viernes, 25 de septiembre de 2026

OVNIS vs UAPS: ¿QUÉ HEMOS APRENDIDO REALMENTE DESDE 2017?

 




LA NUEVA NARRATIVA QUE LLEGÓ PARA QUEDARSE

Cuando The New York Times publicó en diciembre de 2017 la existencia del programa AATIP y difundió los famosos vídeos Tic Tac, Gimbal y GoFast, parecía que Estados Unidos iniciaba una investigación destinada a aclarar, de una vez por todas, uno de los mayores enigmas de la historia reciente. Incluso cambió el lenguaje para empezar desde cero. Los tradicionales OVNIs pasaron a denominarse UAP (fenómenos anómalos no identificados), una terminología que pretendía desvincular el asunto de las connotaciones y estigmas que había arrastrado durante décadas. Nadie podía imaginar un mejor arranque para aquella nueva etapa que contar con material OVNI de primer nivel proporcionado por el Departamento de Defensa.

Pero han pasado nueve años desde aquel momento y, durante este tiempo, han ocurrido muchas cosas. Se han acumulado testimonios, imágenes, informes y declaraciones; han aparecido nuevos protagonistas y también nuevas instituciones encargadas de estudiar los UAP. Sin embargo, la gran pregunta de fondo continúa prácticamente intacta.

Por eso, quizá haya llegado el momento de detenerse y mirar hacia atrás. Casi una década después de aquel comienzo aparentemente ilusionante, toca hacer balance, recapitular lo ocurrido y observar con cierta distancia qué queda realmente sobre la mesa.

 

¿HEMOS AVANZADO?

Después de un incontable número de mensajes en redes sociales, miles de noticias, cientos de informes oficiales, comparecencias ante el Congreso, algunas leyes, oficinas especializadas y varios denunciantes que aseguran haber tenido acceso a información sensible, la pregunta del millón de dólares sigue sin encontrar respuesta: ¿qué sabe realmente el Gobierno de Estados Unidos sobre los OVNIs? ¿Son vehículos o manifestaciones de inteligencias no humanas (el nuevo eufemismo para no hablar de extraterrestres)?

3.287 días después, con sus respectivas noches, desde aquel gran cambio de rumbo que experimentó la ufología norteamericana, la pregunta sigue abierta: ¿existe realmente información extraordinaria que permanece clasificada?  o por el contrario ¿hemos terminado construyendo un enorme entramado burocrático alrededor de un misterio que, pese a todo, todavía no tiene una respuesta definida?

Después de revisar toda la vorágine de información publicada desde 2017, podemos sacar ya algunas conclusiones. Y la primera quizá nos dé una pista bastante clara de por dónde van los tiros. Si apartamos el entusiasmo, las declaraciones grandilocuentes y las promesas de revelaciones que nunca terminan de llegar, sabemos prácticamente lo mismo sobre los OVNIs que antes de aquel supuesto gran cambio.

Lo que sí ha crecido de forma extraordinaria es todo lo que rodea al fenómeno. Organismos, programas, informes, audiencias, siglas, filtraciones, denunciantes y titulares se han multiplicado hasta crear la sensación de que estamos cada vez más cerca de descubrir algo importante.

Pero quizá esa sea precisamente la trampa. Hemos confundido la cantidad de información con la aparición de nuevas evidencias.

Pero vayamos por partes.


DE LA PRUDENCIA A LA VORÁGINE

En los primeros compases de ese renacer ufológico, el interés de casi todas las partes implicadas se centraba en los vídeos grabados por pilotos de la Marina. Se discutían las velocidades, las maniobras y las posibles explicaciones técnicas. Pero, con el paso del tiempo, el debate empezó a cambiar. Las imágenes daban pie a interpretaciones muy distintas y, después de meses y meses de discusión, resultaba cada vez más difícil avanzar, ya que cada explicación encontraba argumentos a favor y en contra.

Posteriormente le tocó el turno a la oficina gubernamental, la célebre AARO y el foco se trasladó a analizar su papel en todo este entramado. Más tarde cobraron protagonismo los denunciantes y, finalmente, las audiencias en el Congreso terminaron de completar el nuevo escenario sobre el que aterrizaba de plano la nueva ufología. Y aunque parezca contradictorio, poco a poco, los UAP dejaron de ocupar el centro del debate, sin dejar de ser la palabra más utilizada y la moneda de cambio en todas y cada una de las conversaciones.

Pero si lo analizamos, comprobamos que la atención pasó a concentrarse en quienes aseguraban conocer información reservada. A partir de ahí, la historia empezó a seguir un patrón cada vez más reconocible. El debate fue desplazándose hacia otra clase de cuestiones: programas secretos, información clasificada, supuestos materiales no humanos recuperados, testimonios de personas con acceso a información privilegiada y posibles encubrimientos. Aunque estaba sucediendo algo que casi nadie denunciaba. Cada nueva revelación o supuesta aportación a la discusión solo hacía añadir nuevas preguntas al debate, ya que las anteriores interrogantes seguían sin responderse. Por tanto era solo un ejercicio de seguir agrandando la narrativa, pero no se resolvía nada. La expectación y la fascinación por todo lo que rodeaba a los OVNIS acababan tapando lo más importante, conocer exactamente que había de verdad detrás de todo aquello.

