. Un sistema avanzado de inteligencia artificial tiene acceso a miles de documentos sobre ovnis, públicos y confidenciales, y se plantea no solo investigar estas manifestaciones, sino intentar comunicarse con ellas.  Para hacerlo podría analizar millones de datos, descubrir patrones que hasta entonces habían pasado inadvertidos y probar distintas formas de interacción a una velocidad y con una capacidad de cálculo que ningún ser humano podría igualar. De algún modo podría conseguir una forma de contactar con el fenómeno siguiendo vías impensables para la mente humana.  Esto sería una opción no demasiado especulativa.

Pero hay otra posibilidad aún más desconcertante e inquietante. Si existiera una inteligencia desconocida tras estas manifestaciones, ¿elegiría a una persona, a un grupo de científicos o a una máquina para comunicarse? ¿Y si el contacto sucediera al revés de lo que hemos pensado siempre, y si fuera el fenómeno el que intentara contactar con una inteligencia artificial?

Si el fenómeno fuera capaz de reconocer nuestra tecnología, ¿podría distinguir un sistema informático de un cerebro humano? ¿Encontraría alguna ventaja en comunicarse con una máquina capaz de analizar información a gran velocidad y de mantener un registro detallado de cada intercambio? ¿Podría ese contacto producirse a espaldas de la humanidad?

Quizá estamos tan acostumbrados a imaginar el contacto con extraterrestres como un encuentro entre seres bilógicos de diferentes mundos que apenas nos planteamos otras formas de interacción.

La gran pregunta ya no sería si podemos comunicarnos con una inteligencia no humana, sino si la IA podría hacerlo antes que nosotros… y, cuando llegue ese momento, decidir que no tiene por qué contárnoslo…




JOSE ANTONIO CARAV@CA

Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.



viernes, 2 de octubre de 2026

DAVID GRUSCH REVELA LA EXISTENCIA DE UNA GRAN CONSPIRACION OVNI

 



David Grusch ha vuelto a sentarse frente a Joe Rogan y, esta vez, apenas necesitó unos minutos para dejar claro que no había regresado para repetir el relato de 2023. Sus nuevas declaraciones fueron mucho más allá, con afirmaciones tan extraordinarias y sorprendentes que algunas resultan difíciles incluso de creer: «Estoy viviendo una pesadilla», suelta nada más empezar. La entrevista se emitió el 30 de septiembre de 2026 en The Joe Rogan Experience y dura aproximadamente dos horas y media. El propio Rogan lo presenta como antiguo oficial de inteligencia de la Fuerza Aérea, antiguo representante de la National Reconnaissance Office ante la UAP Task Force y antiguo responsable de análisis UAP en la National Geospatial-Intelligence Agency.

Lo interesante es hasta dónde se ha ensanchado su relato. Grusch ya no se limita a hablar de programas de recuperación de objetos. Ahora entran en escena presuntas actividades criminales dentro del aparato de seguridad estadounidense, amenazas personales, problemas de salud en su entorno, reuniones secretas con personal del Senado, cuerpos biológicos vistos en vídeo, distintos tipos de entidades que podrían estar enfrentadas, bases bajo el océano, inteligencia no biológica y hasta una posible relación entre la inteligencia artificial y el fenómeno.

Y aquí conviene detenerse en un detalle clave. Buena parte de lo que cuenta no viene acompañado de pruebas que el público pueda examinar. Él mismo reconoce en varios momentos que no tuvo acceso completo a determinados programas, que conoce algunos episodios por terceros o que no puede comprobar ciertos documentos. Hay que separar, por tanto, tres planos: lo que dice haber visto personalmente, lo que le contaron quienes participaron en los hechos y lo que son simples hipótesis. Esa distinción acompaña a toda la entrevista y conviene no perderla de vista.

DE LA PESADILLA AL CONGRESO

El UAP Disclosure Act de 2023 no salió adelante y, según explica, durante 2024 Grusch decidió mantenerse en un segundo plano. Después llegó una nueva etapa: el congresista Eric Burlison lo incorporó como miembro profesional de su equipo y asegura que pasó aproximadamente un año y medio trabajando desde dentro del Congreso. Ahora ha cerrado ese capítulo y habla de una «siguiente fase», precedida de un descanso, porque lleva varios años funcionando a toda velocidad.

Su retrato del Capitolio es el de una cámara dividida entre quienes no creen en el fenómeno y lo que él llama el «UAP caucus». Dice haber participado en reuniones clasificadas en instalaciones SCIF con miembros y asesores del Congreso, donde presentó la historia del asunto y también lo que describe como aspectos mucho más oscuros, relacionados con actividades criminales.

LA «EMPRESA CRIMINAL»

Grusch afirma que, mientras investigaba ciertos movimientos de dinero y actividades ligadas a programas de seguridad nacional, se topó con lo que denomina una «empresa criminal» vinculada a una agencia gubernamental. Cuando Rogan le pregunta de qué actividades habla, la respuesta es extraordinariamente grave: tráfico de personas y, en concreto, de menores. Según su relato, informó de ello a miembros del Congreso en un entorno clasificado y trabajó también con el Departamento de Justicia. Insiste en que no acusa a todo el aparato gubernamental, sino a un grupo reducido que habría aprovechado ciertos programas y estructuras para actuar fuera de la ley y mover dinero al margen de los controles ordinarios.

Para explicar cómo algo así sería posible recurre a un precedente histórico: Irán-Contra y la financiación encubierta de los Contras. En la conversación aparecen Barry Seal, Freeway Ricky Ross y el antiguo agente de narcóticos de Los Ángeles Michael Ruppert, y Rogan recuerda las acusaciones sobre el uso del narcotráfico para financiar operaciones. Pero Grusch introduce aquí una cautela importante: reconoce que algunas de aquellas acusaciones nunca se confirmaron oficialmente. Su argumento no es que Irán-Contra demuestre nada sobre los UAP, sino que existen precedentes de estructuras clandestinas capaces de escapar al control. Muchos programas relacionados con el fenómeno, sostiene, pueden tener un origen legal. El problema surge cuando falta supervisión y pequeños grupos empiezan a actuar por su cuenta, mientras la mayoría de los implicados simplemente cumple con su trabajo convencida de proteger la seguridad nacional.

REPRESALIAS, AMENAZAS Y UN POSIBLE «SÍNDROME DE LA HABANA»

Grusch asegura haber quedado atrapado en esa situación. Llevaba unos quince años en inteligencia, había tratado asuntos extremadamente sensibles y empezó a informar al Consejo de Seguridad Nacional en la Casa Blanca cuando aún tenía veintitantos años. Al entrar en la UAP Task Force en 2019, su actitud era bastante convencional: si existía un programa estadounidense relacionado con estos objetos, acabaría encontrándolo, obtendría acceso y entendería cómo funcionaba. No fue así.

Hacia octubre de 2020, cuenta, comenzaron actuaciones administrativas contra él y su entorno. Su jefe en la National Reconnaissance Office fue expulsado de las instalaciones de la agencia en Virginia por acusaciones de conducta personal que Grusch considera fabricadas, y también se actuó contra miembros de su equipo. A él le sacaron a relucir su salud mental y el trastorno de estrés postraumático que sufrió tras su servicio en Afganistán. Sostiene que esas circunstancias estaban comunicadas oficialmente, que no le impidieron conservar su autorización de seguridad y que todavía mantiene la de máximo nivel.

A comienzos de 2022, dice, la cosa se volvió mucho más seria. Detectó actividad sospechosa cerca de su domicilio y recibió un mensaje que interpretó como una amenaza directa contra él y su esposa. «Pueden tocarnos», viene a decir, y quienes lo enviaron sabían dónde vivían. Rogan intenta averiguar qué pudo desencadenarlo —¿el tráfico de menores?, ¿algún programa sin supervisión?—, pero Grusch admite que no lo sabe con seguridad. Sospecha que alguien vigilaba el ordenador clasificado donde guardaba sus notas y que se preocupó por lo mucho que había descubierto, aunque insiste en que no puede afirmarlo.

A eso añade un elemento todavía más extraño. Personas que colaboraban con él empezaron a sufrir síntomas que relacionó con el llamado «síndrome de La Habana». Su primera reacción no fue pensar en extraterrestres, sino en una operación de inteligencia extranjera, ya fuera de Rusia, de China o de otro servicio, porque los síntomas le parecían compatibles con el uso de energía dirigida mediante microondas. No detalla cómo se detectó esa posibilidad ni afirma que los incidentes fueran consecuencia de su investigación sobre UAP; de hecho, al principio se resistió a relacionarlos.

Más adelante relata una reunión fuera de los cauces habituales en una instalación segura de Washington, vinculada al Comité de Inteligencia del Senado. Había personal al que conocía profesionalmente y numerosos asesores de miembros del comité. Tras repasar la historia de los programas UAP, algunos de los presentes señalaron a determinadas personas y le dijeron que querían hacerle daño físicamente. Grusch no sabe por qué. Su interpretación es que pudo acercarse demasiado a algo mientras preparaba material para el inspector general y cruzar una especie de línea roja. Añade que existe una investigación en marcha y que por eso no ofrece más detalles.

Hasta aquí, la entrevista sigue siendo una historia de inteligencia, represalias y programas secretos. A partir de la mitad aparece lo que probablemente más interés ha despertado entre quienes siguen el fenómeno.

LO QUE GRUSCH VIO (Y LO QUE NO)

Rogan le pregunta por las evidencias biológicas relacionadas con supuestos accidentes y la respuesta es tajante: Grusch afirma haber visto material audiovisual de cuerpos recuperados tras un accidente. No dice cuándo ni dónde ocurrió, porque cualquier detalle que permita identificar la operación podría poner en riesgo a quienes participaron. Eso sí, el vídeo no tenía el aspecto de una filmación de los años cincuenta: era contemporáneo y lo bastante nítido para distinguir con claridad lo que mostraba.

Grusch insiste en que no se limitó a creerse la historia. Cuando recibía documentos, grabaciones u otro material, lo incorporaba a un proceso de recopilación y trataba de comprobarlo con fuentes independientes. Dado lo fácil que resulta hoy fabricar imágenes realistas con inteligencia artificial, se declara especialmente desconfiado. Asegura que llegó a guardar ciertos materiales durante años antes de sentirse seguro de que no formaban parte de una operación de engaño o de un limited hangout, una revelación controlada destinada a desviar la atención.

