En diciembre de 2017, The New York Times publicó una exclusiva firmada por Helene Cooper, Ralph Blumenthal y Leslie Kean que sacudió el mundo de los OVNIs. El reportaje revelaba la existencia de un programa secreto del Pentágono, el AATIP (Advanced Aerospace Threat Identification Program), que había investigado durante años diferentes fenómenos aéreos anómalos. La información no llegaba acompañada de las habituales historias de conspiraciones, supuestos contactados o fotografías de dudosa procedencia, sino de documentos, vídeos militares, testimonios de pilotos de la Marina y la confirmación de que el propio Departamento de Defensa había destinado recursos a estudiar aquellos incidentes. El mensaje resultaba tan llamativo como prudente. Nadie afirmaba que se tratara de naves extraterrestres.
Por primera vez en décadas, la cuestión OVNI entraba por la
puerta grande de la prensa internacional. El estigma parecía quedar
momentáneamente aparcado. El todopoderoso Pentágono reconocía que existían
episodios OVNIs lo bastante relevantes como para merecer una investigación
oficial. La exclusiva abrió, además, una enorme expectativa. Muchos
interpretaron aquel momento como el comienzo de una nueva etapa en la que, por
fin, los OVNI serían sometidos a un riguroso estudio sistemático para descubrir
su naturaleza. Parecía que después de décadas de silencio, burlas y expedientes
archivados, el misterio podía estar a punto de ser abordado de una manera
completamente diferente.
Pero aquel diciembre de 2017 también inauguró algo que, visto
con perspectiva, resultaría mucho más complejo. Nueve años después, la
prometida normalización del fenómeno OVNI no solo no ha conducido a una
explicación definitiva, sino que a acabado en una sucesión cada vez más
desconcertante de declaraciones, testimonios y revelaciones procedentes de
algunos de los protagonistas de esta nueva narrativa. El prudente «no sabemos
lo que son» que acompañó aquella exclusiva del New York Times parece hoy
muy lejano.
En apenas unos años, el discurso ha ido incorporando
afirmaciones extraordinariamente más ambiciosas, desde quienes aseguran que
Estados Unidos estaría inmerso en una guerra secreta contra supuestos seres
«reptilianos», hasta quienes sostienen que determinados organismos poseen naves
intactas de origen extraterrestre y han podido establecer pactos con algunas
civilizaciones de otros mundos.
En su día, todo empezó tímidamente, cuando David Grusch
aseguró ante el Congreso (2023) que existía un programa de recuperación de
naves y de «biológicos» no humanos. Entonces reconoció no haber observado él
mismo actividad UAP, y su afirmación sobre los restos biológicos no estaba
corroborada por otras fuentes. Más reciente en el tiempo, en el pódcast de Joe
Rogan (2026), Grusch ha hablado de cuerpos no humanos vistos en vídeo y de
enfrentamientos letales con seres reptilianos, que describe de unos dos metros
con una piel de aspecto «de gorila». Según las crónicas, relata un conflicto
entre dos clases de seres que habría dejado naves tipo Tic Tac estrelladas,
reptilianos vivos de más de dos metros y grises muertos, con personal
estadounidense herido o muerto y los reptilianos supervivientes abatidos a
tiros. Los testimonios sobre seres vivos son de segunda mano: los relatan
colegas que participaron en las recuperaciones. Hasta un medio que difunde esas
declaraciones advierte de que no se ha hecho público ninguna prueba física de
esas entidades ni de esa supuesta batalla. No es un caso aislado. En agosto, el
astrofísico Eric Davis, antiguo asesor del programa AAWSAP, afirmó en
NewsNation que se conocen como mínimo cuatro especies, dijo haber visto las
pruebas y los registros, y no ha aportado ni fotografías ni documentos. Las
especies que citó son grises, nórdicos, insectoides y reptilianos. Ya en la
audiencia congresual de 2025 había hablado de al menos tres especies, bajo
juramento, mientras Lue Elizondo mostraba como prueba una foto que resultó ser
de círculos de riego.
Elizondo, por su parte, sostiene que el Departamento de
Defensa tiene un programa de recuperación de naves y ha hablado de un supuesto
implante alienígena visto por médicos del Departamento de Asuntos de Veteranos.
El Pentágono responde que no ha encontrado ninguna prueba creíble de actividad
extraterrestre. Y Jay Stratton publica el 13 de octubre sus memorias, cuya
sinopsis habla de un encubrimiento de ochenta años sobre la existencia de vida
inteligente no humana.
Y ¿Cómo se llega a este punto?
MENTIRAS, VERDADES… O ALGO MÁS SINIETRO
Quien rebate a esta gente suele quedarse en dos opciones: o
mienten o dicen la verdad. Hay una tercera: que sean sinceros y estén
equivocados porque alguien les ha dado información falsa, graduada y in
crescendo, desde fuentes que ellos consideran de máxima solvencia. Es lo que
llamo «freír mentes». No se les convence de golpe de nada. Se les alimenta poco
a poco con datos cada vez más extraordinarios, cada uno respaldado por una
fuente «de dentro», hasta que el delirio parece la consecuencia lógica de
tremenda ingesta informativa.