Y este punto es clave para entender cómo fue creciendo el relato y en qué dirección, ya que en lugar de cerrar alguna de las cuestiones clave y pasar a la siguiente, solo se añadía una nueva capa sobre la anterior. Una denuncia llevaba a otra, un programa secreto daba paso a otro supuesto programa, y un testimonio abría la puerta a otro confidente, con nuevas afirmaciones. Así, la historia avanzaba acumulando capas, pero sin resolver completamente las que ya estaban sobre la mesa. El resultado es una narrativa cada vez más grande y compleja. La memoria y la crítica suele brillar por su ausencia en estos casos y una nueva promesa basta para olvidar las decepciones anteriores.

Nueve años después, ni siquiera sabemos con certeza qué cargo ocupó Elizondo en AATIP; de los tres vídeos más famosos, solo uno ha recibido una explicación oficial (y es la más prosaica posible), mientras los otros dos siguen abiertos; la oficina creada por el Pentágono para investigar OVNIs, la AARO, lleva más de dos años sin poder resolver ni siquiera su propia estructura interna. Sean Kirkpatrick, su director fundador, dejó el cargo en diciembre de 2023, y a mediados de 2026 todavía no se había confirmado un director permanente, una vacante que ha generado críticas de los defensores de la transparencia UAP en el Congreso, quienes argumentan que AARO no puede cumplir su mandato sin un liderazgo estable y permanente. Pero hay más. La oleada de drones registrada en Nueva Jersey entre 2024 y 2025, aunque las autoridades explicaron algunos avistamientos como simples confusiones con aeronaves convencionales, numerosos casos continuaron sin respuesta, incluidos informes sobre grandes agrupaciones de objetos. Más. Un fragmento metálico estudiado por el Oak Ridge National Laboratory y promovido por la investigadora Linda Moulton Howe generó resultados interesantes, pero no permitió demostrar su origen ni aclarar completamente sus características. La investigación aportó datos, aunque no una conclusión definitiva. Y finalmente Grusch sigue sin aportar una sola prueba material de sus afirmaciones, mientras acumula nuevos cargos y nuevas comparecencias. Hasta la fecha, nada de lo expuesto anteriormente ha sido explicado o resuelto.

Es como investigar un robo de joyas y, en lugar de intentar descubrir quién cometió el delito, la policía se dedicara a acumular nuevas preguntas e informaciones sin resolver ninguna. ¿Cómo entraron en el edificio? ¿Cuántas personas participaron en el robo? ¿Qué vehículo utilizaron para huir? ¿Qué muestran las cámaras de seguridad? Cada nueva pista parece acercarnos a la solución, pero la policía nunca ofrece respuestas a nada, se barajan varias hipótesis de como entraron los cacos, se hablan de decenas de modelos de coche, y nadie muestra una imagen clara de video. La policía se limita a convocar ruedas de prensa, presentar nuevos datos y anunciar que la investigación continúa. Mientras tanto, el culpable sigue sin aparecer y las joyas tampoco. Y, sin embargo, la sensación que se transmite a la ciudadanía es que la policía está más cerca que nunca de atraparlo.

 

LOS DENUNCIANTES: “LO SE TODO PERO… NO ME DEJAN CONTARLO”

Como hemos comprobado, los denominados whistleblower (denunciantes) comenzaron a ocupar un lugar cada vez más destacado en el revival ufológico reciente. Antiguos militares, funcionarios y gente vinculada a la inteligencia empezaron a aparecer asegurando que conocían información  privilegiada que permanecía fuera del alcance del público, hablaban de programas secretos, operaciones de recuperación de artefactos no humanos, materiales desconocidos o supuestos datos que, según ellos, podían cambiar por completo nuestra visión del fenómeno OVNI. El problema era que casi siempre aparecía el mismo obstáculo, ellos aseguraban que sabían que todo esto era cierto, pero no podían demostrarlo. Habían visto documentos, habían participado en programas o habían recibido información de primera mano, pero las pruebas que podían respaldar sus afirmaciones seguían clasificadas, no estaban bajo su control o no podían hacerlas públicas. De este modo, el relato empezó a apoyarse cada vez más en una curiosa paradoja. La persona que garantizaba conocer la verdad se convertía en la prueba de que esa verdad existía, aunque no pudiera enseñarla. Ese cambio también modificó quién marcaba el ritmo de la historia. Durante décadas la investigación ufológica recayó sobre las espaldas de investigadores civiles que recopilaban casos sobre el terreno. En la nueva etapa UAP esa figura perdió protagonismo frente al denunciante que afirma haber trabajado en programas clasificados o haber tenido acceso a documentación restringida. El conocimiento dejó de apoyarse en la investigación abierta para depender de información que el público no puede comprobar directamente.

Pero había otro elemento que ayudó a cambiar por completo el interés del público. Después de décadas escuchando hablar de avistamientos, informes, fotografías dudosas y testimonios que venían sin una evidencia bajo el brazo, la expectativa general había cambiado. Tanto el público como los medios estaban cansados. A estas alturas de la película, nadie quería prestar atención a las mismas retahílas de siempre. Ya no parecía suficiente con conocer un nuevo informe o un nuevo caso OVNI. Mucha gente quería saltarse todos los pasos intermedios y llegar directamente al final de la historia, conocer de primera mano si el Gobierno tenía realmente un platillo volante guardado en algún hangar o incluso el cuerpo de un alienígena en el Área 51. Esa posibilidad resultaba mucho más fascinante  y atractiva que cualquier aburrido documento o informe. Era una idea casi hipnótica, pensar que, en algún lugar, podía existir una prueba física definitiva del fenómeno. ¿Por qué perder el tiempo entonces en migajas?

