sábado, 1 de agosto de 2026

LA “GUERRA CIVIL” QUE DIVIDE A LA UFOLOGÍA EN ESTADOS UNIDOS

 



TIEMPOS DE FALSA PAZ

En julio de 1863, miles de soldados se enfrentaron en Gettysburg. No fue una defensa del país ante un ejército invasor. Eran compatriotas, antiguos vecinos y ciudadanos de una misma nación, divididos hasta el punto de acabar combatiendo entre ellos. La batalla se convirtió en uno de los episodios más sangrientos de una guerra que había partido Estados Unidos en dos.

Más de un siglo y medio después, salvando todas las distancias, algo mucho menos dramático pero igualmente revelador parece estar ocurriendo en otro campo de batalla: la siempre agitada ufología estadounidense. Los que durante años compartieron trinchera empiezan ahora a enfrentarse entre ellos.

Terminó una frágil tregua. La era UAP entra en una nueva y peligrosa fase. En una escalada inesperada. Y aunque este proceso iniciado en 2017 no ha sido precisamente un camino de rosas, en estas últimas semanas la comunidad ufológica estadounidense se encuentra inmersa en lo que se podría denominar una auténtica guerra civil.

Después de casi una década de continuas promesas de disclosure, declaraciones de antiguos funcionarios, denunciantes, audiencias en el Congreso y anuncios de grandes revelaciones ha surgido un cisma. La frágil alianza entre los diferentes investigadores, divulgadores y medios ha saltado por los aires. Dentro de la comunidad ufológica cada vez hay más cansancio y críticas hacia determinadas dinámicas y personajes. Las discusiones entre unos y otros han subido de tono y ya incluyen acusaciones sobre intereses, egos, fuentes y distintas formas de interpretar la información.

Uno de los principales focos de la polémica está ahora en Luis Elizondo, UAP Gerb, Joe Murgia y tangencialemnte John Greenewald. Pero el kilómetro cero es una explosiva entrevista.


INICIO DE HOSTILIDADES

UAP Gerb en su entrevista con Ross Coulthart asegura que el Gobierno estadounidense estaría preparando una revelación limitada sobre la existencia de una inteligencia no humana, pero evitando hablar de los aspectos más comprometidos del supuesto fenómeno, especialmente los programas de recuperación de objetos y su posible ingeniería inversa. Considera que las actuales publicaciones de documentos no están abordando "el elefante en la habitación": la supuesta existencia de un programa de recuperación y retroingeniería de tecnología no humana.

A partir de ahí introduce el concepto de "narrativa controlada". UAP Gerb sostiene que la comunidad UAP se está dividiendo entre quienes quieren llegar hasta el supuesto programa de recuperación y quienes aceptarían una revelación más limitada, basada simplemente en reconocer que existen fenómenos o incluso inteligencia no humana. Para él, esta división es ya un "cisma" dentro de la ufología.

El punto más polémico llega cuando Ross Coulthart le pregunta directamente si alguien está intentando controlar el relato. UAP Gerb responde afirmativamente y señala a Luis Elizondo, aunque insiste en que está transmitiendo alegaciones y no presentándolas como hechos probados. Según su interpretación, Elizondo estaría en una posición dentro del aparato de seguridad nacional que podría permitirle participar en una estrategia de disclosure parcial. UAP Gerb considera que esto sería perjudicial para una revelación completa.

Su argumento se apoya especialmente en su interpretación de los acontecimientos de 2017. Gerb sostiene que AATIP habría funcionado como una especie de cobertura para determinadas actividades y que James Clapper habría desempeñado un papel importante en esa estrategia. Según esta interpretación, Elizondo habría sido utilizado como una figura pública dentro de una campaña de revelación limitada.

UAP Gerb relaciona esta supuesta estrategia con Tom DeLonge, John Podesta y Hillary Clinton. Interpreta los correos y contactos conocidos alrededor de DeLonge como indicios de un intento de preparar una revelación durante una eventual presidencia de Hillary Clinton. Su hipótesis es que esa revelación habría reconocido una presencia no humana, pero habría evitado hablar de recuperación de objetos, ingeniería inversa o tecnologías derivadas.

Según UAP Gerb, la llegada de Donald Trump habría cambiado ese escenario porque, a su juicio, Trump era demasiado imprevisible para quienes supuestamente querían controlar el proceso. Sin embargo, cree que la idea de dirigir la narrativa habría reaparecido posteriormente y menciona específicamente The Age of Disclosure, a Elizondo y a James Clapper.

Otro elemento importante es su valoración de David Grusch. UAP Gerb lo presenta como alguien que habría roto ese modelo de revelación limitada al hablar públicamente de supuestos programas de recuperación y retroingeniería. Incluso interpreta que las declaraciones posteriores de Elizondo sobre estos asuntos fueron, en parte, una reacción a lo que Grusch había revelado.

UAP Gerb también cuestiona la versión presentada en The Age of Disclosure. Según él, el documental simplifica demasiado la estructura del supuesto "legacy program" y deja fuera el papel que atribuye al Consejo de Seguridad Nacional. Considera significativo que James Clapper aparezca en el documental como una figura asociada a la transparencia cuando, en su interpretación, habría tenido precisamente un papel dentro de la estructura que habría mantenido oculto el programa.

A partir de ahí, su teoría se hace mucho más amplia. UAP Gerb sostiene que el supuesto programa habría sobrevivido durante décadas mediante capas de secretismo, compartimentación y estructuras de acceso especial, hasta el punto de que ni siquiera un presidente tendría necesariamente acceso a toda la información. Habla de una estructura formada por funcionarios, militares y ejecutivos de la industria de defensa que permanecen durante décadas mientras las administraciones presidenciales cambian.

También afirma que parte de la información podría haber sido destruida o escondida para impedir futuras investigaciones y menciona las afirmaciones de Grusch sobre documentos que supuestamente fueron destruidos después de que Bill Clinton preguntara por los OVNIS.

Su propuesta para solucionar el problema es bastante radical: tratar el supuesto programa como una investigación criminal, recuperar el control institucional sobre esas estructuras y obligar a declarar a personas que, según él, podrían conocer directamente su funcionamiento. Incluso plantea utilizar mecanismos de investigación y poder de citación para llegar hasta responsables de grandes empresas de defensa.

Al final de la entrevista llega a una conclusión muy contundente: si ese legacy program existe como él cree, constituiría "un cáncer en el corazón de la democracia estadounidense", protegido por sucesivas capas de secreto y planteó la necesidad de una nueva dirección para el movimiento UAP de la mano de David Grusch. Asegura que si tuviera capacidad para reorganizar el asunto desde la Casa Blanca, siendo presidente de Estados Unidos: “contrataría a David Grusch”. 


FUEGO CRUZADO

Elizondo no se ha quedado callado.

En un vídeo publicado en YouTube responde duramente a las acusaciones y, aunque no menciona a UAP Gerb por su nombre, el contexto deja bastante claro que se refiere a él y a sus recientes declaraciones. Le acusa de hacer afirmaciones "disparatadas" y "completamente falsas", de no tener información de primera mano y de buscar, según sus palabras, "clics y 'me gustas'". También critica a los medios que están dando espacio a este tipo de declaraciones. En concreto, señala a NewsNation y al programa de Ross Coulthart, al que culpa de haber dado cabida a información que considera falsa. Elizondo pide a los medios que hagan mejor su trabajo de comprobación y llega a decirle directamente a Coulthart: "por el amor de Dios, ten más cuidado con quién decides llevar a tu programa".