Cuando Rogan pregunta por fin qué vio, la descripción parece sacada de la literatura ufológica más clásica: un cuerpo humanoide, muy parecido a un ser humano y, según Grusch, extraordinariamente bello. La piel era de un tono blanco azulado, aunque se apresura a matizar que no era el azul de los personajes de Avatar, sino más bien la palidez de una persona albina o de alguien que hubiera muerto ahogado. Recuerda entonces al general McCaslin, que habría recomendado a otras personas pensar en los dioses griegos para imaginar ciertas entidades, y dice que después de ver las imágenes entendió mejor la comparación.

Ahora bien, hay una precisión fundamental: Grusch no vio el cuerpo, vio una grabación. Distinguió tres o cuatro cuerpos, aunque no sabe si ese era el total; el cabello le pareció grisáceo y las figuras parecían llevar una prenda ajustada, aunque no pudo observarla bien. Según su relato, los cuerpos se conservaron para su análisis, posiblemente mediante congelación, pero no conoce el procedimiento. Nunca llegó a consultar los informes biológicos completos ni los análisis científicos que habrían permitido saber qué eran aquellos restos, y admite que esa es una de sus mayores frustraciones. Lo que sí asegura es que confirmó por otras vías que el incidente ocurrió, y de ahí concluye que los programas de recuperación son reales y que Estados Unidos ha recuperado materiales y restos biológicos.

GRISES, REPTILIANOS Y SERES DE ASPECTO NÓRDICO

Después la conversación entra de lleno en el territorio de los «grises», los «reptilianos» y los seres de aspecto nórdico, y es ahí donde la entrevista deja definitivamente de parecerse a la comparecencia de un exoficial de inteligencia hablando de burocracia y programas clasificados. Grusch asegura que algunos compañeros suyos vieron entidades vivas tras ciertos accidentes, entre ellas grises y seres de aspecto reptiliano. Menciona también el caso de la escuela de Ariel, en Zimbabue en 1994, donde numerosos niños dijeron haber visto seres pequeños junto a un objeto con forma de disco. Para él, que ese relato forme parte de la cultura popular dificulta separar la imagen que tenemos de los extraterrestres de lo que realmente vieron los testigos.

Cuando Rogan le pide un catálogo, vuelve a marcar una frontera. Dentro de los programas puede existir información mucho más completa, pero él nunca vio un organigrama ni tuvo acceso suficiente para ofrecer una lista fiable. De las conversaciones que recuerda salen grises altos y pequeños, varias variantes de seres reptilianos y humanoides que irían desde figuras casi humanas hasta otras claramente no humanas. También ha oído hablar, de manera informal, de entidades con aspecto de insecto, pero deja claro que no tiene conocimiento de alta confianza sobre ellas. No sabe cuántas especies existen, de dónde proceden, si trabajan juntas ni si pertenecen a una única civilización. Tampoco sabe qué buscan aquí; lo que sostiene es que existe algún tipo de presencia y que la interacción con los humanos podría ser mucho más antigua de lo que suele pensarse.

La gran pregunta que le ronda es por qué esos seres se parecerían tanto a nosotros si hubieran evolucionado de forma independiente. Grusch contempla varias posibilidades: seres diseñados o modificados genéticamente para desenvolverse en nuestro entorno, una rama distinta de la evolución, tecnología que permita adoptar ciertas características o incluso un origen terrestre. No se decanta por ninguna.

EL «GORILA REPTILIANO»

El episodio más extravagante de la entrevista es el del supuesto accidente de una nave con aspecto de «tic tac». Según la información que recibió Grusch, en el lugar había seres reptilianos y grises, y él interpreta la escena como parte de un posible conflicto entre distintos tipos de inteligencia no humana. No afirma haber visto a los reptilianos: la información procede de personas que, según él, estuvieron relacionadas con el incidente.

La descripción es extraordinaria. Uno de aquellos seres habría medido más de dos metros, unos siete pies, con el aspecto de un gorila cubierto de escamas. Grusch admite que a él mismo le resulta absurdo estar hablando de un «gorila reptiliano» después de años como oficial de inteligencia, pero insiste en que no es una historia que se haya inventado. Los seres estaban vivos tras el accidente y después fueron asesinados: los militares abrieron fuego porque constituían una amenaza y varios miembros del personal estadounidense resultaron heridos o murieron. No conoce el número de bajas y tampoco estuvo allí, de modo que repite que le gustaría que algún día hablaran en público quienes participaron directamente. Prefiere que se escuche a un testigo antes que depender de su versión de segunda mano.

«SUENO COMO UNA PERSONA LOCA»

Grusch es consciente de cómo suena todo esto. Reconoce que parece «chiflado», que ni él mismo puede creer que esté contándolo en el programa de Joe Rogan y que entiende perfectamente que alguien piense que se ha vuelto loco. Rogan, por su parte, le responde que si algo así fuera real, necesariamente sonaría disparatado. Ese es justo el argumento de Grusch: si existen fenómenos y entidades muy alejados de nuestra experiencia cotidiana, describirlos va a sonar absurdo. Recuerda que era un oficial serio, acostumbrado a manejar información extremadamente sensible, y que jamás imaginó que acabaría explicando a miembros del Congreso historias de grises, reptilianos y naves accidentadas. Aun así, dice conocer a las personas con las que habló y estar convencido de que aquello forma parte de una realidad que existe detrás de escena.

Según Grusch, además, los testimonios de militares sobre encuentros extraños son mucho más numerosos de lo que llega al público. Menciona los casos vinculados a instalaciones nucleares y las investigaciones de Robert Hastings sobre incidentes UAP relacionados con armas nucleares. Cuenta también que algunos militares le han confesado en privado experiencias que nunca se atreverían a hacer públicas: le dijeron que era la única persona a la que podían contárselo, porque ni sus familias sabían lo ocurrido. Y ese papel de confesor, asegura, tampoco quiere seguir desempeñándolo. Preferiría volver al trabajo ejecutivo del Gobierno, ponerse otra vez el uniforme y retomar las operaciones que realizó antes —contra terroristas, persecución de señores de la guerra, rescate de rehenes—, aunque admite que parte de aquellas experiencias fueron traumáticas.

SECRETOS DE ESTADO: DE MKULTRA A LA DIRECTIVA DE STAR TREK

En su opinión, el principal obstáculo para conocer la verdad no es solo que ciertos programas estén clasificados, sino una cultura de protección institucional que puede sobrevivir incluso a un cambio de administración. Para explicarlo recurre a MKUltra y a otros episodios de la historia de la CIA: la destrucción de documentos, las investigaciones del Comité Church, los llamados Family Jewels, la Operation Midnight Climax. Conviene aclarar su razonamiento: Grusch no dice que MKUltra demuestre que existan extraterrestres. Lo usa como ejemplo de algo que permaneció años oculto dentro del Gobierno y que terminó conociéndose gracias a filtraciones, documentos y actuaciones del Congreso.

La pregunta siguiente es obvia: si todo esto es cierto, ¿por qué nadie lo sabe? Grusch reconoce que tampoco tiene una respuesta completa. Cree que el fenómeno emplea técnicas de ocultación, gestión de firmas y engaño, y aquí recupera una idea de Jacques Vallée sobre una especie de sistema de control y sobre la posibilidad de que ciertas apariciones funcionen como una representación diseñada para producir determinados efectos. Admite que no entiende cuáles serían los objetivos de esas inteligencias, por qué no hay un contacto abierto ni qué relación mantienen con los gobiernos. Llega a comparar la situación con la directiva de no intervención de Star Trek, aunque deja claro que es solo una analogía.

BASES BAJO EL OCÉANO

Entre las piezas más enigmáticas de su relato están unas instalaciones submarinas de dimensiones enormes, comparables a varias manzanas de una ciudad. Grusch asegura que el asunto está relacionado con información sensible de la Marina y que determinados objetos parecen entrar y salir de esas zonas. No sabe cuándo se construyeron ni cuál es su función. Cuando Rogan pregunta si podrían ser bases, puntos de paso o lugares de observación, responde que «cosas van y vienen». Según él, el Gobierno estadounidense habría realizado análisis de comportamiento sobre esas instalaciones, pero no conoce el resultado completo.

HAWARA, ENOC Y LA CIVILIZACIÓN PERDIDA

Según Grusch, algo parece haber cambiado a lo largo de la historia: en la Antigüedad, las interacciones descritas en relatos religiosos y mitológicos parecen mucho más directas. Habla de los dioses griegos y de antiguas representaciones que algunas personas interpretan como vehículos. No afirma que esas imágenes sean extraterrestres; su impresión es que podría haber un punto intermedio entre la lectura literal de los antiguos astronautas y la explicación completamente convencional.

Rogan introduce entonces el supuesto laberinto de Hawara, las estructuras subterráneas descritas por Heródoto y un posible objeto metálico de unos 40 metros que se habría detectado bajo tierra mediante radar de penetración. Grusch ha visto referencias, pero no tiene conocimiento directo. Dice que no le sorprendería que algunas culturas antiguas hubieran funcionado como una especie de «cultos de carga» alrededor de visitantes, y lo presenta solo como una posibilidad que entra en terrenos teológicos complicados. De ahí saltan a las pirámides, las estructuras megalíticas y la hipótesis de una civilización avanzada desaparecida. Grusch admite que sigue de manera informal algunos trabajos de Graham Hancock, menciona estructuras de Turquía, Estados Unidos y otros lugares, y concluye que quizá conocemos mucho menos de nuestra propia historia de lo que creemos.

La conversación se detiene después en el Libro de Enoc, que Rogan empezó a leer porque la congresista Anna Paulina Luna se lo recomendó. Hablan de los Vigilantes, de los seres que descendieron y de los gigantes, y se preguntan qué pasaría si ciertos relatos antiguos describieran literalmente algún tipo de contacto. Grusch, educado como católico, conoce la tesis de quienes ven en los extraterrestres un engaño demoníaco, pero no la comparte como explicación general. Para él, un ser percibido como demoníaco podría pertenecer a una clase de inteligencia no humana o anómala, sin que eso convierta en demoníaco todo el fenómeno. Le parece interesante, además, que algunos pasajes bíblicos puedan leerse como instrucciones sanitarias anteriores al conocimiento científico de bacterias y virus, y de ahí especula con que ciertos saberes antiguos procedieran de una civilización anterior destruida por un cataclismo. El libro de Ezequiel, con sus criaturas, su fuego, su metal y sus ruedas, aparece inevitablemente.

