lunes, 29 de diciembre de 2025

LA INGENIERÍA DEL ENGAÑO: ¿FABRICÓ LA INTELIGENCIA ESTADOUNIDENSE EL MITO DE LOS PLATILLOS VOLANTES ESTRELLADOS?

 




Desde el OVNI estrellado en Aztec en los años 50 hasta la reciente polémica del supuesto proyecto «Yankee Blue», pasando por las mediáticas “denuncias” de Luis Elizondo o David Grusch sobre metamateriales y restos biológicos no-humanos, todo parece indicar que los servicios de inteligencia estadounidense han participado activamente en la difusión de la creencia de que su gobierno posee restos de naves y cuerpos extraterrestres. Durante más de siete décadas, esta idea ha sido alimentada de forma constante mediante filtraciones ambiguas, testimonios no verificados, denunciantes sin pruebas y documentos de dudosa procedencia que, lejos de aclarar nada, han ido tejiendo una espesa maraña de confusión que ha creado un caos informativo sin precedentes.

Para entender cómo hemos llegado hasta este punto en la actualidad, conviene recorrer, paso a paso, las principales y diferentes estaciones de este largo viaje por la ingeniería del engaño.


1950: EL MISTERIO DE AZTEC

En 1950, el periodista Frank Scully alcanzó un enorme éxito editorial con su libro Behind the Flying Saucers, donde afirmaba que el ejército estadounidense había recuperado varios platillos volantes estrellados cerca de Aztec, en Nuevo México, con cuerpos de pequeños seres humanoides en su interior. La historia resultó ser completamente falsa. En poco tiempo se supo que sus principales informantes eran el empresario Silas Newton y su socio Leo Gebauer, posteriormente procesados por fraude en otros asuntos. Sin embargo, lo más inquietante de todo no fue que la trama fuera inventada, sino lo que ocurrió después. Décadas más tarde, fragmentos del diario personal de Newton y testimonios recogidos por investigadores como Karl Pflock y Nick Redfern revelaron que, tras la publicación del libro, Newton fue interrogado por representantes de una entidad gubernamental altamente secreta. Estos agentes dejaron claro que sabían que el relato era una completa invención… pero, de forma sorprendente, lo animaron a seguir contándolo. El objetivo parecía claro, había intereses en permitir que el mito circulara, creciera y se consolidara en el imaginario colectivo, convirtiéndose así, posiblemente en el kilómetro 0 de toda la narrativa posterior sobre los OVNIs estrellados.


1953: PANEL ROBERTSON: OVNIS COMO ARMA DE GUERRA

A principios de los 50, el aumento de avistamientos OVNIS por todo el territorio estadounidense saturaba las líneas de comunicación de la Fuerza Aérea. La CIA temía que la Unión Soviética aprovechara este "ruido" para lanzar un ataque real que pasara desapercibido. En enero de 1953, se convocó al Panel Robertson. Las conclusiones de este grupo de científicos fueron determinantes para las décadas siguientes: los OVNIs no eran una amenaza física, sino una amenaza psicológica. El Panel recomendó "despojar a los platillos volantes de su aura de misterio". ¿Cómo? Mediante una campaña de propaganda masiva que utilizara a psicólogos, celebridades y dibujos animados de Disney para ridiculizar a los testigos. Desde ese momento, cualquier persona que viera algo extraño en el cielo sabía que, si hablaba, se exponía a la burla pública. El estigma social se convirtió en la mejor arma de censura del Gobierno. Quizás este fue el punto de inflexión donde las agencias de inteligencias consideraron que podían utilizar el fenómeno OVNI como una pantalla útil para desviar la atención, proteger otros asuntos más sensibles y experimentar con operaciones psicológicas capaces de moldear creencias, percepciones y comportamientos colectivos. De ahí que tenga mas sentido todo cuanto se narra en este artículo. Continuemos hasta la próxima parada.

