lunes, 11 de mayo de 2026

¿QUÉ PASA CUANDO LOS POLÍTICOS ENTRAN EN LA JUNGLA OVNI?


 




Cada vez que un político estadounidense hace una declaración sobre OVNIs, internet se convierte en un auténtico hervidero. Las redes sociales se llenan de titulares, vídeos y debates donde cada palabra es analizada al detalle, como si detrás de cualquier comparecencia oficial pudiera esconderse la esperada revelación histórica sobre la vida extraterrestre en nuestro planeta.

Gran parte de la opinión pública parte de la idea de que estas personas están diciendo la verdad y que, debido a sus cargos o responsabilidades, han tenido acceso a información excepcional y privilegiada sobre el fenómeno OVNI que para el resto de los mortales le está vedada. Y, sin embargo, hay un detalle importante que rara vez se menciona y que puede ser fundamental para comprender muchas de las cosas que ocurren en la actualidad, y es que la mayoría de esos políticos, militares o funcionarios no son expertos en ufología. Puede parecer una obviedad, pero cambia completamente la manera de interpretar muchas de sus declaraciones.

En los últimos años, las comparecencias celebradas en el Congreso de Estados Unidos sobre el fenómeno OVNI, con pilotos describiendo encuentros desconcertantes y denunciantes del Pentágono o del Departamento de Defensa hablando de supuestos programas secretos de recuperación de tecnología o evidencias no humanas, han cambiado por completo las expectativas públicas sobre hasta dónde podría llegar el conocimiento del gobierno sobre este fenómeno.

Para mucha gente, el hecho de que un senador, un congresista o un alto cargo afirme haber visto vídeos “impactantes” o haber escuchado testimonios “muy convincentes” se interpreta automáticamente como una prueba de enorme valor. Pero quizá estamos olvidando algo esencial, ya que estas personas carecen de una formación previa sobre el fenómeno OVNI. Y eso no es un detalle menor. Ver algo extraño no convierte a nadie en experto. Imaginemos a un político acostumbrado a debatir sobre presupuestos, infraestructuras o política internacional. De repente, accede a una sesión confidencial donde le muestran vídeos borrosos, informes militares o testimonios de pilotos de combate. Es perfectamente posible que quede impresionado. De hecho, sería lo normal. Tanto el ambiente como los protagonistas inventan a pensar que todo aquello es una gran verdad.

El problema es que quedar impresionado no significa necesariamente estar ante una evidencia extraordinaria. Y aunque para muchas personas la ufología pueda parecer un tema sencillo, en realidad es un terreno mucho más complejo de lo que aparenta para los profanos. Los investigadores habituados a analizar casos conocen bien la enorme cantidad de errores de interpretación que pueden surgir a la hora de valorar una información o una imagen: reflejos, artefactos de cámara, fallos de sensores, globos, pruebas militares secretas, rumores internos o incluso documentación manipulada deliberadamente para inducir al engaño. También saben hasta qué punto la mente humana puede construir relatos a partir de creencias, expectativas o sugestiones, incluso sin que exista una intención consciente de mentir. El ejemplo más claro lo encontramos en Lue Elizondo. Presentado durante años como el supuesto exdirector del programa OVNI del Pentágono, ha llegado a confundir fotografías completamente ordinarias con supuestas evidencias de objetos no identificados; imágenes que cualquier aficionado mínimamente familiarizado con la ufología habría desmontado en cuestión de minutos. Y esto resulta especialmente revelador. Elizondo provenía del ámbito de la contrainteligencia, no del estudio serio del fenómeno OVNI. No era investigador de campo, ni analista especializado en casuística ufológica. Por eso, cuando alguien con acceso a estructuras militares y de inteligencia demuestra semejante incapacidad para distinguir fraudes, errores o simples confusiones fotográficas, surge una pregunta inevitable: ¿Hasta qué punto podemos considerar fiables sus declaraciones sobre otros supuestos hechos que afirma haber visto o escuchado, y tomarlas como evidencias realmente sólidas?

Y ahí precisamente radica una de las claves del asunto.

Un investigador experimentado probablemente analizaría esos mismos materiales con bastante más escepticismo que un político, militar o funcionario del gobierno que se enfrenta a ellos por primera vez. No porque sea más inteligente, sino porque lleva años enfrentándose a este tipo de incidentes y conoce bien la cantidad de engaños, errores de interpretación y sabe gestionar las expectativas generadas alrededor de ciertas evidencias que, en muchos casos, adquieren una apariencia de gran trascendencia únicamente por la importancia de la fuente que las presenta o por el tipo de sensor con el que fueron registradas.