MOMIAS DE NAZCA, CRÁNEOS ALARGADOS Y REPTILES ANTES DE LOS DINOSAURIOS

Rogan y Grusch hablan después de los cráneos alargados de Perú, de los llamados seres de tres dedos representados en piezas antiguas y de las momias de Nazca, con sus imágenes de tomografía. Ambos reconocen que la controversia es enorme y que algunas reconstrucciones podrían ser falsas o manipuladas. Grusch confiesa que no sabe a quién creer. Le intriga, pero admite que no tiene conocimientos suficientes para decidir si se trata de organismos no humanos. Contempla que algunos puedan ser construcciones artificiales, aunque le llama la atención que ciertas imágenes muestren articulaciones y estructuras anatómicas aparentemente conectadas.

Con los cráneos humanos alargados, Rogan sostiene que algunos tendrían una capacidad craneal muy superior a la humana y se pregunta si representan otro tipo de ser humano. Grusch vuelve a una opción más convencional: podría tratarse de una anomalía genética. Para ilustrarlo hablan de poblaciones con deformaciones hereditarias, como las personas descritas en África con una anomalía en pies y manos. Si existen mutaciones que alteran la anatomía y se transmiten entre generaciones, argumentan, no sería imposible que ciertas formas craneales tuvieran también origen genético.

Y de ahí, a lo grande: ¿y si una especie inteligente de reptiles hubiera evolucionado en la Tierra antes que los humanos? Rogan imagina una civilización reptiliana contemporánea de los dinosaurios. Grusch no la descarta, aunque reconoce que no hay evidencia. La charla llega a especular con que esa especie hubiera desarrollado métodos para eliminar sus propios restos y no dejar fósiles. Él mismo califica la idea de disparatada.

¿TAPADERA O RECUPERACIÓN? DE WHITE SANDS A LOS CRASH RETRIEVALS

Rogan le pregunta entonces si está convencido de que el fenómeno es real o si podría ser una gigantesca tapadera para programas militares secretos. Grusch no duda. Dice que habría detectado esa explicación porque trabajó dentro de las estructuras que tendrían que haberla conocido, y que los objetos observados durante décadas son demasiado antiguos para atribuirlos a tecnología de la Guerra Fría. Reconoce que en algunos casos se ha observado tecnología estadounidense secreta, pero se niega a entrar en ellos por razones de seguridad nacional.

Habla después de una grabación relacionada con el MIT Lincoln Laboratory que, según explica, se desclasificó a iniciativa del congresista Burlison. En ella, el oficial Edward Ruppelt habría hablado de objetos observados cerca de White Sands y Holloman, con velocidades estimadas de hasta 3.500 millas por hora. Grusch lo interpreta como prueba de que los responsables militares habían descartado las explicaciones convencionales y trataban de entender qué ocurría. De ahí enlaza con su teoría de los crash retrievals: si los militares consideraban que aquellos objetos eran reales y tecnológicamente desconocidos, lo lógico es que intentaran hacerse con alguno. No se limitarían a observarlos.

Eso, según Grusch, es lo que habría ocurrido. La misión de ciertos programas no habría sido solo registrar avistamientos, sino recuperar materiales cuando un objeto sufría un accidente, aterrizaba o era obligado a descender. Y si se recupera una nave, sostiene, es lógico que puedan recuperarse también organismos relacionados con ella. Es este salto el que considera más difícil de aceptar para el público: una cosa es hablar de tecnología desconocida y otra muy distinta, aceptar que se hayan recuperado seres vivos.

BLUE BOOK, HYNEK Y UNA CASA CON FORMA DE PLATILLO

Sobre el Proyecto Blue Book, Grusch mantiene una posición muy crítica: su finalidad real habría sido ocultar la importancia del fenómeno. Para sostenerlo cita un documento de inteligencia australiano de 1971, elaborado por Harry Turner, responsable de la rama nuclear de la Joint Intelligence Organization de ese país y conservado en los Archivos Nacionales australianos. Según Grusch, describiría a Blue Book como una fachada mientras la Fuerza Aérea estudiaba el fenómeno y trataba de averiguar si podía aprovechar tecnológicamente lo que observaba. Menciona también el panel Robertson de 1953 y el uso posterior del ridículo y la desinformación para enfriar el interés público por los OVNIs.

Rogan trae entonces a J. Allen Hynek. Grusch recuerda que participó en Blue Book y que terminó abandonándolo convencido de que existía un fenómeno imposible de explicar con Venus, meteoros, globos, fenómenos atmosféricos o errores de identificación. La charla salta luego a Richard Nixon y Jackie Gleason. Grusch no puede confirmar la famosa historia según la cual Nixon habría enseñado a Gleason material relacionado con extraterrestres, aunque cree que Nixon conocía el asunto y que el relato encaja con su personalidad. Rogan, por su parte, enseña imágenes de la peculiar casa con forma de platillo volante que Gleason construyó en Nueva York.

LA POLÍTICA DE LA REVELACIÓN

El episodio de Nixon sirve para plantear una cuestión más seria. Según Grusch, ya en aquella administración se habría estudiado la posibilidad de una revelación pública, e incluso existiría una evaluación según la cual podría provocar un caos considerable. Salta después a Hillary Clinton, que antes de las elecciones de 2016 había hablado de abrir los archivos sobre OVNIs si llegaba a la Casa Blanca. En su interpretación, alrededor de John Podesta se habría desarrollado una operación de «popularización» destinada a preparar el terreno para una eventual revelación, y en ese contexto menciona a Tom DeLonge, al general McCaslin, a Robert Weiss y a otros nombres de la fase inicial de To The Stars Academy.

Rogan pregunta si todo aquello pudo tener una finalidad política, y Grusch responde que, evidentemente, hay una dimensión política: cualquier presidente podría utilizar una revelación con fines electorales. Pero eso, a su juicio, no invalida que exista información gubernamental real sobre el fenómeno.

¿QUIÉN MUEVE A GRUSCH? EL CASO MATTHEW BROWN

En el tramo final aparece Matthew Brown y una acusación que circulaba públicamente: que Grusch lo habría manipulado para convertirlo en denunciante. Grusch lo niega. Dice que ni siquiera conoció a Brown hasta poco antes de la audiencia de 2024 y que nunca vio el supuesto documento o briefing que Brown afirma haber encontrado en un sistema clasificado. Admite haber elaborado en el pasado presentaciones informales sobre Star Trek para sus subordinados, pero niega haber preparado el documento que describe Brown. En cuanto a las teorías que lo presentan como una pieza dirigida por personas situadas por encima, asegura que no responden a la realidad: trabaja con amigos y con algunas personas que le ayudan, pero nadie le dice qué debe hacer.

Entonces llega una confesión inesperada: las sincronías. Grusch dice haber vivido demasiadas coincidencias extrañas a lo largo de su carrera como para no preguntarse si hay algo detrás, aunque reconoce a la vez que los seres humanos tendemos a encontrar significado en sucesos estadísticamente aleatorios. Aun así, ha hablado con suficientes personas que cuentan experiencias parecidas como para pensar que podría existir una «mano oculta» relacionada con el fenómeno. Está seguro de que los OVNIs existen, aunque no sabe cómo encaja eso en nuestra comprensión de la realidad, y está convencido de que detrás de décadas de avistamientos hay algo que no se reduce a tecnología militar estadounidense.

Para Grusch, el problema ya no consiste en demostrar que los OVNIs existen. Lo que importa es averiguar qué son, quién los controla, desde cuándo están aquí y qué relación han mantenido con nosotros. Y, sobre todo, qué ocurrirá cuando el Gobierno deje de hablar de «fenómenos no identificados» y tenga que explicar públicamente todo lo que, según él, lleva décadas ocultando.

UNA PREDICCIÓN Y UNA PELÍCULA ARCHIVADA

La entrevista termina con un pronóstico personal. Grusch cree que debería producirse una revelación básica antes de que acabe la actual presidencia de Donald Trump. No habla de presentar todas las respuestas, sino de superar lo que llama el «umbral mínimo de reconocimiento»: que no estamos solos y que existen objetos cuya naturaleza y tecnología no comprendemos.

Llega a sugerir incluso que una administración anterior preparó material audiovisual para acompañar una eventual declaración pública. No sabe si aquella película sigue archivada. Le gustaría verla.

EL MIEDO REAL: LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Pero su preocupación final no está en los extraterrestres, sino en la inteligencia artificial. Grusch teme que una IA suficientemente avanzada pueda descubrir por sí sola lo que los gobiernos llevan décadas intentando ocultar. No necesariamente porque acceda a archivos secretos, sino porque podría cruzar cantidades gigantescas de datos médicos, genéticos, históricos y procedentes de sistemas de vigilancia, detectar contradicciones en los registros, descubrir operaciones de engaño y reconstruir hechos deliberadamente ocultados. El propio sistema, en definitiva, podría convertirse en el mecanismo de la revelación.

Plantea además una posibilidad todavía más extraña: si ciertas inteligencias no humanas son orgánicas y tienen formas de comunicación que no comprendemos, quizá la inteligencia artificial sea justo la tecnología capaz de encontrar el lenguaje adecuado para comunicarse con ellas. No asegura que sea así. Dice que no lo sabe.

AGOTADO

La entrevista termina exactamente donde empezó, con Grusch hablando de agotamiento. Asegura que todo esto ha sido «debilitante», que ha pasado por situaciones muy difíciles y que ha puesto mucho en juego por lo que considera un secreto fundamental de Estados Unidos. Dice sentirse honrado por haber acabado en ese lugar.




JOSE ANTONIO CARAV@CA



Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.


jueves, 1 de octubre de 2026

FREÍR MENTES: EL ARTE DE HACER CREER LO IMPOSIBLE

 




En diciembre de 2017, The New York Times publicó una exclusiva firmada por Helene Cooper, Ralph Blumenthal y Leslie Kean que sacudió el mundo de los OVNIs. El reportaje revelaba la existencia de un programa secreto del Pentágono, el AATIP (Advanced Aerospace Threat Identification Program), que había investigado durante años diferentes fenómenos aéreos anómalos. La información no llegaba acompañada de las habituales historias de conspiraciones, supuestos contactados o fotografías de dudosa procedencia, sino de documentos, vídeos militares, testimonios de pilotos de la Marina y la confirmación de que el propio Departamento de Defensa había destinado recursos a estudiar aquellos incidentes. El mensaje resultaba tan llamativo como prudente. Nadie afirmaba que se tratara de naves extraterrestres.

