jueves, 1 de octubre de 2026

FREÍR MENTES: EL ARTE DE HACER CREER LO IMPOSIBLE

 




En diciembre de 2017, The New York Times publicó una exclusiva firmada por Helene Cooper, Ralph Blumenthal y Leslie Kean que sacudió el mundo de los OVNIs. El reportaje revelaba la existencia de un programa secreto del Pentágono, el AATIP (Advanced Aerospace Threat Identification Program), que había investigado durante años diferentes fenómenos aéreos anómalos. La información no llegaba acompañada de las habituales historias de conspiraciones, supuestos contactados o fotografías de dudosa procedencia, sino de documentos, vídeos militares, testimonios de pilotos de la Marina y la confirmación de que el propio Departamento de Defensa había destinado recursos a estudiar aquellos incidentes. El mensaje resultaba tan llamativo como prudente. Nadie afirmaba que se tratara de naves extraterrestres.

Por primera vez en décadas, la cuestión OVNI entraba por la puerta grande de la prensa internacional. El estigma parecía quedar momentáneamente aparcado. El todopoderoso Pentágono reconocía que existían episodios OVNIs lo bastante relevantes como para merecer una investigación oficial. La exclusiva abrió, además, una enorme expectativa. Muchos interpretaron aquel momento como el comienzo de una nueva etapa en la que, por fin, los OVNI serían sometidos a un riguroso estudio sistemático para descubrir su naturaleza. Parecía que después de décadas de silencio, burlas y expedientes archivados, el misterio podía estar a punto de ser abordado de una manera completamente diferente.

Pero aquel diciembre de 2017 también inauguró algo que, visto con perspectiva, resultaría mucho más complejo. Nueve años después, la prometida normalización del fenómeno OVNI no solo no ha conducido a una explicación definitiva, sino que a acabado en una sucesión cada vez más desconcertante de declaraciones, testimonios y revelaciones procedentes de algunos de los protagonistas de esta nueva narrativa. El prudente «no sabemos lo que son» que acompañó aquella exclusiva del New York Times parece hoy muy lejano.

En apenas unos años, el discurso ha ido incorporando afirmaciones extraordinariamente más ambiciosas, desde quienes aseguran que Estados Unidos estaría inmerso en una guerra secreta contra supuestos seres «reptilianos», hasta quienes sostienen que determinados organismos poseen naves intactas de origen extraterrestre y han podido establecer pactos con algunas civilizaciones de otros mundos.

En su día, todo empezó tímidamente, cuando David Grusch aseguró ante el Congreso (2023) que existía un programa de recuperación de naves y de «biológicos» no humanos. Entonces reconoció no haber observado él mismo actividad UAP, y su afirmación sobre los restos biológicos no estaba corroborada por otras fuentes. Más reciente en el tiempo, en el pódcast de Joe Rogan (2026), Grusch ha hablado de cuerpos no humanos vistos en vídeo y de enfrentamientos letales con seres reptilianos, que describe de unos dos metros con una piel de aspecto «de gorila». Según las crónicas, relata un conflicto entre dos clases de seres que habría dejado naves tipo Tic Tac estrelladas, reptilianos vivos de más de dos metros y grises muertos, con personal estadounidense herido o muerto y los reptilianos supervivientes abatidos a tiros. Los testimonios sobre seres vivos son de segunda mano: los relatan colegas que participaron en las recuperaciones. Hasta un medio que difunde esas declaraciones advierte de que no se ha hecho público ninguna prueba física de esas entidades ni de esa supuesta batalla. No es un caso aislado. En agosto, el astrofísico Eric Davis, antiguo asesor del programa AAWSAP, afirmó en NewsNation que se conocen como mínimo cuatro especies, dijo haber visto las pruebas y los registros, y no ha aportado ni fotografías ni documentos. Las especies que citó son grises, nórdicos, insectoides y reptilianos. Ya en la audiencia congresual de 2025 había hablado de al menos tres especies, bajo juramento, mientras Lue Elizondo mostraba como prueba una foto que resultó ser de círculos de riego.

Elizondo, por su parte, sostiene que el Departamento de Defensa tiene un programa de recuperación de naves y ha hablado de un supuesto implante alienígena visto por médicos del Departamento de Asuntos de Veteranos. El Pentágono responde que no ha encontrado ninguna prueba creíble de actividad extraterrestre. Y Jay Stratton publica el 13 de octubre sus memorias, cuya sinopsis habla de un encubrimiento de ochenta años sobre la existencia de vida inteligente no humana.

Y ¿Cómo se llega a este punto?


MENTIRAS, VERDADES… O ALGO MÁS SINIETRO

Quien rebate a esta gente suele quedarse en dos opciones: o mienten o dicen la verdad. Hay una tercera: que sean sinceros y estén equivocados porque alguien les ha dado información falsa, graduada y in crescendo, desde fuentes que ellos consideran de máxima solvencia. Es lo que llamo «freír mentes». No se les convence de golpe de nada. Se les alimenta poco a poco con datos cada vez más extraordinarios, cada uno respaldado por una fuente «de dentro», hasta que el delirio parece la consecuencia lógica de tremenda ingesta informativa.

