LA NUEVA NARRATIVA QUE LLEGÓ PARA QUEDARSE
Cuando The New York Times publicó en diciembre de 2017
la existencia del programa AATIP y difundió los famosos vídeos Tic Tac, Gimbal
y GoFast, parecía que Estados Unidos iniciaba una investigación destinada a
aclarar, de una vez por todas, uno de los mayores enigmas de la historia
reciente. Incluso cambió el lenguaje para empezar desde cero. Los tradicionales
OVNIs pasaron a denominarse UAP (fenómenos anómalos no identificados), una
terminología que pretendía desvincular el asunto de las connotaciones y
estigmas que había arrastrado durante décadas. Nadie podía imaginar un mejor
arranque para aquella nueva etapa que contar con material OVNI de primer nivel
proporcionado por el Departamento de Defensa.
Pero han pasado nueve años desde aquel momento y, durante
este tiempo, han ocurrido muchas cosas. Se han acumulado testimonios, imágenes,
informes y declaraciones; han aparecido nuevos protagonistas y también nuevas
instituciones encargadas de estudiar los UAP. Sin embargo, la gran pregunta de
fondo continúa prácticamente intacta.
Por eso, quizá haya llegado el momento de detenerse y mirar
hacia atrás. Casi una década después de aquel comienzo aparentemente
ilusionante, toca hacer balance, recapitular lo ocurrido y observar con cierta
distancia qué queda realmente sobre la mesa.
¿HEMOS AVANZADO?
Después de un incontable número de mensajes en redes
sociales, miles de noticias, cientos de informes oficiales, comparecencias ante
el Congreso, algunas leyes, oficinas especializadas y varios denunciantes que
aseguran haber tenido acceso a información sensible, la pregunta del millón de
dólares sigue sin encontrar respuesta: ¿qué sabe realmente el Gobierno de
Estados Unidos sobre los OVNIs? ¿Son vehículos o manifestaciones de
inteligencias no humanas (el nuevo eufemismo para no hablar de extraterrestres)?
3.287 días después, con sus respectivas noches, desde aquel
gran cambio de rumbo que experimentó la ufología norteamericana, la pregunta
sigue abierta: ¿existe realmente información extraordinaria que permanece
clasificada? o por el contrario ¿hemos
terminado construyendo un enorme entramado burocrático alrededor de un misterio
que, pese a todo, todavía no tiene una respuesta definida?
Después de revisar toda la vorágine de información publicada
desde 2017, podemos sacar ya algunas conclusiones. Y la primera quizá nos dé
una pista bastante clara de por dónde van los tiros. Si apartamos el
entusiasmo, las declaraciones grandilocuentes y las promesas de revelaciones
que nunca terminan de llegar, sabemos prácticamente lo mismo sobre los OVNIs
que antes de aquel supuesto gran cambio.
Lo que sí ha crecido de forma extraordinaria es todo lo que
rodea al fenómeno. Organismos, programas, informes, audiencias, siglas,
filtraciones, denunciantes y titulares se han multiplicado hasta crear la
sensación de que estamos cada vez más cerca de descubrir algo importante.
Pero quizá esa sea precisamente la trampa. Hemos confundido
la cantidad de información con la aparición de nuevas evidencias.
Pero vayamos por partes.
DE LA PRUDENCIA A LA VORÁGINE
En los primeros compases de ese renacer ufológico, el interés
de casi todas las partes implicadas se centraba en los vídeos grabados por
pilotos de la Marina. Se discutían las velocidades, las maniobras y las
posibles explicaciones técnicas. Pero, con el paso del tiempo, el debate empezó
a cambiar. Las imágenes daban pie a interpretaciones muy distintas y, después
de meses y meses de discusión, resultaba cada vez más difícil avanzar, ya que
cada explicación encontraba argumentos a favor y en contra.
Posteriormente le tocó el turno a la oficina gubernamental,
la célebre AARO y el foco se trasladó a analizar su papel en todo este
entramado. Más tarde cobraron protagonismo los denunciantes y, finalmente, las
audiencias en el Congreso terminaron de completar el nuevo escenario sobre el
que aterrizaba de plano la nueva ufología. Y aunque parezca contradictorio,
poco a poco, los UAP dejaron de ocupar el centro del debate, sin dejar de ser
la palabra más utilizada y la moneda de cambio en todas y cada una de las
conversaciones.
Pero si lo analizamos, comprobamos que la atención pasó a
concentrarse en quienes aseguraban conocer información reservada. A partir de
ahí, la historia empezó a seguir un patrón cada vez más reconocible. El debate
fue desplazándose hacia otra clase de cuestiones: programas secretos,
información clasificada, supuestos materiales no humanos recuperados,
testimonios de personas con acceso a información privilegiada y posibles
encubrimientos. Aunque estaba sucediendo algo que casi nadie denunciaba. Cada
nueva revelación o supuesta aportación a la discusión solo hacía añadir nuevas
preguntas al debate, ya que las anteriores interrogantes seguían sin responderse.
Por tanto era solo un ejercicio de seguir agrandando la narrativa, pero no se
resolvía nada. La expectación y la fascinación por todo lo que rodeaba a los
OVNIS acababan tapando lo más importante, conocer exactamente que había de
verdad detrás de todo aquello.
Y este punto es clave para entender cómo fue creciendo el
relato y en qué dirección, ya que en lugar de cerrar alguna de las cuestiones
clave y pasar a la siguiente, solo se añadía una nueva capa sobre la anterior.