Elizondo retoma su eslogan más polémico cuando afirma: "Quiero destruir la ufología y sustituirla por algo mejor". Resulta paradójico que el exdirector del AATIP (Advanced Aerospace Threat Identification Program) cuestione precisamente algunas de las prácticas que sus propios críticos le reprochan. Elizondo afirma que el problema está en los investigadores que buscan protagonismo, generan polémicas y presentan como información lo que, según él, son rumores o afirmaciones sin demostrar.


LOS BANDOS DE LA DIVULGACIÓN

Joe Murgia, por su parte, continúa defendiendo a Elizondo y reivindicando el valor de sus aportaciones. Al mismo tiempo que reclama cerrar filas en torno a él, admite que todavía quedan muchas preguntas sin respuesta sobre su trayectoria y sobre lo ocurrido desde los primeros años de esta nueva etapa de la investigación sobre los UAP.

Su posición es bastante clara, ya que cree que Elizondo va a ocupar un nuevo papel en Washington relacionado con el fenómeno y, por tanto, considera inútil continuar lanzando acusaciones siempre que no estén acompañadas de pruebas. No afirma que todas las dudas hayan quedado resueltas. De hecho, reconoce que él mismo quiere conocer todos los detalles de lo ocurrido desde aproximadamente 2005 hasta la actualidad y admite que esa información podría acabar saliendo a la luz. Pero considera que, mientras tanto, lo más práctico es apoyar a Elizondo y a quienes están trabajando por la divulgación. Murgia parece asumir que la discusión sobre Elizondo ha entrado en una fase en la que la cuestión ya no es decidir si debería tener protagonismo, sino observar qué hará ahora que ese protagonismo parece asegurado. Por eso pide esperar y juzgar sus resultados.

Murgia tambien dirige la atención hacia AAWSAP y hacia aquello que, en su opinión, quedó fuera de la discusión pública que comenzó a construirse alrededor del programa AATIP en 2017. Para el conocido divulgador habría razones para cuestionar por qué determinados aspectos de la investigación "paranormal" relacionada con OVNIS de AAWSAP (Advanced Aerospace Weapon System Applications Program) fueron minimizados o ignorados en la cobertura mediática inicial. Se pregunta, además, por qué James Lacatski apenas habría sido entrevistado por medios nacionales y llega a plantear la posibilidad de que alguien pudiera haber influido para que esas entrevistas no se produjeran. Según su interpretación de las investigaciones asociadas al programa, el fenómeno podría ser mucho más extraño y amplio. De hecho, sostiene que algunas de las conclusiones apuntarían hacia una naturaleza predominantemente paranormal, situando los ovnis como un subconjunto de un fenómeno mucho mayor. Esta afirmación rompe con buena parte del discurso que ha dominado la divulgación UAP durante los últimos años. La narrativa más popular ha tendido a presentar los OVNIS como posibles vehículos, tecnologías avanzadas o artefactos físicos cuyo origen todavía desconocemos. Murgia añade que existe una corriente importante que cree que los avistamientos de objetos son solamente una de las manifestaciones de algo mucho más complejo.

Murgia en sus mensajes en X apunta directamente contra NewsNation. Considera que la cobertura de la cadena comenzó con fuerza a raíz de las declaraciones de Grusch y del trabajo de Coulthart, pero que posteriormente habría derivado hacia titulares más sensacionalistas y hacia ataques contra Elizondo. Su preocupación es que esa confrontación termine eclipsando precisamente la información que considera más valiosa.

Mientras tanto, otro de los nombres de referencia de la ufología estadounidense se ha sumado al conflicto. John Greenewald Jr. ha advertía un día antes que la comunidad OVNI merece algo mejor de lo que está recibiendo en estos momentos. Una intervención especialmente significativa si tenemos en cuenta que, en los últimos tiempos, su papel parece haber perdido algo del peso que tuvo durante años dentro del movimiento, mientras tampoco parecía sentirse especialmente cómodo con algunos de los nuevos protagonistas y con la narrativa que ha ido imponiéndose en torno a los UAP desde 2017.

Greenewald no cuestiona en su alegato que un investigador pueda ganarse la vida con su trabajo —libros, conferencias, recaudaciones o cualquier otra fórmula—, sino la fórmula de quienes aseguran disponer de información capaz de cambiar nuestra visión del tema y, al mismo tiempo, convierten ese supuesto conocimiento en un producto "comercial" restringido, rodeado de insinuaciones y promesas que nunca terminan de materializarse. Esto parece un misil directo a Luis Elizondo y compañía.

El creador de “Black Vault”, cree que la ufología está cada vez más pendiente del espectáculo, las exclusivas y las grandes afirmaciones que no vienen acompañadas de pruebas. Frente a esto, Greenewald apuesta por volver a lo básico: investigar, revisar documentos, contrastar la información, debatir y compartir lo que se vaya descubriendo. En definitiva, recuperar una cultura de investigación en la que las diferentes ideas puedan discutirse abiertamente y las evidencias puedan ser examinadas por todos, en lugar de depender de supuestos secretos o revelaciones que siempre parecen estar a punto de llegar.


DAÑOS COLATERALES

Y evidentemente, en este crispado escenario, las redes sociales lo han empeorado todo. La discusión se ha convertido en una auténtica batalla campal donde cada uno toma partido y casi nadie hace prisioneros. Además, hay un sector que denuncia que cualquiera que cuestione a alguno de los protagonistas de esta nueva era UAP puede acabar señalado públicamente como «desinformador» al servicio del Estado profundo.

La ufología estadounidense está cada vez más dividida y polarizada, y en realidad no resulta difícil entender por qué. El tiempo pasa, las promesas se acumulan y, pese a todo ello, seguimos prácticamente en el mismo punto de partida con solo algunos avances muy puntuales. Y una buena parte de la comunidad ufológica comienza a mostrar síntomas de desgaste y agotamiento. Y todo esto crea facciones y bandos enfrentados.

Por un lado, están quienes siguen confiando en Elizondo y en otros protagonistas del disclosure, pese a las contradicciones, errores y polémicas que los han acompañado desde el inicio. Por otro, investigadores como UAP Gerb o Greenewald empiezan a cuestionar el proceso y reclaman algo tan sencillo como más pruebas y menos promesas.