En cierto modo, ocurre algo parecido a lo que sucede en medicina o en criminología: una persona sin experiencia puede considerar “increíble” algo que un especialista ha visto cientos de veces.

Hay además otro elemento muy humano que suele pasarse por alto. Cuando un congresista escucha a un piloto militar, a un miembro de inteligencia o a un funcionario de alto rango relatar algo que ha conocido durante el desempeño de sus actividades, es normal que tienda a otorgarle credibilidad. La lógica institucional funciona así: si alguien ocupa un puesto importante, se presupone está capacitado, es alguien confiables y además maneja información fiable. Pero la historia demuestra que incluso dentro de las agencias de inteligencia pueden circular errores, rumores o campañas de desinformación. Y no necesariamente porque exista una gran conspiración. A veces basta con que una información vaya pasando de una persona a otra hasta adquirir una apariencia de verdad incontestable, que además se apoya en las creencias personales de los participantes. En el ámbito OVNI esto es especialmente delicado y peligroso porque el misterio que rodea estas manifestaciones genera un enorme impacto psicológico en la gente y hace que puedan perder un poco la perspectiva de lo que es real y lo que no. Cuando alguien cree estar ante algo “fuera de este mundo”, su capacidad crítica puede reducirse sin darse cuenta. No hace falta que nadie mienta deliberadamente. Basta con que alguien interprete mal una situación y que otros den por hecho que esa interpretación es correcta.

Por eso quizá creo que estamos juzgando de forma demasiado simple a muchos de los protagonistas actuales que rodean el disclosure OVNI. Hay quien piensa que todos están diciendo la verdad absoluta. Otros creen que todos forman parte de un engaño. Pero la realidad puede ser un punto intermedio. Muchos de estos políticos y funcionarios probablemente están siendo sinceros y honestos cuando dicen sentirse impactados por lo que han visto o escuchado. Creen que lo que defienden es la verdad. El problema es que sinceridad y exactitud no son lo mismo. Entrar en el mundo de la ufología sin experiencia previa es como entrar en un laberinto lleno de espejos, donde resulta extremadamente difícil distinguir qué casos son realmente extraordinarios y cuáles parecen impresionantes solo a primera vista. Y ese es un matiz que rara vez aparece en los grandes debates públicos o en los medios cuando se hacen eco de sus declaraciones.

Porque quizá la pregunta no sea únicamente debatir sobre qué han visto o escuchado los políticos en esas sesiones privadas, sino también si tienen las herramientas necesarias para interpretar correctamente aquello que les muestran.




JOSE ANTONIO CARAV@CA

Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.


domingo, 10 de mayo de 2026

LA GRAN “DESCLASIFICACIÓN OVNI” DE TRUMP: MUCHO ARCHIVO VIEJO, POCAS RESPUESTAS Y CERO BOMBAS INFORMATIVAS

 





La prometida desclasificación OVNI de Trump (08/05/2026) ya ha llegado. Anunciada desde hace semanas a bombo y platillo, por fin se producía esa esperada entrega de material ufológico que parecía iba a revolucionar el mundo. Pues bien:  una vez más, no pasó gran cosa.

La última desclasificación, impulsada, y conviene no perder este detalle de vista, bajo la fuerte presión política y mediática ejercida no solo por Donald Trump, sino también por varios congresistas republicanos como Anna Paulina Luna, Eric Burlison y otros sectores del ala más confrontativa del Capitolio interesados en abrir archivos sobre UAP, OVNIs y posible vida extraterrestre, deja una sensación inicial muy alejada de las enormes expectativas generadas durante meses. Tanto el FBI como la NASA parecen haber entregado lo primero que tenían más a mano para cumplir con el requerimiento cuanto antes y salir, como se suele decir coloquialmente “del marrón”.

Y eso se nota.

Porque más allá del ruido en redes sociales y los titulares espectaculares e interesados de los medios vendiendo “la revelación definitiva”, el contenido publicado dista muchísimo de ser una bomba histórica.

Vayamos por partes.