Una denuncia llevaba a otra, un programa secreto daba paso a otro supuesto
programa, y un testimonio abría la puerta a otro confidente, con nuevas
afirmaciones. Así, la historia avanzaba acumulando capas, pero sin resolver
completamente las que ya estaban sobre la mesa. El resultado es una narrativa
cada vez más grande y compleja. La memoria y la crítica suele brillar por su
ausencia en estos casos y una nueva promesa basta para olvidar las decepciones
anteriores.
Nueve años después, ni siquiera sabemos con certeza qué cargo
ocupó Elizondo en AATIP; de los tres vídeos más famosos, solo uno ha recibido
una explicación oficial (y es la más prosaica posible), mientras los otros dos
siguen abiertos; la oficina creada por el Pentágono para investigar OVNIs, la
AARO, lleva más de dos años sin poder resolver ni siquiera su propia estructura
interna. Sean Kirkpatrick, su director fundador, dejó el cargo en diciembre de
2023, y a mediados de 2026 todavía no se había confirmado un director
permanente, una vacante que ha generado críticas de los defensores de la
transparencia UAP en el Congreso, quienes argumentan que AARO no puede cumplir
su mandato sin un liderazgo estable y permanente. Pero hay más. La oleada de
drones registrada en Nueva Jersey entre 2024 y 2025, aunque las autoridades
explicaron algunos avistamientos como simples confusiones con aeronaves convencionales,
numerosos casos continuaron sin respuesta, incluidos informes sobre grandes
agrupaciones de objetos. Más. Un fragmento metálico estudiado por el Oak Ridge
National Laboratory y promovido por la investigadora Linda Moulton Howe generó
resultados interesantes, pero no permitió demostrar su origen ni aclarar
completamente sus características. La investigación aportó datos, aunque no una
conclusión definitiva. Y finalmente Grusch sigue sin aportar una sola prueba
material de sus afirmaciones, mientras acumula nuevos cargos y nuevas
comparecencias. Hasta la fecha, nada de lo expuesto anteriormente ha sido
explicado o resuelto.
Es como investigar un robo de joyas y, en lugar de intentar
descubrir quién cometió el delito, la policía se dedicara a acumular nuevas
preguntas e informaciones sin resolver ninguna. ¿Cómo entraron en el edificio?
¿Cuántas personas participaron en el robo? ¿Qué vehículo utilizaron para huir?
¿Qué muestran las cámaras de seguridad? Cada nueva pista parece acercarnos a la
solución, pero la policía nunca ofrece respuestas a nada, se barajan varias
hipótesis de como entraron los cacos, se hablan de decenas de modelos de coche,
y nadie muestra una imagen clara de video. La policía se limita a convocar
ruedas de prensa, presentar nuevos datos y anunciar que la investigación
continúa. Mientras tanto, el culpable sigue sin aparecer y las joyas tampoco.
Y, sin embargo, la sensación que se transmite a la ciudadanía es que la policía
está más cerca que nunca de atraparlo.
LOS DENUNCIANTES: “LO SE TODO PERO… NO ME DEJAN CONTARLO”
Como hemos comprobado, los denominados whistleblower
(denunciantes) comenzaron a ocupar un lugar cada vez más destacado en el
revival ufológico reciente. Antiguos militares, funcionarios y gente vinculada
a la inteligencia empezaron a aparecer asegurando que conocían información privilegiada que permanecía fuera del alcance
del público, hablaban de programas secretos, operaciones de recuperación de
artefactos no humanos, materiales desconocidos o supuestos datos que, según
ellos, podían cambiar por completo nuestra visión del fenómeno OVNI. El
problema era que casi siempre aparecía el mismo obstáculo, ellos aseguraban que
sabían que todo esto era cierto, pero no podían demostrarlo. Habían visto
documentos, habían participado en programas o habían recibido información de
primera mano, pero las pruebas que podían respaldar sus afirmaciones seguían
clasificadas, no estaban bajo su control o no podían hacerlas públicas. De este
modo, el relato empezó a apoyarse cada vez más en una curiosa paradoja. La
persona que garantizaba conocer la verdad se convertía en la prueba de que esa
verdad existía, aunque no pudiera enseñarla. Ese cambio también modificó quién
marcaba el ritmo de la historia. Durante décadas la investigación ufológica
recayó sobre las espaldas de investigadores civiles que recopilaban casos sobre
el terreno. En la nueva etapa UAP esa figura perdió protagonismo frente al
denunciante que afirma haber trabajado en programas clasificados o haber tenido
acceso a documentación restringida. El conocimiento dejó de apoyarse en la
investigación abierta para depender de información que el público no puede
comprobar directamente.
Pero había otro elemento que ayudó a cambiar por completo el
interés del público. Después de décadas escuchando hablar de avistamientos,
informes, fotografías dudosas y testimonios que venían sin una evidencia bajo
el brazo, la expectativa general había cambiado. Tanto el público como los
medios estaban cansados. A estas alturas de la película, nadie quería prestar
atención a las mismas retahílas de siempre. Ya no parecía suficiente con
conocer un nuevo informe o un nuevo caso OVNI. Mucha gente quería saltarse
todos los pasos intermedios y llegar directamente al final de la historia,
conocer de primera mano si el Gobierno tenía realmente un platillo volante
guardado en algún hangar o incluso el cuerpo de un alienígena en el Área 51.
Esa posibilidad resultaba mucho más fascinante
y atractiva que cualquier aburrido documento o informe. Era una idea
casi hipnótica, pensar que, en algún lugar, podía existir una prueba física
definitiva del fenómeno. ¿Por qué perder el tiempo entonces en migajas?