La gran incógnita ahora es conocer si esta guerra interna es simplemente el resultado de años de frustración o si, como algunos empiezan a sospechar, también forma parte de una hoja de ruta, perfectamente orquestada, destinada a controlar la narrativa UAP. Y si fuera así, la verdadera pregunta ya no sería quién está ganando esta guerra, sino quién decidió que debía comenzar. Al final, como era de prever, los daños colaterales de este conflicto, cuyas consecuencias todavía son difíciles de medir, acabarán salpicando a todos…




JOSE ANTONIO CARAV@CA


Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.



miércoles, 22 de julio de 2026

LA DESCLASIFICACIÓN OVNI COMO ACTO DE FE

 




El 18 de julio de 2026 lancé una sencilla encuesta en mi perfil de X. Quería conocer la opinión de la gente sobre una cuestión que, a mi juicio, ayuda a entender mejor hacia dónde se dirige hoy la ufología en Estados Unidos y cómo esa visión ha acabado influyendo en buena parte del planeta: «¿Cree que el Gobierno de Estados Unidos podría mantener ocultos durante décadas restos biológicos y naves de origen no humano sin que se produjeran filtraciones significativas?». Votaron 154 personas en el plazo de 24 horas. Y sin muchas sorpresas, el 61,7 % respondió que sí. Esto demuestra que una mayoría de los participantes estaban convencidos que, en algún lugar recóndito, alejado de miradas indiscretas, el estado profundo lleva casi ochenta años custodiando un platillo volante estrellado y los cuerpos defenestrados de sus ocupantes, perfectamente conservados en cámaras frigoríficas. Ocho décadas de silencio absoluto y puertas cerrada a cal y canto, de funcionarios escrupulosos con su deber que entran y salen sin llevarse una mala fotocopia, de militares que se jubilan con la hoja de servicios impoluta, de presidentes y políticos que dejan sus sillones sin llevarse la gloria de anunciar la noticia más importante de todos los tiempos, y de varios centenares de personas de distinta índole que, supuestamente, han pasado de puntillas por este secreto fastuoso, sin que hayan metido la mano en el archivador. Todo ha funcionado a la perfección para que nada se filtre. Al menos con evidencias. Eso sí, de boquilla el secreto ha debido de ser el peor guardado de la historia. Se hablaba de él en cafeterías, hamburgueserías, pasillos del Pentágono, bases militares y despachos oficiales. Siempre había alguien que conocía a otro que había visto algo, que había oído una conversación o que tenía un primo cuyo cuñado trabajaba donde no debía. Los rumores han corrido durante décadas como la pólvora, las confidencias de barra de bar se han multiplicado y los supuestos testigos no han dejado de aparecer. Da la impresión de que cualquiera podía enterarse del mayor secreto de la historia... salvo aportar una sola evidencia que permitiera demostrarlo.

Y en paralelo a toda esta movida, llevamos décadas escuchando exactamente la misma cantinela. Desde 2017, además, el volumen no ha hecho más que aumentar. Que la próxima audiencia del Congreso terminará con años de espera. Que si el siguiente denunciante traerá la definitiva prueba bajo el brazo. Que ahora sí van a salir los documentos OVNIS que todos esperábamos. Que si dentro de unos meses. Que si después de las elecciones es la fecha elegida. O el 4 de julio. Que si la nueva oficina creada para investigar los UAP lo va a conseguir. Y aquí seguimos. Detrás de la zanahoria sin catarla.

Cada cierto tiempo, como atrapados en un bucle, se genera una expectación enorme. Las redes hierven durante unos días. Algunos ya hablan del «principio del fin del secreto OVNI». Después llegan los documentos... y resulta que no dicen gran cosa, o simplemente no dicen nada de nada.

Pasan un par de semanas, todo se enfría y aparece el siguiente capítulo del culebrón. Es como una telenovela que nunca llega al último episodio.

Lo curioso es que las decepciones no parecen desgastar la confianza del personal. Más bien ocurre lo contrario. Cuanto más se retrasa la supuesta revelación, más convencida está mucha gente de que debe existir algo enorme detrás. El argumento obvio. Si no sale a la luz, será porque el secreto es todavía mayor.

Y eso me recordó un libro: Cuando falla la profecía (1956). Leon Festinger y sus compañeros se infiltraron en un grupo liderado por Dorothy Martin (conocida en el libro bajo el seudónimo de Marian Keech), cuyos miembros creían que unos extraterrestres les habían anunciado el fin del mundo para diciembre de 1954. Llegado el día nada ocurrió. Las facturas e hipotecas seguían vigentes. Lo lógico habría sido que abandonaran a su líder a su suerte. Pues no. Muchos hicieron exactamente lo contrario.  Cuando la profecía no se cumplió, los investigadores observaron un fenómeno muy llamativo: en lugar de abandonar sus creencias, muchos seguidores se aferraron a ellas con más fuerza y comenzaron a hacer más proselitismo. Este comportamiento sirvió a Festinger para desarrollar y respaldar su teoría de la disonancia cognitiva que viene a decir que cuando has invertido años de ilusión, tiempo y emociones en una idea, resulta mucho más cómodo modificar la explicación que admitir que quizá estabas equivocado. La profecía no había fallado; simplemente había que reinterpretarla.

Y empiezo a ver, por desgracia, un patrón parecido con la famosa desclasificación OVNI a la que asistimos impertérritos desde 2017.

Si el nuevo informe no aporta nada nuevo, da igual. El bueno será el siguiente. Si no aparece ninguna prueba definitiva, da igual. Todavía no toca. Si el denunciante promete mucho y demuestra poco, no importa. Hay otro confidente detrás de la esquina esperando su turno. Siempre hay un «ya casi».

Con todo esto, no estoy diciendo que no existan secretos oficiales relacionados con OVNIs. Ni que Estados Unidos no haya ocultado información. Sería absurdo afirmarlo. Los gobiernos clasifican documentos constantemente y algunos permanecen décadas sin salir a la luz. Pero eso no significa que tengan cuerpos o naves extraterrestres escondidos en algún hangar subterráneo del Área 51. Y, sin embargo, eso es precisamente lo que muchos creen como un acto de fe y a lo que no están dispuestos a renunciar.

Mi encuesta realizada mayoritariamente sobre personas interesadas y vinculadas con el tema OVNI es clara. Más de seis de cada diez personas que participaron en mi encuesta creen que un secreto de ese calibre puede mantenerse durante generaciones sin filtraciones concluyentes. No deja de ser curioso, porque muchos de quienes sostienen esa idea también expresan una enorme frustración con las sucesivas «desclasificaciones», que al final casi siempre acaban reduciéndose a un puñado de papeles ambiguos y muchas declaraciones vacías de contenido.

Hay otro detalle que también llama la atención. Cuando un denunciante no aporta las pruebas prometidas o sus afirmaciones terminan desinflándose, no es raro ver cómo algunos de sus propios seguidores reconocen que ha exagerado, que ha equivocado o incluso que ha mentido sobre lo que iba a revelar. Sin embargo, esa pérdida de credibilidad rara vez se extiende al contenido de sus afirmaciones. Y eso si es extraño. El mensajero puede quedar desacreditado, defenestrado o ridiculizado pero el mensaje continúa siendo considerado verdadero porque encaja con lo que ya se creía de antemano. Es una situación curiosa: se admite que la persona puede haber faltado a la verdad y, al mismo tiempo, se mantiene intacta la convicción de que, en el fondo, la historia que contaba sigue siendo cierta.

En cierto modo, este mecanismo psicológico ayuda a entender por qué hoy resulta tan sencillo que prosperen determinados relatos, incluso cuando chocan frontalmente con los hechos. Vivimos en una época marcada por la llamada posverdad, en la que las emociones y las convicciones personales pesan más que las evidencias objetivas que se presenten. Para muchas personas, lo importante ya no es si una afirmación se corresponde con la realidad, sino si refuerza el edificio de creencias sobre el que han construido su visión del mundo. Cuando una información amenaza ese marco mental, suele ser más fácil reinterpretar los hechos, buscar explicaciones alternativas o desacreditar las pruebas que aceptar que quizá estábamos equivocados. De este modo, las creencias dejan de ser una herramienta para comprender la realidad y pasan a convertirse en un filtro que decide qué parte de esa realidad estamos dispuestos a aceptar.

Hay un punto casi religioso en todo esto. La revelación siempre está un poco más adelante. Nunca hoy.