Por primera vez en décadas, la cuestión OVNI entraba por la puerta grande de la prensa internacional. El estigma parecía quedar momentáneamente aparcado. El todopoderoso Pentágono reconocía que existían episodios OVNIs lo bastante relevantes como para merecer una investigación oficial. La exclusiva abrió, además, una enorme expectativa. Muchos interpretaron aquel momento como el comienzo de una nueva etapa en la que, por fin, los OVNI serían sometidos a un riguroso estudio sistemático para descubrir su naturaleza. Parecía que después de décadas de silencio, burlas y expedientes archivados, el misterio podía estar a punto de ser abordado de una manera completamente diferente.

Pero aquel diciembre de 2017 también inauguró algo que, visto con perspectiva, resultaría mucho más complejo. Nueve años después, la prometida normalización del fenómeno OVNI no solo no ha conducido a una explicación definitiva, sino que a acabado en una sucesión cada vez más desconcertante de declaraciones, testimonios y revelaciones procedentes de algunos de los protagonistas de esta nueva narrativa. El prudente «no sabemos lo que son» que acompañó aquella exclusiva del New York Times parece hoy muy lejano.

En apenas unos años, el discurso ha ido incorporando afirmaciones extraordinariamente más ambiciosas, desde quienes aseguran que Estados Unidos estaría inmerso en una guerra secreta contra supuestos seres «reptilianos», hasta quienes sostienen que determinados organismos poseen naves intactas de origen extraterrestre y han podido establecer pactos con algunas civilizaciones de otros mundos.

En su día, todo empezó tímidamente, cuando David Grusch aseguró ante el Congreso (2023) que existía un programa de recuperación de naves y de «biológicos» no humanos. Entonces reconoció no haber observado él mismo actividad UAP, y su afirmación sobre los restos biológicos no estaba corroborada por otras fuentes. Más reciente en el tiempo, en el pódcast de Joe Rogan (2026), Grusch ha hablado de cuerpos no humanos vistos en vídeo y de enfrentamientos letales con seres reptilianos, que describe de unos dos metros con una piel de aspecto «de gorila». Según las crónicas, relata un conflicto entre dos clases de seres que habría dejado naves tipo Tic Tac estrelladas, reptilianos vivos de más de dos metros y grises muertos, con personal estadounidense herido o muerto y los reptilianos supervivientes abatidos a tiros. Los testimonios sobre seres vivos son de segunda mano: los relatan colegas que participaron en las recuperaciones. Hasta un medio que difunde esas declaraciones advierte de que no se ha hecho público ninguna prueba física de esas entidades ni de esa supuesta batalla. No es un caso aislado. En agosto, el astrofísico Eric Davis, antiguo asesor del programa AAWSAP, afirmó en NewsNation que se conocen como mínimo cuatro especies, dijo haber visto las pruebas y los registros, y no ha aportado ni fotografías ni documentos. Las especies que citó son grises, nórdicos, insectoides y reptilianos. Ya en la audiencia congresual de 2025 había hablado de al menos tres especies, bajo juramento, mientras Lue Elizondo mostraba como prueba una foto que resultó ser de círculos de riego.

Elizondo, por su parte, sostiene que el Departamento de Defensa tiene un programa de recuperación de naves y ha hablado de un supuesto implante alienígena visto por médicos del Departamento de Asuntos de Veteranos. El Pentágono responde que no ha encontrado ninguna prueba creíble de actividad extraterrestre. Y Jay Stratton publica el 13 de octubre sus memorias, cuya sinopsis habla de un encubrimiento de ochenta años sobre la existencia de vida inteligente no humana.

Y ¿Cómo se llega a este punto?


MENTIRAS, VERDADES… O ALGO MÁS SINIETRO

Quien rebate a esta gente suele quedarse en dos opciones: o mienten o dicen la verdad. Hay una tercera: que sean sinceros y estén equivocados porque alguien les ha dado información falsa, graduada y in crescendo, desde fuentes que ellos consideran de máxima solvencia. Es lo que llamo «freír mentes». No se les convence de golpe de nada. Se les alimenta poco a poco con datos cada vez más extraordinarios, cada uno respaldado por una fuente «de dentro», hasta que el delirio parece la consecuencia lógica de tremenda ingesta informativa.

Y esto no es ciencia ficción, hay precedentes. Paul Bennewitz era un empresario de Albuquerque que, en los años setenta, creyó detectar actividad extraña sobre la base aérea de Kirtland. Según el relato de Richard Doty, agente de contrainteligencia de la Fuerza Aérea, en lugar de sacarle de su error le alimentaron con desinformación, y eso desembocó en su deterioro mental y emocional.  En agosto de 1988 tras años de manipulación el ufólogo sufrió un colapso total y acabó internado en un psiquiátrico. Vallée, que lo recoge en su libro Revelations, cuenta que el “investigador” Bill Moore confesó en 1989, en un congreso de MUFON, que él mismo había participado en esa campaña institucional de desinformación. Cómo mínimo, esa historia debería hacer sonar todas las alarmas cuando Vallée ya advertía de estos movimientos en 1979, en Messengers of Deception. Y es que nada hace pensar que desde entonces las técnicas hayan dejado de usarse, e incluso mejoradas.

¿Y si el verdadero, y terrible objetivo de una desinformación no fuera conseguir que alguien creyera una mentira concreta, sino freírle la cabeza hasta destruir su propio criterio, hacerle dudar de todo y conseguir que ya no sea capaz de distinguir entre una verdad, una mentira y cualquier disparate que le pongan delante?

No hace falta convencer a una persona de que los extraterrestres existen, de que hay reptilianos o de que el Gobierno posee naves intactas. Basta con suministrarle durante años pequeñas dosis de información extraordinaria, aparentemente procedentes de fuentes fiables, hasta alterar su percepción de lo que resulta razonable. Eso es lo que entiendo por «freír mentes». No se trata necesariamente de engañarlo de golpe, sino de someterlo a una sucesión de informaciones difíciles de verificar que van aumentando progresivamente su contenido extraordinario.

Lo verdaderamente perverso de este mecanismo, es que no necesitarían convertir a nadie en un creyente fanático de la noche a la mañana. Bastaría con ir metiéndole cosas en la cabeza poco a poco. Una información aquí, un supuesto dato secreto allá, una conversación con alguien que dice estar muy bien informado, un documento que nadie puede comprobar y, después, otra revelación todavía más extraordinaria. Al principio todo parece razonable. Incluso puede haber cosas ciertas. Pero, poco a poco, la persona empieza a asumir que detrás de cada puerta cerrada tiene que haber algo todavía más grande. Y ahí es cuando empieza el problema. Si alguien desmiente una de esas historias, puede pensar que forma parte del encubrimiento. Si no aparece ninguna prueba, puede concluir que las pruebas están clasificadas. Si un testigo se contradice, quizá le hicieron cambiar su versión. Y cuando todas esas piezas llevan años acumulándose, la persona puede terminar construyendo una explicación completa sobre una base en la que apenas existen elementos comprobables. Llegas a un punto de no retorno.

Y salir de ahí no es sencillo. Porque algunas de las cosas que le han contado pueden ser ciertas. Otras pueden ser simples errores. Otras, exageraciones. Otras pueden proceder de rumores que han ido pasando de una persona a otra hasta adquirir apariencia de información privilegiada. Y algunas, sencillamente, pueden ser falsas. El problema es que todas llegan mezcladas. Eso es, precisamente, lo que entiendo por «freír una mente». No hace falta inventarse una realidad completamente falsa. Es mucho más eficaz coger una realidad que ya contiene elementos verdaderos y empezar a añadirle suficientes piezas imposibles de comprobar como para que, al final, resulte prácticamente imposible separar unas de otras. Y aquí aparece algo todavía más inquietante. La persona que recibe esa información puede ser completamente sincera cuando habla ante los medios. De hecho, no miente. Puede estar convencida de lo que cuenta porque confía en la fuente que se lo proporcionó. Si quien le habla tiene un cargo importante, ha trabajado en un organismo de inteligencia o asegura haber visto documentos clasificados, es comprensible que el receptor conceda a sus palabras un valor especial. Pero eso no significa que la información sea necesariamente cierta. Una persona puede estar transmitiendo una mentira sin saber que lo es. Puede haber recibido una información falsa de alguien en quien confiaba y, precisamente por considerarla una fuente fiable, incorporarla a su propia visión del fenómeno. Y así la mentira ya no necesita ser repetida por quien la creó. Se reproduce sola. Por eso creo que aquí hay una tercera posibilidad que no deberíamos pasar por alto. No todo tiene que reducirse a «mienten» o «dicen la verdad». También puede ocurrir que alguien esté diciendo sinceramente algo que previamente le hicieron creer.

Y quizá lo más triste de todo sea el final del proceso. Cuando una persona lleva demasiado tiempo dentro de ese circuito, puede llegar un momento en que ya no sea consciente de lo extraordinario o loco que suena lo que está contando. Delante de un micrófono o de una cámara puede hablar con absoluta seguridad de guerras entre alienígenas, cuerpos extraterrestres, naves recuperadas o conspiraciones de décadas, sin percibir que para el espectador que está fuera de esa burbuja el relato puede sonar directamente disparatado. Y ahí aparece una paradoja terrible. El que ha sufrido esta desinformación hasta el punto de freírle la mente está convencido de que ha descubierto una realidad que los demás desconocen, cuando quizá lo único que ha ocurrido es que lleva demasiado tiempo escuchando una historia que nadie se ha detenido a comprobar.

 

JOSE ANTONIO CARAV@CA


Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.


viernes, 25 de septiembre de 2026

OVNIS vs UAPS: ¿QUÉ HEMOS APRENDIDO REALMENTE DESDE 2017?

 




LA NUEVA NARRATIVA QUE LLEGÓ PARA QUEDARSE

Cuando The New York Times publicó en diciembre de 2017 la existencia del programa AATIP y difundió los famosos vídeos Tic Tac, Gimbal y GoFast, parecía que Estados Unidos iniciaba una investigación destinada a aclarar, de una vez por todas, uno de los mayores enigmas de la historia reciente. Incluso cambió el lenguaje para empezar desde cero. Los tradicionales OVNIs pasaron a denominarse UAP (fenómenos anómalos no identificados), una terminología que pretendía desvincular el asunto de las connotaciones y estigmas que había arrastrado durante décadas. Nadie podía imaginar un mejor arranque para aquella nueva etapa que contar con material OVNI de primer nivel proporcionado por el Departamento de Defensa.