En lo referente a los videos e imágenes, que es lo primero en lo que se fija todo el mundo esperando encontrar un platillo volante o a sus ocupantes, hay que decir que son decepcionantes. La mayoría de las grabaciones muestran exactamente lo mismo que llevamos viendo durante décadas en este tipo de desclasificaciones: puntos luminosos, objetos lejanos, capturas térmicas borrosas y secuencias demasiado breves como para extraer conclusiones sólidas. Y esto tiene una explicación muy fácil de entender. Cuando el abanico de explicaciones posibles para una imagen va desde un globo, un pájaro o un avión hasta una hipotética nave no humana, eso significa precisamente que la evidencia visual carece de contenido contundente. Y ese detalle es importante porque desmonta el tono casi apocalíptico con el que algunos intentan vender cada nueva “filtración”. Si realmente existiera un material inequívoco, el debate no estaría oscilando constantemente entre “puede ser un dron”, “un pájaro” y “podría ser tecnología extraterrestre”. La propia amplitud y simpleza de las hipótesis revela la debilidad de las pruebas, aunque realmente alguna registrar algo fuera de este mundo.

Pero ¿qué ocurre con el resto del material?

Tampoco hay nada relevante que llevar ante la Asamblea de la ONU. Porque gran parte del material parece proceder de archivos históricos ya existentes en organismos como el Departamento de Defensa, el FBI, la NASA y otras agencias federales. Y lo más curioso es que, probablemente, entre el 80 y el 90% de esos documentos ya eran conocidos desde hace años por investigadores, periodistas especializados y aficionados al tema. La diferencia es que ahora han sido presentados de manera más profesional, con escaneos en alta resolución, documentos a color, copias legibles o digitalización moderna. Antes muchos de esos mismos papeles circulaban como fotocopias deterioradas, borrosas y casi imposibles de leer. Ahora simplemente tienen mejor presentación.

Pero información nueva, realmente disruptiva, hay muy poca.

Y eso alimenta una sospecha bastante razonable que pudiera explicar todo este movimiento. La urgencia política pudo haber obligado a las agencias a improvisar una entrega rápida utilizando fondos documentales históricos ya archivados, sin tiempo, o sin intención, de aportar investigaciones profundas, análisis técnicos o conclusiones internas relevantes.

También es justo reconocer que dentro de esta desclasificación sí aparecen casos modernos reportados por personal del Departamento de Defensa y de otras agencias federales, algo que evidentemente siempre debe valorarse positivamente porque, al menos sobre el papel, supone un ejercicio de transparencia institucional. Sin embargo, la forma en la que muchos de esos expedientes han sido presentados resulta sorprendentemente poco profesional. En numerosos casos parecen simples recopilaciones de testimonios básicos, con escasos datos técnicos, contextualización mínima y una ausencia casi total de investigación posterior. No hay análisis profundos, reconstrucciones detalladas, estudios comparativos ni conclusiones elaboradas que permitan comprender qué ocurrió realmente. Y eso vuelve a reforzar la sensación de que la prioridad no era esclarecer el fenómeno, sino cumplir rápidamente con una demanda política ofreciendo material que, aunque llamativo para el gran público, aporta muy poco desde un punto de vista analítico o científico.

De hecho, quizá lo más revelador sea precisamente lo que falta. No hay informes técnicos exhaustivos sobre incidentes concretos. No aparecen evaluaciones científicas detalladas. Y eso resulta muy extraño si tenemos en cuenta que Estados Unidos lleva investigando este fenómeno oficialmente, con distintos nombres y programas, desde finales de los años cuarenta. Después de más de siete décadas de recopilación de datos, radares, testimonios militares, sensores avanzados y recursos de inteligencia, cuesta creer que el resultado final sean simplemente carpetas históricas con recortes de prensa y vídeos ambiguos de pocos segundos.

Si observamos esta desclasificación dentro del clima político extremadamente convulso que atraviesa actualmente Estados Unidos, quizá algunas piezas empiecen a encajar de otra manera. La impresión que deja, precisamente en uno de los momentos más delicados para la popularidad de Donald Trump, es la de una Casa Blanca presionando para escenificar una apertura rápida de archivos mientras distintas agencias federales parecen limitarse a administrar la situación: contener daños, ganar tiempo o cumplir de forma superficial con una exigencia política llegada desde arriba. Y, por supuesto, tampoco faltan quienes interpretan toda esta operación como una gigantesca cortina de humo mediática destinada a desviar la atención pública de los problemas que actualmente rodean a Donald Trump, desde las tensiones derivadas de la guerra de Irak hasta las constantes sombras y especulaciones que siguen persiguiendo al caso Epstein y a las figuras políticas vinculadas, directa o indirectamente, a aquel escándalo.