Y esto no es ciencia ficción, hay precedentes. Paul Bennewitz
era un empresario de Albuquerque que, en los años setenta, creyó detectar
actividad extraña sobre la base aérea de Kirtland. Según el relato de Richard
Doty, agente de contrainteligencia de la Fuerza Aérea, en lugar de sacarle de
su error le alimentaron con desinformación, y eso desembocó en su deterioro
mental y emocional. En agosto de 1988
tras años de manipulación el ufólogo sufrió un colapso total y acabó internado
en un psiquiátrico. Vallée, que lo recoge en su libro Revelations,
cuenta que el “investigador” Bill Moore confesó en 1989, en un congreso de
MUFON, que él mismo había participado en esa campaña institucional de
desinformación. Cómo mínimo, esa historia debería hacer sonar todas las alarmas
cuando Vallée ya advertía de estos movimientos en 1979, en Messengers of
Deception. Y es que nada hace pensar que desde entonces las técnicas hayan
dejado de usarse, e incluso mejoradas.
¿Y si el verdadero, y terrible objetivo de una desinformación
no fuera conseguir que alguien creyera una mentira concreta, sino freírle la
cabeza hasta destruir su propio criterio, hacerle dudar de todo y conseguir que
ya no sea capaz de distinguir entre una verdad, una mentira y cualquier
disparate que le pongan delante?
No hace falta convencer a una persona de que los
extraterrestres existen, de que hay reptilianos o de que el Gobierno posee
naves intactas. Basta con suministrarle durante años pequeñas dosis de
información extraordinaria, aparentemente procedentes de fuentes fiables, hasta
alterar su percepción de lo que resulta razonable. Eso es lo que entiendo por «freír
mentes». No se trata necesariamente de engañarlo de golpe, sino de
someterlo a una sucesión de informaciones difíciles de verificar que van
aumentando progresivamente su contenido extraordinario.
Lo verdaderamente perverso de este mecanismo, es que no
necesitarían convertir a nadie en un creyente fanático de la noche a la mañana.
Bastaría con ir metiéndole cosas en la cabeza poco a poco. Una información
aquí, un supuesto dato secreto allá, una conversación con alguien que dice
estar muy bien informado, un documento que nadie puede comprobar y, después,
otra revelación todavía más extraordinaria. Al principio todo parece razonable.
Incluso puede haber cosas ciertas. Pero, poco a poco, la persona empieza a
asumir que detrás de cada puerta cerrada tiene que haber algo todavía más
grande. Y ahí es cuando empieza el problema. Si alguien desmiente una de esas
historias, puede pensar que forma parte del encubrimiento. Si no aparece
ninguna prueba, puede concluir que las pruebas están clasificadas. Si un
testigo se contradice, quizá le hicieron cambiar su versión. Y cuando todas
esas piezas llevan años acumulándose, la persona puede terminar construyendo
una explicación completa sobre una base en la que apenas existen elementos
comprobables. Llegas a un punto de no retorno.
Y salir de ahí no es sencillo. Porque algunas de las cosas
que le han contado pueden ser ciertas. Otras pueden ser simples errores. Otras,
exageraciones. Otras pueden proceder de rumores que han ido pasando de una
persona a otra hasta adquirir apariencia de información privilegiada. Y
algunas, sencillamente, pueden ser falsas. El problema es que todas llegan
mezcladas. Eso es, precisamente, lo que entiendo por «freír una mente». No hace
falta inventarse una realidad completamente falsa. Es mucho más eficaz coger
una realidad que ya contiene elementos verdaderos y empezar a añadirle
suficientes piezas imposibles de comprobar como para que, al final, resulte
prácticamente imposible separar unas de otras. Y aquí aparece algo todavía más
inquietante. La persona que recibe esa información puede ser completamente
sincera cuando habla ante los medios. De hecho, no miente. Puede estar
convencida de lo que cuenta porque confía en la fuente que se lo proporcionó.
Si quien le habla tiene un cargo importante, ha trabajado en un organismo de
inteligencia o asegura haber visto documentos clasificados, es comprensible que
el receptor conceda a sus palabras un valor especial. Pero eso no significa que
la información sea necesariamente cierta. Una persona puede estar transmitiendo
una mentira sin saber que lo es. Puede haber recibido una información falsa de
alguien en quien confiaba y, precisamente por considerarla una fuente fiable,
incorporarla a su propia visión del fenómeno. Y así la mentira ya no necesita
ser repetida por quien la creó. Se reproduce sola. Por eso creo que aquí hay
una tercera posibilidad que no deberíamos pasar por alto. No todo tiene que
reducirse a «mienten» o «dicen la verdad». También puede ocurrir que alguien
esté diciendo sinceramente algo que previamente le hicieron creer.
Y quizá lo más triste de todo sea el final del proceso.
Cuando una persona lleva demasiado tiempo dentro de ese circuito, puede llegar
un momento en que ya no sea consciente de lo extraordinario o loco que suena lo
que está contando. Delante de un micrófono o de una cámara puede hablar con
absoluta seguridad de guerras entre alienígenas, cuerpos extraterrestres, naves
recuperadas o conspiraciones de décadas, sin percibir que para el espectador
que está fuera de esa burbuja el relato puede sonar directamente disparatado. Y
ahí aparece una paradoja terrible. El que ha sufrido esta desinformación hasta
el punto de freírle la mente está convencido de que ha descubierto una realidad
que los demás desconocen, cuando quizá lo único que ha ocurrido es que lleva
demasiado tiempo escuchando una historia que nadie se ha detenido a comprobar.
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