Y ahí se produjo algo curioso. La promesa de esa gran revelación empezó a resultar mucho más seductora que las evidencias concretas que podían comprobarse. Un antiguo funcionario que aseguraba conocer la existencia de esos materiales podía despertar mucho más interés que cien páginas de documentos, por muy interesantes que estos fueran. Poco a poco, el informe OVNI fue perdiendo protagonismo y empezó a importar el relato del confidente: en lo que decía saber o, en la mayoría de las ocasiones, en lo que aseguraba que otros le habían contado. Así, la búsqueda del platillo volante, de los restos de una nave o incluso de un extraterrestre fue ganando terreno frente a las pruebas más pequeñas y menos espectaculares. Nadie quería una pequeña porción del pastel, si podía comerse toda la tarta.

Las audiencias celebradas en el Congreso reforzaron esa transformación en el imaginario colectivo de los seguidores del fenómeno OVNI. Las comparecencias en una sala oficial, rodeada de políticos, militares y funcionarios, transmitía una sensación de importancia y seriedad que llevaba a cierto engaño. Y aquí aparece otra de las claves de esta nueva etapa. Una audiencia puede no aportar ningún dato nuevo ni presentar una sola prueba que permita avanzar en la investigación y, aun así, generar la sensación de que algo importante está ocurriendo y de que se está avanzando. Pero hay un detalle que solemos olvidar, un congresista no tiene por qué saber de OVNIS. Puede asistir a una reunión privada, ver unos vídeos desconcertantes o escuchar a un militar contar algo extraordinario y quedar realmente impresionado. Pero estar sorprendido no significa saber qué está viendo. No es su medio, ni está habituado a analizar estas informaciones. Y de hecho, puede quedar más asombrado que un simple seguidor puesto que cualquier cosa le puede parecer extraña. Además, el político es muy probable que valore la información según la autoridad de quien se la presenta: si se la cuenta un piloto militar o alguien de inteligencia, es lógico que tienda a darle credibilidad. Pero eso no convierte automáticamente el relato en una prueba. Por eso, cuando un congresista dice que ha visto algo «impactante» o que ha escuchado testimonios «muy convincentes», deberíamos preguntarnos no solo qué le han enseñado, sino también si está en condiciones de interpretarlo correctamente. Porque tener acceso a información reservada no significa necesariamente saber distinguir un misterio real de una explicación mucho más sencilla.

Paralelamente a estos grupos de trabajo políticos, también se consolidó una oficina permanente para ocuparse de los UAP, la AARO. Pero su trayectoria ha estado marcada desde el principio por los cambios, las reorganizaciones y las polémicas. En lugar de convertirse en una máquina capaz de aportar respuestas claras sobre los casos estudiados, la propia oficina ha terminado generando buena parte de la discusión. Sus informes, sus conclusiones, sus limitaciones y hasta sus enfrentamientos con algunos denunciantes e investigadores han provocado nuevas controversias.

Mientras tanto, se fueron creando procedimientos administrativos, nuevas normas y legislación específica para estudiar los UAP. Es decir, se construyó toda una imponente estructura oficial alrededor del fenómeno. Pero cuanto más crecía ese edificio, más delatador resultaba que las respuestas concretas siguieran siendo escasas.  Los UAP, y aquí encaja buena parte de lo que hemos venido explicando, dejaron poco a poco de ser vistos únicamente como un asunto relacionado con la ciencia. Empezaron a entrar en otro terreno mucho más sensible, el de la seguridad nacional. Ya no se trataba solo de averiguar qué eran aquellos objetos, sino de saber si podían representar una amenaza, si podían estar relacionados con tecnologías extranjeras o si suponían algún riesgo para las operaciones militares. Y esto explica muchas cosas…


UNA TRAMPA LLAMADA “UAP”

¿Y si todo lo ocurrido desde 2017 pudiera interpretarse de otra manera? Si dejamos por un momento a un lado el ruido mediático, las grandes declaraciones y las expectativas de una revelación inminente, se empieza a percibir que detrás de todo este proceso podría existir una dirección bastante definida, orientada hacia un objetivo concreto. Y lo interesante es que esa intención ya podía apreciarse desde el principio.

El cambio de lenguaje encerraba una trampa. La palabra “OVNI” fue erradicada del discurso oficial y fue sustituida por “UAP”. A su alrededor comenzaron a hacerse habituales otros términos como “anomalías”, “sensores”, “riesgo” o “seguridad nacional”. No parece que fuera solo una cuestión de vocabulario. Esta nomenclatura sirvió de base para construir la nueva narrativa que ya no giraba tanto alrededor de los OVNIs, sino en los problemas de inteligencia, militar o de estado que podían originar. El revuelo del AATIP en las páginas del New York Times alertaron al Departamento de Defensa y a diversas agencias de inteligencia que existía un punto ciego en su control del espacio aéreo. El problema era bastante sencillo. Durante años, muchos pilotos militares y otros profesionales evitaban informar de objetos que no podían identificar por miedo a ser ridiculizados por hablar de OVNIs. En otras palabras, podían estar viendo algo que no sabían qué era y preferían no comunicarlo antes que enfrentarse al estigma. Pero, en un momento clave en el que los drones y otras aeronaves no tripuladas estaban adquiriendo cada vez más importancia, aquello podía convertirse en un problema realmente serio. Desde el punto de vista militar, daba igual inicialmente si el objeto era un «platillo volante», un dron, un globo o simplemente una aeronave convencional mal identificada. Lo importante era saber qué estaba entrando en el espacio aéreo, quién lo operaba y si suponía algún riesgo. Si un piloto no informaba de una intrusión porque temía que sus compañeros pensaran que había visto un OVNI, el sistema de vigilancia perdía información que podía resultar relevante. Y ahí es donde el fenómeno empezó a verse de otra manera. No porque hubieran aparecido pruebas de naves extraterrestres, sino porque saber qué eran aquellos objetos que los militares no podían identificar empezó a considerarse un asunto de seguridad.