 

1973: LA “PELICULA” DE HOLLOMAN

En 1973, mientras trabajaban en el documental UFOs: Past, Present and Future, los productores Robert Emenegger y Alan Sandler recibieron una invitación sin precedentes para visitar la Base Aérea de Norton, donde se les prometió material real de un aterrizaje extraterrestre en la base de Holloman ocurrido en 1971 para incluir en su reportaje. Según el relato de los oficiales, en el video se veía a tres objetos descendiendo, uno de los cuales aterrizaba para permitir que tres seres, de aspecto humanoide, vestidos con monos ajustados y ojos grandes, bajaran y se reunieran con el comandante de la base. Nunca recibieron el material.


1983: OTRA VEZ HOLLOMAN

A principios de los años 80, la reputada periodista e investigadora Linda Moulton Howe fue objeto de una maniobra de los servicios de inteligencia utilizando de nuevo la supuesta filmación de Holloman. En la Base de la Fuerza Aérea de Kirtland, el agente de la AFOSI Richard Doty le mostró un supuesto documento de "Instrucciones de Información Presidencial". En aquellas páginas se afirmaba que los extraterrestres habían manipulado el ADN de los primates para crear a la humanidad y que existía un pacto secreto entre el Gobierno y los visitantes. Al igual que ocurrió con Emenegger, a Howe se le prometió la película para un especial de la cadena HBO. Sin embargo, tras meses de espera y tensión, el material nunca se entregó y la financiación del proyecto se desplomó.


1984: "MAJESTIC 12" NUNCA MUERE

En los 80, la desinformación alcanzó unas cotas insospechadas poniendo a la comunidad OVNI internacional patas arriba. En diciembre de 1984, el ufólogo Jaime Shandera recibió por correo un sobre anónimo que contenía un carrete de película de 35mm. Al revelarlo, aparecieron ocho páginas de lo que parecía ser un documento de alto secreto titulado: "Informe de información para el presidente electo Dwight D. Eisenhower". En él se detallaba la existencia de un grupo ultra secreto de doce científicos, militares y expertos (el MJ-12), creado por orden de Harry Truman tras el choque de una nave en Roswell en 1947. Incluso se hablaba de un pacto secreto con los extraterrestres. Agentes como Richard Doty admitieron haber usado estos documentos (falsificados con anacronismos detectados por el FBI) para confundir a investigadores y proteger radares y proyectos de guerra electrónica. Fue la era en la que la inteligencia estadounidense aprendió a "quemar" la mente de quienes se acercaban demasiado a la verdad.


1989: LAZAR: EL PRIMER DENUNCIANTE “ESTRELLA”

En noviembre de 1989, un hombre que afirmaba ser físico apareció en una entrevista para la cadena KLAS-TV de Las Vegas bajo el pseudónimo de "Dennis". Poco después, reveló su identidad, Robert “Bob” Lazar y lanzó una bomba informativa cuyos ecos resuenan hasta la actualidad: el Gobierno de EE. UU. poseía nueve platillos voladores de origen extraterrestre en una instalación ultra secreta denominada S-4, situada cerca de Groom Lake (Área 51). Lazar no parecía el típico chiflado, hablaba con una precisión técnica asombrosa que fascinó a la opinión pública. Pero pronto se observaron irregularidades en su confesión. Uno de los elementos más llamativos e inquietantes, y que el propio Lazar llegó a admitir, es que no descartaba que parte de lo que vio en la base, incluido al ser extraterrestre y las naves, fuera una escenografía cuidadosamente diseñada para engañarlo. Tras tantos años, no se ha logrado confirmar ninguna de las afirmaciones de Lazar sobre la supuesta posesión de naves y cuerpos extraterrestres en el Área 51.

 

2023-2025: EL «YANKEE BLUE»

Tras las declaraciones de David Grusch en el Congreso sobre programas secretos de ingeniería inversa, una investigación de The Wall Street Journal de junio de 2025 reveló la existencia del  polémico Yankee Blue. Durante años, el Pentágono utilizó una especie de "novatada institucional" o prueba de lealtad para sus nuevos mandos. Se les mostraban fotos trucadas de naves no humanas y se les decía que formaban parte del programa ultra secreto llamado Yankee Blue. Si el oficial mantenía el secreto bajo presión, era apto para proyectos reales. El problema es que muchos de estos oficiales acabaron creyendo que la ficción era real, alimentando un círculo vicioso de testimonios que ha llegado hasta lo más alto del Gobierno.