Pero han pasado nueve años desde aquel momento y, durante este tiempo, han ocurrido muchas cosas. Se han acumulado testimonios, imágenes, informes y declaraciones; han aparecido nuevos protagonistas y también nuevas instituciones encargadas de estudiar los UAP. Sin embargo, la gran pregunta de fondo continúa prácticamente intacta.

Por eso, quizá haya llegado el momento de detenerse y mirar hacia atrás. Casi una década después de aquel comienzo aparentemente ilusionante, toca hacer balance, recapitular lo ocurrido y observar con cierta distancia qué queda realmente sobre la mesa.

 

¿HEMOS AVANZADO?

Después de un incontable número de mensajes en redes sociales, miles de noticias, cientos de informes oficiales, comparecencias ante el Congreso, algunas leyes, oficinas especializadas y varios denunciantes que aseguran haber tenido acceso a información sensible, la pregunta del millón de dólares sigue sin encontrar respuesta: ¿qué sabe realmente el Gobierno de Estados Unidos sobre los OVNIs? ¿Son vehículos o manifestaciones de inteligencias no humanas (el nuevo eufemismo para no hablar de extraterrestres)?

3.287 días después, con sus respectivas noches, desde aquel gran cambio de rumbo que experimentó la ufología norteamericana, la pregunta sigue abierta: ¿existe realmente información extraordinaria que permanece clasificada?  o por el contrario ¿hemos terminado construyendo un enorme entramado burocrático alrededor de un misterio que, pese a todo, todavía no tiene una respuesta definida?

Después de revisar toda la vorágine de información publicada desde 2017, podemos sacar ya algunas conclusiones. Y la primera quizá nos dé una pista bastante clara de por dónde van los tiros. Si apartamos el entusiasmo, las declaraciones grandilocuentes y las promesas de revelaciones que nunca terminan de llegar, sabemos prácticamente lo mismo sobre los OVNIs que antes de aquel supuesto gran cambio.

Lo que sí ha crecido de forma extraordinaria es todo lo que rodea al fenómeno. Organismos, programas, informes, audiencias, siglas, filtraciones, denunciantes y titulares se han multiplicado hasta crear la sensación de que estamos cada vez más cerca de descubrir algo importante.

Pero quizá esa sea precisamente la trampa. Hemos confundido la cantidad de información con la aparición de nuevas evidencias.

Pero vayamos por partes.


DE LA PRUDENCIA A LA VORÁGINE

En los primeros compases de ese renacer ufológico, el interés de casi todas las partes implicadas se centraba en los vídeos grabados por pilotos de la Marina. Se discutían las velocidades, las maniobras y las posibles explicaciones técnicas. Pero, con el paso del tiempo, el debate empezó a cambiar. Las imágenes daban pie a interpretaciones muy distintas y, después de meses y meses de discusión, resultaba cada vez más difícil avanzar, ya que cada explicación encontraba argumentos a favor y en contra.

Posteriormente le tocó el turno a la oficina gubernamental, la célebre AARO y el foco se trasladó a analizar su papel en todo este entramado. Más tarde cobraron protagonismo los denunciantes y, finalmente, las audiencias en el Congreso terminaron de completar el nuevo escenario sobre el que aterrizaba de plano la nueva ufología. Y aunque parezca contradictorio, poco a poco, los UAP dejaron de ocupar el centro del debate, sin dejar de ser la palabra más utilizada y la moneda de cambio en todas y cada una de las conversaciones.

Pero si lo analizamos, comprobamos que la atención pasó a concentrarse en quienes aseguraban conocer información reservada. A partir de ahí, la historia empezó a seguir un patrón cada vez más reconocible. El debate fue desplazándose hacia otra clase de cuestiones: programas secretos, información clasificada, supuestos materiales no humanos recuperados, testimonios de personas con acceso a información privilegiada y posibles encubrimientos. Aunque estaba sucediendo algo que casi nadie denunciaba. Cada nueva revelación o supuesta aportación a la discusión solo hacía añadir nuevas preguntas al debate, ya que las anteriores interrogantes seguían sin responderse. Por tanto era solo un ejercicio de seguir agrandando la narrativa, pero no se resolvía nada. La expectación y la fascinación por todo lo que rodeaba a los OVNIS acababan tapando lo más importante, conocer exactamente que había de verdad detrás de todo aquello.

Y este punto es clave para entender cómo fue creciendo el relato y en qué dirección, ya que en lugar de cerrar alguna de las cuestiones clave y pasar a la siguiente, solo se añadía una nueva capa sobre la anterior. Una denuncia llevaba a otra, un programa secreto daba paso a otro supuesto programa, y un testimonio abría la puerta a otro confidente, con nuevas afirmaciones. Así, la historia avanzaba acumulando capas, pero sin resolver completamente las que ya estaban sobre la mesa. El resultado es una narrativa cada vez más grande y compleja. La memoria y la crítica suele brillar por su ausencia en estos casos y una nueva promesa basta para olvidar las decepciones anteriores.

Nueve años después, ni siquiera sabemos con certeza qué cargo ocupó Elizondo en AATIP; de los tres vídeos más famosos, solo uno ha recibido una explicación oficial (y es la más prosaica posible), mientras los otros dos siguen abiertos; la oficina creada por el Pentágono para investigar OVNIs, la AARO, lleva más de dos años sin poder resolver ni siquiera su propia estructura interna. Sean Kirkpatrick, su director fundador, dejó el cargo en diciembre de 2023, y a mediados de 2026 todavía no se había confirmado un director permanente, una vacante que ha generado críticas de los defensores de la transparencia UAP en el Congreso, quienes argumentan que AARO no puede cumplir su mandato sin un liderazgo estable y permanente. Pero hay más. La oleada de drones registrada en Nueva Jersey entre 2024 y 2025, aunque las autoridades explicaron algunos avistamientos como simples confusiones con aeronaves convencionales, numerosos casos continuaron sin respuesta, incluidos informes sobre grandes agrupaciones de objetos. Más. Un fragmento metálico estudiado por el Oak Ridge National Laboratory y promovido por la investigadora Linda Moulton Howe generó resultados interesantes, pero no permitió demostrar su origen ni aclarar completamente sus características. La investigación aportó datos, aunque no una conclusión definitiva. Y finalmente Grusch sigue sin aportar una sola prueba material de sus afirmaciones, mientras acumula nuevos cargos y nuevas comparecencias. Hasta la fecha, nada de lo expuesto anteriormente ha sido explicado o resuelto.

Es como investigar un robo de joyas y, en lugar de intentar descubrir quién cometió el delito, la policía se dedicara a acumular nuevas preguntas e informaciones sin resolver ninguna. ¿Cómo entraron en el edificio? ¿Cuántas personas participaron en el robo? ¿Qué vehículo utilizaron para huir? ¿Qué muestran las cámaras de seguridad? Cada nueva pista parece acercarnos a la solución, pero la policía nunca ofrece respuestas a nada, se barajan varias hipótesis de como entraron los cacos, se hablan de decenas de modelos de coche, y nadie muestra una imagen clara de video. La policía se limita a convocar ruedas de prensa, presentar nuevos datos y anunciar que la investigación continúa. Mientras tanto, el culpable sigue sin aparecer y las joyas tampoco. Y, sin embargo, la sensación que se transmite a la ciudadanía es que la policía está más cerca que nunca de atraparlo.

 

LOS DENUNCIANTES: “LO SE TODO PERO… NO ME DEJAN CONTARLO”

Como hemos comprobado, los denominados whistleblower (denunciantes) comenzaron a ocupar un lugar cada vez más destacado en el revival ufológico reciente. Antiguos militares, funcionarios y gente vinculada a la inteligencia empezaron a aparecer asegurando que conocían información  privilegiada que permanecía fuera del alcance del público, hablaban de programas secretos, operaciones de recuperación de artefactos no humanos, materiales desconocidos o supuestos datos que, según ellos, podían cambiar por completo nuestra visión del fenómeno OVNI. El problema era que casi siempre aparecía el mismo obstáculo, ellos aseguraban que sabían que todo esto era cierto, pero no podían demostrarlo. Habían visto documentos, habían participado en programas o habían recibido información de primera mano, pero las pruebas que podían respaldar sus afirmaciones seguían clasificadas, no estaban bajo su control o no podían hacerlas públicas. De este modo, el relato empezó a apoyarse cada vez más en una curiosa paradoja. La persona que garantizaba conocer la verdad se convertía en la prueba de que esa verdad existía, aunque no pudiera enseñarla. Ese cambio también modificó quién marcaba el ritmo de la historia. Durante décadas la investigación ufológica recayó sobre las espaldas de investigadores civiles que recopilaban casos sobre el terreno. En la nueva etapa UAP esa figura perdió protagonismo frente al denunciante que afirma haber trabajado en programas clasificados o haber tenido acceso a documentación restringida. El conocimiento dejó de apoyarse en la investigación abierta para depender de información que el público no puede comprobar directamente.

Pero había otro elemento que ayudó a cambiar por completo el interés del público. Después de décadas escuchando hablar de avistamientos, informes, fotografías dudosas y testimonios que venían sin una evidencia bajo el brazo, la expectativa general había cambiado. Tanto el público como los medios estaban cansados. A estas alturas de la película, nadie quería prestar atención a las mismas retahílas de siempre. Ya no parecía suficiente con conocer un nuevo informe o un nuevo caso OVNI. Mucha gente quería saltarse todos los pasos intermedios y llegar directamente al final de la historia, conocer de primera mano si el Gobierno tenía realmente un platillo volante guardado en algún hangar o incluso el cuerpo de un alienígena en el Área 51. Esa posibilidad resultaba mucho más fascinante  y atractiva que cualquier aburrido documento o informe. Era una idea casi hipnótica, pensar que, en algún lugar, podía existir una prueba física definitiva del fenómeno. ¿Por qué perder el tiempo entonces en migajas?

