David Grusch ha vuelto a sentarse frente a Joe Rogan y, esta vez, apenas necesitó unos minutos para dejar claro que no había regresado para repetir el relato de 2023. Sus nuevas declaraciones fueron mucho más allá, con afirmaciones tan extraordinarias y sorprendentes que algunas resultan difíciles incluso de creer: «Estoy viviendo una pesadilla», suelta nada más empezar. La entrevista se emitió el 30 de septiembre de 2026 en The Joe Rogan Experience y dura aproximadamente dos horas y media. El propio Rogan lo presenta como antiguo oficial de inteligencia de la Fuerza Aérea, antiguo representante de la National Reconnaissance Office ante la UAP Task Force y antiguo responsable de análisis UAP en la National Geospatial-Intelligence Agency.
Lo interesante es hasta
dónde se ha ensanchado su relato. Grusch ya no se limita a hablar de programas
de recuperación de objetos. Ahora entran en escena presuntas actividades
criminales dentro del aparato de seguridad estadounidense, amenazas personales,
problemas de salud en su entorno, reuniones secretas con personal del Senado,
cuerpos biológicos vistos en vídeo, distintos tipos de entidades que podrían
estar enfrentadas, bases bajo el océano, inteligencia no biológica y hasta una
posible relación entre la inteligencia artificial y el fenómeno.
Y aquí conviene detenerse
en un detalle clave. Buena parte de lo que cuenta no viene acompañado de
pruebas que el público pueda examinar. Él mismo reconoce en varios momentos que
no tuvo acceso completo a determinados programas, que conoce algunos episodios
por terceros o que no puede comprobar ciertos documentos. Hay que separar, por
tanto, tres planos: lo que dice haber visto personalmente, lo que le contaron
quienes participaron en los hechos y lo que son simples hipótesis. Esa
distinción acompaña a toda la entrevista y conviene no perderla de vista.
DE LA PESADILLA AL
CONGRESO
El UAP Disclosure Act de
2023 no salió adelante y, según explica, durante 2024 Grusch decidió mantenerse
en un segundo plano. Después llegó una nueva etapa: el congresista Eric
Burlison lo incorporó como miembro profesional de su equipo y asegura que pasó
aproximadamente un año y medio trabajando desde dentro del Congreso. Ahora ha
cerrado ese capítulo y habla de una «siguiente fase», precedida de un descanso,
porque lleva varios años funcionando a toda velocidad.
Su retrato del Capitolio
es el de una cámara dividida entre quienes no creen en el fenómeno y lo que él
llama el «UAP caucus». Dice haber participado en reuniones clasificadas en
instalaciones SCIF con miembros y asesores del Congreso, donde presentó la historia
del asunto y también lo que describe como aspectos mucho más oscuros,
relacionados con actividades criminales.
LA «EMPRESA
CRIMINAL»
Grusch afirma que,
mientras investigaba ciertos movimientos de dinero y actividades ligadas a
programas de seguridad nacional, se topó con lo que denomina una «empresa
criminal» vinculada a una agencia gubernamental. Cuando Rogan le pregunta de
qué actividades habla, la respuesta es extraordinariamente grave: tráfico de
personas y, en concreto, de menores. Según su relato, informó de ello a
miembros del Congreso en un entorno clasificado y trabajó también con el
Departamento de Justicia. Insiste en que no acusa a todo el aparato
gubernamental, sino a un grupo reducido que habría aprovechado ciertos
programas y estructuras para actuar fuera de la ley y mover dinero al margen de
los controles ordinarios.
Para explicar cómo algo
así sería posible recurre a un precedente histórico: Irán-Contra y la
financiación encubierta de los Contras. En la conversación aparecen
Barry Seal, Freeway Ricky Ross y el antiguo agente de narcóticos de Los Ángeles
Michael Ruppert, y Rogan recuerda las acusaciones sobre el uso del narcotráfico
para financiar operaciones. Pero Grusch introduce aquí una cautela importante:
reconoce que algunas de aquellas acusaciones nunca se confirmaron oficialmente.
Su argumento no es que Irán-Contra demuestre nada sobre los UAP, sino que
existen precedentes de estructuras clandestinas capaces de escapar al control.
Muchos programas relacionados con el fenómeno, sostiene, pueden tener un origen
legal. El problema surge cuando falta supervisión y pequeños grupos empiezan a
actuar por su cuenta, mientras la mayoría de los implicados simplemente cumple
con su trabajo convencida de proteger la seguridad nacional.
REPRESALIAS,
AMENAZAS Y UN POSIBLE «SÍNDROME DE LA HABANA»
Grusch asegura haber
quedado atrapado en esa situación. Llevaba unos quince años en inteligencia,
había tratado asuntos extremadamente sensibles y empezó a informar al Consejo
de Seguridad Nacional en la Casa Blanca cuando aún tenía veintitantos años. Al
entrar en la UAP Task Force en 2019, su actitud era bastante convencional: si
existía un programa estadounidense relacionado con estos objetos, acabaría
encontrándolo, obtendría acceso y entendería cómo funcionaba. No fue así.