En otras palabras, más que una revelación histórica, esto parece una batalla burocrática interna. Y ahí la figura omnipresente de Donald Trump se convierte en pieza central. La forma profundamente personalista y confrontativa con la que está ejerciendo el poder ha generado tensiones visibles entre la Casa Blanca y múltiples organismos federales. El asunto OVNI parece haberse convertido también en otro escenario más de esa guerra institucional silenciosa.

Al final, la conclusión quizá sea bastante menos cinematográfica de lo que muchos esperaban. La desclasificación OVNI no parece haber acercado al mundo a una prueba definitiva sobre vida extraterrestre ni sobre tecnología no humana. Lo que sí ha dejado por el contrario es una fotografía muy interesante del funcionamiento interno del poder estadounidense: presiones políticas, guerras entre agencias, operaciones de imagen y una enorme capacidad para generar sensación de revelación sin revelar demasiado.

Y mientras tanto, el fenómeno OVNI continúa exactamente en el mismo lugar en el que lleva décadas: entre el misterio, la especulación y la ausencia de pruebas concluyentes.

Principio del formulario

 

Final del formulario

 



JOSE ANTONIO CARAV@CA

Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.


sábado, 9 de mayo de 2026

NUEVA DESCLASIFICACIÓN OVNI EN ESTADOS UNIDOS: MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES

 


 



Estados Unidos acaba de abrir una de las mayores aperturas de archivos oficiales sobre ovnis y fenómenos aéreos no identificados de las últimas décadas, y el resultado vuelve a ser dispar. La Administración de Donald Trump publicó más de 160 documentos del FBI, registros históricos de la NASA, videos militares, fotografías y expedientes del Pentágono relacionados con los llamados UAP, el término oficial que utiliza el Gobierno estadounidense en la actualidad para referirse a fenómenos anómalos no identificados.

Lo primero que deja clara esta desclasificación es que no existe ninguna prueba concluyente de origen extraterrestre. No han aparecido grabaciones de alta resolución mostrando platillos volantes, ni imágenes de supuestos cuerpos alienígenas, ni tampoco una confirmación oficial de las teorías que durante décadas han rodeado al Área 51 y los presuntos programas secretos de ingeniería inversa asociados al fenómeno OVNI. Nada de nada.

Lo que sí hay es mucho material histórico (cosa que se agradece) que demuestra que durante décadas el Gobierno estadounidense investigó avistamientos extraños, anomalías radar y objetos que ni pilotos ni analistas pudieron identificar con claridad.  

Entre los documentos más comentados figuran informes del FBI de finales de los años cincuenta, publicados tras el lanzamiento del Sputnik soviético. En ellos se describen luces extrañas y objetos metálicos detectados cerca de instalaciones militares y zonas de pruebas aéreas. La mayoría de esos casos no desemboca en conclusiones espectaculares, aunque investigadores y periodistas destacan que muchos de esos expedientes, ya conocidos desde hace años, aparecen ahora con mucha menos censura y en versiones más completas que las publicadas anteriormente a través de solicitudes FOIA.

La parte que más atención está generando corresponde a los archivos de la NASA. Entre el material desclasificado aparecen transcripciones vinculadas a las misiones Gemini y Apollo. Uno de los documentos más difundidos recoge una conversación de la misión Gemini 7, en la que los astronautas Frank Borman y Jim Lovell informan al centro de control sobre la presencia de un objeto no identificado visible desde la cápsula. En el audio, Borman comunica: “Tenemos un objeto a las diez en punto, arriba”, para añadir después: “Se trata de un avistamiento real”. Lovell describe lo que observa como “un cuerpo brillante iluminado por el Sol sobre un fondo negro y rodeado de trillones de partículas”. Los documentos muestran además que Houston preguntó repetidamente si podía tratarse de restos del cohete Titan o partículas orbitales asociadas al lanzamiento, aunque en aquel momento no se alcanzó una conclusión definitiva.

