En el universo de los OVNIs hay pocas cosas tan previsibles como el entusiasmo generalizado que despierta cada nuevo anuncio de “desclasificación definitiva”. Basta una declaración ambigua, una promesa política o un titular sugerente para que la expectación se dispare de forma irremediable ante la posibilidad de que se vayan a abrir los archivos oficiales sobre OVNIS en los Estados Unidos. No importa que el patrón se haya repetido durante décadas. No importa que las revelaciones anteriores hayan resultado incompletas, decepcionantes o directamente ridículas. El ciclo vuelve a reiniciarse cada cierto tiempo como si nada hubiera ocurrido. No existe aprendizaje.
2017: EL AÑO QUE LO CAMBIÓ TODO… O ESO PARECÍA
La cosa estaba realmente tranquila hasta que The New York
Times publicó en diciembre de 2017 un reportaje que sacudió al mundo. En la páginas
del famoso diario se leía que el Pentágono había investigado oficialmente los
OVNIs a través del programa AATIP. Aquello se presentó como un antes y un
después en la historia de la ufología contemporánea. Y, en efecto, abrió una
nueva etapa. A partir de ahí llegaron los célebres vídeos grabados por pilotos
de la Marina estadounidense, las declaraciones de exmilitares asegurando que el
fenómeno merecía atención seria, los testimonios de denunciantes que hablaban
de programas ocultos, las audiencias en el Congreso y la creación de nuevas
oficinas oficiales dedicadas al estudio de los No Identificados.
El nuevo discurso UAP que venía a cambiarlo todo, incluso las
siglas para OVNI, empezó a hablar de transparencia, de reconocimiento
institucional, incluso de un posible “cambio de paradigma”. Hubo quien
interpretó todo aquello como el preludio del fin del secreto, como si
estuviéramos asistiendo a los primeros compases de una revelación histórica
largamente añorada.
Casi diez años después, ¿qué tenemos?
Mucho ruido. Muchos movimientos. Pequeños avances, aunque
ninguno de ellos logran desequilibrar la balanza del escepticismo. Se ha
admitido oficialmente que algunos casos de avistamientos protagonizados por
personal militar no tienen explicación. Pero en el fondo, todo el asunto, por
mucho que venga con sello del gobierno estadounidense, sigue envuelto en la misma
polémica de siempre. Incluso las discusiones son casi calcadas a las generadas
en la década de los ochenta y noventa.
LA PROMESA QUE NUNCA LLEGA
El mecanismo de la promesa es sencillo y poderoso, porque
siempre es efectivo. Cada nueva insinuación —una audiencia, un testimonio, una
filtración, una declaración política— reactiva la esperanza de los aficionados
y creyentes de una forma exagerada. Recientemente, las declaraciones de Donald
Trump exigiendo la desclasificación total de la información OVNI han vuelto a provocar
esa sensación de inminencia histórica. “Ahora sí”. Sin embargo, lo que
realmente estamos presenciando es la reproducción exacta de los mismos patrones
de siempre. Lo único que cambia es el portavoz, cuidadosamente elevado en
relevancia y autoridad, como si el peso de quien lo dice pudiera convertir, por
fin, la promesa en verdad. Pero si algo demuestra el periodo 2017–2026 es que
la expectativa crece mucho más rápido que los hechos verificables.
Y cuando, una vez más, no ocurre, ni ocurrirá nada
extraordinario, lo curioso es que el ciclo no se detendrá. No hay autocrítica
colectiva. Simplemente la narrativa se reajusta: “Aún no han soltado todo”. “Lo
más importante sigue oculto”. “La verdadera revelación está por venir”. La
decepción no produce aprendizaje, sino todo lo contrario produce una nueva
espera.
¿LA TEORIA DE LA CONSPIRACIÓN IMPIDE EL VERDADERO AVANCE EN
MATERIA OVNI?
Llegados a este punto es fundamental diferenciar dos aspectos
concretos que suelen producir bastante confusión porque se asimila que lo uno
no puede existir sin lo otro.
Una cosa es aceptar que existen fenómenos aéreos no
identificados, sucesos aún sin explicación satisfactoria, y otra muy distinta aseverar que el gobierno de Estados Unidos custodia restos físicos de origen
extraterrestre. Son dos afirmaciones diferentes, pertenecen a planos distintos
y no dependen obligatoriamente la una de la otra.