¿QUO VADIS?

Después de casi una década siguiendo la evolución de esta historia resulta inevitable preguntarse hacia dónde conduce todo este proceso. El análisis de cientos de documentos, informes oficiales, comparecencias y declaraciones permite señalar algunas tendencias.

La primera es que cada vez parece menos probable una revelación definitiva. La saturación lleva al hartazgo, y es posible que el interés social y mediático acabe disminuyendo en poco tiempo.

Desde 2017 la historia no ha avanzado de la manera que se esperaba, ya que pese a algunos aportes interesantes, en líneas generales, para el revuelo ocasionado todo parece insustancial. Que el debate sobre el fenómeno haya ganado puntos en el escalafón de la respetabilidad está muy bien, pero si esto no viene acompañado de resultados, no se habrá ganado mucho más. Y es que este punto es importante. Pese al ruido, todo el material desclasificado o hecho público desde 2017 hasta el presente no se ha puesto sobre la mesa ningún caso o evidencia que reúna la alta extrañeza que ha caracterizado históricamente a la casuística OVNI. Aparecen vídeos, fotografías, informes y registros de sensores que pueden, a primera vista, resultar interesantes o difíciles de identificar, pero casi siempre permanecen dentro de un rango de posibilidades en el que es posible plantear explicaciones convencionales: un globo de cumpleaños, una nube, una bandada de pájaros, un avión, un dron o un curioso efecto óptico provocado por los sistemas infrarrojos o nocturnos que los registran. No aparece ni una sola imagen que obligue a salir de ese terreno de confort y que presente unas características tan extraordinarias que las explicaciones habituales empiecen a resultar claramente insuficientes. En otras palabras, falta el caso que rompa la baraja. Y esto resulta especialmente llamativo si lo comparamos con la ufología de las décadas pasadas, donde abundaban relatos y episodios con elementos de extrañeza mucho más acusados: objetos extraños en forma de naves espaciales con ventanas y antenas o desconcertantes aterrizajes a plena luz del día de estos artefactos donde se observaban  incluso a sus ocupantes. Nada de esto aparece por ningún lado. Todo lo contrario ahora mismo en plena era de desarrollo de aviones no tripulados o drones, se nos habla precisamente de la grabación de supuestos drones extraterrestres…

Y llegamos a una conclusión. Todo el material UAP que ha llegado al público desde 2017 parece moverse deliberadamente dentro de una zona ambigua y confortable. La nueva narrativa sobre los UAP parece haber creado una especie de «anomalía controlada». Se reconoce oficialmente que hay una serie de fenómenos extraños que todavía no sabemos explicar, lo que mantiene vivo el misterio. Pero, al mismo tiempo, se insiste en que podrían tener explicaciones muy distintas y que no hay nada que obligue a pensar en algo extraordinario. Esta situación permite justificar el gasto en defensa y, además, construir una narrativa que puede resultar útil en distintos ámbitos, desde la política hasta la defensa o la inteligencia. Se mantiene así el interés por los UAP, pero dentro de unos límites bastante cómodos y controlables.

Parece claro que hay intereses en no ofrecer una explicación definitiva. Todo apunta a que los UAP acabarán formando parte de manera permanente del sistema de seguridad nacional.


¿HASTA DONDE LLEGARA ESTE PROCESO?

Pero este modelo también tiene un problema, ya que no se puede mantener el interés de los medios y la opinión pública para siempre. Durante un tiempo puede funcionar que aparezca un nuevo denunciante, alguien que asegure haber visto algo extraordinario o que diga que existen pruebas que todavía no puede enseñar. Pero este sistema puede colapsar. El inconveniente aparece cuando pasan los años y seguimos en el mismo punto. Las promesas se acumulan, pero las pruebas no aparecen. Y llega un momento en que ya no basta con decir que «vamos a conocer pronto más información» o que «todo se sabrá algún día». En algún momento habrá que enseñar las cartas y demostrar que todo lo que se ha venido anunciando durante años era cierto. Porque, si no, llegará un momento en que mucha gente empezará a pensar que, después de tanto ruido, quizá no haya ningún gran secreto escondido bajo la alfombra. Si, ni los políticos, ni los denunciantes, ni la prensa, ni siquiera el propio presidente Donald Trump han conseguido abrir la caja de Pandora después de una presión como pocas veces se ha visto, quizá haya que empezar a contemplar una posibilidad bastante más decepcionante, que, sencillamente, no hay ningún gran secreto que ocultar.