Y ahí se produjo algo curioso. La promesa de esa gran
revelación empezó a resultar mucho más seductora que las evidencias concretas
que podían comprobarse. Un antiguo funcionario que aseguraba conocer la
existencia de esos materiales podía despertar mucho más interés que cien
páginas de documentos, por muy interesantes que estos fueran. Poco a poco, el
informe OVNI fue perdiendo protagonismo y empezó a importar el relato del
confidente: en lo que decía saber o, en la mayoría de las ocasiones, en lo que aseguraba
que otros le habían contado. Así, la búsqueda del platillo volante, de los
restos de una nave o incluso de un extraterrestre fue ganando terreno frente a
las pruebas más pequeñas y menos espectaculares. Nadie quería una pequeña
porción del pastel, si podía comerse toda la tarta.
Las audiencias celebradas en el Congreso reforzaron esa
transformación en el imaginario colectivo de los seguidores del fenómeno OVNI.
Las comparecencias en una sala
oficial, rodeada de políticos, militares y funcionarios, transmitía una
sensación de importancia y seriedad que llevaba a cierto engaño. Y aquí aparece
otra de las claves de esta nueva etapa. Una audiencia puede no aportar ningún
dato nuevo ni presentar una sola prueba que permita avanzar en la investigación
y, aun así, generar la sensación de que algo importante está ocurriendo y de
que se está avanzando. Pero hay un detalle que solemos olvidar, un congresista
no tiene por qué saber de OVNIS. Puede asistir a una reunión privada, ver unos
vídeos desconcertantes o escuchar a un militar contar algo extraordinario y
quedar realmente impresionado. Pero estar sorprendido no significa saber qué
está viendo. No es su medio, ni está habituado a analizar estas informaciones.
Y de hecho, puede quedar más asombrado que un simple seguidor puesto que
cualquier cosa le puede parecer extraña. Además, el político es muy probable
que valore la información según la autoridad de quien se la presenta: si se la
cuenta un piloto militar o alguien de inteligencia, es lógico que tienda a
darle credibilidad. Pero eso no convierte automáticamente el relato en una
prueba. Por eso, cuando un congresista dice que ha visto algo «impactante» o
que ha escuchado testimonios «muy convincentes», deberíamos preguntarnos no
solo qué le han enseñado, sino también si está en condiciones de interpretarlo
correctamente. Porque tener acceso a información reservada no significa
necesariamente saber distinguir un misterio real de una explicación mucho más
sencilla.
Paralelamente a estos grupos de trabajo políticos, también se
consolidó una oficina permanente para ocuparse de los UAP, la AARO. Pero su
trayectoria ha estado marcada desde el principio por los cambios, las
reorganizaciones y las polémicas. En lugar de convertirse en una máquina capaz
de aportar respuestas claras sobre los casos estudiados, la propia oficina ha
terminado generando buena parte de la discusión. Sus informes, sus
conclusiones, sus limitaciones y hasta sus enfrentamientos con algunos
denunciantes e investigadores han provocado nuevas controversias.
Mientras tanto, se fueron creando procedimientos
administrativos, nuevas normas y legislación específica para estudiar los UAP.
Es decir, se construyó toda una imponente estructura oficial alrededor del
fenómeno. Pero cuanto más crecía ese edificio, más delatador resultaba que las
respuestas concretas siguieran siendo escasas.
Los UAP, y aquí encaja buena parte de lo que hemos venido explicando,
dejaron poco a poco de ser vistos únicamente como un asunto relacionado con la
ciencia. Empezaron a entrar en otro terreno mucho más sensible, el de la
seguridad nacional. Ya no se trataba solo de averiguar qué eran aquellos
objetos, sino de saber si podían representar una amenaza, si podían estar
relacionados con tecnologías extranjeras o si suponían algún riesgo para las
operaciones militares. Y esto explica muchas cosas…
UNA TRAMPA LLAMADA “UAP”
¿Y si todo lo ocurrido desde 2017 pudiera interpretarse de
otra manera? Si dejamos por un momento a un lado el ruido mediático, las
grandes declaraciones y las expectativas de una revelación inminente, se
empieza a percibir que detrás de todo este proceso podría existir una dirección
bastante definida, orientada hacia un objetivo concreto. Y lo interesante es
que esa intención ya podía apreciarse desde el principio.
El cambio de lenguaje encerraba una trampa. La palabra “OVNI”
fue erradicada del discurso oficial y fue sustituida por “UAP”. A su alrededor
comenzaron a hacerse habituales otros términos como “anomalías”, “sensores”,
“riesgo” o “seguridad nacional”. No parece que fuera solo una cuestión de
vocabulario. Esta nomenclatura sirvió de base para construir la nueva narrativa
que ya no giraba tanto alrededor de los OVNIs, sino en los problemas de
inteligencia, militar o de estado que podían originar. El revuelo del AATIP en
las páginas del New York Times alertaron al Departamento de Defensa y a
diversas agencias de inteligencia que existía un punto ciego en su control del
espacio aéreo. El problema era bastante sencillo. Durante años, muchos pilotos
militares y otros profesionales evitaban informar de objetos que no podían
identificar por miedo a ser ridiculizados por hablar de OVNIs. En otras
palabras, podían estar viendo algo que no sabían qué era y preferían no
comunicarlo antes que enfrentarse al estigma. Pero, en un momento clave en el
que los drones y otras aeronaves no tripuladas estaban adquiriendo cada vez más
importancia, aquello podía convertirse en un problema realmente serio. Desde el
punto de vista militar, daba igual inicialmente si el objeto era un «platillo
volante», un dron, un globo o simplemente una aeronave convencional mal
identificada. Lo importante era saber qué estaba entrando en el espacio aéreo,
quién lo operaba y si suponía algún riesgo. Si un piloto no informaba de una
intrusión porque temía que sus compañeros pensaran que había visto un OVNI, el
sistema de vigilancia perdía información que podía resultar relevante. Y ahí es
donde el fenómeno empezó a verse de otra manera. No porque hubieran aparecido
pruebas de naves extraterrestres, sino porque saber qué eran aquellos objetos
que los militares no podían identificar empezó a considerarse un asunto de
seguridad.