CONCLUSIÓN: ¿NUESTRAS CREENCIAS SOBRE OVNIS EXTRELLADOS SON FRUTO DE UNA OPERACIÓN PSYOPS?

Nadie puede negar que los servicios de inteligencia estadounidenses han estado implicados en la propagación de informaciones y relatos sobre supuestos OVNIs estrellados y la recuperación de cuerpos. Esta práctica ha aparecido de forma recurrente a lo largo de las décadas, lo que sugiere un interés sostenido por parte de estas agencias en difundir y ampliar este tipo de narrativas nunca verificadas.

Con objetivos diversos, estas campañas parecen servir como una perfecta cortina de humo para todo tipo de operaciones encubiertas: desde ocultar proyectos secretos, fomentar el gasto en defensa o engañar al adversario sobre las capacidades reales, hasta manipular a la opinión pública. Todo ello demuestra que los OVNIs, lejos de ser un asunto marginal, constituyen un auténtico campo de batalla en los despachos de las agencias de inteligencias.




JOSE ANTONIO CARAV@CA


Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.



 

domingo, 14 de diciembre de 2025

LA PARADOJA DE LOS DENUNCIANTES UAP: MANUAL PARA INSINUAR SECRETOS SIN CRUZAR LA LÍNEA LEGAL

 



En los últimos años, nombres como Luis Elizondo, David Grusch o Christopher Mellon han aparecido de forma recurrente en los medios afirmando haber tenido acceso, durante su trabajo para el Departamento de Defensa u otras agencias vinculadas a la seguridad nacional, a información altamente sensible relacionada con el fenómeno UAP. Todos ellos sostienen que existen datos que no pueden revelar debido a obligaciones legales, acuerdos de confidencialidad, normativa sobre información clasificada y restricciones derivadas de la seguridad nacional. Al mismo tiempo, señalan que el gobierno oculta información relevante sobre la naturaleza del fenómeno UAP al pueblo estadounidense.

Hasta aquí, el planteamiento parece coherente, ya que quienes han trabajado en entornos clasificados están legalmente obligados a no divulgar ciertos contenidos. Sin embargo, cuando se analizan con detenimiento sus declaraciones públicas surge una paradoja que merece atención. ¿Cómo es posible afirmar públicamente que se ha tenido acceso a información extremadamente sensible, que contradice la narrativa oficial, sin que ello derive en consecuencias legales?

En otras palabras: ¿cómo puede alguien destapar información oficial explosiva… sin que pase absolutamente nada?

En el sistema jurídico estadounidense, la revelación ilegal de secretos no se produce por el simple hecho de afirmar que existe información clasificada o que se ha tenido acceso a ella, sino cuando se divulga de manera concreta el contenido protegido, identificable y no autorizado. La ley castiga la filtración de datos específicos, documentos, métodos, fuentes o programas, no necesariamente las declaraciones vagas, generales o ambiguas que no permiten verificar ni reconstruir información clasificada.

Como vemos los denunciantes UAPS se mueven en una zona gris.

Para entender mejor lo extraño de esta situación, conviene cambiar de escenario y llevar el mismo razonamiento a un terreno donde el secreto de Estado no admite ambigüedades ni titubeos: el ámbito nuclear. Imaginemos que el antiguo director de un programa nuclear estadounidense empieza a aparecer en entrevistas, podcasts y documentales diciendo algo como esto: que durante su trabajo tuvo acceso a documentación ultrasecreta, que habló directamente con científicos y personal con acceso restringido, y que gracias a todo ello sabe con certeza que el país posee capacidades nucleares muy distintas, y mucho más avanzadas, de las que se reconocen públicamente. Acto seguido, aclara que no puede dar detalles porque la información sigue siendo clasificada.