Siempre mañana. Pero el mañana nunca llega…

Amén…




JOSE ANTONIO CARAV@CA


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martes, 21 de julio de 2026

LA OFICINA AARO PUBLICA SU INFORME ANUAL 2025

 


AARO: DESMONTA CIENTOS DE CASOS OVNI, PERO MANTIENE ABIERTOS CASI 200 EXPEDIENTES SIN EXPLICACIÓN SUFICIENTE


Durante el último año, la Oficina para la Resolución de Anomalías en Todos los Dominios (AARO), dependiente del Departamento de Defensa de Estados Unidos, recibió 319 nuevos informes sobre fenómenos anómalos no identificados (UAP), el término oficial con el que el Gobierno estadounidense se refiere a los antiguos OVNIs. El informe abarca los incidentes registrados entre el 2 de junio de 2024 y el 30 de mayo de 2025, además de 35 casos antiguos que habían permanecido fuera de informes anteriores.

Con estas nuevas incorporaciones, el archivo de AARO alcanza ya 1.870 investigaciones desde que la oficina comenzó a funcionar. Sin embargo, una parte importante del trabajo realizado este año ha consistido en cerrar expedientes pendientes. En total, los analistas resolvieron 370 casos ,

La conclusión oficial vuelve a ser clara: ninguno de los casos resueltos apunta a tecnología desconocida ni a fenómenos de origen extraordinario.

Uno de los cambios más importantes respecto a años anteriores tiene que ver con los satélites. AARO ha incorporado un nuevo sistema de reconstrucción en tres dimensiones que permite calcular con precisión la posición del Sol, los satélites y el observador en el momento del avistamiento. Gracias a esta herramienta, los investigadores afirman haber identificado 238 observaciones que en un primer momento parecían anómalas, pero que en realidad correspondían al fenómeno conocido como satélite: reflejos de la luz solar sobre la superficie de satélites en órbita que, vistos desde determinados ángulos, aparecen como intensos orbes luminosos suspendidos en el cielo.

Pese al elevado número de casos resueltos, 191 expedientes siguen abiertos. No porque se consideren inexplicables, sino porque los investigadores aseguran que carecen de datos suficientes para llegar a una conclusión. En muchos de ellos faltan registros de radar, imágenes de calidad o información procedente de varios sensores. Por ese motivo han sido enviados al llamado Archivo Activo, donde permanecerán hasta que aparezcan nuevas pruebas o mejores herramientas de análisis permitan revisarlos de nuevo.

El informe también revela que nueve casos han sido derivados a especialistas científicos y a organismos de inteligencia para un estudio más profundo. AARO no ofrece detalles sobre estos incidentes, ni explica dónde ocurrieron o qué características presentaban. Simplemente indica que requieren un análisis técnico adicional antes de poder emitir una conclusión.

Entre todos los informes recibidos destaca un único incidente marítimo que continúa bajo investigación. El caso fue comunicado por unidades de la Marina estadounidense que operaban frente a la costa de Virginia y describe la presencia de alrededor de cien objetos voladores, junto con dos sistemas de superficie, probablemente no tripulados. AARO confirma que la investigación sigue abierta y, por el momento, no ofrece ninguna explicación oficial sobre lo sucedido.

La inmensa mayoría de las observaciones continúan produciéndose en el aire. De los 319 informes recibidos este año, 274 corresponden al dominio aéreo, 44 y uno al ámbito marítimo. Llama la atención que ninguno de los casos clasificados como espaciales fue detectado por sensores instalados en satélites militares. Casi todos procedían de pilotos civiles que comunicaron sus observaciones a la Administración Federal de Aviación (FAA).

Precisamente los pilotos civiles se han convertido en una fuente cada vez más importante para AARO. Durante este periodo remitieron 42 informes,

El propio informe reconoce, sin embargo, que la principal limitación sigue siendo la falta de información. Muchos expedientes llegan sin registros completos o sin datos obtenidos por varios sensores al mismo tiempo, lo que dificulta enormemente cualquier investigación. Por ello, AARO asegura que trabaja junto a las Fuerzas Armadas y otros organismos para mejorar la calidad de las grabaciones, acelerar el intercambio de información y aumentar la cantidad de datos técnicos disponibles en futuros incidentes.

OBJETOS ESFÉRICOS, LUCES Y CASOS CERCA DE INSTALACIONES SENSIBLES: LOS DATOS MÁS LLAMATIVOS DEL INFORME

Más allá de las cifras generales, el informe también ofrece una radiografía bastante detallada sobre cómo son los objetos que describen los testigos y en qué circunstancias suelen aparecer. Lejos de las clásicas imágenes de platillos volantes, la mayoría de las descripciones siguen un patrón muy concreto.

Cuando los testigos pudieron describir la forma del objeto observado, el 40% habló de objetos esféricos, mienel 33% describió simplemente luces. En un porcentaje mucho menor aparecieron formas poco habituales, como objetos en forma de cruz, estrellas, diamantes alargados o incluso un objeto en llamas cayendo del cielo. Aun así, casi una cuarta parte de los informes ni siquiera contenía información suficiente para determinar el aspecto del fenómeno observado.

También cambia de forma importante la distribución de las alturas a las que se producen los avistamientos. En informes anteriores era relativamente frecuente encontrar observaciones situadas entre los 45.000 y los 60.000 pies de altitud. Sin embargo, ese porcentaje ha caído del 27% al 4%. La explicación, según AARO, no es que hayan desaparecido esos fenómenos, sino que muchos de aquellos supuestos objetos situados a gran altura han terminado identificándose como reflejos de satélites gracias a los nuevos sistemas de modelización. En la actualidad, la mayoría de los informes se concentran entre los 10.000 y los 35.000 pies, es decir, en el rango habitual de vuelo de la aviación comercial.

El documento dedica un apartado especial a los objetos convencionales que más veces generan falsas alarmas. Los investigadores explican que siguen resolviendo numerosos casos relacionados con globos de todo tipo, desde pequeños globos metálicos de fiestas hasta grandes globos científicos equipados con instrumentos. En muchos casos, los propios testigos ya sospechan desde el principio que podría tratarse de un globo, aunque aun así remiten el informe para su análisis.

Uno de los capítulos más interesantes aparece cuando el informe aborda los incidentes ocurridos en las proximidades de instalaciones militares o infraestructuras críticasOTRO reconocimientono existe información instrumental que permita verificar lo que describieron los testigos. Por ese motivo, la oficina evita sacar conclusiones y mantiene abiertas las investigaciones.

En ese mismo apartado aparecen dos de los incidentes más llamativos del informe. Dos tripulaciones informaron de interferencias electrónicas o problemas en los sistemas de aviónicametro

Otro de los datos que más ha aumentado durante el último año afecta a las instalaciones nucleares estadounidenses. La oficina recibió 50 informes sobre drones detectados cerca de centrales nucleares, instalaciones relacionadas con armamento nuclear o zonas de lanzamiento, freno177,8%, aunque el propio informe subraya que ninguno de estos incidentes ha sido clasificado como UAP. Todos fueron considerados observaciones de sistemas aéreos no tripulados convencionales.

El análisis de esos cincuenta incidentes deja varios datos curiosos. En dos de cada tres casos únicamente se observó un dron, mientras que en el resto actuaban pequeños grupos de entre dos y siete aparatos. La mayoría de los vuelos se produjo entre las cinco de la tarde y las cinco de la madrugada, y algunos permanecieron sobre la zona durante varias horas. Los modelos descritos iban desde pequeños drones recreativos hasta aparatos multirrotor de mayor tamaño, siendo los cuadricópteros el tipo más repetido en los informes.