La AARO es un claro ejemplo de estos bucles que pueden acabar colapsando. La historia de esta oficina ha estado marcada por problemas, cambios, puestos vacantes durante largos periodos y críticas tanto dentro como fuera de la propia institución. Entonces, ¿por qué sigue existiendo? Quizá porque cerrarla tendría un coste de credibilidad para muchos implicados. Para el Departamento de Defensa, eliminar la oficina y decir oficialmente que no hay nada que investigar podría interpretarse como una forma de reconocer que, en realidad, sí había algo que ocultar. Para los políticos que impulsaron su creación, admitir que después de tantos años no se ha llegado a ninguna conclusión sería reconocer que el esfuerzo no ha dado los resultados esperados. En definitiva, la AARO puede haber terminado atrapada en una curiosa situación. Sobrevive a duras penas no porque sea una estructura especialmente cómoda o útil para quienes trabajan en ella, sino porque nadie con capacidad para cerrarla quiere asumir el coste de hacerlo.


¿EL GRAN CAMBIO?

Es posible que, aunque a muchos aficionados a los OVNIS les cueste imaginarlo, el objetivo de todo este proceso emprendido por las autoridades norteamericanas nunca haya sido demostrar que existe una inteligencia no humana detrás de estas manifestaciones. Quizá el cambio más importante ya se haya producido detrás de las bambalinas. En 2017 hablar oficialmente de OVNIs seguía siendo una excepción dentro de las instituciones estadounidenses y esto implicaba un punto ciego de información sensible que se escapaba del control de la seguridad nacional. Hoy existen oficinas permanentes, legislación específica, procedimientos administrativos y audiencias parlamentarias dedicadas exclusivamente a los UAP. Independientemente de lo que sean realmente los UAP, el cambio es evidente: Estados Unidos no solo vigila hoy mucho más su espacio aéreo que en 2017. También tiene mucho más control sobre la información que genera ese fenómeno y sobre la manera en que llega al público.

Además, a ese interés inicial por la seguridad nacional se han ido sumando otros posibles intereses. En el ámbito político puede existir interés por recuperar capacidad de control sobre las agencias de inteligencia; en Defensa, por justificar nuevos gastos, tecnologías y programas; y en los servicios de inteligencia, por averiguar las capacidades de vigilancia de otras potencias.

Y quizá el futuro más factible no sea una gran revelación al estilo Disclosure Day, sino algo mucho menos ilusionante. En definitiva, los UAPs se convertirán en un asunto más dentro de la burocracia, la inteligencia y la seguridad nacional. Rutina.

¿Y qué queda entonces de las preguntas clave que llevamos décadas haciéndonos? ¿Existen realmente OVNIS de origen desconocido que no puedan explicarse con ninguna tecnología o fenómeno conocido? ¿Hay, como se ha afirmado en numerosas ocasiones, platillos volantes o restos de aeronaves de origen no humano en poder de Estados Unidos? ¿Se han recuperado realmente materiales o incluso cuerpos que puedan demostrar ese origen? ¿Existe algún programa secreto dedicado a estudiar o reproducir esa tecnología?


¿QUÉ OCULTA REALMENTE EL GOBIERNO DE ESTADOS UNIDOS SOBRE OVNIS?

Para evitar confusiones y malentendidos, hay algo que parece difícil de discutir a estas alturas, y es que el Gobierno estadounidense, o algunos de sus sótanos más secretos y blindados, sabe mucho más sobre los UAP de lo que ha contado públicamente. Los propios organismos oficiales reconocen la existencia de datos clasificados, registros obtenidos mediante sensores avanzados e informes cuyo contenido permanece restringido por razones de seguridad nacional. La cuestión no es si existe información reservada, sino qué contiene realmente. Y aquí empiezan las incertidumbres.

Nuestras propias expectativas pueden convertirse además en un obstáculo para aceptar una respuesta que no encaje con lo que esperábamos encontrar. Después de tantos años imaginando que, tarde o temprano, aparecería una explicación concreta y definitiva, resulta difícil asumir que quizá la realidad sea mucho más ambigua. Queremos una respuesta clara y cerrada, pero puede que el fenómeno sea bastante más extraño y difícil de encajar de lo que estamos dispuestos a aceptar. Hasta el punto de que ni siquiera el enorme aparato de inteligencia, científico y tecnológico de Estados Unidos parece haber conseguido meterlo por completo dentro de una explicación satisfactoria.

¿Y si, después de todo, no hay platillos volantes escondidos en hangares subterráneos ni cuerpos de extraterrestres guardados en refrigeradores?

Hasta el momento podemos confirmar la existencia de programas muy compartimentados dedicados al estudio de incidentes anómalos y, probablemente, de materiales cuya naturaleza no ha sido explicada públicamente. Pero dar el salto desde esa realidad hasta afirmar que Estados Unidos conserva naves extraterrestres o cuerpos de origen no humano es otra cuestión. Y aquí aparece una paradoja. Mientras aumentan las declaraciones sobre supuestos programas de recuperación de tecnología no humana, siguen sin aparecer pruebas materiales que puedan ser examinadas de forma independiente. Desde David Grusch hasta otros antiguos funcionarios y militares, las afirmaciones son cada vez más extraordinarias, pero los materiales que supuestamente las demostrarían continúan fuera del alcance del público y de la comunidad científica. Eso no significa que todos esos testimonios deban descartarse. Muchos de sus protagonistas ocuparon puestos relevantes dentro del aparato de seguridad estadounidense y algunos declararon bajo juramento ante el Congreso. Pero un testimonio, por convincente que resulte, sigue siendo un testimonio.