Aunque no revele cifras, diseños técnicos, ubicaciones ni nombres de programas, cualquiera entendería que algo así sería impensable. En el mundo nuclear, incluso una afirmación tan genérica ya sería un problema bastante serio. No porque se hayan dado datos concretos, sino porque confirmar que existen capacidades no reconocidas ya supone cruzar una línea legal muy clara. En ese ámbito, el secreto no protege solo documentos o planos, sino todo el campo de conocimiento: incluso las insinuaciones están prohibidas.

Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre en el discurso UAP todos los días sin que ocurra nada. Antiguos responsables de programas de inteligencia pueden afirmar públicamente que han visto material extraordinario, que han leído informes confidenciales o que han llegado a conclusiones que contradicen la versión oficial, siempre que eviten describir detalles técnicos verificables. No se les persigue, no se les sanciona y, en la práctica, se les permite hablar.

La diferencia no está en que el fenómeno UAP sea menos sensible o menos serio, sino en que no existe un régimen legal comparable al nuclear que blinde todo ese ámbito de información. Mientras que en ciertos sectores estratégicos incluso las frases ambiguas están fuera de juego, en otros se tolera un discurso basado en insinuaciones, autoridad personal y apelaciones al secreto. ¿Por qué no se le investiga a los denunciantes? ¿Por qué no hay consecuencias si están insinuando que poseen información clasificada que contradice lo que el gobierno sostiene públicamente? ¿Se puede acusar sin problemas a las autoridades pero al no mostrar pruebas no pasa absolutamente nada? O ¿Acaso hay algún tipo de estrategia oculta detrás de estas filtraciones que interesa a las agencias de inteligencia?

La paradoja es que los denunciantes UAPs no cometen una violación de la ley, porque se mueve cómodamente en los márgenes de lo permitido.

Cuando uno escucha con atención lo que afirma por ejemplo Elizondo el absurdo se vuelve aún más evidente. El exdirector de AATIP no se limita a sugerir que “algo ocurre” o “expresar su opinión”, sino que asegura haber visto documentos, filmaciones, fotografías y testimonios directos de personal con acceso a programas altamente restringidos. Aunque nunca entre en detalles operativos, el simple hecho de afirmar públicamente que han accedido a ese tipo de material durante sus funciones oficiales ya constituye, en teoría, una revelación de información clasificada. No necesitan mostrar una sola imagen ni citar un solo nombre, con declarar que han revisado expedientes o hablado con testigos internos, están confirmando la existencia misma de programas, investigaciones o hallazgos que el gobierno no reconoce oficialmente. Y aun así, estas declaraciones no generan el tipo de reacción legal que cabría esperar. Es ahí donde nace la contradicción ya que según la ley revelar que se ha visto información clasificada ya es una filtración… pero en la práctica, estas afirmaciones se toleran mientras se mantengan en un terreno difuso donde nada puede demostrarse, bajo el comodín de: “No puedo entrar en detalles porque es información clasificada”. Pero si sus aseveraciones fueran ciertas, ya estarían incurriendo en un delito, estarían revelando información protegida. Y si no es verdad, estarían atribuyendo sin pruebas acciones o encubrimientos gravísimos a instituciones de su propio país en las que han trabajado. Cualquiera de estas dos posibilidades debería generar algún tipo de reacción oficial. Algo.

Sin embargo, en la práctica no ocurre nada. Ni juicios. Ni sanciones. Ni procesos penales. Ni comisiones internas.

El resultado, visto lo visto, es que se puede afirmar casi cualquier cosa, mientras se termine la acusación con la frase “no puedo dar detalles porque es secreto”.

Si todo es falso, resulta llamativo, o muy sospechoso, que ninguna institución se moleste en desmentirlo de manera contundente para evitar confusiones o teorías dañinas. De hecho la tesis de la conspiración se acrecienta a pasos agigantados en los Estados Unidos por discursos como los enarbolados por Elizondo. Pero, si lo que afirman fuera cierto, sería todavía más extraño que se les permitiera anunciarlo abiertamente sin consecuencias legales.