El informe también responde a una de las preguntas más repetidas desde hace décadas: si Estados Unidos ha recuperado alguna vez restos de origen desconocido. La respuesta oficial vuelve a ser negativa. AARO asegura que no existe ninguna prueba de que el Gobierno estadounidense o empresas privadas hayan capturado o explotado materiales procedentes de un fenómeno anómalo no identificado. Aun así, la oficina confirma que ya está elaborando un protocolo para actuar en caso de que algún día aparezca un material de este tipo, tomando como referencia los procedimientos utilizados habitualmente para recuperar tecnología extranjera.

En cuanto a los posibles efectos sobre las personas, el informe es tajante. Durante el periodo analizado no se recibió ninguna denuncia de daños físicos o problemas de salud asociados a encuentros con UAP.

AARO ADMITE QUE SOLO SIETE TESTIGOS MERECIERON UNA INVESTIGACIÓN EN PROFUNDIDAD

El informe también arroja luz sobre el sistema utilizado por Estados Unidos para recibir testimonios relacionados con supuestos programas secretos sobre OVNIs. AARO mantiene un canal seguro a través de su página web para que antiguos o actuales empleados del Gobierno, militares o contratistas puedan comunicar información de primera mano sobre actividades relacionadas con UAP que se remonten incluso a 1945.

Durante el periodo analizado 262 personas utilizaron este mecanismo para ponerse en contacto con la oficina. Sin embargo, tras una primera revisión, 255 comunicaciones fueron descartadas por no cumplir los requisitos establecidos. Solo siete testimonios fueron considerados lo bastante relevantes como para solicitar entrevistas adicionales. El informe no revela el contenido de esas declaraciones ni si alguna ha dado lugar a nuevas investigaciones.

AARO recuerda además que está legalmente autorizado para recibir información clasificada sobre programas relacionados con UAP, incluso cuando esos datos estén protegidos por acuerdos de confidencialidad o pertenezcan a programas de acceso restringido dentro del Departamento de Defensa o de la comunidad de inteligencia estadounidense.

UNA APUESTA POR MÁS SENSORES Y MÁS TECNOLOGÍA

Durante 2025 comenzaron varios proyectos destinados a probar sensores de nueva generación y algoritmos capaces de detectar automáticamente comportamientos inusuales. El objetivo es disponer en el futuro de una vigilancia permanente que permita identificar estos fenómenos en tiempo real y determinar rápidamente si se trata de drones, aeronaves convencionales, satélites u otro tipo de objetos.

La oficina también afirma que seguirá colaborando con universidades, empresas tecnológicas y organismos internacionales para mejorar sus métodos de análisis y compartir información sobre este tipo de incidentes.

MÁS TRANSPARENCIA... DENTRO DE LOS LÍMITES

Otro de los cambios destacados es la intención de publicar más información al público. AARO asegura que continuará incorporando a su página web vídeos desclasificados, imágenes, resoluciones de casos y documentación relacionada con algunos de los incidentes más conocidos.

Entre los ejemplos citados aparecen los famosos vídeos "Go Fast" y el incidente de Aguadilla (Puerto Rico, 2013), cuyos análisis ya han sido publicados por la oficina junto con modelos y cálculos utilizados durante la investigación. Además, también ha abierto un repositorio con documentos desclasificados obtenidos mediante solicitudes de acceso a la información (FOIA).

 LA CONCLUSIÓN DEL INFORME

El documento mantiene la misma línea que los informes publicados desde la creación de AARO. La oficina reconoce que sigue recibiendo cientos de avisos cada año y admite que todavía existen numerosos casos sin resolver por falta de datos. Sin embargo, insiste en que ninguno de los expedientes cerrados demuestra la existencia de tecnología no humana, naves extraterrestres o avances tecnológicos desconocidos pertenecientes a potencias rivales.

 



JOSE ANTONIO CARAV@CA


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lunes, 11 de mayo de 2026

¿QUÉ PASA CUANDO LOS POLÍTICOS ENTRAN EN LA JUNGLA OVNI?


 




Cada vez que un político estadounidense hace una declaración sobre OVNIs, internet se convierte en un auténtico hervidero. Las redes sociales se llenan de titulares, vídeos y debates donde cada palabra es analizada al detalle, como si detrás de cualquier comparecencia oficial pudiera esconderse la esperada revelación histórica sobre la vida extraterrestre en nuestro planeta.

Gran parte de la opinión pública parte de la idea de que estas personas están diciendo la verdad y que, debido a sus cargos o responsabilidades, han tenido acceso a información excepcional y privilegiada sobre el fenómeno OVNI que para el resto de los mortales le está vedada. Y, sin embargo, hay un detalle importante que rara vez se menciona y que puede ser fundamental para comprender muchas de las cosas que ocurren en la actualidad, y es que la mayoría de esos políticos, militares o funcionarios no son expertos en ufología. Puede parecer una obviedad, pero cambia completamente la manera de interpretar muchas de sus declaraciones.

En los últimos años, las comparecencias celebradas en el Congreso de Estados Unidos sobre el fenómeno OVNI, con pilotos describiendo encuentros desconcertantes y denunciantes del Pentágono o del Departamento de Defensa hablando de supuestos programas secretos de recuperación de tecnología o evidencias no humanas, han cambiado por completo las expectativas públicas sobre hasta dónde podría llegar el conocimiento del gobierno sobre este fenómeno.

Para mucha gente, el hecho de que un senador, un congresista o un alto cargo afirme haber visto vídeos “impactantes” o haber escuchado testimonios “muy convincentes” se interpreta automáticamente como una prueba de enorme valor. Pero quizá estamos olvidando algo esencial, ya que estas personas carecen de una formación previa sobre el fenómeno OVNI. Y eso no es un detalle menor. Ver algo extraño no convierte a nadie en experto. Imaginemos a un político acostumbrado a debatir sobre presupuestos, infraestructuras o política internacional. De repente, accede a una sesión confidencial donde le muestran vídeos borrosos, informes militares o testimonios de pilotos de combate. Es perfectamente posible que quede impresionado. De hecho, sería lo normal. Tanto el ambiente como los protagonistas inventan a pensar que todo aquello es una gran verdad.

El problema es que quedar impresionado no significa necesariamente estar ante una evidencia extraordinaria. Y aunque para muchas personas la ufología pueda parecer un tema sencillo, en realidad es un terreno mucho más complejo de lo que aparenta para los profanos. Los investigadores habituados a analizar casos conocen bien la enorme cantidad de errores de interpretación que pueden surgir a la hora de valorar una información o una imagen: reflejos, artefactos de cámara, fallos de sensores, globos, pruebas militares secretas, rumores internos o incluso documentación manipulada deliberadamente para inducir al engaño. También saben hasta qué punto la mente humana puede construir relatos a partir de creencias, expectativas o sugestiones, incluso sin que exista una intención consciente de mentir. El ejemplo más claro lo encontramos en Lue Elizondo. Presentado durante años como el supuesto exdirector del programa OVNI del Pentágono, ha llegado a confundir fotografías completamente ordinarias con supuestas evidencias de objetos no identificados; imágenes que cualquier aficionado mínimamente familiarizado con la ufología habría desmontado en cuestión de minutos. Y esto resulta especialmente revelador. Elizondo provenía del ámbito de la contrainteligencia, no del estudio serio del fenómeno OVNI. No era investigador de campo, ni analista especializado en casuística ufológica. Por eso, cuando alguien con acceso a estructuras militares y de inteligencia demuestra semejante incapacidad para distinguir fraudes, errores o simples confusiones fotográficas, surge una pregunta inevitable: ¿Hasta qué punto podemos considerar fiables sus declaraciones sobre otros supuestos hechos que afirma haber visto o escuchado, y tomarlas como evidencias realmente sólidas?

