lunes, 23 de febrero de 2026

LA DESCLASIFICACIÓN ETERNA: DIEZ AÑOS DE PROMESAS INCUMPLIDAS Y UNA AMNESIA COLECTIVA






En el universo de los OVNIs hay pocas cosas tan previsibles como el entusiasmo generalizado que despierta cada nuevo anuncio de “desclasificación definitiva”. Basta una declaración ambigua, una promesa política o un titular sugerente para que la expectación se dispare de forma irremediable ante la posibilidad de que se vayan a abrir los archivos oficiales sobre OVNIS en los Estados Unidos. No importa que el patrón se haya repetido durante décadas. No importa que las revelaciones anteriores hayan resultado incompletas, decepcionantes o directamente ridículas. El ciclo vuelve a reiniciarse cada cierto tiempo como si nada hubiera ocurrido. No existe aprendizaje.

2017: EL AÑO QUE LO CAMBIÓ TODO… O ESO PARECÍA

La cosa estaba realmente tranquila hasta que The New York Times publicó en diciembre de 2017 un reportaje que sacudió al mundo. En la páginas del famoso diario se leía que el Pentágono había investigado oficialmente los OVNIs a través del programa AATIP. Aquello se presentó como un antes y un después en la historia de la ufología contemporánea. Y, en efecto, abrió una nueva etapa. A partir de ahí llegaron los célebres vídeos grabados por pilotos de la Marina estadounidense, las declaraciones de exmilitares asegurando que el fenómeno merecía atención seria, los testimonios de denunciantes que hablaban de programas ocultos, las audiencias en el Congreso y la creación de nuevas oficinas oficiales dedicadas al estudio de los No Identificados.

El nuevo discurso UAP que venía a cambiarlo todo, incluso las siglas para OVNI, empezó a hablar de transparencia, de reconocimiento institucional, incluso de un posible “cambio de paradigma”. Hubo quien interpretó todo aquello como el preludio del fin del secreto, como si estuviéramos asistiendo a los primeros compases de una revelación histórica largamente añorada.

Casi diez años después, ¿qué tenemos?

Mucho ruido. Muchos movimientos. Pequeños avances, aunque ninguno de ellos logran desequilibrar la balanza del escepticismo. Se ha admitido oficialmente que algunos casos de avistamientos protagonizados por personal militar no tienen explicación. Pero en el fondo, todo el asunto, por mucho que venga con sello del gobierno estadounidense, sigue envuelto en la misma polémica de siempre. Incluso las discusiones son casi calcadas a las generadas en la década de los ochenta y noventa.

 

LA PROMESA QUE NUNCA LLEGA

El mecanismo de la promesa es sencillo y poderoso, porque siempre es efectivo. Cada nueva insinuación —una audiencia, un testimonio, una filtración, una declaración política— reactiva la esperanza de los aficionados y creyentes de una forma exagerada. Recientemente, las declaraciones de Donald Trump exigiendo la desclasificación total de la información OVNI han vuelto a provocar esa sensación de inminencia histórica. “Ahora sí”. Sin embargo, lo que realmente estamos presenciando es la reproducción exacta de los mismos patrones de siempre. Lo único que cambia es el portavoz, cuidadosamente elevado en relevancia y autoridad, como si el peso de quien lo dice pudiera convertir, por fin, la promesa en verdad. Pero si algo demuestra el periodo 2017–2026 es que la expectativa crece mucho más rápido que los hechos verificables.

Y cuando, una vez más, no ocurre, ni ocurrirá nada extraordinario, lo curioso es que el ciclo no se detendrá. No hay autocrítica colectiva. Simplemente la narrativa se reajusta: “Aún no han soltado todo”. “Lo más importante sigue oculto”. “La verdadera revelación está por venir”. La decepción no produce aprendizaje, sino todo lo contrario produce una nueva espera.

¿LA TEORIA DE LA CONSPIRACIÓN IMPIDE EL VERDADERO AVANCE EN MATERIA OVNI?

Llegados a este punto es fundamental diferenciar dos aspectos concretos que suelen producir bastante confusión porque se asimila que lo uno no puede existir sin lo otro.