En ambos casos queda flotando una sensación de incoherencia, una especie de vacío legal en el que los límites entre información protegida, libertad de expresión y responsabilidad legal parecen haberse desdibujado por completo.

Que todas estas declaraciones sean legales o que se permitan por parte de las autoridades no significa que todo sea normal. Al contrario, es bastante inusual que antiguos responsables de inteligencia hablen con tanta seguridad sobre hechos extraordinarios, afirmando que lo que dicen lo saben por experiencia directa y documentos confidenciales, y lo hagan ante comisiones del Congreso sin titubeos. No son simples comentarios ante los medios, ya que sus palabras han tenido repercusiones reales que han derivado en audiencias públicas, cambios en la narrativa oficial y en la creación de oficinas específicas para investigar el fenómeno UAP. Todo esto forma un cuadro muy curioso, aunque técnicamente no estén violando ninguna ley, el peso de su autoridad, la claridad con la que hablan y el impacto de sus declaraciones nos muestra que estamos ante algo fuera de lo común en materia de secretos de Estado.

En el mundo de los secretos oficiales, hablar con libertad sobre información sensible es prácticamente impensable. Cualquier filtración suele ir acompañada de investigaciones, sanciones e incluso procesos judiciales. Y sin embargo, cuando escuchamos a antiguos responsables de programas UAP relatar lo que han visto o leído, citando documentos y testigos sin aportar detalles concretos, sucede algo extraño: nadie los persigue, nadie los sanciona y sus palabras siguen teniendo efecto público. Esa combinación, credibilidad, autoridad y ausencia de consecuencias, es casi inédita en la historia de la inteligencia y la seguridad nacional. Es como si el sistema hubiera creado un espacio inusual donde ciertos secretos pueden insinuarse y debatirse, sin que se cruce la línea roja que activa la reacción oficial. Esa anomalía, más allá de su veracidad, resulta sorprendente: da la impresión de que algo se mueve tras bambalinas, que hay intereses que permiten mantener esta narrativa, dejando al público preguntándose por qué se tolera que se hable de ello.

Para concluir, tampoco se puede descartar que lo que relatan estos denunciantes no sea completamente cierto. Podrían ser verdades a medias, interpretaciones sesgadas, o incluso información que les fue presentada de manera deliberadamente engañosa para hacerles creer ciertas cosas. Sea cual sea el caso, esto evidencia que asumir la veracidad de sus afirmaciones sigue siendo algo difícil de evaluar.




JOSE ANTONIO CARAV@CA


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viernes, 12 de diciembre de 2025

¿DE VERDAD ALGUIEN CREE QUE REVELAR LA EXISTENCIA DE VIDA NO HUMANA ENTRE NOSOTROS PONDRÍA EN RIESGO LA SEGURIDAD NACIONAL DE LOS ESTADOS UNIDOS?

 





Por algún motivo que no termino de entender una parte considerable de denunciantes, políticos, divulgadores y “confidentes” del fenómeno OVNI que han aparecido en los últimos 8 años repite, una y otra vez, el mismo mantra: “No puedo contar más porque estaría violando acuerdos de confidencialidad vinculados a la seguridad nacional de Estados Unidos”.

Es la excusa perfecta, pero también, si lo pensamos dos segundos, un argumento que se desploma como un castillo de naipes si lo sometemos a escrutinio.
Imaginemos por un momento un titular compartido por miles de medios de comunicación del mundo: “La humanidad no está sola: existen inteligencias no humanas que nos visitan.”
Esta noticia es la mayor exclusiva de la historia, no se trata de un dato militar, ni una divulgación de secretos. No es una lista de códigos de lanzamiento nuclear. No es la ubicación de silos, ni una filtración de la capacidad de defensa estratégica, ni procedimientos de seguridad de los Estados Unidos. Es, simplemente, la confirmación de que compartimos el universo, quizá incluso el planeta, con otra inteligencia.
Y ese anuncio, a lo sumo tambalearía egos, intereses, creencias y el establishment dominante, pero de ninguna de las maneras la seguridad nacional tal y como se nos vende desde hace unos años.