¿QUO VADIS?
Después de casi una década siguiendo la evolución de esta
historia resulta inevitable preguntarse hacia dónde conduce todo este proceso.
El análisis de cientos de documentos, informes oficiales, comparecencias y
declaraciones permite señalar algunas tendencias.
La primera es que cada vez parece menos probable una
revelación definitiva. La saturación lleva al hartazgo, y es posible que el
interés social y mediático acabe disminuyendo en poco tiempo.
Desde 2017 la historia no ha avanzado de la manera que se
esperaba, ya que pese a algunos aportes interesantes, en líneas generales, para
el revuelo ocasionado todo parece insustancial. Que el debate sobre el fenómeno
haya ganado puntos en el escalafón de la respetabilidad está muy bien, pero si
esto no viene acompañado de resultados, no se habrá ganado mucho más. Y es que
este punto es importante. Pese al ruido, todo el material desclasificado o
hecho público desde 2017 hasta el presente no se ha puesto sobre la mesa ningún
caso o evidencia que reúna la alta extrañeza que ha caracterizado
históricamente a la casuística OVNI. Aparecen vídeos, fotografías, informes y
registros de sensores que pueden, a primera vista, resultar interesantes o
difíciles de identificar, pero casi siempre permanecen dentro de un rango de
posibilidades en el que es posible plantear explicaciones convencionales: un
globo de cumpleaños, una nube, una bandada de pájaros, un avión, un dron o un
curioso efecto óptico provocado por los sistemas infrarrojos o nocturnos que
los registran. No aparece ni una sola imagen que obligue a salir de ese terreno
de confort y que presente unas características tan extraordinarias que las
explicaciones habituales empiecen a resultar claramente insuficientes. En otras
palabras, falta el caso que rompa la baraja. Y esto resulta especialmente
llamativo si lo comparamos con la ufología de las décadas pasadas, donde
abundaban relatos y episodios con elementos de extrañeza mucho más acusados:
objetos extraños en forma de naves espaciales con ventanas y antenas o
desconcertantes aterrizajes a plena luz del día de estos artefactos donde se
observaban incluso a sus ocupantes. Nada
de esto aparece por ningún lado. Todo lo contrario ahora mismo en plena era de
desarrollo de aviones no tripulados o drones, se nos habla precisamente de la
grabación de supuestos drones extraterrestres…
Y llegamos a una conclusión. Todo el material UAP que ha
llegado al público desde 2017 parece moverse deliberadamente dentro de una zona
ambigua y confortable. La nueva narrativa sobre los UAP parece haber creado una
especie de «anomalía controlada». Se reconoce oficialmente que hay una serie de
fenómenos extraños que todavía no sabemos explicar, lo que mantiene vivo el
misterio. Pero, al mismo tiempo, se insiste en que podrían tener explicaciones
muy distintas y que no hay nada que obligue a pensar en algo extraordinario.
Esta situación permite justificar el gasto en defensa y, además, construir una
narrativa que puede resultar útil en distintos ámbitos, desde la política hasta
la defensa o la inteligencia. Se mantiene así el interés por los UAP, pero dentro
de unos límites bastante cómodos y controlables.
Parece claro que hay intereses en no ofrecer una explicación
definitiva. Todo apunta a que los UAP acabarán formando parte de manera
permanente del sistema de seguridad nacional.
¿HASTA DONDE LLEGARA ESTE PROCESO?
Pero este modelo también tiene un problema, ya que no se
puede mantener el interés de los medios y la opinión pública para siempre.
Durante un tiempo puede funcionar que aparezca un nuevo denunciante, alguien
que asegure haber visto algo extraordinario o que diga que existen pruebas que
todavía no puede enseñar. Pero este sistema puede colapsar. El inconveniente
aparece cuando pasan los años y seguimos en el mismo punto. Las promesas se
acumulan, pero las pruebas no aparecen. Y llega un momento en que ya no basta
con decir que «vamos a conocer pronto más información» o que «todo se sabrá
algún día». En algún momento habrá que enseñar las cartas y demostrar que todo
lo que se ha venido anunciando durante años era cierto. Porque, si no, llegará
un momento en que mucha gente empezará a pensar que, después de tanto ruido,
quizá no haya ningún gran secreto escondido bajo la alfombra. Si, ni los
políticos, ni los denunciantes, ni la prensa, ni siquiera el propio presidente
Donald Trump han conseguido abrir la caja de Pandora después de una presión
como pocas veces se ha visto, quizá haya que empezar a contemplar una
posibilidad bastante más decepcionante, que, sencillamente, no hay ningún gran
secreto que ocultar.
