En una reciente entrevista en The Megyn Kelly Show (07/01/26)con David Grusch, exoficial de inteligencia de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y denunciante de programas secretos sobre fenómenos aéreos no identificados, denominados UAPs. Al inicio del programa, Grusch sostiene que los UAP “son reales” y que el Gobierno estadounidense “ha sido consciente de ellos durante décadas”, llevando a cabo presuntamente “una campaña de desinformación para hacerte sentir como un idiota si crees los informes”. Grusch fue codirector de análisis de objetos transmedios en investigaciones sobre UAP y trabajó informando directamente a la fuerza especial del Pentágono. En 2023, presentó una denuncia como whistleblower (denunciante) afirmando que Estados Unidos operaba “un programa de recuperación de naves accidentadas y de ingeniería inversa desde hace décadas”, y que el Congreso ha sido mantenido al margen. Posteriormente, declaró bajo juramento ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes. En esa audiencia, ante la pregunta de si EE. UU. tenía cuerpos de los pilotos de esas naves, Grusch respondió que sí. Cuando se le preguntó si eran humanos o no humanos, afirmó literalmente: “No humanos” (“Non-human”). Añadiendo que esa era “la evaluación de personas con conocimiento directo del programa”.
Grusch afirmó en la entrevista que no está solo en esta lucha. Aunque el Pentágono ha negado públicamente durante años que exista “evidencia verificada de inteligencia no humana” o programas secretos de este tipo, el documental The Age of Disclosure vuelve a poner el asunto en primer plano. El reportaje incluye entrevistas con 34 funcionarios actuales y antiguos del Gobierno estadounidense, entre ellos el secretario de Estado Marco Rubio y la congresista Anna Paulina Luna, quienes aseguran que EE. UU. ha ocultado pruebas sobre UAP y “inteligencia no humana”. En el tráiler del documental se escuchan afirmaciones como: “La humanidad no es la única inteligencia en el universo” “La inteligencia no humana existe” “Los UAP son reales, están aquí y no son humanos” “He visto con mis propios ojos naves no humanas y seres no humanos”.
El documental sostiene que incluso presidentes de EE. UU. han operado bajo un sistema de “necesidad de saber” y que partes del Gobierno han permanecido completamente ocultas. “No es aceptable tener partes secretas del Gobierno que nadie ve”, afirma una de las voces del documental.
Durante la conversación, Grusch relata que él mismo fue escéptico. Estudió Física, recibió una beca completa de la Fuerza Aérea y ocupó cargos de “máxima confianza”, llegando a manejar el informe diario de inteligencia presidencial y a tener accesos similares a los del presidente y su gabinete. Explica que pensaba que, si algo así existía, “alguien habría dicho algo” y que él habría sido informado, ya que estaba al tanto de “más del 90 % de todos los programas negros” del Departamento de Defensa. Sin embargo, su postura cambió cuando fue asignado a la Fuerza de Tarea UAP. Relata que entrevistó a más de 40 personas, “hasta nivel de gabinete”, revisó archivos antiguos y encontró documentación audiovisual. Con esa combinación de testimonios orales, pruebas audiovisuales y documentos, afirma haber llegado a una conclusión clara: “Me convencí con un alto nivel de confianza de que Estados Unidos ha participado en operaciones de recuperación de accidentes e ingeniería inversa de naves no humanas, y también en la recuperación de biológicos”.
La entrevista también abordó la existencia de un “programa legado” aún más secreto, descrito por Luis Elizondo en el documental. Según se afirma, este programa habría sido tan sensible que se ocultó incluso al secretario de Defensa, al Congreso y al presidente. Elizondo aseguraba que: “Este programa ha estado capturando, recuperando e intentando hacer ingeniería inversa de UAP desde al menos 1947... En numerosas ocasiones, estas recuperaciones incluyeron los cuerpos de no humanos”.
Grusch explicó que el secreto dependía del contexto político y del nivel de confianza que ciertos sectores del aparato estatal tenían en cada administración. Denuncia “operaciones de información internas”, luchas de poder bipartidistas y un sistema “incontrolable”, que describe como “un helado que se lame a sí mismo: nadie es responsable del resultado”.
Mencionó también que, según su conocimiento, la última figura con liderazgo centralizado sobre estas actividades habría sido el entonces vicepresidente Dick Cheney, hasta 2009. Otro punto clave es el papel de contratistas privados. Según se describe, parte de la investigación habría sido externalizada para evitar controles y solicitudes de acceso a la información. Grusch confirma que, tras la “guerra global contra el terrorismo”, fondos fueron redirigidos y algunas empresas continuaron investigaciones por su cuenta, con “responsabilidad muy limitada” ante el Gobierno.
También relata su experiencia al enviar interrogatorios legales a varias agencias, incluida la CIA. Según afirma, la CIA “rehusó responder” y remitió las preguntas a la oficina AARO del Pentágono, algo que considera “muy llamativo”.
Tanto el documental y como la entrevista insiste que hay numerosos testimonios de pilotos y altos cargos que alertan de un posible riesgo para la seguridad nacional. Se menciona la presencia de objetos no identificados sobre instalaciones nucleares y en espacio aéreo restringido. Un ex piloto naval describe un objeto “completamente estacionario dentro de vientos de 120 nudos, prácticamente dentro de un huracán”.
Grusch añade que conoce pilotos de la Fuerza Aérea que han visto “naves triangulares luminosas” flotando a gran altitud, comportándose de maneras que “ninguna tecnología humana conocida puede reproducir”.