Pensar que semejante declaración sería un atentado contra Estados Unidos es desproporcionado y, de paso, concede a ese país, no sé muy bien por qué, el monopolio de controlar los tiempos del mayor descubrimiento de la historia. En realidad, sería un hito científico, social y cultural. Un Renacimiento 2.0.
Si mañana alguien apareciera ante las cámaras con pruebas sólidas e irrefutables de la existencia de inteligencias no humanas o seres extraterrestres, no necesitaría escoltas: necesitaría un equipo de asistentes para gestionar entrevistas, ruedas de prensa, premios, invitaciones internacionales y probablemente un asiento vitalicio en la ONU.
La comunidad científica se lanzaría de inmediato a estudiar el fenómeno. Las universidades competirían por liderar proyectos de investigación. Y el público convertiría las redes sociales en un hervidero durante meses.
Lejos de los escenarios apocalípticos que algunos imaginan, la reacción social tampoco sería un estallido de locura colectiva. La sociedad de 2025 está más que entrenada, o “vacunada”, contra todo tipo de anuncios impactantes: crisis globales, pandemias, avances tecnológicos vertiginosos, guerras, escándalos y una avalancha diaria de noticias sorprendentes. Además, lo más importante es que esta revelación no partiría de cero. El fenómeno OVNI lleva décadas instalado en el debate público, entre polémicas, testimonios, desclasificaciones y titulares recurrentes. Para bien o para mal, el terreno ya está allanado; la conmoción estaría ahí, sin duda, pero difícilmente derivaría en un caos social.
Convine subrayar de nuevo que la revelación de la existencia de inteligencia no humana no es un asunto exclusivo de Estados Unidos. No se trata de secretos estratégicos de un país, sino de un hallazgo de importancia planetaria, que afectaría a toda la humanidad. Tratar de encuadrarlo como un asunto de “seguridad nacional estadounidense” no solo es ridículo, sino que minimiza la magnitud de lo que sería el descubrimiento más trascendental de nuestra historia.
No hay que mezclar conceptos.

Insisto, la confesión de la realidad OVNI no requiere, de ninguna de las maneras, divulgar la ubicación de instalaciones secretas ni exponer tecnología clasificada. Basta con decir: existe vida inteligente no humana, y aquí está la evidencia. Punto. Entonces, ¿por qué tantos “denunciantes” insisten en que no pueden hablar? Porque es una postura cómoda. Porque confiere al testigo un status de poder. Porque crea expectativa sin compromiso. Porque coloca al informante en un pedestal sin tener que ofrecer lo único que realmente importa a estas alturas, una sola evidencia verificable.
Pero, sobre todo, porque evita enfrentar la pregunta esencial:
Si la información es tan monumental, ¿qué fuerza real podría tener un contrato de confidencialidad frente al impacto histórico de compartirla? La respuesta es obvia: ninguna.
Y eso nos lleva a cuestionarnos si realmente existe tal secreto.
Otra excusa habitual es el supuesto “temor por su integridad física”. Muchos confidentes aseguran que no pueden hablar porque serían perseguidos o incluso asesinados por fuerzas oscuras interesadas en mantener el secreto. Pero, si lo pensamos con calma, la lógica va en sentido contrario: quien revelara una noticia de tal magnitud se convertiría automáticamente en una figura histórica, un héroe protegido por la atención mediática y la opinión pública. Y, en el improbable caso de que algo le ocurriera, el efecto sería devastador para quienes intentaran silenciarlo, ya que solo añadirían un nivel más de infamia intolerable a sus actuaciones y confirmarían, ante millones de personas, que están en contra de la verdad y que ellos son los responsables del ocultamiento.

¿Qué país no querría liderar la divulgación del hallazgo de vida no humana en nuestro planeta?