La AARO es un claro ejemplo de estos bucles que pueden acabar
colapsando. La historia de esta oficina ha estado marcada por problemas,
cambios, puestos vacantes durante largos periodos y críticas tanto dentro como
fuera de la propia institución. Entonces, ¿por qué sigue existiendo? Quizá
porque cerrarla tendría un coste de credibilidad para muchos implicados. Para
el Departamento de Defensa, eliminar la oficina y decir oficialmente que no hay
nada que investigar podría interpretarse como una forma de reconocer que, en
realidad, sí había algo que ocultar. Para los políticos que impulsaron su
creación, admitir que después de tantos años no se ha llegado a ninguna
conclusión sería reconocer que el esfuerzo no ha dado los resultados esperados.
En definitiva, la AARO puede haber terminado atrapada en una curiosa situación.
Sobrevive a duras penas no porque sea una estructura especialmente cómoda o
útil para quienes trabajan en ella, sino porque nadie con capacidad para
cerrarla quiere asumir el coste de hacerlo.
¿EL GRAN CAMBIO?
Es posible que, aunque a muchos aficionados a los OVNIS les
cueste imaginarlo, el objetivo de todo este proceso emprendido por las
autoridades norteamericanas nunca haya sido demostrar que existe una
inteligencia no humana detrás de estas manifestaciones. Quizá el cambio más
importante ya se haya producido detrás de las bambalinas. En 2017 hablar
oficialmente de OVNIs seguía siendo una excepción dentro de las instituciones
estadounidenses y esto implicaba un punto ciego de información sensible que se
escapaba del control de la seguridad nacional. Hoy existen oficinas
permanentes, legislación específica, procedimientos administrativos y
audiencias parlamentarias dedicadas exclusivamente a los UAP.
Independientemente de lo que sean realmente los UAP, el cambio es evidente:
Estados Unidos no solo vigila hoy mucho más su espacio aéreo que en 2017.
También tiene mucho más control sobre la información que genera ese fenómeno y
sobre la manera en que llega al público.
Además, a ese interés inicial por la seguridad nacional se
han ido sumando otros posibles intereses. En el ámbito político puede existir
interés por recuperar capacidad de control sobre las agencias de inteligencia;
en Defensa, por justificar nuevos gastos, tecnologías y programas; y en los
servicios de inteligencia, por averiguar las capacidades de vigilancia de otras
potencias.
Y quizá el futuro más factible no sea una gran revelación al
estilo Disclosure Day, sino algo mucho menos ilusionante. En definitiva,
los UAPs se convertirán en un asunto más dentro de la burocracia, la
inteligencia y la seguridad nacional. Rutina.
¿Y qué queda entonces de las preguntas clave que llevamos
décadas haciéndonos? ¿Existen realmente OVNIS de origen desconocido que no
puedan explicarse con ninguna tecnología o fenómeno conocido? ¿Hay, como se ha
afirmado en numerosas ocasiones, platillos volantes o restos de aeronaves de
origen no humano en poder de Estados Unidos? ¿Se han recuperado realmente
materiales o incluso cuerpos que puedan demostrar ese origen? ¿Existe algún
programa secreto dedicado a estudiar o reproducir esa tecnología?
¿QUÉ OCULTA REALMENTE EL GOBIERNO DE ESTADOS
UNIDOS SOBRE OVNIS?
Para evitar confusiones y malentendidos, hay algo que parece
difícil de discutir a estas alturas, y es que el Gobierno estadounidense, o
algunos de sus sótanos más secretos y blindados, sabe mucho más sobre los UAP
de lo que ha contado públicamente. Los propios organismos oficiales reconocen
la existencia de datos clasificados, registros obtenidos mediante sensores
avanzados e informes cuyo contenido permanece restringido por razones de
seguridad nacional. La cuestión no es si existe información reservada, sino qué
contiene realmente. Y aquí empiezan las incertidumbres.
Nuestras propias expectativas pueden convertirse además en un
obstáculo para aceptar una respuesta que no encaje con lo que esperábamos
encontrar. Después de tantos años imaginando que, tarde o temprano, aparecería
una explicación concreta y definitiva, resulta difícil asumir que quizá la
realidad sea mucho más ambigua. Queremos una respuesta clara y cerrada, pero
puede que el fenómeno sea bastante más extraño y difícil de encajar de lo que
estamos dispuestos a aceptar. Hasta el punto de que ni siquiera el enorme
aparato de inteligencia, científico y tecnológico de Estados Unidos parece
haber conseguido meterlo por completo dentro de una explicación satisfactoria.
¿Y si, después de todo, no hay platillos volantes escondidos
en hangares subterráneos ni cuerpos de extraterrestres guardados en
refrigeradores?
Hasta el momento podemos confirmar la existencia de programas
muy compartimentados dedicados al estudio de incidentes anómalos y,
probablemente, de materiales cuya naturaleza no ha sido explicada públicamente.
Pero dar el salto desde esa realidad hasta afirmar que Estados Unidos conserva
naves extraterrestres o cuerpos de origen no humano es otra cuestión. Y aquí
aparece una paradoja. Mientras aumentan las declaraciones sobre supuestos
programas de recuperación de tecnología no humana, siguen sin aparecer pruebas
materiales que puedan ser examinadas de forma independiente. Desde David Grusch
hasta otros antiguos funcionarios y militares, las afirmaciones son cada vez
más extraordinarias, pero los materiales que supuestamente las demostrarían
continúan fuera del alcance del público y de la comunidad científica. Eso no
significa que todos esos testimonios deban descartarse. Muchos de sus
protagonistas ocuparon puestos relevantes dentro del aparato de seguridad
estadounidense y algunos declararon bajo juramento ante el Congreso. Pero un
testimonio, por convincente que resulte, sigue siendo un testimonio.