Y ahí precisamente radica una de las claves del asunto.

Un investigador experimentado probablemente analizaría esos mismos materiales con bastante más escepticismo que un político, militar o funcionario del gobierno que se enfrenta a ellos por primera vez. No porque sea más inteligente, sino porque lleva años enfrentándose a este tipo de incidentes y conoce bien la cantidad de engaños, errores de interpretación y sabe gestionar las expectativas generadas alrededor de ciertas evidencias que, en muchos casos, adquieren una apariencia de gran trascendencia únicamente por la importancia de la fuente que las presenta o por el tipo de sensor con el que fueron registradas.

En cierto modo, ocurre algo parecido a lo que sucede en medicina o en criminología: una persona sin experiencia puede considerar “increíble” algo que un especialista ha visto cientos de veces.

Hay además otro elemento muy humano que suele pasarse por alto. Cuando un congresista escucha a un piloto militar, a un miembro de inteligencia o a un funcionario de alto rango relatar algo que ha conocido durante el desempeño de sus actividades, es normal que tienda a otorgarle credibilidad. La lógica institucional funciona así: si alguien ocupa un puesto importante, se presupone está capacitado, es alguien confiables y además maneja información fiable. Pero la historia demuestra que incluso dentro de las agencias de inteligencia pueden circular errores, rumores o campañas de desinformación. Y no necesariamente porque exista una gran conspiración. A veces basta con que una información vaya pasando de una persona a otra hasta adquirir una apariencia de verdad incontestable, que además se apoya en las creencias personales de los participantes. En el ámbito OVNI esto es especialmente delicado y peligroso porque el misterio que rodea estas manifestaciones genera un enorme impacto psicológico en la gente y hace que puedan perder un poco la perspectiva de lo que es real y lo que no. Cuando alguien cree estar ante algo “fuera de este mundo”, su capacidad crítica puede reducirse sin darse cuenta. No hace falta que nadie mienta deliberadamente. Basta con que alguien interprete mal una situación y que otros den por hecho que esa interpretación es correcta.

Por eso quizá creo que estamos juzgando de forma demasiado simple a muchos de los protagonistas actuales que rodean el disclosure OVNI. Hay quien piensa que todos están diciendo la verdad absoluta. Otros creen que todos forman parte de un engaño. Pero la realidad puede ser un punto intermedio. Muchos de estos políticos y funcionarios probablemente están siendo sinceros y honestos cuando dicen sentirse impactados por lo que han visto o escuchado. Creen que lo que defienden es la verdad. El problema es que sinceridad y exactitud no son lo mismo. Entrar en el mundo de la ufología sin experiencia previa es como entrar en un laberinto lleno de espejos, donde resulta extremadamente difícil distinguir qué casos son realmente extraordinarios y cuáles parecen impresionantes solo a primera vista. Y ese es un matiz que rara vez aparece en los grandes debates públicos o en los medios cuando se hacen eco de sus declaraciones.

Porque quizá la pregunta no sea únicamente debatir sobre qué han visto o escuchado los políticos en esas sesiones privadas, sino también si tienen las herramientas necesarias para interpretar correctamente aquello que les muestran.




JOSE ANTONIO CARAV@CA

Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.


domingo, 10 de mayo de 2026

LA GRAN “DESCLASIFICACIÓN OVNI” DE TRUMP: MUCHO ARCHIVO VIEJO, POCAS RESPUESTAS Y CERO BOMBAS INFORMATIVAS

 





La prometida desclasificación OVNI de Trump (08/05/2026) ya ha llegado. Anunciada desde hace semanas a bombo y platillo, por fin se producía esa esperada entrega de material ufológico que parecía iba a revolucionar el mundo. Pues bien:  una vez más, no pasó gran cosa.

La última desclasificación, impulsada, y conviene no perder este detalle de vista, bajo la fuerte presión política y mediática ejercida no solo por Donald Trump, sino también por varios congresistas republicanos como Anna Paulina Luna, Eric Burlison y otros sectores del ala más confrontativa del Capitolio interesados en abrir archivos sobre UAP, OVNIs y posible vida extraterrestre, deja una sensación inicial muy alejada de las enormes expectativas generadas durante meses. Tanto el FBI como la NASA parecen haber entregado lo primero que tenían más a mano para cumplir con el requerimiento cuanto antes y salir, como se suele decir coloquialmente “del marrón”.

Y eso se nota.

Porque más allá del ruido en redes sociales y los titulares espectaculares e interesados de los medios vendiendo “la revelación definitiva”, el contenido publicado dista muchísimo de ser una bomba histórica.

Vayamos por partes.

En lo referente a los videos e imágenes, que es lo primero en lo que se fija todo el mundo esperando encontrar un platillo volante o a sus ocupantes, hay que decir que son decepcionantes. La mayoría de las grabaciones muestran exactamente lo mismo que llevamos viendo durante décadas en este tipo de desclasificaciones: puntos luminosos, objetos lejanos, capturas térmicas borrosas y secuencias demasiado breves como para extraer conclusiones sólidas. Y esto tiene una explicación muy fácil de entender. Cuando el abanico de explicaciones posibles para una imagen va desde un globo, un pájaro o un avión hasta una hipotética nave no humana, eso significa precisamente que la evidencia visual carece de contenido contundente. Y ese detalle es importante porque desmonta el tono casi apocalíptico con el que algunos intentan vender cada nueva “filtración”. Si realmente existiera un material inequívoco, el debate no estaría oscilando constantemente entre “puede ser un dron”, “un pájaro” y “podría ser tecnología extraterrestre”. La propia amplitud y simpleza de las hipótesis revela la debilidad de las pruebas, aunque realmente alguna registrar algo fuera de este mundo.

Pero ¿qué ocurre con el resto del material?

Tampoco hay nada relevante que llevar ante la Asamblea de la ONU. Porque gran parte del material parece proceder de archivos históricos ya existentes en organismos como el Departamento de Defensa, el FBI, la NASA y otras agencias federales. Y lo más curioso es que, probablemente, entre el 80 y el 90% de esos documentos ya eran conocidos desde hace años por investigadores, periodistas especializados y aficionados al tema. La diferencia es que ahora han sido presentados de manera más profesional, con escaneos en alta resolución, documentos a color, copias legibles o digitalización moderna. Antes muchos de esos mismos papeles circulaban como fotocopias deterioradas, borrosas y casi imposibles de leer. Ahora simplemente tienen mejor presentación.

Pero información nueva, realmente disruptiva, hay muy poca.

Y eso alimenta una sospecha bastante razonable que pudiera explicar todo este movimiento. La urgencia política pudo haber obligado a las agencias a improvisar una entrega rápida utilizando fondos documentales históricos ya archivados, sin tiempo, o sin intención, de aportar investigaciones profundas, análisis técnicos o conclusiones internas relevantes.