La humanidad, puede lidiar perfectamente con la idea de no estar sola. Lo que no puede, y no debería, seguir tolerando es que se escuden en amenazas de seguridad nacional para evitar presentar pruebas. Confirmar la existencia de inteligencia no humana abriría una era.
Y quien diera esa noticia no necesitaría protección: necesitaría un robusto cuello para soportar una colección de medallas.
Además, de las declaraciones de los implicados se desprende que no se trata de robar ninguna evidencia de una caja fuerte cerrada a cal y canto, ni de transportar el cuerpo de un extraterrestre hasta una sala de prensa, sino que estas personas dan a entender que ya poseen esos datos vitales, lo que hace que la situación resulte aún más ilógica.
Y otro dato importante: nadie niega que el estamento militar pueda querer mantener este asunto en secreto por sus propios intereses o por el temor a las repercusiones que, según sus expertos, podría tener para la sociedad. Es evidente que, en esta interpretación de los hechos, la existencia de tecnologías avanzadas, sistemas de propulsión desconocidos o posibles aplicaciones armamentísticas puede generar tensiones entre potencias y alimentar los intereses de la industria de defensa, eso no se discute. Sin embargo, lo que aquí se está debatiendo es algo completamente distinto: la actuación por iniciativa propia de un persona o conjunto de personas, para revelar públicamente la existencia de esta increíble realidad. Por lo que este acto de divulgación no debe confundirse con las consecuencias geopolíticas ni con los intereses particulares de agencias de inteligencia, contratistas del Pentágono o el propio Departamento de Defensa. Esa distinción es fundamental para comprender la naturaleza del argumento que estamos exponiendo.

Por tanto, la conclusión más sensata podría ser que no existe una verdad absoluta, rígida y tan “cuadriculada” como a veces se nos pretende hacer creer.

¿Y SI LA VERDAD ES OTRA?

Existe otra posibilidad que rara vez se aborda. Es muy posible que el fenómeno OVNI no sea tan “naif” como hemos pensado siempre. La ideas de que estamos enfrentados a naves espaciales de chapa y tornillos y astronautas de otros mundos quizás no sea la correcta. Aun siendo real y no humano, es muy probable que estas manifestaciones sean tan complejas, extrañas o difíciles de encajar en nuestras categorías actuales que resulte complicado presentarlas ante los medios sin caer en el absurdo o en la incomprensión. Ese escenario sí podría explicar el mutismo, la ausencia de pruebas claras o la sensación de que siempre falta una pieza del interminable puzle. También podría justificar que muchos de estos confidentes interpreten mal lo que han visto o vivido, construyendo narrativas equivocadas que mezclan experiencias reales con conclusiones precipitadas. En otras palabras: no es que “no puedan hablar”, sino que quizá no saben muy bien cómo contar algo que aún no entendemos del todo.



JOSE ANTONIO CARAV@CA


Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.




lunes, 8 de diciembre de 2025

LUIS ELIZONDO: EL "MAGO" OVNI



Luis Elizondo ha sabido proyectar ante la opinión pública y los medios de comunicación una imagen de autoridad que, en realidad, se sostiene sobre una base mucho más frágil de lo que suele creerse. Aunque estuvo vinculado al AATIP (The Advanced Aerospace Threat Identification Program), su cargo no fue oficial, carecía de formación específica, no estaba remunerado, no tenía personal a su cargo, ni contaba con financiación propia. Fue, más bien, una función que él mismo asumió por interés particular. Sin embargo, con el paso del tiempo, esta circunstancia ha generado un efecto de validación engañosa: mucha gente ha llegado a pensar que fue el director de una "todopoderosa" oficina OVNI del Pentágono y que tenía acceso privilegiado a una enorme cantidad de información secreta, algo que no se correspondía para nada con la triste realidad.

AATIP, en el fondo, no fue más que una iniciativa impulsada por un reducido grupo de personas convencidas de la realidad del fenómeno OVNI, todas ellas integradas, de un modo u otro, en el organigrama del Departamento de Defensa, el ámbito militar o los servicios de inteligencia.