Después de nueve años de presión política, mediática y
legislativa, cabe hacer una reflexión bastante sencilla. Si el Gobierno
estadounidense conservara desde hace décadas varias naves de origen
inequívocamente no humano y restos biológicos, sería razonable esperar que, en
algún momento, hubiese aparecido al menos un elemento público capaz de cambiar
para siempre el debate. Hasta ahora no ha ocurrido. Han aumentado las
investigaciones, las oficinas, las declaraciones y las iniciativas
legislativas, pero no las pruebas disponibles.
Eso no significa que la realidad tenga que reducirse a las
dos posiciones habituales: creer que existen platillos extraterrestres
escondidos en algún hangar o pensar que todo es un invento. Es perfectamente
posible que Estados Unidos disponga de mucha más información clasificada de la
que conocemos, que haya recuperado objetos cuyo origen no ha podido determinar
y que existan programas muy restringidos destinados a estudiar materiales de
procedencia desconocida. Lo que no podemos afirmar con la misma seguridad es
que todo eso tenga un origen extraterrestre. Podría tratarse de tecnología de
otros países, nuevos sistemas de propulsión, prototipos militares
estadounidenses o materiales desarrollados en programas que todavía permanecen
bajo secreto. También cabe la posibilidad de que parte de la información haya
sido malinterpretada, exagerada o incluso utilizada deliberadamente para
desinformar. Una agencia de inteligencia podría, por ejemplo, alimentar una
explicación extraterrestre para desviar la atención de un programa
confidencial.
Y aquí aparece otro detalle que quizá no deberíamos pasar por
alto. Estados Unidos ha llevado prácticamente todo el peso de la nueva
narrativa sobre los UAP, generando una enorme atención mediática, mientras
otras grandes potencias, como China o Rusia permanecen al margen. Si realmente
existiera una evidencia inequívoca de vida extraterrestre o de tecnología no
humana operando en nuestro planeta, ¿por qué iba Estados Unidos a tener el
privilegio de anunciarla primero? En una carrera geopolítica, cualquier nación
intentaría llevarse una exclusiva semejante. Sin embargo, los demás actores
internacionales parecen no tener demasiada prisa. ¿Será porque no tienen nada
que decir? ¿O porque detrás de todo este ruido no hay nada extraordinario que
anunciar?
Después de nueve años de investigaciones, el principal
interrogante quizá ya no sea únicamente qué son los OVNIS. La cuestión es saber
cuánto conocimiento real existe detrás de ese enorme volumen de información
clasificada y cuánto procede de interpretaciones construidas a partir de datos
parciales, creencias o desinformación.
Y aquí aparece otro elemento que puede cambiar bastante la
forma de mirar todo lo ocurrido. Algunos de los denunciantes y protagonistas de
esta historia ya estaban interesados en la ufología y los fenómenos
paranormales antes de entrar en contacto con determinados organismos o
convertirse en testigos, denunciantes o confidentes de terceros. Además, varios
se conocían entre ellos precisamente por ese interés. Esto plantea una duda
legítima: ¿estamos ante personas que realmente tuvieron acceso a información extraordinaria
o ante individuos que interpretaron determinados hechos desde unas creencias
que ya tenían previamente?
Incluso si existió una campaña de desinformación, cabe
preguntarse si algunos de sus protagonistas fueron elegidos precisamente por su
interés en estos temas. Y si realmente participaron en programas
confidenciales, ese interés previo también pudo influir en la forma de
interpretar aquello que vieron o supieron. Separar lo que una persona sabe de
lo que cree saber puede ser, en este contexto, mucho más complicado de lo que
parece.
La historia reciente demuestra que el Gobierno estadounidense
sabe más de lo que ha contado. Lo que todavía no demuestra es que ese
conocimiento conduzca necesariamente a un hangar y a un platillo volante
custodiado bajo siete llaves.
Y aquí vuelve a cobrar importancia el cambio de «OVNI» a
«UAP». No se trataba simplemente de sustituir una palabra por otra para evitar
el viejo estigma asociado a los platillos volantes. También cambió el marco
desde el que se analizaba el fenómeno. Un OVNI se asociaba fácilmente con algo
«fuera de este mundo». Un UAP, en cambio, podía ser un dron, un prototipo, una
aeronave extranjera, un fenómeno atmosférico o cualquier otra cosa que los
sensores o los pilotos no hubieran conseguido identificar.
Desde 2017, el Departamento de Defensa y los servicios de
inteligencia empezaron a tomarse en serio ese problema de fondo ya señalado:
cuántos avistamientos se quedaban sin comunicar por el estigma asociado a la
palabra «OVNI», y qué podía esconderse precisamente detrás de esos silencios,
desde incursiones reales de drones hasta aeronaves de potencias extranjeras en
espacios restringidos.
Por eso, uno de los grandes cambios de estos últimos años no
ha sido necesariamente descubrir qué son los OVNIS, sino conseguir, al menos
desde 2019, que aquello que no puede identificarse se comunique y se investigue
con normalidad. El fenómeno dejó de abordarse principalmente como una cuestión
relacionada con «marcianitos verdes» y empezó a tratarse como un problema de
defensa, inteligencia y seguridad nacional. Y este cambio ayuda a entender por
qué la narrativa UAP ha seguido un camino muy distinto al de la ufología
clásica.