Y esto no es ciencia ficción, hay precedentes. Paul Bennewitz era un empresario de Albuquerque que, en los años setenta, creyó detectar actividad extraña sobre la base aérea de Kirtland. Según el relato de Richard Doty, agente de contrainteligencia de la Fuerza Aérea, en lugar de sacarle de su error le alimentaron con desinformación, y eso desembocó en su deterioro mental y emocional.  En agosto de 1988 tras años de manipulación el ufólogo sufrió un colapso total y acabó internado en un psiquiátrico. Vallée, que lo recoge en su libro Revelations, cuenta que el “investigador” Bill Moore confesó en 1989, en un congreso de MUFON, que él mismo había participado en esa campaña institucional de desinformación. Cómo mínimo, esa historia debería hacer sonar todas las alarmas cuando Vallée ya advertía de estos movimientos en 1979, en Messengers of Deception. Y es que nada hace pensar que desde entonces las técnicas hayan dejado de usarse, e incluso mejoradas.

¿Y si el verdadero, y terrible objetivo de una desinformación no fuera conseguir que alguien creyera una mentira concreta, sino freírle la cabeza hasta destruir su propio criterio, hacerle dudar de todo y conseguir que ya no sea capaz de distinguir entre una verdad, una mentira y cualquier disparate que le pongan delante?

No hace falta convencer a una persona de que los extraterrestres existen, de que hay reptilianos o de que el Gobierno posee naves intactas. Basta con suministrarle durante años pequeñas dosis de información extraordinaria, aparentemente procedentes de fuentes fiables, hasta alterar su percepción de lo que resulta razonable. Eso es lo que entiendo por «freír mentes». No se trata necesariamente de engañarlo de golpe, sino de someterlo a una sucesión de informaciones difíciles de verificar que van aumentando progresivamente su contenido extraordinario.

Lo verdaderamente perverso de este mecanismo, es que no necesitarían convertir a nadie en un creyente fanático de la noche a la mañana. Bastaría con ir metiéndole cosas en la cabeza poco a poco. Una información aquí, un supuesto dato secreto allá, una conversación con alguien que dice estar muy bien informado, un documento que nadie puede comprobar y, después, otra revelación todavía más extraordinaria. Al principio todo parece razonable. Incluso puede haber cosas ciertas. Pero, poco a poco, la persona empieza a asumir que detrás de cada puerta cerrada tiene que haber algo todavía más grande. Y ahí es cuando empieza el problema. Si alguien desmiente una de esas historias, puede pensar que forma parte del encubrimiento. Si no aparece ninguna prueba, puede concluir que las pruebas están clasificadas. Si un testigo se contradice, quizá le hicieron cambiar su versión. Y cuando todas esas piezas llevan años acumulándose, la persona puede terminar construyendo una explicación completa sobre una base en la que apenas existen elementos comprobables. Llegas a un punto de no retorno.

Y salir de ahí no es sencillo. Porque algunas de las cosas que le han contado pueden ser ciertas. Otras pueden ser simples errores. Otras, exageraciones. Otras pueden proceder de rumores que han ido pasando de una persona a otra hasta adquirir apariencia de información privilegiada. Y algunas, sencillamente, pueden ser falsas. El problema es que todas llegan mezcladas. Eso es, precisamente, lo que entiendo por «freír una mente». No hace falta inventarse una realidad completamente falsa. Es mucho más eficaz coger una realidad que ya contiene elementos verdaderos y empezar a añadirle suficientes piezas imposibles de comprobar como para que, al final, resulte prácticamente imposible separar unas de otras. Y aquí aparece algo todavía más inquietante. La persona que recibe esa información puede ser completamente sincera cuando habla ante los medios. De hecho, no miente. Puede estar convencida de lo que cuenta porque confía en la fuente que se lo proporcionó. Si quien le habla tiene un cargo importante, ha trabajado en un organismo de inteligencia o asegura haber visto documentos clasificados, es comprensible que el receptor conceda a sus palabras un valor especial. Pero eso no significa que la información sea necesariamente cierta. Una persona puede estar transmitiendo una mentira sin saber que lo es. Puede haber recibido una información falsa de alguien en quien confiaba y, precisamente por considerarla una fuente fiable, incorporarla a su propia visión del fenómeno. Y así la mentira ya no necesita ser repetida por quien la creó. Se reproduce sola. Por eso creo que aquí hay una tercera posibilidad que no deberíamos pasar por alto. No todo tiene que reducirse a «mienten» o «dicen la verdad». También puede ocurrir que alguien esté diciendo sinceramente algo que previamente le hicieron creer.

Y quizá lo más triste de todo sea el final del proceso. Cuando una persona lleva demasiado tiempo dentro de ese circuito, puede llegar un momento en que ya no sea consciente de lo extraordinario o loco que suena lo que está contando. Delante de un micrófono o de una cámara puede hablar con absoluta seguridad de guerras entre alienígenas, cuerpos extraterrestres, naves recuperadas o conspiraciones de décadas, sin percibir que para el espectador que está fuera de esa burbuja el relato puede sonar directamente disparatado. Y ahí aparece una paradoja terrible. El que ha sufrido esta desinformación hasta el punto de freírle la mente está convencido de que ha descubierto una realidad que los demás desconocen, cuando quizá lo único que ha ocurrido es que lleva demasiado tiempo escuchando una historia que nadie se ha detenido a comprobar.

 

JOSE ANTONIO CARAV@CA


Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.