Y ahí se produjo algo curioso. La promesa de esa gran revelación empezó a resultar mucho más seductora que las evidencias concretas que podían comprobarse. Un antiguo funcionario que aseguraba conocer la existencia de esos materiales podía despertar mucho más interés que cien páginas de documentos, por muy interesantes que estos fueran. Poco a poco, el informe OVNI fue perdiendo protagonismo y empezó a importar el relato del confidente: en lo que decía saber o, en la mayoría de las ocasiones, en lo que aseguraba que otros le habían contado. Así, la búsqueda del platillo volante, de los restos de una nave o incluso de un extraterrestre fue ganando terreno frente a las pruebas más pequeñas y menos espectaculares. Nadie quería una pequeña porción del pastel, si podía comerse toda la tarta.

Las audiencias celebradas en el Congreso reforzaron esa transformación en el imaginario colectivo de los seguidores del fenómeno OVNI. Las comparecencias en una sala oficial, rodeada de políticos, militares y funcionarios, transmitía una sensación de importancia y seriedad que llevaba a cierto engaño. Y aquí aparece otra de las claves de esta nueva etapa. Una audiencia puede no aportar ningún dato nuevo ni presentar una sola prueba que permita avanzar en la investigación y, aun así, generar la sensación de que algo importante está ocurriendo y de que se está avanzando. Pero hay un detalle que solemos olvidar, un congresista no tiene por qué saber de OVNIS. Puede asistir a una reunión privada, ver unos vídeos desconcertantes o escuchar a un militar contar algo extraordinario y quedar realmente impresionado. Pero estar sorprendido no significa saber qué está viendo. No es su medio, ni está habituado a analizar estas informaciones. Y de hecho, puede quedar más asombrado que un simple seguidor puesto que cualquier cosa le puede parecer extraña. Además, el político es muy probable que valore la información según la autoridad de quien se la presenta: si se la cuenta un piloto militar o alguien de inteligencia, es lógico que tienda a darle credibilidad. Pero eso no convierte automáticamente el relato en una prueba. Por eso, cuando un congresista dice que ha visto algo «impactante» o que ha escuchado testimonios «muy convincentes», deberíamos preguntarnos no solo qué le han enseñado, sino también si está en condiciones de interpretarlo correctamente. Porque tener acceso a información reservada no significa necesariamente saber distinguir un misterio real de una explicación mucho más sencilla.

Paralelamente a estos grupos de trabajo políticos, también se consolidó una oficina permanente para ocuparse de los UAP, la AARO. Pero su trayectoria ha estado marcada desde el principio por los cambios, las reorganizaciones y las polémicas. En lugar de convertirse en una máquina capaz de aportar respuestas claras sobre los casos estudiados, la propia oficina ha terminado generando buena parte de la discusión. Sus informes, sus conclusiones, sus limitaciones y hasta sus enfrentamientos con algunos denunciantes e investigadores han provocado nuevas controversias.

Mientras tanto, se fueron creando procedimientos administrativos, nuevas normas y legislación específica para estudiar los UAP. Es decir, se construyó toda una imponente estructura oficial alrededor del fenómeno. Pero cuanto más crecía ese edificio, más delatador resultaba que las respuestas concretas siguieran siendo escasas.  Los UAP, y aquí encaja buena parte de lo que hemos venido explicando, dejaron poco a poco de ser vistos únicamente como un asunto relacionado con la ciencia. Empezaron a entrar en otro terreno mucho más sensible, el de la seguridad nacional. Ya no se trataba solo de averiguar qué eran aquellos objetos, sino de saber si podían representar una amenaza, si podían estar relacionados con tecnologías extranjeras o si suponían algún riesgo para las operaciones militares. Y esto explica muchas cosas…


UNA TRAMPA LLAMADA “UAP”

¿Y si todo lo ocurrido desde 2017 pudiera interpretarse de otra manera? Si dejamos por un momento a un lado el ruido mediático, las grandes declaraciones y las expectativas de una revelación inminente, se empieza a percibir que detrás de todo este proceso podría existir una dirección bastante definida, orientada hacia un objetivo concreto. Y lo interesante es que esa intención ya podía apreciarse desde el principio.

El cambio de lenguaje encerraba una trampa. La palabra “OVNI” fue erradicada del discurso oficial y fue sustituida por “UAP”. A su alrededor comenzaron a hacerse habituales otros términos como “anomalías”, “sensores”, “riesgo” o “seguridad nacional”. No parece que fuera solo una cuestión de vocabulario. Esta nomenclatura sirvió de base para construir la nueva narrativa que ya no giraba tanto alrededor de los OVNIs, sino en los problemas de inteligencia, militar o de estado que podían originar. El revuelo del AATIP en las páginas del New York Times alertaron al Departamento de Defensa y a diversas agencias de inteligencia que existía un punto ciego en su control del espacio aéreo. El problema era bastante sencillo. Durante años, muchos pilotos militares y otros profesionales evitaban informar de objetos que no podían identificar por miedo a ser ridiculizados por hablar de OVNIs. En otras palabras, podían estar viendo algo que no sabían qué era y preferían no comunicarlo antes que enfrentarse al estigma. Pero, en un momento clave en el que los drones y otras aeronaves no tripuladas estaban adquiriendo cada vez más importancia, aquello podía convertirse en un problema realmente serio. Desde el punto de vista militar, daba igual inicialmente si el objeto era un «platillo volante», un dron, un globo o simplemente una aeronave convencional mal identificada. Lo importante era saber qué estaba entrando en el espacio aéreo, quién lo operaba y si suponía algún riesgo. Si un piloto no informaba de una intrusión porque temía que sus compañeros pensaran que había visto un OVNI, el sistema de vigilancia perdía información que podía resultar relevante. Y ahí es donde el fenómeno empezó a verse de otra manera. No porque hubieran aparecido pruebas de naves extraterrestres, sino porque saber qué eran aquellos objetos que los militares no podían identificar empezó a considerarse un asunto de seguridad.


¿QUO VADIS?

Después de casi una década siguiendo la evolución de esta historia resulta inevitable preguntarse hacia dónde conduce todo este proceso. El análisis de cientos de documentos, informes oficiales, comparecencias y declaraciones permite señalar algunas tendencias.

La primera es que cada vez parece menos probable una revelación definitiva. La saturación lleva al hartazgo, y es posible que el interés social y mediático acabe disminuyendo en poco tiempo.

Desde 2017 la historia no ha avanzado de la manera que se esperaba, ya que pese a algunos aportes interesantes, en líneas generales, para el revuelo ocasionado todo parece insustancial. Que el debate sobre el fenómeno haya ganado puntos en el escalafón de la respetabilidad está muy bien, pero si esto no viene acompañado de resultados, no se habrá ganado mucho más. Y es que este punto es importante. Pese al ruido, todo el material desclasificado o hecho público desde 2017 hasta el presente no se ha puesto sobre la mesa ningún caso o evidencia que reúna la alta extrañeza que ha caracterizado históricamente a la casuística OVNI. Aparecen vídeos, fotografías, informes y registros de sensores que pueden, a primera vista, resultar interesantes o difíciles de identificar, pero casi siempre permanecen dentro de un rango de posibilidades en el que es posible plantear explicaciones convencionales: un globo de cumpleaños, una nube, una bandada de pájaros, un avión, un dron o un curioso efecto óptico provocado por los sistemas infrarrojos o nocturnos que los registran. No aparece ni una sola imagen que obligue a salir de ese terreno de confort y que presente unas características tan extraordinarias que las explicaciones habituales empiecen a resultar claramente insuficientes. En otras palabras, falta el caso que rompa la baraja. Y esto resulta especialmente llamativo si lo comparamos con la ufología de las décadas pasadas, donde abundaban relatos y episodios con elementos de extrañeza mucho más acusados: objetos extraños en forma de naves espaciales con ventanas y antenas o desconcertantes aterrizajes a plena luz del día de estos artefactos donde se observaban  incluso a sus ocupantes. Nada de esto aparece por ningún lado. Todo lo contrario ahora mismo en plena era de desarrollo de aviones no tripulados o drones, se nos habla precisamente de la grabación de supuestos drones extraterrestres…

Y llegamos a una conclusión. Todo el material UAP que ha llegado al público desde 2017 parece moverse deliberadamente dentro de una zona ambigua y confortable. La nueva narrativa sobre los UAP parece haber creado una especie de «anomalía controlada». Se reconoce oficialmente que hay una serie de fenómenos extraños que todavía no sabemos explicar, lo que mantiene vivo el misterio. Pero, al mismo tiempo, se insiste en que podrían tener explicaciones muy distintas y que no hay nada que obligue a pensar en algo extraordinario. Esta situación permite justificar el gasto en defensa y, además, construir una narrativa que puede resultar útil en distintos ámbitos, desde la política hasta la defensa o la inteligencia. Se mantiene así el interés por los UAP, pero dentro de unos límites bastante cómodos y controlables.

Parece claro que hay intereses en no ofrecer una explicación definitiva. Todo apunta a que los UAP acabarán formando parte de manera permanente del sistema de seguridad nacional.


¿HASTA DONDE LLEGARA ESTE PROCESO?

Pero este modelo también tiene un problema, ya que no se puede mantener el interés de los medios y la opinión pública para siempre. Durante un tiempo puede funcionar que aparezca un nuevo denunciante, alguien que asegure haber visto algo extraordinario o que diga que existen pruebas que todavía no puede enseñar. Pero este sistema puede colapsar. El inconveniente aparece cuando pasan los años y seguimos en el mismo punto. Las promesas se acumulan, pero las pruebas no aparecen. Y llega un momento en que ya no basta con decir que «vamos a conocer pronto más información» o que «todo se sabrá algún día». En algún momento habrá que enseñar las cartas y demostrar que todo lo que se ha venido anunciando durante años era cierto. Porque, si no, llegará un momento en que mucha gente empezará a pensar que, después de tanto ruido, quizá no haya ningún gran secreto escondido bajo la alfombra. Si, ni los políticos, ni los denunciantes, ni la prensa, ni siquiera el propio presidente Donald Trump han conseguido abrir la caja de Pandora después de una presión como pocas veces se ha visto, quizá haya que empezar a contemplar una posibilidad bastante más decepcionante, que, sencillamente, no hay ningún gran secreto que ocultar.

