miércoles, 22 de julio de 2026

LA DESCLASIFICACIÓN OVNI COMO ACTO DE FE

 




El 18 de julio de 2026 lancé una sencilla encuesta en mi perfil de X. Quería conocer la opinión de la gente sobre una cuestión que, a mi juicio, ayuda a entender mejor hacia dónde se dirige hoy la ufología en Estados Unidos y cómo esa visión ha acabado influyendo en buena parte del planeta: «¿Cree que el Gobierno de Estados Unidos podría mantener ocultos durante décadas restos biológicos y naves de origen no humano sin que se produjeran filtraciones significativas?». Votaron 154 personas en el plazo de 24 horas. Y sin muchas sorpresas, el 61,7 % respondió que sí. Esto demuestra que una mayoría de los participantes estaban convencidos que, en algún lugar recóndito, alejado de miradas indiscretas, el estado profundo lleva casi ochenta años custodiando un platillo volante estrellado y los cuerpos defenestrados de sus ocupantes, perfectamente conservados en cámaras frigoríficas. Ocho décadas de silencio absoluto y puertas cerrada a cal y canto, de funcionarios escrupulosos con su deber que entran y salen sin llevarse una mala fotocopia, de militares que se jubilan con la hoja de servicios impoluta, de presidentes y políticos que dejan sus sillones sin llevarse la gloria de anunciar la noticia más importante de todos los tiempos, y de varios centenares de personas de distinta índole que, supuestamente, han pasado de puntillas por este secreto fastuoso, sin que hayan metido la mano en el archivador. Todo ha funcionado a la perfección para que nada se filtre. Al menos con evidencias. Eso sí, de boquilla el secreto ha debido de ser el peor guardado de la historia. Se hablaba de él en cafeterías, hamburgueserías, pasillos del Pentágono, bases militares y despachos oficiales. Siempre había alguien que conocía a otro que había visto algo, que había oído una conversación o que tenía un primo cuyo cuñado trabajaba donde no debía. Los rumores han corrido durante décadas como la pólvora, las confidencias de barra de bar se han multiplicado y los supuestos testigos no han dejado de aparecer. Da la impresión de que cualquiera podía enterarse del mayor secreto de la historia... salvo aportar una sola evidencia que permitiera demostrarlo.

Y en paralelo a toda esta movida, llevamos décadas escuchando exactamente la misma cantinela. Desde 2017, además, el volumen no ha hecho más que aumentar. Que la próxima audiencia del Congreso terminará con años de espera. Que si el siguiente denunciante traerá la definitiva prueba bajo el brazo. Que ahora sí van a salir los documentos OVNIS que todos esperábamos. Que si dentro de unos meses. Que si después de las elecciones es la fecha elegida. O el 4 de julio. Que si la nueva oficina creada para investigar los UAP lo va a conseguir. Y aquí seguimos. Detrás de la zanahoria sin catarla.

Cada cierto tiempo, como atrapados en un bucle, se genera una expectación enorme. Las redes hierven durante unos días. Algunos ya hablan del «principio del fin del secreto OVNI». Después llegan los documentos... y resulta que no dicen gran cosa, o simplemente no dicen nada de nada.

Pasan un par de semanas, todo se enfría y aparece el siguiente capítulo del culebrón. Es como una telenovela que nunca llega al último episodio.

Lo curioso es que las decepciones no parecen desgastar la confianza del personal. Más bien ocurre lo contrario. Cuanto más se retrasa la supuesta revelación, más convencida está mucha gente de que debe existir algo enorme detrás. El argumento obvio. Si no sale a la luz, será porque el secreto es todavía mayor.