Al final, después de tanto ruido, da la impresión de que
hemos estado mirando hacia donde nos señalaban. El terremoto mediático ha sido
enorme, pero quizá no nos ha ayudado a acercarnos a la pregunta fundamental.
Hemos hablado de programas secretos, supuestos encubrimientos, tecnología no
humana e incluso cuerpos recuperados. Pero seguimos sin tener una respuesta
clara a la cuestión más básica: ¿qué son realmente los OVNIS?
EL VERDADERO FENÓMENO OVNI
Hay otro dato que rara vez entra en el debate y que, sin
embargo, debería inquietarnos casi tanto como los propios avistamientos: la
ausencia de una postura clara por parte del resto del planeta. Ya sea por
desconocimiento, indiferencia, temor o simple incapacidad, que ningún otro país
haya liderado su propia narrativa sugiere que el fenómeno OVNI quizá desborde
nuestras categorías científicas y culturales actuales. Puede que los gobiernos
no callen por complicidad ni por unanimidad, sino porque no saben cómo
interpretar aquello que están observando o estudiando.
A diferencia de otras amenazas o descubrimientos, estas
manifestaciones no encajan en ninguna casilla conocida: ni son una amenaza
militar convencional, ni un avance tecnológico identificable, lo que hace casi
imposible gestionarlas dentro de estructuras estatales tan rígidas como las
tradicionales. El riesgo de generar confusión, pánico o desconfianza
institucional podría explicar por qué tantos gobiernos han optado por dar un
paso atrás y actuar como si no ocurriera nada.
Tampoco ayuda que el propio método científico esté diseñado
para estudiar fenómenos medibles, replicables y bien delimitados, por lo que
tiende a incomodarse —o directamente a descartar— todo lo que no puede
reproducirse en un laboratorio o cuyas implicaciones hacen saltar por los aires
los marcos de comprensión vigentes. Un fenómeno que pulveriza las leyes de la
física conocidas, que no responde a patrones inteligibles o que arrastra un
inquietante componente psicológico y hasta simbólico, se acerca más al terreno
de lo filosófico —incluso de lo sobrenatural— que al puramente tecnológico. Y
eso, sencillamente, desarma y asusta a los gobiernos.
Por eso, el mutismo de la mayoría de los países no debería
leerse solo como desinterés o subordinación a Estados Unidos, sino como síntoma
de una incertidumbre global ante algo que, de momento, no encaja en ninguna
parte y que muchos prefieren evitar. De hecho, se tiene constancia de
investigaciones oficiales realizadas en distintos rincones del mundo, aunque es
muy probable que no hayan arrojado los resultados esperados, precisamente por
la naturaleza esquiva y profundamente anómala de estos fenómenos.
Lo poco que sabemos con certeza es que los OVNIs remiten a
una realidad más profunda y compleja de lo que nuestras herramientas actuales
pueden abarcar. Incluso Estados Unidos, pese a su papel predominante en toda
esta historia, parece no tener una comprensión completa del asunto, lo que
explicaría buena parte de la confusión que lo rodea.
Quizá el error de fondo sea seguir pensando el fenómeno en
términos de «naves» o «seres», tal y como los imaginamos. Podría tratarse, en
cambio, de algo que se manifiesta de forma ambigua, errática o incluso
adaptativa, y frente a lo cual muchos gobiernos simplemente no saben cómo
actuar —o prefieren no lidiar con sus implicaciones culturales, religiosas,
filosóficas y militares—. Esa posibilidad explicaría, mejor que cualquier
teoría de la conspiración, la falta de una acción internacional coordinada.
Y cabe otra razón, no excluyente: que tras décadas de
investigación, muchos gobiernos hayan llegado a una conclusión incómoda. Que,
pese a la innegable realidad del fenómeno, detrás de él no haya ni una
tecnología recuperable, ni un interlocutor identificable, ni una vía clara de
explotación científica o militar. Que se trate, en definitiva, de algo
observable pero no utilizable; presente pero no controlable; real pero no
instrumentalizable. Y que, ante eso, la opción más cómoda sea sencillamente
darle carpetazo.
CLAVES PARA ENTENDER EL PROCESO “UAP 2017”
1.
Desde
2017, la inteligencia estadounidense y el Departamento de Defensa se dieron
cuenta de que probablemente había muchos más incidentes con aeronaves
desconocidas de los que llegaban a los canales oficiales.
2.
El
estigma asociado a los OVNIS hacía que pilotos y militares evitaran informar de
ellos, lo que podía ocultar incursiones reales de drones, aviones no tripulados
o aeronaves extranjeras en espacios restringidos
3.
Por eso, uno de los grandes cambios de estos
últimos años ha sido que esta información comenzó a comunicarse y circular con
mucha más normalidad, desde 2019, dentro de los organismos de seguridad.
4.
Desde
2017 ha crecido mucho más el relato sobre los UAP que lo que realmente sabemos
sobre ellos.
5.
Poco
a poco, el fenómeno ha quedado en segundo plano y ha ganado protagonismo la
historia que se ha construido alrededor de él.
6.
Al
principio se hablaba de objetos, vídeos, fotografías y datos de sensores.
Después, la conversación se desplazó hacia programas secretos, denunciantes y
testimonios.
7.
Cada
vez importa más quién cuenta algo que las pruebas que puede aportar.
8.
El
investigador civil ha perdido protagonismo frente al whistleblower
(denunciante) que asegura haber tenido acceso a información reservada.
9.
El
problema es que la información de los denunciantes no puede ser comprobada por
el público.
10.