Después de nueve años de presión política, mediática y legislativa, cabe hacer una reflexión bastante sencilla. Si el Gobierno estadounidense conservara desde hace décadas varias naves de origen inequívocamente no humano y restos biológicos, sería razonable esperar que, en algún momento, hubiese aparecido al menos un elemento público capaz de cambiar para siempre el debate. Hasta ahora no ha ocurrido. Han aumentado las investigaciones, las oficinas, las declaraciones y las iniciativas legislativas, pero no las pruebas disponibles.

Eso no significa que la realidad tenga que reducirse a las dos posiciones habituales: creer que existen platillos extraterrestres escondidos en algún hangar o pensar que todo es un invento. Es perfectamente posible que Estados Unidos disponga de mucha más información clasificada de la que conocemos, que haya recuperado objetos cuyo origen no ha podido determinar y que existan programas muy restringidos destinados a estudiar materiales de procedencia desconocida. Lo que no podemos afirmar con la misma seguridad es que todo eso tenga un origen extraterrestre. Podría tratarse de tecnología de otros países, nuevos sistemas de propulsión, prototipos militares estadounidenses o materiales desarrollados en programas que todavía permanecen bajo secreto. También cabe la posibilidad de que parte de la información haya sido malinterpretada, exagerada o incluso utilizada deliberadamente para desinformar. Una agencia de inteligencia podría, por ejemplo, alimentar una explicación extraterrestre para desviar la atención de un programa confidencial.

Y aquí aparece otro detalle que quizá no deberíamos pasar por alto. Estados Unidos ha llevado prácticamente todo el peso de la nueva narrativa sobre los UAP, generando una enorme atención mediática, mientras otras grandes potencias, como China o Rusia permanecen al margen. Si realmente existiera una evidencia inequívoca de vida extraterrestre o de tecnología no humana operando en nuestro planeta, ¿por qué iba Estados Unidos a tener el privilegio de anunciarla primero? En una carrera geopolítica, cualquier nación intentaría llevarse una exclusiva semejante. Sin embargo, los demás actores internacionales parecen no tener demasiada prisa. ¿Será porque no tienen nada que decir? ¿O porque detrás de todo este ruido no hay nada extraordinario que anunciar?

Después de nueve años de investigaciones, el principal interrogante quizá ya no sea únicamente qué son los OVNIS. La cuestión es saber cuánto conocimiento real existe detrás de ese enorme volumen de información clasificada y cuánto procede de interpretaciones construidas a partir de datos parciales, creencias o desinformación.

Y aquí aparece otro elemento que puede cambiar bastante la forma de mirar todo lo ocurrido. Algunos de los denunciantes y protagonistas de esta historia ya estaban interesados en la ufología y los fenómenos paranormales antes de entrar en contacto con determinados organismos o convertirse en testigos, denunciantes o confidentes de terceros. Además, varios se conocían entre ellos precisamente por ese interés. Esto plantea una duda legítima: ¿estamos ante personas que realmente tuvieron acceso a información extraordinaria o ante individuos que interpretaron determinados hechos desde unas creencias que ya tenían previamente?

Incluso si existió una campaña de desinformación, cabe preguntarse si algunos de sus protagonistas fueron elegidos precisamente por su interés en estos temas. Y si realmente participaron en programas confidenciales, ese interés previo también pudo influir en la forma de interpretar aquello que vieron o supieron. Separar lo que una persona sabe de lo que cree saber puede ser, en este contexto, mucho más complicado de lo que parece.

La historia reciente demuestra que el Gobierno estadounidense sabe más de lo que ha contado. Lo que todavía no demuestra es que ese conocimiento conduzca necesariamente a un hangar y a un platillo volante custodiado bajo siete llaves.

Y aquí vuelve a cobrar importancia el cambio de «OVNI» a «UAP». No se trataba simplemente de sustituir una palabra por otra para evitar el viejo estigma asociado a los platillos volantes. También cambió el marco desde el que se analizaba el fenómeno. Un OVNI se asociaba fácilmente con algo «fuera de este mundo». Un UAP, en cambio, podía ser un dron, un prototipo, una aeronave extranjera, un fenómeno atmosférico o cualquier otra cosa que los sensores o los pilotos no hubieran conseguido identificar.

Desde 2017, el Departamento de Defensa y los servicios de inteligencia empezaron a tomarse en serio ese problema de fondo ya señalado: cuántos avistamientos se quedaban sin comunicar por el estigma asociado a la palabra «OVNI», y qué podía esconderse precisamente detrás de esos silencios, desde incursiones reales de drones hasta aeronaves de potencias extranjeras en espacios restringidos.

Por eso, uno de los grandes cambios de estos últimos años no ha sido necesariamente descubrir qué son los OVNIS, sino conseguir, al menos desde 2019, que aquello que no puede identificarse se comunique y se investigue con normalidad. El fenómeno dejó de abordarse principalmente como una cuestión relacionada con «marcianitos verdes» y empezó a tratarse como un problema de defensa, inteligencia y seguridad nacional. Y este cambio ayuda a entender por qué la narrativa UAP ha seguido un camino muy distinto al de la ufología clásica.