También es justo reconocer que dentro de esta desclasificación sí aparecen casos modernos reportados por personal del Departamento de Defensa y de otras agencias federales, algo que evidentemente siempre debe valorarse positivamente porque, al menos sobre el papel, supone un ejercicio de transparencia institucional. Sin embargo, la forma en la que muchos de esos expedientes han sido presentados resulta sorprendentemente poco profesional. En numerosos casos parecen simples recopilaciones de testimonios básicos, con escasos datos técnicos, contextualización mínima y una ausencia casi total de investigación posterior. No hay análisis profundos, reconstrucciones detalladas, estudios comparativos ni conclusiones elaboradas que permitan comprender qué ocurrió realmente. Y eso vuelve a reforzar la sensación de que la prioridad no era esclarecer el fenómeno, sino cumplir rápidamente con una demanda política ofreciendo material que, aunque llamativo para el gran público, aporta muy poco desde un punto de vista analítico o científico.

De hecho, quizá lo más revelador sea precisamente lo que falta. No hay informes técnicos exhaustivos sobre incidentes concretos. No aparecen evaluaciones científicas detalladas. Y eso resulta muy extraño si tenemos en cuenta que Estados Unidos lleva investigando este fenómeno oficialmente, con distintos nombres y programas, desde finales de los años cuarenta. Después de más de siete décadas de recopilación de datos, radares, testimonios militares, sensores avanzados y recursos de inteligencia, cuesta creer que el resultado final sean simplemente carpetas históricas con recortes de prensa y vídeos ambiguos de pocos segundos.

Si observamos esta desclasificación dentro del clima político extremadamente convulso que atraviesa actualmente Estados Unidos, quizá algunas piezas empiecen a encajar de otra manera. La impresión que deja, precisamente en uno de los momentos más delicados para la popularidad de Donald Trump, es la de una Casa Blanca presionando para escenificar una apertura rápida de archivos mientras distintas agencias federales parecen limitarse a administrar la situación: contener daños, ganar tiempo o cumplir de forma superficial con una exigencia política llegada desde arriba. Y, por supuesto, tampoco faltan quienes interpretan toda esta operación como una gigantesca cortina de humo mediática destinada a desviar la atención pública de los problemas que actualmente rodean a Donald Trump, desde las tensiones derivadas de la guerra de Irak hasta las constantes sombras y especulaciones que siguen persiguiendo al caso Epstein y a las figuras políticas vinculadas, directa o indirectamente, a aquel escándalo.

En otras palabras, más que una revelación histórica, esto parece una batalla burocrática interna. Y ahí la figura omnipresente de Donald Trump se convierte en pieza central. La forma profundamente personalista y confrontativa con la que está ejerciendo el poder ha generado tensiones visibles entre la Casa Blanca y múltiples organismos federales. El asunto OVNI parece haberse convertido también en otro escenario más de esa guerra institucional silenciosa.

Al final, la conclusión quizá sea bastante menos cinematográfica de lo que muchos esperaban. La desclasificación OVNI no parece haber acercado al mundo a una prueba definitiva sobre vida extraterrestre ni sobre tecnología no humana. Lo que sí ha dejado por el contrario es una fotografía muy interesante del funcionamiento interno del poder estadounidense: presiones políticas, guerras entre agencias, operaciones de imagen y una enorme capacidad para generar sensación de revelación sin revelar demasiado.

Y mientras tanto, el fenómeno OVNI continúa exactamente en el mismo lugar en el que lleva décadas: entre el misterio, la especulación y la ausencia de pruebas concluyentes.

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JOSE ANTONIO CARAV@CA

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sábado, 9 de mayo de 2026

NUEVA DESCLASIFICACIÓN OVNI EN ESTADOS UNIDOS: MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES

 


 



Estados Unidos acaba de abrir una de las mayores aperturas de archivos oficiales sobre ovnis y fenómenos aéreos no identificados de las últimas décadas, y el resultado vuelve a ser dispar. La Administración de Donald Trump publicó más de 160 documentos del FBI, registros históricos de la NASA, videos militares, fotografías y expedientes del Pentágono relacionados con los llamados UAP, el término oficial que utiliza el Gobierno estadounidense en la actualidad para referirse a fenómenos anómalos no identificados.

Lo primero que deja clara esta desclasificación es que no existe ninguna prueba concluyente de origen extraterrestre. No han aparecido grabaciones de alta resolución mostrando platillos volantes, ni imágenes de supuestos cuerpos alienígenas, ni tampoco una confirmación oficial de las teorías que durante décadas han rodeado al Área 51 y los presuntos programas secretos de ingeniería inversa asociados al fenómeno OVNI. Nada de nada.

Lo que sí hay es mucho material histórico (cosa que se agradece) que demuestra que durante décadas el Gobierno estadounidense investigó avistamientos extraños, anomalías radar y objetos que ni pilotos ni analistas pudieron identificar con claridad.  

Entre los documentos más comentados figuran informes del FBI de finales de los años cincuenta, publicados tras el lanzamiento del Sputnik soviético. En ellos se describen luces extrañas y objetos metálicos detectados cerca de instalaciones militares y zonas de pruebas aéreas. La mayoría de esos casos no desemboca en conclusiones espectaculares, aunque investigadores y periodistas destacan que muchos de esos expedientes, ya conocidos desde hace años, aparecen ahora con mucha menos censura y en versiones más completas que las publicadas anteriormente a través de solicitudes FOIA.

La parte que más atención está generando corresponde a los archivos de la NASA. Entre el material desclasificado aparecen transcripciones vinculadas a las misiones Gemini y Apollo. Uno de los documentos más difundidos recoge una conversación de la misión Gemini 7, en la que los astronautas Frank Borman y Jim Lovell informan al centro de control sobre la presencia de un objeto no identificado visible desde la cápsula. En el audio, Borman comunica: “Tenemos un objeto a las diez en punto, arriba”, para añadir después: “Se trata de un avistamiento real”. Lovell describe lo que observa como “un cuerpo brillante iluminado por el Sol sobre un fondo negro y rodeado de trillones de partículas”. Los documentos muestran además que Houston preguntó repetidamente si podía tratarse de restos del cohete Titan o partículas orbitales asociadas al lanzamiento, aunque en aquel momento no se alcanzó una conclusión definitiva.

También aparecieron referencias a observaciones durante las misiones Apollo 12 y Apollo 17, incluyendo fotografías y transcripciones donde los astronautas comentan luces y fenómenos visuales durante maniobras orbitales. Sin embargo, varios especialistas recuerdan que muchos de esos episodios podrían explicarse por reflejos, residuos espaciales o artefactos ópticos generados por las cámaras de la época, algo relativamente frecuente en las primeras décadas de exploración espacial.

Es precisamente ahí donde empieza la frontera entre los hechos y el ruido generado en redes sociales. En las últimas horas se han multiplicado las publicaciones que hablan de “objetos siguiendo cápsulas”, “fenómenos imposibles” o “evidencia lunar oculta”, aunque buena parte de esas afirmaciones no aparecen literalmente en los documentos oficiales. Muchos usuarios están mezclando archivos reales con antiguas teorías conspirativas y fragmentos sacados de contexto.