La AARO es un claro ejemplo de estos bucles que pueden acabar colapsando. La historia de esta oficina ha estado marcada por problemas, cambios, puestos vacantes durante largos periodos y críticas tanto dentro como fuera de la propia institución. Entonces, ¿por qué sigue existiendo? Quizá porque cerrarla tendría un coste de credibilidad para muchos implicados. Para el Departamento de Defensa, eliminar la oficina y decir oficialmente que no hay nada que investigar podría interpretarse como una forma de reconocer que, en realidad, sí había algo que ocultar. Para los políticos que impulsaron su creación, admitir que después de tantos años no se ha llegado a ninguna conclusión sería reconocer que el esfuerzo no ha dado los resultados esperados. En definitiva, la AARO puede haber terminado atrapada en una curiosa situación. Sobrevive a duras penas no porque sea una estructura especialmente cómoda o útil para quienes trabajan en ella, sino porque nadie con capacidad para cerrarla quiere asumir el coste de hacerlo.


¿EL GRAN CAMBIO?

Es posible que, aunque a muchos aficionados a los OVNIS les cueste imaginarlo, el objetivo de todo este proceso emprendido por las autoridades norteamericanas nunca haya sido demostrar que existe una inteligencia no humana detrás de estas manifestaciones. Quizá el cambio más importante ya se haya producido detrás de las bambalinas. En 2017 hablar oficialmente de OVNIs seguía siendo una excepción dentro de las instituciones estadounidenses y esto implicaba un punto ciego de información sensible que se escapaba del control de la seguridad nacional. Hoy existen oficinas permanentes, legislación específica, procedimientos administrativos y audiencias parlamentarias dedicadas exclusivamente a los UAP. Independientemente de lo que sean realmente los UAP, el cambio es evidente: Estados Unidos no solo vigila hoy mucho más su espacio aéreo que en 2017. También tiene mucho más control sobre la información que genera ese fenómeno y sobre la manera en que llega al público.

Además, a ese interés inicial por la seguridad nacional se han ido sumando otros posibles intereses. En el ámbito político puede existir interés por recuperar capacidad de control sobre las agencias de inteligencia; en Defensa, por justificar nuevos gastos, tecnologías y programas; y en los servicios de inteligencia, por averiguar las capacidades de vigilancia de otras potencias.

Y quizá el futuro más factible no sea una gran revelación al estilo Disclosure Day, sino algo mucho menos ilusionante. En definitiva, los UAPs se convertirán en un asunto más dentro de la burocracia, la inteligencia y la seguridad nacional. Rutina.

¿Y qué queda entonces de las preguntas clave que llevamos décadas haciéndonos? ¿Existen realmente OVNIS de origen desconocido que no puedan explicarse con ninguna tecnología o fenómeno conocido? ¿Hay, como se ha afirmado en numerosas ocasiones, platillos volantes o restos de aeronaves de origen no humano en poder de Estados Unidos? ¿Se han recuperado realmente materiales o incluso cuerpos que puedan demostrar ese origen? ¿Existe algún programa secreto dedicado a estudiar o reproducir esa tecnología?


¿QUÉ OCULTA REALMENTE EL GOBIERNO DE ESTADOS UNIDOS SOBRE OVNIS?

Para evitar confusiones y malentendidos, hay algo que parece difícil de discutir a estas alturas, y es que el Gobierno estadounidense, o algunos de sus sótanos más secretos y blindados, sabe mucho más sobre los UAP de lo que ha contado públicamente. Los propios organismos oficiales reconocen la existencia de datos clasificados, registros obtenidos mediante sensores avanzados e informes cuyo contenido permanece restringido por razones de seguridad nacional. La cuestión no es si existe información reservada, sino qué contiene realmente. Y aquí empiezan las incertidumbres.

Nuestras propias expectativas pueden convertirse además en un obstáculo para aceptar una respuesta que no encaje con lo que esperábamos encontrar. Después de tantos años imaginando que, tarde o temprano, aparecería una explicación concreta y definitiva, resulta difícil asumir que quizá la realidad sea mucho más ambigua. Queremos una respuesta clara y cerrada, pero puede que el fenómeno sea bastante más extraño y difícil de encajar de lo que estamos dispuestos a aceptar. Hasta el punto de que ni siquiera el enorme aparato de inteligencia, científico y tecnológico de Estados Unidos parece haber conseguido meterlo por completo dentro de una explicación satisfactoria.

¿Y si, después de todo, no hay platillos volantes escondidos en hangares subterráneos ni cuerpos de extraterrestres guardados en refrigeradores?

Hasta el momento podemos confirmar la existencia de programas muy compartimentados dedicados al estudio de incidentes anómalos y, probablemente, de materiales cuya naturaleza no ha sido explicada públicamente. Pero dar el salto desde esa realidad hasta afirmar que Estados Unidos conserva naves extraterrestres o cuerpos de origen no humano es otra cuestión. Y aquí aparece una paradoja. Mientras aumentan las declaraciones sobre supuestos programas de recuperación de tecnología no humana, siguen sin aparecer pruebas materiales que puedan ser examinadas de forma independiente. Desde David Grusch hasta otros antiguos funcionarios y militares, las afirmaciones son cada vez más extraordinarias, pero los materiales que supuestamente las demostrarían continúan fuera del alcance del público y de la comunidad científica. Eso no significa que todos esos testimonios deban descartarse. Muchos de sus protagonistas ocuparon puestos relevantes dentro del aparato de seguridad estadounidense y algunos declararon bajo juramento ante el Congreso. Pero un testimonio, por convincente que resulte, sigue siendo un testimonio.

Después de nueve años de presión política, mediática y legislativa, cabe hacer una reflexión bastante sencilla. Si el Gobierno estadounidense conservara desde hace décadas varias naves de origen inequívocamente no humano y restos biológicos, sería razonable esperar que, en algún momento, hubiese aparecido al menos un elemento público capaz de cambiar para siempre el debate. Hasta ahora no ha ocurrido. Han aumentado las investigaciones, las oficinas, las declaraciones y las iniciativas legislativas, pero no las pruebas disponibles.

Eso no significa que la realidad tenga que reducirse a las dos posiciones habituales: creer que existen platillos extraterrestres escondidos en algún hangar o pensar que todo es un invento. Es perfectamente posible que Estados Unidos disponga de mucha más información clasificada de la que conocemos, que haya recuperado objetos cuyo origen no ha podido determinar y que existan programas muy restringidos destinados a estudiar materiales de procedencia desconocida. Lo que no podemos afirmar con la misma seguridad es que todo eso tenga un origen extraterrestre. Podría tratarse de tecnología de otros países, nuevos sistemas de propulsión, prototipos militares estadounidenses o materiales desarrollados en programas que todavía permanecen bajo secreto. También cabe la posibilidad de que parte de la información haya sido malinterpretada, exagerada o incluso utilizada deliberadamente para desinformar. Una agencia de inteligencia podría, por ejemplo, alimentar una explicación extraterrestre para desviar la atención de un programa confidencial.

Y aquí aparece otro detalle que quizá no deberíamos pasar por alto. Estados Unidos ha llevado prácticamente todo el peso de la nueva narrativa sobre los UAP, generando una enorme atención mediática, mientras otras grandes potencias, como China o Rusia permanecen al margen. Si realmente existiera una evidencia inequívoca de vida extraterrestre o de tecnología no humana operando en nuestro planeta, ¿por qué iba Estados Unidos a tener el privilegio de anunciarla primero? En una carrera geopolítica, cualquier nación intentaría llevarse una exclusiva semejante. Sin embargo, los demás actores internacionales parecen no tener demasiada prisa. ¿Será porque no tienen nada que decir? ¿O porque detrás de todo este ruido no hay nada extraordinario que anunciar?

Después de nueve años de investigaciones, el principal interrogante quizá ya no sea únicamente qué son los OVNIS. La cuestión es saber cuánto conocimiento real existe detrás de ese enorme volumen de información clasificada y cuánto procede de interpretaciones construidas a partir de datos parciales, creencias o desinformación.

Y aquí aparece otro elemento que puede cambiar bastante la forma de mirar todo lo ocurrido. Algunos de los denunciantes y protagonistas de esta historia ya estaban interesados en la ufología y los fenómenos paranormales antes de entrar en contacto con determinados organismos o convertirse en testigos, denunciantes o confidentes de terceros. Además, varios se conocían entre ellos precisamente por ese interés. Esto plantea una duda legítima: ¿estamos ante personas que realmente tuvieron acceso a información extraordinaria o ante individuos que interpretaron determinados hechos desde unas creencias que ya tenían previamente?

Incluso si existió una campaña de desinformación, cabe preguntarse si algunos de sus protagonistas fueron elegidos precisamente por su interés en estos temas. Y si realmente participaron en programas confidenciales, ese interés previo también pudo influir en la forma de interpretar aquello que vieron o supieron. Separar lo que una persona sabe de lo que cree saber puede ser, en este contexto, mucho más complicado de lo que parece.

La historia reciente demuestra que el Gobierno estadounidense sabe más de lo que ha contado. Lo que todavía no demuestra es que ese conocimiento conduzca necesariamente a un hangar y a un platillo volante custodiado bajo siete llaves.

Y aquí vuelve a cobrar importancia el cambio de «OVNI» a «UAP». No se trataba simplemente de sustituir una palabra por otra para evitar el viejo estigma asociado a los platillos volantes. También cambió el marco desde el que se analizaba el fenómeno. Un OVNI se asociaba fácilmente con algo «fuera de este mundo». Un UAP, en cambio, podía ser un dron, un prototipo, una aeronave extranjera, un fenómeno atmosférico o cualquier otra cosa que los sensores o los pilotos no hubieran conseguido identificar.

Desde 2017, el Departamento de Defensa y los servicios de inteligencia empezaron a tomarse en serio ese problema de fondo ya señalado: cuántos avistamientos se quedaban sin comunicar por el estigma asociado a la palabra «OVNI», y qué podía esconderse precisamente detrás de esos silencios, desde incursiones reales de drones hasta aeronaves de potencias extranjeras en espacios restringidos.

Por eso, uno de los grandes cambios de estos últimos años no ha sido necesariamente descubrir qué son los OVNIS, sino conseguir, al menos desde 2019, que aquello que no puede identificarse se comunique y se investigue con normalidad. El fenómeno dejó de abordarse principalmente como una cuestión relacionada con «marcianitos verdes» y empezó a tratarse como un problema de defensa, inteligencia y seguridad nacional. Y este cambio ayuda a entender por qué la narrativa UAP ha seguido un camino muy distinto al de la ufología clásica.

Al final, después de tanto ruido, da la impresión de que hemos estado mirando hacia donde nos señalaban. El terremoto mediático ha sido enorme, pero quizá no nos ha ayudado a acercarnos a la pregunta fundamental. Hemos hablado de programas secretos, supuestos encubrimientos, tecnología no humana e incluso cuerpos recuperados. Pero seguimos sin tener una respuesta clara a la cuestión más básica: ¿qué son realmente los OVNIS?

