domingo, 14 de diciembre de 2025

LA PARADOJA DE LOS DENUNCIANTES UAP: MANUAL PARA INSINUAR SECRETOS SIN CRUZAR LA LÍNEA LEGAL

 



En los últimos años, nombres como Luis Elizondo, David Grusch o Christopher Mellon han aparecido de forma recurrente en los medios afirmando haber tenido acceso, durante su trabajo para el Departamento de Defensa u otras agencias vinculadas a la seguridad nacional, a información altamente sensible relacionada con el fenómeno UAP. Todos ellos sostienen que existen datos que no pueden revelar debido a obligaciones legales, acuerdos de confidencialidad, normativa sobre información clasificada y restricciones derivadas de la seguridad nacional. Al mismo tiempo, señalan que el gobierno oculta información relevante sobre la naturaleza del fenómeno UAP al pueblo estadounidense.

Hasta aquí, el planteamiento parece coherente, ya que quienes han trabajado en entornos clasificados están legalmente obligados a no divulgar ciertos contenidos. Sin embargo, cuando se analizan con detenimiento sus declaraciones públicas surge una paradoja que merece atención. ¿Cómo es posible afirmar públicamente que se ha tenido acceso a información extremadamente sensible, que contradice la narrativa oficial, sin que ello derive en consecuencias legales?

En otras palabras: ¿cómo puede alguien destapar información oficial explosiva… sin que pase absolutamente nada?

En el sistema jurídico estadounidense, la revelación ilegal de secretos no se produce por el simple hecho de afirmar que existe información clasificada o que se ha tenido acceso a ella, sino cuando se divulga de manera concreta el contenido protegido, identificable y no autorizado. La ley castiga la filtración de datos específicos, documentos, métodos, fuentes o programas, no necesariamente las declaraciones vagas, generales o ambiguas que no permiten verificar ni reconstruir información clasificada.

Como vemos los denunciantes UAPS se mueven en una zona gris.

Para entender mejor lo extraño de esta situación, conviene cambiar de escenario y llevar el mismo razonamiento a un terreno donde el secreto de Estado no admite ambigüedades ni titubeos: el ámbito nuclear. Imaginemos que el antiguo director de un programa nuclear estadounidense empieza a aparecer en entrevistas, podcasts y documentales diciendo algo como esto: que durante su trabajo tuvo acceso a documentación ultrasecreta, que habló directamente con científicos y personal con acceso restringido, y que gracias a todo ello sabe con certeza que el país posee capacidades nucleares muy distintas, y mucho más avanzadas, de las que se reconocen públicamente. Acto seguido, aclara que no puede dar detalles porque la información sigue siendo clasificada.

Aunque no revele cifras, diseños técnicos, ubicaciones ni nombres de programas, cualquiera entendería que algo así sería impensable. En el mundo nuclear, incluso una afirmación tan genérica ya sería un problema bastante serio. No porque se hayan dado datos concretos, sino porque confirmar que existen capacidades no reconocidas ya supone cruzar una línea legal muy clara. En ese ámbito, el secreto no protege solo documentos o planos, sino todo el campo de conocimiento: incluso las insinuaciones están prohibidas.

Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre en el discurso UAP todos los días sin que ocurra nada. Antiguos responsables de programas de inteligencia pueden afirmar públicamente que han visto material extraordinario, que han leído informes confidenciales o que han llegado a conclusiones que contradicen la versión oficial, siempre que eviten describir detalles técnicos verificables. No se les persigue, no se les sanciona y, en la práctica, se les permite hablar.

La diferencia no está en que el fenómeno UAP sea menos sensible o menos serio, sino en que no existe un régimen legal comparable al nuclear que blinde todo ese ámbito de información. Mientras que en ciertos sectores estratégicos incluso las frases ambiguas están fuera de juego, en otros se tolera un discurso basado en insinuaciones, autoridad personal y apelaciones al secreto. ¿Por qué no se le investiga a los denunciantes? ¿Por qué no hay consecuencias si están insinuando que poseen información clasificada que contradice lo que el gobierno sostiene públicamente? ¿Se puede acusar sin problemas a las autoridades pero al no mostrar pruebas no pasa absolutamente nada? O ¿Acaso hay algún tipo de estrategia oculta detrás de estas filtraciones que interesa a las agencias de inteligencia?

La paradoja es que los denunciantes UAPs no cometen una violación de la ley, porque se mueve cómodamente en los márgenes de lo permitido.