De hecho, los responsables del famoso programa AAWSAP (Advanced Aerospace Weapon Systems Applications Program), que sí disponía de presupuesto y medios, nunca han reconocido a Elizondo un papel relevante más allá de lo meramente testimonial, sin acceso significativo a bases de datos ni a informes internos. Esto resulta especialmente evidente cuando se analizan sus intervenciones públicas y se les da su verdadero contexto: cuando habla de Roswell, por ejemplo, sus conocimientos no difieren demasiado de los de cualquier aficionado mejor o peor informado. Sus desastrosos análisis de supuestas fotografías de OVNIs lo dejan en evidencia por su falta de experiencia técnica en este ámbito. Todo apunta a que su conocimiento en materia fotográfica era muy limitado, que no tenía acceso a imágenes de calidad y que, en algunos casos, ni siquiera supo distinguir si lo que tenía delante era un simple truco o una imagen auténtica. Por todo ello, su vinculación con el AATIP no le otorga ni el estatus ni la autoridad que a menudo se le atribuye para hablar u opinar con la supuesta legitimidad que muchos le presuponen. Su papel dentro del programa, limitado y no oficial no justifica que sus declaraciones sean interpretadas como si procedieran de una fuente institucional privilegiada o experto consolidado.

Algo parecido ocurre con sus opiniones sobre el incidente del OVNI estrellado de Magenta (Italia, 1933), donde mezcla de forma intencionada impresiones personales con supuesta información que pudo conocer durante su etapa en el AATIP. Ahí reside, probablemente, el verdadero núcleo de la confusión y el modus operandi de Elizondo: desdibujar deliberadamente la línea que separa lo que realmente sabe de lo que cree o interpreta. Esa estudiada ambigüedad, cuidadosamente medida, acaba proyectándose tanto en la prensa como entre los aficionados, alimentando la sensación de que dispone de información privilegiada cuando, en muchos casos, solo está trasladando opiniones personales y conjeturas sin ninguna verificación. De hecho, una parte relevante de sus declaraciones procede de conversaciones privadas y no oficiales con personas que comparten su misma visión sobre los OVNIs, lo que refuerza la idea de que estamos frente a un relato circular basado en afinidades ideológicas más que en datos verificables.

Un mecanismo similar se repite en uno de sus compañeros habituales de viaje. Christopher Mellon, otro vocero que siempre asegura que sabe más de lo que cuenta, menciona el supuesto accidente OVNI de Kingman en 1953, un caso cuya veracidad es muy discutida entre los propios investigadores. En ambos ejemplos, se apela al peso del cargo y al entorno institucional para dar solidez a relatos que, en el fondo, siguen siendo extremadamente controvertidos y basados en opiniones.

Desde su meteórica irrupción mediática en 2017, Luis Elizondo ha fomentado y explotado la imagen de “garganta profunda”, situándose estratégicamente  en el centro del debate ufológico a base de grandes expectativas, promesas incumplidas y un discurso ambiguo repleto de sugerentes silencios. Año tras año ha insinuado revelaciones trascendentales que nunca terminan de materializarse, alimentando la esperanza de una “divulgación inminente” que siempre parece estar a la vuelta de la esquina, pero que nunca llega. Sus intervenciones públicas repiten una y otra vez los mismos argumentos, apoyados más en la quimera de lo que sabe y calla, que en información valida. Mientras tanto su capacidad real para aportar algo concreto más allá de la especulación se ha mostrado claramente limitado, e incluso ha protagonizado sonados errores. Lejos de dar ese paso definitivo que muchos esperaban, su trayectoria ha quedado marcada por la inoperancia para transformar las promesas en hechos, consolidando más una narrativa de expectativas eternamente aplazadas que un avance real en el conocimiento del fenómeno OVNI.

La pregunta que se desprende de todo este recorrido resulta inevitable: ¿estamos ante simples “oportunistas” que han sabido moverse con habilidad en un terreno fértil para la especulación, o ante peones bien situados dentro de una narrativa cuidadosamente construida y teledirigida por una mano en la sombra?





JOSE ANTONIO CARAV@CA


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