 

EL VERDADERO FENÓMENO OVNI

Hay otro dato que rara vez entra en el debate y que, sin embargo, debería inquietarnos casi tanto como los propios avistamientos: la ausencia de una postura clara por parte del resto del planeta. Ya sea por desconocimiento, indiferencia, temor o simple incapacidad, que ningún otro país haya liderado su propia narrativa sugiere que el fenómeno OVNI quizá desborde nuestras categorías científicas y culturales actuales. Puede que los gobiernos no callen por complicidad ni por unanimidad, sino porque no saben cómo interpretar aquello que están observando o estudiando.

A diferencia de otras amenazas o descubrimientos, estas manifestaciones no encajan en ninguna casilla conocida: ni son una amenaza militar convencional, ni un avance tecnológico identificable, lo que hace casi imposible gestionarlas dentro de estructuras estatales tan rígidas como las tradicionales. El riesgo de generar confusión, pánico o desconfianza institucional podría explicar por qué tantos gobiernos han optado por dar un paso atrás y actuar como si no ocurriera nada.

Tampoco ayuda que el propio método científico esté diseñado para estudiar fenómenos medibles, replicables y bien delimitados, por lo que tiende a incomodarse —o directamente a descartar— todo lo que no puede reproducirse en un laboratorio o cuyas implicaciones hacen saltar por los aires los marcos de comprensión vigentes. Un fenómeno que pulveriza las leyes de la física conocidas, que no responde a patrones inteligibles o que arrastra un inquietante componente psicológico y hasta simbólico, se acerca más al terreno de lo filosófico —incluso de lo sobrenatural— que al puramente tecnológico. Y eso, sencillamente, desarma y asusta a los gobiernos.

Por eso, el mutismo de la mayoría de los países no debería leerse solo como desinterés o subordinación a Estados Unidos, sino como síntoma de una incertidumbre global ante algo que, de momento, no encaja en ninguna parte y que muchos prefieren evitar. De hecho, se tiene constancia de investigaciones oficiales realizadas en distintos rincones del mundo, aunque es muy probable que no hayan arrojado los resultados esperados, precisamente por la naturaleza esquiva y profundamente anómala de estos fenómenos.

Lo poco que sabemos con certeza es que los OVNIs remiten a una realidad más profunda y compleja de lo que nuestras herramientas actuales pueden abarcar. Incluso Estados Unidos, pese a su papel predominante en toda esta historia, parece no tener una comprensión completa del asunto, lo que explicaría buena parte de la confusión que lo rodea.

Quizá el error de fondo sea seguir pensando el fenómeno en términos de «naves» o «seres», tal y como los imaginamos. Podría tratarse, en cambio, de algo que se manifiesta de forma ambigua, errática o incluso adaptativa, y frente a lo cual muchos gobiernos simplemente no saben cómo actuar —o prefieren no lidiar con sus implicaciones culturales, religiosas, filosóficas y militares—. Esa posibilidad explicaría, mejor que cualquier teoría de la conspiración, la falta de una acción internacional coordinada.

Y cabe otra razón, no excluyente: que tras décadas de investigación, muchos gobiernos hayan llegado a una conclusión incómoda. Que, pese a la innegable realidad del fenómeno, detrás de él no haya ni una tecnología recuperable, ni un interlocutor identificable, ni una vía clara de explotación científica o militar. Que se trate, en definitiva, de algo observable pero no utilizable; presente pero no controlable; real pero no instrumentalizable. Y que, ante eso, la opción más cómoda sea sencillamente darle carpetazo.



CLAVES PARA ENTENDER EL PROCESO “UAP 2017”

1.    Desde 2017, la inteligencia estadounidense y el Departamento de Defensa se dieron cuenta de que probablemente había muchos más incidentes con aeronaves desconocidas de los que llegaban a los canales oficiales.

2.    El estigma asociado a los OVNIS hacía que pilotos y militares evitaran informar de ellos, lo que podía ocultar incursiones reales de drones, aviones no tripulados o aeronaves extranjeras en espacios restringidos

3.     Por eso, uno de los grandes cambios de estos últimos años ha sido que esta información comenzó a comunicarse y circular con mucha más normalidad, desde 2019, dentro de los organismos de seguridad.

4.    Desde 2017 ha crecido mucho más el relato sobre los UAP que lo que realmente sabemos sobre ellos.

5.    Poco a poco, el fenómeno ha quedado en segundo plano y ha ganado protagonismo la historia que se ha construido alrededor de él.

6.    Al principio se hablaba de objetos, vídeos, fotografías y datos de sensores. Después, la conversación se desplazó hacia programas secretos, denunciantes y testimonios.

7.    Cada vez importa más quién cuenta algo que las pruebas que puede aportar.

8.    El investigador civil ha perdido protagonismo frente al whistleblower (denunciante) que asegura haber tenido acceso a información reservada.

9.    El problema es que la información de los denunciantes no puede ser comprobada por el público.

10.                          Desde 2017 se han ido acumulando preguntas: AATIP, los vídeos, los programas secretos, las supuestas recuperaciones, Grusch, los materiales, los restos biológicos… pero muchas de estas cuestiones siguen sin resolverse.

11.                          La historia se hace cada vez más grande, pero eso no significa que sepamos más.

12.                          El sistema funciona, en buena medida, con la promesa de que la gran revelación llegará en la próxima ocasión.

13.                          Cada nueva filtración, audiencia o denunciante vuelve a disparar las expectativas, aunque las promesas anteriores sigan sin demostrarse.

14.                          El secreto se ha convertido en una pieza fundamental del relato. Como no podemos ver las pruebas, se nos dice que están clasificadas.

15.                          Y aquí aparece una paradoja porque la falta de pruebas puede terminar utilizándose como argumento para decir que las pruebas están ocultas.

16.                          Las audiencias políticas pueden aumentar enormemente la percepción de importancia del fenómeno sin aportar necesariamente evidencias nuevas.

17.                          Los UAP han dejado de ser solamente un asunto relacionado con los OVNIs y han pasado a formar parte también de la agenda de seguridad nacional de Estados Unidos.

18.                          El cambio de OVNI a UAP no fue solo un cambio de nombre. También cambió la forma de abordar el fenómeno, especialmente desde el ámbito de Defensa.

19.                          Es posible que Estados Unidos tenga mucha más información clasificada sobre determinados incidentes OVNIS de la que conocemos.

20.                          Pero una cosa es que haya información secreta y otra muy distinta que esa información demuestre la existencia de naves extraterrestres en su poder.

21.                          Que un militar, funcionario o antiguo miembro de una agencia diga algo importante no convierte automáticamente su testimonio en una prueba.

22.                          Cuanto más extraordinaria sea una afirmación, más sólida debería ser la prueba que la respalde.

23.                          La nueva narrativa UAP parece haber creado una especie de anomalía controlada, con fenómenos suficientemente extraños como para mantener abierto el misterio, justificar la intervención del Estado e incluso el gasto en su investigación, pero nunca tan extraordinarios como para obligarnos a abandonar por completo las explicaciones convencionales.

24.                          Después de casi diez años, las grandes afirmaciones han crecido mucho más rápido que las pruebas que podemos comprobar.

25.                          Si realmente existieran desde hace décadas numerosas naves extraterrestres y restos biológicos identificados, sería razonable esperar que hubiera aparecido alguna prueba pública capaz de cambiar definitivamente el debate. Hasta ahora no ha ocurrido.

26.                          Los materiales o tecnologías desconocidas podrían tener otros orígenes: tecnología extranjera, proyectos militares estadounidenses u otros fenómenos que todavía no sabemos identificar.

27.                          También es posible que parte de la información esté mezclada con rumores, errores de interpretación o desinformación.

28.                          Incluso cabe plantear una posibilidad más incómoda ya que algunas historias sobre extraterrestres puedan servir como una cortina de humo para ocultar programas militares o de inteligencia reales.

29.                          Por tanto, el secreto puede estar ocultando algo importante sin que necesariamente sean extraterrestres.

30.                          La pregunta debería ser también cuánto de todo este relato está basado en hechos comprobables y cuánto procede de interpretaciones construidas sobre información incompleta, desinformación o creencias personales.

31.                          El sistema UAP puede seguir funcionando durante mucho tiempo sin resolver el misterio, porque ha entrado una dinámica de automatismos, más oficinas, más presupuestos, más sensores, más informes y más legislación.

32.                          En otras palabras, el misterio puede haberse convertido en una estructura administrativa permanente.

33.                          Estamos atrapados en un peligroso bucle: cada cierto tiempo aparece nueva información, pero muchas de las preguntas anteriores siguen sin respuesta. Acumulamos documentos, testimonios e investigaciones, pero apenas resolvemos interrogantes.

34.                          Quizá el gran cambio desde 2017 no haya sido demostrar la existencia de los UAPs, sino convertir la incertidumbre en algo institucional y permanente.

35.                          El gran éxito de la nueva era UAP quizá no haya sido demostrar qué hay detrás de los OVNIs, sino conseguir que el misterio se convierta en una parte permanente de la maquinaria política, militar y administrativa de Estados Unidos.

36.                          También resulta llamativo el silencio de otras grandes potencias. Después de todo lo ocurrido desde 2017 y de la enorme atención mediática internacional, ni China ni Rusia parecen haber querido entrar de lleno en este juego ni disputar a Estados Unidos el protagonismo en una posible revelación sobre vida extraterrestre.

37.                          Es extraño que, si realmente estuviéramos ante algo de semejante importancia, Washington pareciera llevar casi en solitario la voz cantante. ¿Y si la explicación fuera mucho más sencilla? Quizá otros actores, con sus propios servicios de inteligencia, simplemente saben que detrás de todo este ruido no hay nada extraordinario y, por eso, prefieren no entrar al trapo.

38.                          Y quizá la conclusión más desconcertante sea que el propio Gobierno estadounidense tampoco tenga las respuestas definitivas sobre este misterio, porque el fenómeno OVNI podría ser mucho más extraño, escurridizo e inasible de lo que nuestras expectativas nos permiten imaginar y es posible que su naturaleza no encaje fácilmente en ninguna de las explicaciones que estamos acostumbrados a manejar.






JOSE ANTONIO CARAV@CA

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