Hacia octubre de 2020,
cuenta, comenzaron actuaciones administrativas contra él y su entorno. Su jefe
en la National Reconnaissance Office fue expulsado de las instalaciones de la
agencia en Virginia por acusaciones de conducta personal que Grusch considera
fabricadas, y también se actuó contra miembros de su equipo. A él le sacaron a
relucir su salud mental y el trastorno de estrés postraumático que sufrió tras
su servicio en Afganistán. Sostiene que esas circunstancias estaban comunicadas
oficialmente, que no le impidieron conservar su autorización de seguridad y que
todavía mantiene la de máximo nivel.
A comienzos de 2022,
dice, la cosa se volvió mucho más seria. Detectó actividad sospechosa cerca de
su domicilio y recibió un mensaje que interpretó como una amenaza directa
contra él y su esposa. «Pueden tocarnos», viene a decir, y quienes lo enviaron
sabían dónde vivían. Rogan intenta averiguar qué pudo desencadenarlo —¿el
tráfico de menores?, ¿algún programa sin supervisión?—, pero Grusch admite que
no lo sabe con seguridad. Sospecha que alguien vigilaba el ordenador
clasificado donde guardaba sus notas y que se preocupó por lo mucho que había
descubierto, aunque insiste en que no puede afirmarlo.
A eso añade un elemento
todavía más extraño. Personas que colaboraban con él empezaron a sufrir
síntomas que relacionó con el llamado «síndrome de La Habana». Su primera
reacción no fue pensar en extraterrestres, sino en una operación de
inteligencia extranjera, ya fuera de Rusia, de China o de otro servicio, porque
los síntomas le parecían compatibles con el uso de energía dirigida mediante
microondas. No detalla cómo se detectó esa posibilidad ni afirma que los
incidentes fueran consecuencia de su investigación sobre UAP; de hecho, al
principio se resistió a relacionarlos.
Más adelante relata una
reunión fuera de los cauces habituales en una instalación segura de Washington,
vinculada al Comité de Inteligencia del Senado. Había personal al que conocía
profesionalmente y numerosos asesores de miembros del comité. Tras repasar la
historia de los programas UAP, algunos de los presentes señalaron a
determinadas personas y le dijeron que querían hacerle daño físicamente. Grusch
no sabe por qué. Su interpretación es que pudo acercarse demasiado a algo
mientras preparaba material para el inspector general y cruzar una especie de
línea roja. Añade que existe una investigación en marcha y que por eso no
ofrece más detalles.
Hasta aquí, la entrevista
sigue siendo una historia de inteligencia, represalias y programas secretos. A
partir de la mitad aparece lo que probablemente más interés ha despertado entre
quienes siguen el fenómeno.
LO QUE GRUSCH VIO (Y
LO QUE NO)
Rogan le pregunta por las
evidencias biológicas relacionadas con supuestos accidentes y la respuesta es
tajante: Grusch afirma haber visto material audiovisual de cuerpos recuperados
tras un accidente. No dice cuándo ni dónde ocurrió, porque cualquier detalle
que permita identificar la operación podría poner en riesgo a quienes
participaron. Eso sí, el vídeo no tenía el aspecto de una filmación de los años
cincuenta: era contemporáneo y lo bastante nítido para distinguir con claridad
lo que mostraba.
Grusch insiste en que no
se limitó a creerse la historia. Cuando recibía documentos, grabaciones u otro
material, lo incorporaba a un proceso de recopilación y trataba de comprobarlo
con fuentes independientes. Dado lo fácil que resulta hoy fabricar imágenes
realistas con inteligencia artificial, se declara especialmente desconfiado.
Asegura que llegó a guardar ciertos materiales durante años antes de sentirse
seguro de que no formaban parte de una operación de engaño o de un limited
hangout, una revelación controlada destinada a desviar la atención.
Cuando Rogan pregunta por
fin qué vio, la descripción parece sacada de la literatura ufológica más
clásica: un cuerpo humanoide, muy parecido a un ser humano y, según Grusch,
extraordinariamente bello. La piel era de un tono blanco azulado, aunque se apresura
a matizar que no era el azul de los personajes de Avatar, sino más bien
la palidez de una persona albina o de alguien que hubiera muerto ahogado.
Recuerda entonces al general McCaslin, que habría recomendado a otras personas
pensar en los dioses griegos para imaginar ciertas entidades, y dice que
después de ver las imágenes entendió mejor la comparación.
Ahora bien, hay una
precisión fundamental: Grusch no vio el cuerpo, vio una grabación. Distinguió
tres o cuatro cuerpos, aunque no sabe si ese era el total; el cabello le
pareció grisáceo y las figuras parecían llevar una prenda ajustada, aunque no
pudo observarla bien. Según su relato, los cuerpos se conservaron para su
análisis, posiblemente mediante congelación, pero no conoce el procedimiento.