Al final, después de tanto ruido, da la impresión de que hemos estado mirando hacia donde nos señalaban. El terremoto mediático ha sido enorme, pero quizá no nos ha ayudado a acercarnos a la pregunta fundamental. Hemos hablado de programas secretos, supuestos encubrimientos, tecnología no humana e incluso cuerpos recuperados. Pero seguimos sin tener una respuesta clara a la cuestión más básica: ¿qué son realmente los OVNIS?

 

EL VERDADERO FENÓMENO OVNI

Hay otro dato que rara vez entra en el debate y que, sin embargo, debería inquietarnos casi tanto como los propios avistamientos: la ausencia de una postura clara por parte del resto del planeta. Ya sea por desconocimiento, indiferencia, temor o simple incapacidad, que ningún otro país haya liderado su propia narrativa sugiere que el fenómeno OVNI quizá desborde nuestras categorías científicas y culturales actuales. Puede que los gobiernos no callen por complicidad ni por unanimidad, sino porque no saben cómo interpretar aquello que están observando o estudiando.

A diferencia de otras amenazas o descubrimientos, estas manifestaciones no encajan en ninguna casilla conocida: ni son una amenaza militar convencional, ni un avance tecnológico identificable, lo que hace casi imposible gestionarlas dentro de estructuras estatales tan rígidas como las tradicionales. El riesgo de generar confusión, pánico o desconfianza institucional podría explicar por qué tantos gobiernos han optado por dar un paso atrás y actuar como si no ocurriera nada.

Tampoco ayuda que el propio método científico esté diseñado para estudiar fenómenos medibles, replicables y bien delimitados, por lo que tiende a incomodarse —o directamente a descartar— todo lo que no puede reproducirse en un laboratorio o cuyas implicaciones hacen saltar por los aires los marcos de comprensión vigentes. Un fenómeno que pulveriza las leyes de la física conocidas, que no responde a patrones inteligibles o que arrastra un inquietante componente psicológico y hasta simbólico, se acerca más al terreno de lo filosófico —incluso de lo sobrenatural— que al puramente tecnológico. Y eso, sencillamente, desarma y asusta a los gobiernos.

Por eso, el mutismo de la mayoría de los países no debería leerse solo como desinterés o subordinación a Estados Unidos, sino como síntoma de una incertidumbre global ante algo que, de momento, no encaja en ninguna parte y que muchos prefieren evitar. De hecho, se tiene constancia de investigaciones oficiales realizadas en distintos rincones del mundo, aunque es muy probable que no hayan arrojado los resultados esperados, precisamente por la naturaleza esquiva y profundamente anómala de estos fenómenos.

Lo poco que sabemos con certeza es que los OVNIs remiten a una realidad más profunda y compleja de lo que nuestras herramientas actuales pueden abarcar. Incluso Estados Unidos, pese a su papel predominante en toda esta historia, parece no tener una comprensión completa del asunto, lo que explicaría buena parte de la confusión que lo rodea.

Quizá el error de fondo sea seguir pensando el fenómeno en términos de «naves» o «seres», tal y como los imaginamos. Podría tratarse, en cambio, de algo que se manifiesta de forma ambigua, errática o incluso adaptativa, y frente a lo cual muchos gobiernos simplemente no saben cómo actuar —o prefieren no lidiar con sus implicaciones culturales, religiosas, filosóficas y militares—. Esa posibilidad explicaría, mejor que cualquier teoría de la conspiración, la falta de una acción internacional coordinada.

Y cabe otra razón, no excluyente: que tras décadas de investigación, muchos gobiernos hayan llegado a una conclusión incómoda. Que, pese a la innegable realidad del fenómeno, detrás de él no haya ni una tecnología recuperable, ni un interlocutor identificable, ni una vía clara de explotación científica o militar. Que se trate, en definitiva, de algo observable pero no utilizable; presente pero no controlable; real pero no instrumentalizable. Y que, ante eso, la opción más cómoda sea sencillamente darle carpetazo.



CLAVES PARA ENTENDER EL PROCESO “UAP 2017”

1.    Desde 2017, la inteligencia estadounidense y el Departamento de Defensa se dieron cuenta de que probablemente había muchos más incidentes con aeronaves desconocidas de los que llegaban a los canales oficiales.

2.    El estigma asociado a los OVNIS hacía que pilotos y militares evitaran informar de ellos, lo que podía ocultar incursiones reales de drones, aviones no tripulados o aeronaves extranjeras en espacios restringidos

3.     Por eso, uno de los grandes cambios de estos últimos años ha sido que esta información comenzó a comunicarse y circular con mucha más normalidad, desde 2019, dentro de los organismos de seguridad.

4.    Desde 2017 ha crecido mucho más el relato sobre los UAP que lo que realmente sabemos sobre ellos.

5.    Poco a poco, el fenómeno ha quedado en segundo plano y ha ganado protagonismo la historia que se ha construido alrededor de él.

6.    Al principio se hablaba de objetos, vídeos, fotografías y datos de sensores. Después, la conversación se desplazó hacia programas secretos, denunciantes y testimonios.

7.    Cada vez importa más quién cuenta algo que las pruebas que puede aportar.

8.    El investigador civil ha perdido protagonismo frente al whistleblower (denunciante) que asegura haber tenido acceso a información reservada.