La primera afirmación es perfectamente razonable, ya que
existen suficientes informes de observaciones anómalas que siguen sin
resolverse. El fenómeno OVNI, entendido como un conjunto notable de suceso
anómalos, es real e incuestionable.
La segunda afirmación no se limita a reconocer la existencia
del fenómeno, sino que propone una explicación específica para su origen,
argumentado que detrás de estas observaciones se encuentra la presencia de
tecnología y entidades de procedencia extraterrestre. Esta interpretación ha
dado lugar a una creencia muy extendida según la cual el gobierno de Estados
Unidos habría recuperado y ocultado pruebas materiales de esa presencia, como
naves accidentadas, restos biológicos no humanos o materiales de naturaleza
desconocida, todo ello preservado en instalaciones secretas y fuera del alcance
del conocimiento público.
Conviene tener algo muy claro a estas alturas, que además es
fruto de malinterpretaciones, cuestionar esa segunda idea no significa negar la
primera. Poner en duda que existan restos extraterrestres ocultos por el
gobierno no equivale a negar que la existencia del fenómeno.
Sin embargo, dentro de la comunidad ufológica se ha extendido
la tendencia a mezclar ambas cosas. Para muchos, si se rechaza la existencia de
naves o cuerpos conservados en formol, automáticamente se está negando la
realidad del fenómeno en su conjunto.
Para muchos investigadores y aficionados, la hipótesis
extraterrestre no es una opción más dentro de un abanico de posibilidades, sino
la única explicación que consideran válida. Se convierte, en cierto modo, en
una convicción cercana a la fe religiosa, más que en una simple tesis sujeta a
verificación.
A partir de esa certeza, se ha construido toda una narrativa
conspirativa que no se limita a plantear la ocultación de información, algo que
puede ser comprensible dentro de la lógica de los gobiernos, sino que va mucho
más allá. Según este planteamiento, lo que se estaría ocultando no serían datos
para complementar nuestra visión del fenómeno, sino pruebas directas de la
presencia extraterrestre, con todo lo que ello implica: naves, cuerpos y
tecnologías que confirmarían definitivamente esa creencia previa.
LA ESPERA INTERMINABLE
Sin necesidad de remontarnos a etapas anteriores, que también
estuvieron marcadas por la espera de una revelación definitiva, actualmente, llevamos
casi diez años, desde 2017, en un estado de expectativa permanente, sin que
hasta ahora nada haya cambiado en ese hilo argumental del No-Avance.
Hasta el momento tenemos algunas certezas sobre los OVNIS:
- El
fenómeno es real y multifacético.
- Puede
no tener una única explicación.
- Y
puede que no exista ningún almacén secreto con tecnología alienígena
esperando ser mostrado al mundo.
Los recurrentes anuncios de desclasificaciones “totales”
alimentan la tentadora idea de que existe alguien, en algún despacho, en alguna
agencia, que posee todas las respuestas a un enigma que llevamos décadas
persiguiendo. Quizá ahí resida el verdadero motor de estas promesas
interminables, el deseo profundo de una respuesta concluyente que ordene,
explique y cierre de una vez por todas los interrogantes acumulados durante
generaciones sobre estas misteriosas manifestaciones.
Sin embargo, si algo parece señalar la experiencia histórica
es justo lo contrario. No solo no hay indicios sólidos de que el gobierno
norteamericano custodie evidencias espectaculares, del tipo cuerpos alienígenas
o platillos volantes intactos, sino que, lo más probable y a la vez más descorazonador,
es que nadie parece tener aún una explicación definitiva para estas observaciones.
Por tanto, aunque es razonable asumir que cierta información
permanece clasificada, no hay motivos para garantizar que ese material oculto
contenga una revelación una respuesta concluyente. La mera existencia de
secretos no implica necesariamente la existencia de todas las respuestas.
En el fondo, cada nueva promesa no alimenta tanto el ansia de
ver una prueba física concreta del fenómeno
como el deseo inherente de obtener, por fin, una “verdad revelada”. Y quizá la
enseñanza más sensata sea asumir que, al menos por ahora, esa respuesta no
parece estar guardada bajo llave en ningún archivo ni oculta en ningún hangar.
Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.
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