Y eso me recordó un libro: Cuando falla la profecía (1956). Leon Festinger y sus compañeros se infiltraron en un grupo liderado por Dorothy Martin (conocida en el libro bajo el seudónimo de Marian Keech), cuyos miembros creían que unos extraterrestres les habían anunciado el fin del mundo para diciembre de 1954. Llegado el día nada ocurrió. Las facturas e hipotecas seguían vigentes. Lo lógico habría sido que abandonaran a su líder a su suerte. Pues no. Muchos hicieron exactamente lo contrario.  Cuando la profecía no se cumplió, los investigadores observaron un fenómeno muy llamativo: en lugar de abandonar sus creencias, muchos seguidores se aferraron a ellas con más fuerza y comenzaron a hacer más proselitismo. Este comportamiento sirvió a Festinger para desarrollar y respaldar su teoría de la disonancia cognitiva que viene a decir que cuando has invertido años de ilusión, tiempo y emociones en una idea, resulta mucho más cómodo modificar la explicación que admitir que quizá estabas equivocado. La profecía no había fallado; simplemente había que reinterpretarla.

Y empiezo a ver, por desgracia, un patrón parecido con la famosa desclasificación OVNI a la que asistimos impertérritos desde 2017.

Si el nuevo informe no aporta nada nuevo, da igual. El bueno será el siguiente. Si no aparece ninguna prueba definitiva, da igual. Todavía no toca. Si el denunciante promete mucho y demuestra poco, no importa. Hay otro confidente detrás de la esquina esperando su turno. Siempre hay un «ya casi».

Con todo esto, no estoy diciendo que no existan secretos oficiales relacionados con OVNIs. Ni que Estados Unidos no haya ocultado información. Sería absurdo afirmarlo. Los gobiernos clasifican documentos constantemente y algunos permanecen décadas sin salir a la luz. Pero eso no significa que tengan cuerpos o naves extraterrestres escondidos en algún hangar subterráneo del Área 51. Y, sin embargo, eso es precisamente lo que muchos creen como un acto de fe y a lo que no están dispuestos a renunciar.

Mi encuesta realizada mayoritariamente sobre personas interesadas y vinculadas con el tema OVNI es clara. Más de seis de cada diez personas que participaron en mi encuesta creen que un secreto de ese calibre puede mantenerse durante generaciones sin filtraciones concluyentes. No deja de ser curioso, porque muchos de quienes sostienen esa idea también expresan una enorme frustración con las sucesivas «desclasificaciones», que al final casi siempre acaban reduciéndose a un puñado de papeles ambiguos y muchas declaraciones vacías de contenido.

Hay otro detalle que también llama la atención. Cuando un denunciante no aporta las pruebas prometidas o sus afirmaciones terminan desinflándose, no es raro ver cómo algunos de sus propios seguidores reconocen que ha exagerado, que ha equivocado o incluso que ha mentido sobre lo que iba a revelar. Sin embargo, esa pérdida de credibilidad rara vez se extiende al contenido de sus afirmaciones. Y eso si es extraño. El mensajero puede quedar desacreditado, defenestrado o ridiculizado pero el mensaje continúa siendo considerado verdadero porque encaja con lo que ya se creía de antemano. Es una situación curiosa: se admite que la persona puede haber faltado a la verdad y, al mismo tiempo, se mantiene intacta la convicción de que, en el fondo, la historia que contaba sigue siendo cierta.

En cierto modo, este mecanismo psicológico ayuda a entender por qué hoy resulta tan sencillo que prosperen determinados relatos, incluso cuando chocan frontalmente con los hechos. Vivimos en una época marcada por la llamada posverdad, en la que las emociones y las convicciones personales pesan más que las evidencias objetivas que se presenten. Para muchas personas, lo importante ya no es si una afirmación se corresponde con la realidad, sino si refuerza el edificio de creencias sobre el que han construido su visión del mundo. Cuando una información amenaza ese marco mental, suele ser más fácil reinterpretar los hechos, buscar explicaciones alternativas o desacreditar las pruebas que aceptar que quizá estábamos equivocados. De este modo, las creencias dejan de ser una herramienta para comprender la realidad y pasan a convertirse en un filtro que decide qué parte de esa realidad estamos dispuestos a aceptar.

Hay un punto casi religioso en todo esto. La revelación siempre está un poco más adelante. Nunca hoy.

Siempre mañana. Pero el mañana nunca llega…

Amén…




JOSE ANTONIO CARAV@CA


Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.




No hay comentarios:

Publicar un comentario