También aparecieron referencias a observaciones durante las misiones Apollo 12 y Apollo 17, incluyendo fotografías y transcripciones donde los astronautas comentan luces y fenómenos visuales durante maniobras orbitales. Sin embargo, varios especialistas recuerdan que muchos de esos episodios podrían explicarse por reflejos, residuos espaciales o artefactos ópticos generados por las cámaras de la época, algo relativamente frecuente en las primeras décadas de exploración espacial.

Es precisamente ahí donde empieza la frontera entre los hechos y el ruido generado en redes sociales. En las últimas horas se han multiplicado las publicaciones que hablan de “objetos siguiendo cápsulas”, “fenómenos imposibles” o “evidencia lunar oculta”, aunque buena parte de esas afirmaciones no aparecen literalmente en los documentos oficiales. Muchos usuarios están mezclando archivos reales con antiguas teorías conspirativas y fragmentos sacados de contexto.

Otro de los documentos más compartidos es el conocido como “memorando Hottel”, un informe auténtico del FBI fechado el 22 de marzo de 1950 y enviado a J. Edgar Hoover. En él, un agente recoge el relato de un supuesto investigador de la Fuerza Aérea que afirmaba que se habían recuperado “tres platillos volantes” en Nuevo México. El texto describe objetos “circulares, con centros elevados y aproximadamente 15 metros de diámetro”, y asegura que “cada uno estaba ocupado por tres cuerpos de apariencia humana, de apenas un metro de altura, vestidos con una tela metálica muy fina”. Sin embargo, el propio FBI aclaró años después que aquel documento nunca fue considerado una confirmación oficial de extraterrestres, sino un relato de segunda o tercera mano que jamás llegó a investigarse formalmente.

La desclasificación incluye además documentos históricos con un tono mucho más ambiguo. Uno de ellos, fechado el 4 de noviembre de 1948 y firmado por la USAFE (United States Air Forces in Europe), refleja la preocupación de oficiales de inteligencia estadounidenses por los reiterados informes sobre “platillos voladores” observados sobre bases aéreas europeas. El texto asegura que los fenómenos “no podían ser ignorados” y recoge conversaciones mantenidas con la inteligencia sueca, cuyos analistas llegaron a plantear que algunos objetos parecían responder a una “alta capacidad técnica que no podía atribuirse a ninguna cultura conocida en la Tierra” (Entre 1946 y 1947, poco después de finalizar la Segunda Guerra Mundial, Escandinavia, especialmente Suecia, fue escenario de una oleada de avistamientos masivos conocidos como los Bólidos de Escandinavia o Ghost Rockets).  El informe incluso menciona un supuesto objeto que habría caído en un lago sueco (probablemente el incidente del lago Kölmjärv, ocurrido el 19 de julio de 194) y cuyo impacto habría sido investigado por buzos militares. Aun así, el documento queda inconcluso y no aporta pruebas verificables.

Entre los nuevos archivos también aparece el relato de dos agentes federales que observaron un orbe naranja brillante suspendido cerca de una formación rocosa en el oeste de Estados Unidos. Los testigos describieron el objeto como algo similar al “Ojo de Sauron” de El Señor de los Anillos, aunque sin pupila, y afirmaron que permanecía inmóvil, sin emitir sonido alguno. Posteriormente, la oficina AARO estimó que el objeto podría encontrarse a unos 1.050 metros de distancia y medir entre 12 y 18 metros de diámetro. El incidente quedó clasificado como no identificado.

Otro caso especialmente comentado corresponde a septiembre de 2023 y describe un supuesto objeto metálico elipsoidal de color bronce, de entre 40 y 60 metros de longitud, observado cerca de un sitio de pruebas estadounidense cuya ubicación continúa clasificada. Según los testigos, el objeto no se desplazó de forma convencional, sino que “materializó” a partir de una luz intensa y desapareció instantáneamente, aparentemente desafiando las leyes conocidas de inercia y propulsión. Como ocurre en la mayoría de expedientes incluidos en esta publicación, el informe no aporta una conclusión definitiva.