Otro de los documentos más compartidos es el conocido como “memorando Hottel”, un informe auténtico del FBI fechado el 22 de marzo de 1950 y enviado a J. Edgar Hoover. En él, un agente recoge el relato de un supuesto investigador de la Fuerza Aérea que afirmaba que se habían recuperado “tres platillos volantes” en Nuevo México. El texto describe objetos “circulares, con centros elevados y aproximadamente 15 metros de diámetro”, y asegura que “cada uno estaba ocupado por tres cuerpos de apariencia humana, de apenas un metro de altura, vestidos con una tela metálica muy fina”. Sin embargo, el propio FBI aclaró años después que aquel documento nunca fue considerado una confirmación oficial de extraterrestres, sino un relato de segunda o tercera mano que jamás llegó a investigarse formalmente.

La desclasificación incluye además documentos históricos con un tono mucho más ambiguo. Uno de ellos, fechado el 4 de noviembre de 1948 y firmado por la USAFE (United States Air Forces in Europe), refleja la preocupación de oficiales de inteligencia estadounidenses por los reiterados informes sobre “platillos voladores” observados sobre bases aéreas europeas. El texto asegura que los fenómenos “no podían ser ignorados” y recoge conversaciones mantenidas con la inteligencia sueca, cuyos analistas llegaron a plantear que algunos objetos parecían responder a una “alta capacidad técnica que no podía atribuirse a ninguna cultura conocida en la Tierra” (Entre 1946 y 1947, poco después de finalizar la Segunda Guerra Mundial, Escandinavia, especialmente Suecia, fue escenario de una oleada de avistamientos masivos conocidos como los Bólidos de Escandinavia o Ghost Rockets).  El informe incluso menciona un supuesto objeto que habría caído en un lago sueco (probablemente el incidente del lago Kölmjärv, ocurrido el 19 de julio de 194) y cuyo impacto habría sido investigado por buzos militares. Aun así, el documento queda inconcluso y no aporta pruebas verificables.

Entre los nuevos archivos también aparece el relato de dos agentes federales que observaron un orbe naranja brillante suspendido cerca de una formación rocosa en el oeste de Estados Unidos. Los testigos describieron el objeto como algo similar al “Ojo de Sauron” de El Señor de los Anillos, aunque sin pupila, y afirmaron que permanecía inmóvil, sin emitir sonido alguno. Posteriormente, la oficina AARO estimó que el objeto podría encontrarse a unos 1.050 metros de distancia y medir entre 12 y 18 metros de diámetro. El incidente quedó clasificado como no identificado.

Otro caso especialmente comentado corresponde a septiembre de 2023 y describe un supuesto objeto metálico elipsoidal de color bronce, de entre 40 y 60 metros de longitud, observado cerca de un sitio de pruebas estadounidense cuya ubicación continúa clasificada. Según los testigos, el objeto no se desplazó de forma convencional, sino que “materializó” a partir de una luz intensa y desapareció instantáneamente, aparentemente desafiando las leyes conocidas de inercia y propulsión. Como ocurre en la mayoría de expedientes incluidos en esta publicación, el informe no aporta una conclusión definitiva.


Reconstrucción del extraño e intersante incidente de septiembre de 2023





El Pentágono también liberó videos recientes grabados desde sensores infrarrojos y cámaras militares. En algunos se observan puntos térmicos y objetos metálicos realizando movimientos que los analistas no consiguieron explicar completamente. Sin embargo, incluso dentro de la propia comunidad interesada en los UAP existen voces muy escépticas. Uno de los casos más virales es el de un supuesto objeto “en forma de estrella” difundido masivamente en redes sociales. El investigador Mick West sostiene que esa apariencia probablemente no corresponde a la forma real del objeto, sino a un efecto óptico provocado por el sistema infrarrojo militar. Según explica, este tipo de cámaras puede generar patrones luminosos exagerados cuando una fuente térmica satura el sensor, creando figuras geométricas debido al desenfoque y la difracción de la lente. Otros investigadores, como Steven Greenstreet, señalan además que en la grabación se aprecia lo que parece ser un paracaídas junto a una estela descendente, lo que apuntaría a una bengala militar utilizada en ejercicios nocturnos.


No parece lógico que los militares consideren este video como No Identificado. (Cortesia de Greenstreet)




Ese detalle vuelve a abrir uno de los grandes debates que rodean estas desclasificaciones de supuestos videos OVNIS: si los sistemas y especialistas militares realmente fueron incapaces de detectar explicaciones relativamente simples o si, por el contrario parte del material difundido fue seleccionado deliberadamente por su escaso valor probatorio e impreciso para alimentar el debate público sin revelar información verdaderamente sensible.

La publicación también incluye referencias a un manual interno citado bajo el título “Ovnis y Defensa: ¿Para qué nos debemos preparar?”, donde se analizan posibles escenarios de respuesta militar ante objetos no identificados, interferencias radar y amenazas para infraestructuras estratégicas. Lo relevante del documento no es que el Pentágono asumiera la existencia de alienígenas, sino que trataba este tipo de incidentes como potenciales problemas de seguridad nacional.

En paralelo, las redes sociales se llenaron rápidamente de mensajes sobre un documento filtrado supuestamente relacionado con programas secretos de recuperación de materiales extraterrestres. El memorando atribuido al Estado Mayor Conjunto de 1985, donde se menciona un misterioso “metamaterial desconocido” identificado bajo el nombre clave RAZIEL y supuestamente transportado a bordo del USS Dwight D. Eisenhower. El texto afirma que el material presentaba “características más allá de las conocidas” y estaba siendo almacenado bajo estrictas medidas de seguridad.


El polémico documento sobre el metamaterial "RAZIEL"





Sin embargo, las primeras investigaciones independientes apuntan a que el documento podría ser falso. El investigador D. Dean Johnson detectó varias inconsistencias importantes: el vicealmirante P. F. Carter no ocupaba aún el cargo que aparece reflejado en el memorando en la fecha indicada; el capitán citado como comandante del USS Dwight D. Eisenhower no coincidía con el oficial real al mando en 1985; y el propio uso del término “RAZIEL” fue considerado sospechosamente teatral ya que su significado es “secreto de Dios” en hebreo. Para muchos analistas, el caso demuestra hasta qué punto se mezclan materiales auténticos con posibles campañas de desinformación dentro de esta nueva desclasificación.

La consecuencia es un escenario cada vez más confuso en el que documentos históricos reales, videos ambiguos, informes técnicos incompletos y posibles falsificaciones conviven alimentando teorías de todo tipo. Y aun así, pese a las exageraciones y lecturas conspirativas, incluso investigadores escépticos reconocen que esta apertura sí representa un cambio importante. Por primera vez aparecen coordinadas varias agencias —NASA, FBI, Pentágono, ODNI y la oficina AARO— publicando material desde un mismo portal gubernamental y prometiendo nuevas tandas de documentos en las próximas semanas.

En conjunto, ni los videos, ni las fotografías, ni los informes desclasificados aportan una prueba definitiva sobre el origen de estos fenómenos. Lo que muestran son registros de observaciones, transcripciones, anomalías radar y materiales audiovisuales que, en muchos casos, permanecen etiquetados como “no identificados” simplemente porque no existían datos suficientes para explicarlos con certeza, no porque se haya demostrado una explicación extraordinaria. Además, gran parte del material corresponde a registros históricos elaborados con tecnologías, métodos de análisis y capacidades de detección muy distintas a las actuales.

Quizá eso sea, precisamente, lo más relevante de toda esta operación de transparencia: no que Estados Unidos haya confirmado vida extraterrestre, porque no lo ha hecho, sino que admite oficialmente que lleva décadas investigando fenómenos que muchas veces tampoco supo explicar del todo.





JOSE ANTONIO CARAV@CA

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