UNA FÓRMULA NADA CASUAL
Hay una expresión que, aunque no es oficial y no
aparece en ningún informe del Pentágono ni en ninguna ley del Congreso, resume
bastante bien lo que ha ocurrido con los UAP desde 2017 hasta el presente. Los viejos
y salvajes OVNIs dieron paso a los rejuvenecidos y moderados UAPs y, con el
tiempo, los UAP, que terminaron entrando en una fase de desenfreno como sus
parientes del siglo pasado, parecen haber desembocado en lo que podríamos denominar
una Anomalía Controlada. Y aunque pueda parecer extraño, este concepto no
depende únicamente del propio fenómeno, sino de todo un conjunto de factores
que actúan al mismo tiempo y en una misma dirección. El eje principal, sobre el
que pivota el resto de los engranajes, lo aporta el propio Departamento de
Guerra, que mantiene vivo el misterio, argumentando que hay cosas en el cielo
que no controlan, pero sin aportar pruebas que permitan afirmar que detrás de
ellas exista algo realmente extraordinario o procedente de tecnología No Humana.
Al mismo tiempo, esas mismas fuentes oficiales insisten en que, pese a la
rareza de algunos de estos fenómenos, es muy posible que terminen encontrando
una explicación convencional. Aunque, como no podía ser de otra manera, la
seguridad nacional está en juego, y esa es precisamente la razón que se esgrime
para justificar el extremo secretismo. Los testimonios, las supuestas
evidencias, las declaraciones de antiguos funcionarios, las desclasificaciones,
los vídeos y las investigaciones orbitan sobre esta misma línea ambigua.
En realidad, el sistema ha encontrado un cómodo punto
intermedio donde situar el enigma UAP. Es una posición que puede mantenerse
durante mucho tiempo sin dificultad, puesto que la única conclusión a la que
llegan es que están investigando y que se trata de seguridad nacional. De esta
manera, el misterio permanece abierto, pero sin necesidad de asumir que detrás
de él hay necesariamente algo de otro mundo. Una especie de gato de Schrödinger
ufológico que permanece dentro de la caja, vivo y muerto a la vez, mientras
nadie consigue abrirla del todo para comprobar qué hay realmente dentro. Los
UAPS son políticamente correctos.
Por tanto, la pregunta que conviene hacerse en la actualidad no es solo qué son los UAP, sino por qué el relato que los rodea ha terminado adaptándose exactamente a esa premisa. Y la respuesta, cuanto más se analiza, menos parece fruto del azar. Veamos:
LOS LÍMITES DE LA JAULA
Todo el material desclasificado desde 2017 tiene algo
en común. Funciona como una especie de jaula que mantiene el fenómeno dentro de
unos límites perfectamente controlables. La información llega hasta un punto de
extrañeza, pero casi nunca lo supera. Es suficiente para justificar oficinas,
presupuestos, investigaciones y comparecencias en el Congreso, pero no para
demostrar que estamos ante algo extraordinario.
Un vídeo puede mostrar un objeto difícil de
identificar, pero normalmente también permite explicaciones mucho más
sencillas. Puede tratarse de un globo, un dron, un pájaro, un efecto óptico o
un error de los sensores. Un denunciante puede afirmar que ha visto documentos
sobre programas de recuperación de platillos volantes, pero si esos documentos
no aparecen, la afirmación no puede comprobarse. Y una audiencia en el Congreso
puede provocar grandilocuentes titulares durante semanas sin aportar
necesariamente una prueba nueva que otros investigadores puedan verificar de
forma independiente.
Se ha creado un sistema de creencias perfectamente
equilibrado capaz de sostenerse año tras año sin decantarse hacia ningún lado. Los
casos y las informaciones se mantienen en suspenso, ni avalan la existencia de
visitantes extraterrestres, ni confirman que todo está explicado. Pero más allá
de ese limbo, nada más. Y esa postura no puede ser causal.