Una cosa es aceptar que existen fenómenos aéreos no identificados, sucesos aún sin explicación satisfactoria, y otra muy distinta aseverar que el gobierno de Estados Unidos custodia restos físicos de origen extraterrestre. Son dos afirmaciones diferentes, pertenecen a planos distintos y no dependen obligatoriamente la una de la otra.

La primera afirmación es perfectamente razonable, ya que existen suficientes informes de observaciones anómalas que siguen sin resolverse. El fenómeno OVNI, entendido como un conjunto notable de suceso anómalos, es real e incuestionable.

La segunda afirmación no se limita a reconocer la existencia del fenómeno, sino que propone una explicación específica para su origen, argumentado que detrás de estas observaciones se encuentra la presencia de tecnología y entidades de procedencia extraterrestre. Esta interpretación ha dado lugar a una creencia muy extendida según la cual el gobierno de Estados Unidos habría recuperado y ocultado pruebas materiales de esa presencia, como naves accidentadas, restos biológicos no humanos o materiales de naturaleza desconocida, todo ello preservado en instalaciones secretas y fuera del alcance del conocimiento público.

Conviene tener algo muy claro a estas alturas, que además es fruto de malinterpretaciones, cuestionar esa segunda idea no significa negar la primera. Poner en duda que existan restos extraterrestres ocultos por el gobierno no equivale a negar que la existencia del fenómeno.

Sin embargo, dentro de la comunidad ufológica se ha extendido la tendencia a mezclar ambas cosas. Para muchos, si se rechaza la existencia de naves o cuerpos conservados en formol, automáticamente se está negando la realidad del fenómeno en su conjunto.

Para muchos investigadores y aficionados, la hipótesis extraterrestre no es una opción más dentro de un abanico de posibilidades, sino la única explicación que consideran válida. Se convierte, en cierto modo, en una convicción cercana a la fe religiosa, más que en una simple tesis sujeta a verificación.

A partir de esa certeza, se ha construido toda una narrativa conspirativa que no se limita a plantear la ocultación de información, algo que puede ser comprensible dentro de la lógica de los gobiernos, sino que va mucho más allá. Según este planteamiento, lo que se estaría ocultando no serían datos para complementar nuestra visión del fenómeno, sino pruebas directas de la presencia extraterrestre, con todo lo que ello implica: naves, cuerpos y tecnologías que confirmarían definitivamente esa creencia previa.

 

LA ESPERA INTERMINABLE

Sin necesidad de remontarnos a etapas anteriores, que también estuvieron marcadas por la espera de una revelación definitiva, actualmente, llevamos casi diez años, desde 2017, en un estado de expectativa permanente, sin que hasta ahora nada haya cambiado en ese hilo argumental del No-Avance.

Hasta el momento tenemos algunas certezas sobre los OVNIS:

  • El fenómeno es real y multifacético.
  • Puede no tener una única explicación.
  • Y puede que no exista ningún almacén secreto con tecnología alienígena esperando ser mostrado al mundo.

Los recurrentes anuncios de desclasificaciones “totales” alimentan la tentadora idea de que existe alguien, en algún despacho, en alguna agencia, que posee todas las respuestas a un enigma que llevamos décadas persiguiendo. Quizá ahí resida el verdadero motor de estas promesas interminables, el deseo profundo de una respuesta concluyente que ordene, explique y cierre de una vez por todas los interrogantes acumulados durante generaciones sobre estas misteriosas manifestaciones.

Sin embargo, si algo parece señalar la experiencia histórica es justo lo contrario. No solo no hay indicios sólidos de que el gobierno norteamericano custodie evidencias espectaculares, del tipo cuerpos alienígenas o platillos volantes intactos, sino que, lo más probable y a la vez más descorazonador, es que nadie parece tener aún una explicación definitiva para estas observaciones.

Por tanto, aunque es razonable asumir que cierta información permanece clasificada, no hay motivos para garantizar que ese material oculto contenga una revelación una respuesta concluyente. La mera existencia de secretos no implica necesariamente la existencia de todas las respuestas.  

En el fondo, cada nueva promesa no alimenta tanto el ansia de ver una prueba física concreta  del fenómeno como el deseo inherente de obtener, por fin, una “verdad revelada”. Y quizá la enseñanza más sensata sea asumir que, al menos por ahora, esa respuesta no parece estar guardada bajo llave en ningún archivo ni oculta en ningún hangar.

 



JOSE ANTONIO CARAV@CA

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