Reconstrucción del extraño e intersante incidente de septiembre de 2023





El Pentágono también liberó videos recientes grabados desde sensores infrarrojos y cámaras militares. En algunos se observan puntos térmicos y objetos metálicos realizando movimientos que los analistas no consiguieron explicar completamente. Sin embargo, incluso dentro de la propia comunidad interesada en los UAP existen voces muy escépticas. Uno de los casos más virales es el de un supuesto objeto “en forma de estrella” difundido masivamente en redes sociales. El investigador Mick West sostiene que esa apariencia probablemente no corresponde a la forma real del objeto, sino a un efecto óptico provocado por el sistema infrarrojo militar. Según explica, este tipo de cámaras puede generar patrones luminosos exagerados cuando una fuente térmica satura el sensor, creando figuras geométricas debido al desenfoque y la difracción de la lente. Otros investigadores, como Steven Greenstreet, señalan además que en la grabación se aprecia lo que parece ser un paracaídas junto a una estela descendente, lo que apuntaría a una bengala militar utilizada en ejercicios nocturnos.


No parece lógico que los militares consideren este video como No Identificado. (Cortesia de Greenstreet)




Ese detalle vuelve a abrir uno de los grandes debates que rodean estas desclasificaciones de supuestos videos OVNIS: si los sistemas y especialistas militares realmente fueron incapaces de detectar explicaciones relativamente simples o si, por el contrario parte del material difundido fue seleccionado deliberadamente por su escaso valor probatorio e impreciso para alimentar el debate público sin revelar información verdaderamente sensible.

La publicación también incluye referencias a un manual interno citado bajo el título “Ovnis y Defensa: ¿Para qué nos debemos preparar?”, donde se analizan posibles escenarios de respuesta militar ante objetos no identificados, interferencias radar y amenazas para infraestructuras estratégicas. Lo relevante del documento no es que el Pentágono asumiera la existencia de alienígenas, sino que trataba este tipo de incidentes como potenciales problemas de seguridad nacional.

En paralelo, las redes sociales se llenaron rápidamente de mensajes sobre un documento filtrado supuestamente relacionado con programas secretos de recuperación de materiales extraterrestres. El memorando atribuido al Estado Mayor Conjunto de 1985, donde se menciona un misterioso “metamaterial desconocido” identificado bajo el nombre clave RAZIEL y supuestamente transportado a bordo del USS Dwight D. Eisenhower. El texto afirma que el material presentaba “características más allá de las conocidas” y estaba siendo almacenado bajo estrictas medidas de seguridad.


El polémico documento sobre el metamaterial "RAZIEL"





Sin embargo, las primeras investigaciones independientes apuntan a que el documento podría ser falso. El investigador D. Dean Johnson detectó varias inconsistencias importantes: el vicealmirante P. F. Carter no ocupaba aún el cargo que aparece reflejado en el memorando en la fecha indicada; el capitán citado como comandante del USS Dwight D. Eisenhower no coincidía con el oficial real al mando en 1985; y el propio uso del término “RAZIEL” fue considerado sospechosamente teatral ya que su significado es “secreto de Dios” en hebreo. Para muchos analistas, el caso demuestra hasta qué punto se mezclan materiales auténticos con posibles campañas de desinformación dentro de esta nueva desclasificación.

La consecuencia es un escenario cada vez más confuso en el que documentos históricos reales, videos ambiguos, informes técnicos incompletos y posibles falsificaciones conviven alimentando teorías de todo tipo. Y aun así, pese a las exageraciones y lecturas conspirativas, incluso investigadores escépticos reconocen que esta apertura sí representa un cambio importante. Por primera vez aparecen coordinadas varias agencias —NASA, FBI, Pentágono, ODNI y la oficina AARO— publicando material desde un mismo portal gubernamental y prometiendo nuevas tandas de documentos en las próximas semanas.

En conjunto, ni los videos, ni las fotografías, ni los informes desclasificados aportan una prueba definitiva sobre el origen de estos fenómenos. Lo que muestran son registros de observaciones, transcripciones, anomalías radar y materiales audiovisuales que, en muchos casos, permanecen etiquetados como “no identificados” simplemente porque no existían datos suficientes para explicarlos con certeza, no porque se haya demostrado una explicación extraordinaria. Además, gran parte del material corresponde a registros históricos elaborados con tecnologías, métodos de análisis y capacidades de detección muy distintas a las actuales.

Quizá eso sea, precisamente, lo más relevante de toda esta operación de transparencia: no que Estados Unidos haya confirmado vida extraterrestre, porque no lo ha hecho, sino que admite oficialmente que lleva décadas investigando fenómenos que muchas veces tampoco supo explicar del todo.





JOSE ANTONIO CARAV@CA

Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.




Principio del formulario

Final del formulario