QUÉ GANA CADA PARTE MANTENIENDO LA DUDA
Una Anomalía Controlada tiene, además, la ventaja de
que resulta rentable para casi todos los actores implicados, aunque cada uno
tenga sus intereses. Para las agencias de defensa e inteligencia, mantener
abierta la posibilidad de que exista tecnología desconocida operando en el
espacio aéreo estadounidense justifica presupuesto, carrera armamentística y mantener
su estatus de secretos. Para los
políticos, la promesa de una revelación OVNI garantiza titulares y un
acercamiento a muchos votantes y simpatizantes. Pero también existe otro
objetivo menos visible. El Congreso necesita acceder a la información
clasificada para saber qué hacen realmente las agencias de inteligencia, qué
programas mantienen activos y, en último término, cómo se están utilizando
determinados presupuestos. Las agencias, por su parte, defienden sus secretos y
controlan el acceso a buena parte de esa información. Después del 11-S, ese
equilibrio cambió todavía más. El enorme crecimiento del aparato de
inteligencia y seguridad nacional hizo que los políticos tuvieran cada vez más
dificultades para controlar lo que ocurría dentro de las estructuras
clasificadas. El acceso a la información quedó en buena medida en manos de las
propias agencias, mientras el Congreso debía conformarse muchas veces con
información limitada o con explicaciones que no podía contrastar por completo. En
ese contexto, el fenómeno OVNI también puede convertirse en un campo de batalla
para la disputa por el control de la información.
Ninguno de estos actores necesita coordinarse
deliberadamente para que el sistema funcione de forma organizada. Basta con que
cada uno persiga su propio incentivo, para que el resultado colectivo sea
exactamente esa anomalía sostenida a medio camino entre la nada y la
revelación.
EL CONTRASTE CON LA UFOLOGÍA CLÁSICA
Conviene compararlo con lo que ocurría antes de 2017.
La ufología tradicional, con todos sus problemas de rigor y sus abundantes
fraudes, producía de vez en cuando casos de alta extrañeza: aterrizajes,
encuentros cercanos, avistamientos aeronáuticos que desafiaban cualquier
explicación conocida. Eran relatos difíciles de verificar, pero al menos
aspiraban a romper el marco de lo convencional. La era UAP, en cambio, parece
haber sustituido esa aspiración por un terreno mucho más confortable. El
material que ha llegado al público desde 2017 rara vez presenta ese nivel de
extrañeza. Se queda, casi sistemáticamente, en la frontera donde todavía cabe
la duda razonable. Esa frontera no es un punto débil del relato. Es,
posiblemente, su motor. Un caso o evidencia demasiada ambigua puede cualquier
cosa, o ninguna. Y ahí radica la maestría de la Anomalía Controlada, que algo
pueda ser a la vez una nave interplanetaria o un pájaro cruzándose ante la
cámara según quien lo mire. La cuántica hecha ufología. Solo en ese punto concreto,
la Anomalía Controlada alcanza la excelencia, como un combustible inagotable
para los debates.
UNA ESTRUCTURA ¿INFINITA?
Lo más inquietante de esta fórmula no es que exista,
sino que se ha mostrado capaz de reproducirse sola y encajar en diversos
modelos con diferentes propósitos. Cada vez que el interés público empieza a
decaer, aparece un nuevo elemento, una filtración, un denunciante, una
audiencia, un informe parcial, que reactiva la atención sin necesidad de
resolver nada de lo anterior. El sistema ha aprendido, en la práctica, a
regenerarse justo antes de agotarse, pero sin resolver nada de forma
categórica. Si se cierra una puerta, siempre parece quedar otra entreabierta, y
si hay una gran decepción se compensa inmediatamente con un gran promesa o
nuevo testimonio impactante.
Esto explica por qué, nueve años después, no estamos
más cerca de una respuesta que en 2017, pero sí mucho más lejos de que el
asunto se cierre por desinterés. La Anomalía Controlada no busca resolverse.
Busca, sencillamente, seguir existiendo.
¿HASTA CUÁNDO?
La pregunta final no es tanto qué son los UAPs, sino
cuánto tiempo podrá sostenerse una estructura diseñada, para no resolver nada.
Mientras la anomalía se mantenga dentro de sus límites, ni tan extraordinaria
como para desbordar las explicaciones convencionales, ni tan convencional como
para cerrarse sin más, seguirá cumpliendo perfectamente su función. Y esa
función, cada vez resulta más evidente, nunca fue realmente explicar ni
resolver el fenómeno. Fue mantenerlo. Y para ello creó un nuevo espacio donde los
UAPs puedan ser gestionados dentro de unos parámetros razonables.
JOSE ANTONIO CARAV@CA
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