9.    El problema es que la información de los denunciantes no puede ser comprobada por el público.

10.                          Desde 2017 se han ido acumulando preguntas: AATIP, los vídeos, los programas secretos, las supuestas recuperaciones, Grusch, los materiales, los restos biológicos… pero muchas de estas cuestiones siguen sin resolverse.

11.                          La historia se hace cada vez más grande, pero eso no significa que sepamos más.

12.                          El sistema funciona, en buena medida, con la promesa de que la gran revelación llegará en la próxima ocasión.

13.                          Cada nueva filtración, audiencia o denunciante vuelve a disparar las expectativas, aunque las promesas anteriores sigan sin demostrarse.

14.                          El secreto se ha convertido en una pieza fundamental del relato. Como no podemos ver las pruebas, se nos dice que están clasificadas.

15.                          Y aquí aparece una paradoja porque la falta de pruebas puede terminar utilizándose como argumento para decir que las pruebas están ocultas.

16.                          Las audiencias políticas pueden aumentar enormemente la percepción de importancia del fenómeno sin aportar necesariamente evidencias nuevas.

17.                          Los UAP han dejado de ser solamente un asunto relacionado con los OVNIs y han pasado a formar parte también de la agenda de seguridad nacional de Estados Unidos.

18.                          El cambio de OVNI a UAP no fue solo un cambio de nombre. También cambió la forma de abordar el fenómeno, especialmente desde el ámbito de Defensa.

19.                          Es posible que Estados Unidos tenga mucha más información clasificada sobre determinados incidentes OVNIS de la que conocemos.

20.                          Pero una cosa es que haya información secreta y otra muy distinta que esa información demuestre la existencia de naves extraterrestres en su poder.

21.                          Que un militar, funcionario o antiguo miembro de una agencia diga algo importante no convierte automáticamente su testimonio en una prueba.

22.                          Cuanto más extraordinaria sea una afirmación, más sólida debería ser la prueba que la respalde.

23.                          La nueva narrativa UAP parece haber creado una especie de anomalía controlada, con fenómenos suficientemente extraños como para mantener abierto el misterio, justificar la intervención del Estado e incluso el gasto en su investigación, pero nunca tan extraordinarios como para obligarnos a abandonar por completo las explicaciones convencionales.

24.                          Después de casi diez años, las grandes afirmaciones han crecido mucho más rápido que las pruebas que podemos comprobar.

25.                          Si realmente existieran desde hace décadas numerosas naves extraterrestres y restos biológicos identificados, sería razonable esperar que hubiera aparecido alguna prueba pública capaz de cambiar definitivamente el debate. Hasta ahora no ha ocurrido.

26.                          Los materiales o tecnologías desconocidas podrían tener otros orígenes: tecnología extranjera, proyectos militares estadounidenses u otros fenómenos que todavía no sabemos identificar.

27.                          También es posible que parte de la información esté mezclada con rumores, errores de interpretación o desinformación.

28.                          Incluso cabe plantear una posibilidad más incómoda ya que algunas historias sobre extraterrestres puedan servir como una cortina de humo para ocultar programas militares o de inteligencia reales.

29.                          Por tanto, el secreto puede estar ocultando algo importante sin que necesariamente sean extraterrestres.

30.                          La pregunta debería ser también cuánto de todo este relato está basado en hechos comprobables y cuánto procede de interpretaciones construidas sobre información incompleta, desinformación o creencias personales.

31.                          El sistema UAP puede seguir funcionando durante mucho tiempo sin resolver el misterio, porque ha entrado una dinámica de automatismos, más oficinas, más presupuestos, más sensores, más informes y más legislación.

32.                          En otras palabras, el misterio puede haberse convertido en una estructura administrativa permanente.

33.                          Estamos atrapados en un peligroso bucle: cada cierto tiempo aparece nueva información, pero muchas de las preguntas anteriores siguen sin respuesta. Acumulamos documentos, testimonios e investigaciones, pero apenas resolvemos interrogantes.

34.                          Quizá el gran cambio desde 2017 no haya sido demostrar la existencia de los UAPs, sino convertir la incertidumbre en algo institucional y permanente.

35.                          El gran éxito de la nueva era UAP quizá no haya sido demostrar qué hay detrás de los OVNIs, sino conseguir que el misterio se convierta en una parte permanente de la maquinaria política, militar y administrativa de Estados Unidos.

36.                          También resulta llamativo el silencio de otras grandes potencias. Después de todo lo ocurrido desde 2017 y de la enorme atención mediática internacional, ni China ni Rusia parecen haber querido entrar de lleno en este juego ni disputar a Estados Unidos el protagonismo en una posible revelación sobre vida extraterrestre.

37.                          Es extraño que, si realmente estuviéramos ante algo de semejante importancia, Washington pareciera llevar casi en solitario la voz cantante. ¿Y si la explicación fuera mucho más sencilla? Quizá otros actores, con sus propios servicios de inteligencia, simplemente saben que detrás de todo este ruido no hay nada extraordinario y, por eso, prefieren no entrar al trapo.

38.                          Y quizá la conclusión más desconcertante sea que el propio Gobierno estadounidense tampoco tenga las respuestas definitivas sobre este misterio, porque el fenómeno OVNI podría ser mucho más extraño, escurridizo e inasible de lo que nuestras expectativas nos permiten imaginar y es posible que su naturaleza no encaje fácilmente en ninguna de las explicaciones que estamos acostumbrados a manejar.






JOSE ANTONIO CARAV@CA

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