Desde
2017 se han ido acumulando preguntas: AATIP, los vídeos, los programas
secretos, las supuestas recuperaciones, Grusch, los materiales, los restos
biológicos… pero muchas de estas cuestiones siguen sin resolverse.
11.
La
historia se hace cada vez más grande, pero eso no significa que sepamos más.
12.
El
sistema funciona, en buena medida, con la promesa de que la gran revelación
llegará en la próxima ocasión.
13.
Cada
nueva filtración, audiencia o denunciante vuelve a disparar las expectativas,
aunque las promesas anteriores sigan sin demostrarse.
14.
El
secreto se ha convertido en una pieza fundamental del relato. Como no podemos
ver las pruebas, se nos dice que están clasificadas.
15.
Y
aquí aparece una paradoja porque la falta de pruebas puede terminar
utilizándose como argumento para decir que las pruebas están ocultas.
16.
Las
audiencias políticas pueden aumentar enormemente la percepción de importancia
del fenómeno sin aportar necesariamente evidencias nuevas.
17.
Los
UAP han dejado de ser solamente un asunto relacionado con los OVNIs y han
pasado a formar parte también de la agenda de seguridad nacional de Estados
Unidos.
18.
El
cambio de OVNI a UAP no fue solo un cambio de nombre. También cambió la forma
de abordar el fenómeno, especialmente desde el ámbito de Defensa.
19.
Es
posible que Estados Unidos tenga mucha más información clasificada sobre
determinados incidentes OVNIS de la que conocemos.
20.
Pero
una cosa es que haya información secreta y otra muy distinta que esa
información demuestre la existencia de naves extraterrestres en su poder.
21.
Que
un militar, funcionario o antiguo miembro de una agencia diga algo importante
no convierte automáticamente su testimonio en una prueba.
22.
Cuanto
más extraordinaria sea una afirmación, más sólida debería ser la prueba que la
respalde.
23.
La
nueva narrativa UAP parece haber creado una especie de anomalía controlada, con
fenómenos suficientemente extraños como para mantener abierto el misterio,
justificar la intervención del Estado e incluso el gasto en su investigación,
pero nunca tan extraordinarios como para obligarnos a abandonar por completo
las explicaciones convencionales.
24.
Después
de casi diez años, las grandes afirmaciones han crecido mucho más rápido que
las pruebas que podemos comprobar.
25.
Si
realmente existieran desde hace décadas numerosas naves extraterrestres y
restos biológicos identificados, sería razonable esperar que hubiera aparecido
alguna prueba pública capaz de cambiar definitivamente el debate. Hasta ahora
no ha ocurrido.
26.
Los
materiales o tecnologías desconocidas podrían tener otros orígenes: tecnología
extranjera, proyectos militares estadounidenses u otros fenómenos que todavía
no sabemos identificar.
27.
También
es posible que parte de la información esté mezclada con rumores, errores de
interpretación o desinformación.
28.
Incluso
cabe plantear una posibilidad más incómoda ya que algunas historias sobre
extraterrestres puedan servir como una cortina de humo para ocultar programas
militares o de inteligencia reales.
29.
Por
tanto, el secreto puede estar ocultando algo importante sin que necesariamente
sean extraterrestres.
30.
La
pregunta debería ser también cuánto de todo este relato está basado en hechos
comprobables y cuánto procede de interpretaciones construidas sobre información
incompleta, desinformación o creencias personales.
31.
El
sistema UAP puede seguir funcionando durante mucho tiempo sin resolver el
misterio, porque ha entrado una dinámica de automatismos, más oficinas, más
presupuestos, más sensores, más informes y más legislación.
32.
En
otras palabras, el misterio puede haberse convertido en una estructura
administrativa permanente.
33.
Estamos
atrapados en un peligroso bucle: cada cierto tiempo aparece nueva información,
pero muchas de las preguntas anteriores siguen sin respuesta. Acumulamos
documentos, testimonios e investigaciones, pero apenas resolvemos
interrogantes.
34.
Quizá
el gran cambio desde 2017 no haya sido demostrar la existencia de los UAPs,
sino convertir la incertidumbre en algo institucional y permanente.
35.
El
gran éxito de la nueva era UAP quizá no haya sido demostrar qué hay detrás de
los OVNIs, sino conseguir que el misterio se convierta en una parte permanente
de la maquinaria política, militar y administrativa de Estados Unidos.
36.
También
resulta llamativo el silencio de otras grandes potencias. Después de todo lo
ocurrido desde 2017 y de la enorme atención mediática internacional, ni China
ni Rusia parecen haber querido entrar de lleno en este juego ni disputar a
Estados Unidos el protagonismo en una posible revelación sobre vida
extraterrestre.
37.
Es
extraño que, si realmente estuviéramos ante algo de semejante importancia,
Washington pareciera llevar casi en solitario la voz cantante. ¿Y si la
explicación fuera mucho más sencilla? Quizá otros actores, con sus propios
servicios de inteligencia, simplemente saben que detrás de todo este ruido no
hay nada extraordinario y, por eso, prefieren no entrar al trapo.
38.
Y
quizá la conclusión más desconcertante sea que el propio Gobierno
estadounidense tampoco tenga las respuestas definitivas sobre este misterio,
porque el fenómeno OVNI podría ser mucho más extraño, escurridizo e inasible de
lo que nuestras expectativas nos permiten imaginar y es posible que su
naturaleza no encaje fácilmente en ninguna de las explicaciones que estamos
acostumbrados a manejar.
JOSE ANTONIO CARAV@CA
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