PSYOPS: EL ARTE DE HACER CREER LO IMPOSIBLE
Las PsyOps, u operaciones psicológicas, son estrategias diseñadas para influir en la percepción, emociones y comportamientos de individuos o sociedades. Tradicionalmente utilizadas en contextos militares y de inteligencia, su objetivo no es atacar físicamente ni actuar directamente, sino fiscalizar la narrativa y la interpretación de la información de forma muy soterrada. Y estos mecanismos de control perfectamente engrasados lo logran mediante la manipulación de rumores, la difusión de información parcial o mentiras, y sobre todo creando una gran confusión, su especialidad. En el contexto del fenómeno OVNI, las PsyOps pueden emplearse de diversas formas, pero la más habitual es saturar a investigadores y testigos con datos contradictorios, haciendo que la verdad se mezcle con lo falso sin que nadie sea capaz de separar el grano de la paja.
Si nos fijamos, desde hace muchas décadas, el fenómeno OVNI en los Estados Unidos ha estado rodeado de secretismo, rumores y versiones contrapuestas, muchas de ellas aderezadas con historias realmente asombrosas, de pactos con extraterrestres, tecnología extraterrestre o cuerpos de alienígenas en el Área 51. Esta combinación de silencios oficiales, filtraciones infladas y relatos increíbles ha convertido el asunto OVNI en un terreno especialmente resbaladizo, donde a cada paso uno está a punto de precipitarse por al abismo de la locura.
¿Y cómo se consigue esto? Diversos estudiosos están convencido a pies juntillas que los servicios de inteligencia estadounidenses han recurrido, en determinadas ocasiones, a una estrategia muy eficaz, la desinformación dirigida y concentrada sobre individuos específicos. El objetivo es saturar o abrumar a determinadas personas con tal cantidad de datos que acaban perdiendo la capacidad de separar la realidad de lo absurdo. El efecto resulta especialmente devastador cuando se aplica sobre individuos bienintencionados y curiosos que están convencidos de estar accediendo a fuentes privilegiadas ya que se lo creen absolutamente todo. El mecanismo que utilizan es, en apariencia, sencillo. Cuando un investigador o estudioso se consigue o se aproxima a información sensible, o simplemente cuando se le considera un potencial transmisor involuntario para sus fines, comienza a recibir una avalancha de datos en forma de documentos, fotografías, testimonios, fechas, nombres y supuestas revelaciones de enorme trascendencia. Nada se presenta de manera burda o improvisada. Al contrario. Todo suele venir cuidadosamente elaborado, con mucha teatralización, acompañado de informes, memorandos, sellos oficiales y, sobre todo, avalado por personas con una elevada credibilidad y respetabilidad. Ni parecen embaucadores ni charlatanes. De hecho los suministradores de desinformación suelen ser militares, funcionarios, científicos, miembros de agencias gubernamentales o figuras con trayectorias profesionales impecables.
En medio de este panorama, quien recibe la información no encuentra motivos para desconfiar. No se plantea que estas personas, que incluso parecen provenir de ámbitos distintos y desconocerse entre sí, puedan estar actuando de manera coordinada para manipularlo. Y ahí reside precisamente el éxito de la operación. El engañado no se percata absolutamente de nada. Además, si se le presentan imágenes u otro tipo de “evidencias”, suelen ser lo suficientemente impactantes y convincentes como para que no surja la menor duda. El momento realmente crítico llega cuando esa persona, confiada ciegamente en la información que ha recibido, decide hacerla pública. En los medios de comunicación sus discursos y experiencias pueden sonar desordenados, exagerados e incluso delirantes. Sin embargo, para la víctima de esta campaña, todo sigue pareciendo coherente, está tan convencido de la veracidad de lo que ha recibido que ni siquiera se da cuenta de lo que realmente está diciendo y lo disparatado que puede sonar. No existen pruebas verificables, no hay documentos que puedan respaldar esas afirmaciones, ni testigos dispuestos a confirmar los hechos. Solo queda la palabra del informante… y su absoluta y religiosa convicción. De este modo, personas que antes eran consideradas como serias y rigurosas comienzan a realizar comentarios que chocan frontalmente con su trayectoria anterior.
Uno de los aspectos más perversos de esta técnica es que quien la sufre no se siente engañado o manipulado. Al contrario, está sugestionado de haber visto, escuchado y accedido a la verdad que tanto tiempo buscó. Defenderá la autenticidad de sus fuentes a capa y espada. Y por supuesto negara ante los medios que es un agente de desinformación. Y, en sentido estricto, no lo es. No existe mala fe ni una voluntad consciente de su parte por engañar. Lo que hay es una confianza ciega depositada en unas fuentes cuya "autoridad" y posición desactiva cualquier mecanismo de duda o recelo.
Cuando esta saturación de información, que incluye detalles impactantes como OVNIs estrellados o supuestos extraterrestres custodiados en hangares secretos, cae sobre individuos no preparados psicológicamente para procesarla, las consecuencias pueden ser fatales, ya que puede provocar desde confusión para separar la realidad de la fantasía hasta, en situaciones extremas, inducir auténticos trastornos mentales. El resultado suele ser siempre el mismo, ya que el mensajero pierde credibilidad y cualquier información valiosa que pudiera haber obtenido queda sepultada bajo un alud de afirmaciones imposibles de verificar. Y, en muchos casos, el riesgo va más allá de la reputación, ya que la presión y la confusión a la que son sometidos pueden poner en serio peligro la propia cordura de la víctima de estos despiadados programas de desinformación.
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