Cada vez que un político estadounidense hace una declaración sobre OVNIs, internet se convierte en un auténtico hervidero. Las redes sociales se llenan de titulares, vídeos y debates donde cada palabra es analizada al detalle, como si detrás de cualquier comparecencia oficial pudiera esconderse la esperada revelación histórica sobre la vida extraterrestre en nuestro planeta.
Gran parte de la opinión pública parte de la idea de que
estas personas están diciendo la verdad y que, debido a sus cargos o
responsabilidades, han tenido acceso a información excepcional y privilegiada
sobre el fenómeno OVNI que para el resto de los mortales le está vedada. Y, sin
embargo, hay un detalle importante que rara vez se menciona y que puede ser
fundamental para comprender muchas de las cosas que ocurren en la actualidad, y
es que la mayoría de esos políticos, militares o funcionarios no son expertos
en ufología. Puede parecer una obviedad, pero cambia completamente la manera de
interpretar muchas de sus declaraciones.
En los últimos años, las comparecencias celebradas en el
Congreso de Estados Unidos sobre el fenómeno OVNI, con pilotos describiendo
encuentros desconcertantes y denunciantes del Pentágono o del Departamento de
Defensa hablando de supuestos programas secretos de recuperación de tecnología
o evidencias no humanas, han cambiado por completo las expectativas públicas
sobre hasta dónde podría llegar el conocimiento del gobierno sobre este
fenómeno.
Para mucha gente, el hecho de que un senador, un congresista
o un alto cargo afirme haber visto vídeos “impactantes” o haber escuchado
testimonios “muy convincentes” se interpreta automáticamente como una prueba de
enorme valor. Pero quizá estamos olvidando algo esencial, ya que estas personas
carecen de una formación previa sobre el fenómeno OVNI. Y eso no es un detalle
menor. Ver algo extraño no convierte a nadie en experto. Imaginemos a un
político acostumbrado a debatir sobre presupuestos, infraestructuras o política
internacional. De repente, accede a una sesión confidencial donde le muestran
vídeos borrosos, informes militares o testimonios de pilotos de combate. Es
perfectamente posible que quede impresionado. De hecho, sería lo normal. Tanto
el ambiente como los protagonistas inventan a pensar que todo aquello es una
gran verdad.
El problema es que quedar impresionado no significa
necesariamente estar ante una evidencia extraordinaria. Y aunque para muchas
personas la ufología pueda parecer un tema sencillo, en realidad es un terreno
mucho más complejo de lo que aparenta para los profanos. Los investigadores
habituados a analizar casos conocen bien la enorme cantidad de errores de
interpretación que pueden surgir a la hora de valorar una información o una
imagen: reflejos, artefactos de cámara, fallos de sensores, globos, pruebas militares
secretas, rumores internos o incluso documentación manipulada deliberadamente
para inducir al engaño. También saben hasta qué punto la mente humana puede
construir relatos a partir de creencias, expectativas o sugestiones, incluso
sin que exista una intención consciente de mentir. El ejemplo más claro lo
encontramos en Lue Elizondo. Presentado durante años como el supuesto
exdirector del programa OVNI del Pentágono, ha llegado a confundir fotografías
completamente ordinarias con supuestas evidencias de objetos no identificados;
imágenes que cualquier aficionado mínimamente familiarizado con la ufología
habría desmontado en cuestión de minutos. Y esto resulta especialmente
revelador. Elizondo provenía del ámbito de la contrainteligencia, no del
estudio serio del fenómeno OVNI. No era investigador de campo, ni analista
especializado en casuística ufológica. Por eso, cuando alguien con acceso a estructuras
militares y de inteligencia demuestra semejante incapacidad para distinguir
fraudes, errores o simples confusiones fotográficas, surge una pregunta
inevitable: ¿Hasta qué punto podemos considerar fiables sus declaraciones sobre
otros supuestos hechos que afirma haber visto o escuchado, y tomarlas como
evidencias realmente sólidas?
Y ahí precisamente radica una de las claves del asunto.
Un investigador experimentado probablemente analizaría esos
mismos materiales con bastante más escepticismo que un político, militar o funcionario
del gobierno que se enfrenta a ellos por primera vez. No porque sea más
inteligente, sino porque lleva años enfrentándose a este tipo de incidentes y
conoce bien la cantidad de engaños, errores de interpretación y sabe gestionar
las expectativas generadas alrededor de ciertas evidencias que, en muchos
casos, adquieren una apariencia de gran trascendencia únicamente por la
importancia de la fuente que las presenta o por el tipo de sensor con el que
fueron registradas.
En cierto modo, ocurre algo parecido a lo que sucede en
medicina o en criminología: una persona sin experiencia puede considerar
“increíble” algo que un especialista ha visto cientos de veces.
Hay además otro elemento muy humano que suele pasarse por
alto. Cuando un congresista escucha a un piloto militar, a un miembro de
inteligencia o a un funcionario de alto rango relatar algo que ha conocido
durante el desempeño de sus actividades, es normal que tienda a otorgarle
credibilidad. La lógica institucional funciona así: si alguien ocupa un puesto
importante, se presupone está capacitado, es alguien confiables y además maneja
información fiable. Pero la historia demuestra que incluso dentro de las agencias
de inteligencia pueden circular errores, rumores o campañas de desinformación.
Y no necesariamente porque exista una gran conspiración. A veces basta con que
una información vaya pasando de una persona a otra hasta adquirir una
apariencia de verdad incontestable, que además se apoya en las creencias
personales de los participantes. En el ámbito OVNI esto es especialmente
delicado y peligroso porque el misterio que rodea estas manifestaciones genera
un enorme impacto psicológico en la gente y hace que puedan perder un poco la perspectiva
de lo que es real y lo que no. Cuando alguien cree estar ante algo “fuera de
este mundo”, su capacidad crítica puede reducirse sin darse cuenta. No hace
falta que nadie mienta deliberadamente. Basta con que alguien interprete mal
una situación y que otros den por hecho que esa interpretación es correcta.
Por eso quizá creo que estamos juzgando de forma demasiado
simple a muchos de los protagonistas actuales que rodean el disclosure OVNI.
Hay quien piensa que todos están diciendo la verdad absoluta. Otros creen que
todos forman parte de un engaño. Pero la realidad puede ser un punto intermedio.
Muchos de estos políticos y funcionarios probablemente están siendo sinceros y
honestos cuando dicen sentirse impactados por lo que han visto o escuchado. Creen
que lo que defienden es la verdad. El problema es que sinceridad y exactitud no
son lo mismo. Entrar en el mundo de la ufología sin experiencia previa es como
entrar en un laberinto lleno de espejos, donde resulta extremadamente difícil
distinguir qué casos son realmente extraordinarios y cuáles parecen
impresionantes solo a primera vista. Y ese es un matiz que rara vez aparece en
los grandes debates públicos o en los medios cuando se hacen eco de sus
declaraciones.
Porque quizá la pregunta no sea únicamente debatir sobre qué
han visto o escuchado los políticos en esas sesiones privadas, sino también si
tienen las herramientas necesarias para interpretar correctamente aquello que
les muestran.
JOSE ANTONIO CARAV@CA
Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.

No hay comentarios:
Publicar un comentario