Cuando uno escucha con atención lo que afirma por ejemplo Elizondo el absurdo se vuelve aún más evidente. El exdirector de AATIP no se limita a sugerir que “algo ocurre” o “expresar su opinión”, sino que asegura haber visto documentos, filmaciones, fotografías y testimonios directos de personal con acceso a programas altamente restringidos. Aunque nunca entre en detalles operativos, el simple hecho de afirmar públicamente que han accedido a ese tipo de material durante sus funciones oficiales ya constituye, en teoría, una revelación de información clasificada. No necesitan mostrar una sola imagen ni citar un solo nombre, con declarar que han revisado expedientes o hablado con testigos internos, están confirmando la existencia misma de programas, investigaciones o hallazgos que el gobierno no reconoce oficialmente. Y aun así, estas declaraciones no generan el tipo de reacción legal que cabría esperar. Es ahí donde nace la contradicción ya que según la ley revelar que se ha visto información clasificada ya es una filtración… pero en la práctica, estas afirmaciones se toleran mientras se mantengan en un terreno difuso donde nada puede demostrarse, bajo el comodín de: “No puedo entrar en detalles porque es información clasificada”. Pero si sus aseveraciones fueran ciertas, ya estarían incurriendo en un delito, estarían revelando información protegida. Y si no es verdad, estarían atribuyendo sin pruebas acciones o encubrimientos gravísimos a instituciones de su propio país en las que han trabajado. Cualquiera de estas dos posibilidades debería generar algún tipo de reacción oficial. Algo.

Sin embargo, en la práctica no ocurre nada. Ni juicios. Ni sanciones. Ni procesos penales. Ni comisiones internas.

El resultado, visto lo visto, es que se puede afirmar casi cualquier cosa, mientras se termine la acusación con la frase “no puedo dar detalles porque es secreto”.

Si todo es falso, resulta llamativo, o muy sospechoso, que ninguna institución se moleste en desmentirlo de manera contundente para evitar confusiones o teorías dañinas. De hecho la tesis de la conspiración se acrecienta a pasos agigantados en los Estados Unidos por discursos como los enarbolados por Elizondo. Pero, si lo que afirman fuera cierto, sería todavía más extraño que se les permitiera anunciarlo abiertamente sin consecuencias legales.

En ambos casos queda flotando una sensación de incoherencia, una especie de vacío legal en el que los límites entre información protegida, libertad de expresión y responsabilidad legal parecen haberse desdibujado por completo.

Que todas estas declaraciones sean legales o que se permitan por parte de las autoridades no significa que todo sea normal. Al contrario, es bastante inusual que antiguos responsables de inteligencia hablen con tanta seguridad sobre hechos extraordinarios, afirmando que lo que dicen lo saben por experiencia directa y documentos confidenciales, y lo hagan ante comisiones del Congreso sin titubeos. No son simples comentarios ante los medios, ya que sus palabras han tenido repercusiones reales que han derivado en audiencias públicas, cambios en la narrativa oficial y en la creación de oficinas específicas para investigar el fenómeno UAP. Todo esto forma un cuadro muy curioso, aunque técnicamente no estén violando ninguna ley, el peso de su autoridad, la claridad con la que hablan y el impacto de sus declaraciones nos muestra que estamos ante algo fuera de lo común en materia de secretos de Estado.

En el mundo de los secretos oficiales, hablar con libertad sobre información sensible es prácticamente impensable. Cualquier filtración suele ir acompañada de investigaciones, sanciones e incluso procesos judiciales. Y sin embargo, cuando escuchamos a antiguos responsables de programas UAP relatar lo que han visto o leído, citando documentos y testigos sin aportar detalles concretos, sucede algo extraño: nadie los persigue, nadie los sanciona y sus palabras siguen teniendo efecto público. Esa combinación, credibilidad, autoridad y ausencia de consecuencias, es casi inédita en la historia de la inteligencia y la seguridad nacional. Es como si el sistema hubiera creado un espacio inusual donde ciertos secretos pueden insinuarse y debatirse, sin que se cruce la línea roja que activa la reacción oficial. Esa anomalía, más allá de su veracidad, resulta sorprendente: da la impresión de que algo se mueve tras bambalinas, que hay intereses que permiten mantener esta narrativa, dejando al público preguntándose por qué se tolera que se hable de ello.

Para concluir, tampoco se puede descartar que lo que relatan estos denunciantes no sea completamente cierto. Podrían ser verdades a medias, interpretaciones sesgadas, o incluso información que les fue presentada de manera deliberadamente engañosa para hacerles creer ciertas cosas. Sea cual sea el caso, esto evidencia que asumir la veracidad de sus afirmaciones sigue siendo algo difícil de evaluar.




JOSE ANTONIO CARAV@CA


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