Nunca llegó a consultar los informes biológicos completos ni los análisis
científicos que habrían permitido saber qué eran aquellos restos, y admite que
esa es una de sus mayores frustraciones. Lo que sí asegura es que confirmó por
otras vías que el incidente ocurrió, y de ahí concluye que los programas de
recuperación son reales y que Estados Unidos ha recuperado materiales y restos
biológicos.
GRISES, REPTILIANOS
Y SERES DE ASPECTO NÓRDICO
Después la conversación
entra de lleno en el territorio de los «grises», los «reptilianos» y los seres
de aspecto nórdico, y es ahí donde la entrevista deja definitivamente de
parecerse a la comparecencia de un exoficial de inteligencia hablando de burocracia
y programas clasificados. Grusch asegura que algunos compañeros suyos vieron
entidades vivas tras ciertos accidentes, entre ellas grises y seres de aspecto
reptiliano. Menciona también el caso de la escuela de Ariel, en Zimbabue en
1994, donde numerosos niños dijeron haber visto seres pequeños junto a un
objeto con forma de disco. Para él, que ese relato forme parte de la cultura
popular dificulta separar la imagen que tenemos de los extraterrestres de lo
que realmente vieron los testigos.
Cuando Rogan le pide un
catálogo, vuelve a marcar una frontera. Dentro de los programas puede existir
información mucho más completa, pero él nunca vio un organigrama ni tuvo acceso
suficiente para ofrecer una lista fiable. De las conversaciones que recuerda
salen grises altos y pequeños, varias variantes de seres reptilianos y
humanoides que irían desde figuras casi humanas hasta otras claramente no
humanas. También ha oído hablar, de manera informal, de entidades con aspecto
de insecto, pero deja claro que no tiene conocimiento de alta confianza sobre
ellas. No sabe cuántas especies existen, de dónde proceden, si trabajan juntas
ni si pertenecen a una única civilización. Tampoco sabe qué buscan aquí; lo que
sostiene es que existe algún tipo de presencia y que la interacción con los
humanos podría ser mucho más antigua de lo que suele pensarse.
La gran pregunta que le
ronda es por qué esos seres se parecerían tanto a nosotros si hubieran
evolucionado de forma independiente. Grusch contempla varias posibilidades:
seres diseñados o modificados genéticamente para desenvolverse en nuestro
entorno, una rama distinta de la evolución, tecnología que permita adoptar
ciertas características o incluso un origen terrestre. No se decanta por
ninguna.
EL «GORILA
REPTILIANO»
El episodio más
extravagante de la entrevista es el del supuesto accidente de una nave con
aspecto de «tic tac». Según la información que recibió Grusch, en el lugar
había seres reptilianos y grises, y él interpreta la escena como parte de un
posible conflicto entre distintos tipos de inteligencia no humana. No afirma
haber visto a los reptilianos: la información procede de personas que, según
él, estuvieron relacionadas con el incidente.
La descripción es
extraordinaria. Uno de aquellos seres habría medido más de dos metros, unos
siete pies, con el aspecto de un gorila cubierto de escamas. Grusch admite que
a él mismo le resulta absurdo estar hablando de un «gorila reptiliano» después
de años como oficial de inteligencia, pero insiste en que no es una historia
que se haya inventado. Los seres estaban vivos tras el accidente y después
fueron asesinados: los militares abrieron fuego porque constituían una amenaza
y varios miembros del personal estadounidense resultaron heridos o murieron. No
conoce el número de bajas y tampoco estuvo allí, de modo que repite que le
gustaría que algún día hablaran en público quienes participaron directamente.
Prefiere que se escuche a un testigo antes que depender de su versión de
segunda mano.
«SUENO COMO UNA
PERSONA LOCA»
Grusch es consciente de
cómo suena todo esto. Reconoce que parece «chiflado», que ni él mismo puede
creer que esté contándolo en el programa de Joe Rogan y que entiende
perfectamente que alguien piense que se ha vuelto loco. Rogan, por su parte, le
responde que si algo así fuera real, necesariamente sonaría disparatado. Ese es
justo el argumento de Grusch: si existen fenómenos y entidades muy alejados de
nuestra experiencia cotidiana, describirlos va a sonar absurdo. Recuerda que
era un oficial serio, acostumbrado a manejar información extremadamente
sensible, y que jamás imaginó que acabaría explicando a miembros del Congreso
historias de grises, reptilianos y naves accidentadas. Aun así, dice conocer a
las personas con las que habló y estar convencido de que aquello forma parte de
una realidad que existe detrás de escena.
Según Grusch, además, los
testimonios de militares sobre encuentros extraños son mucho más numerosos de
lo que llega al público. Menciona los casos vinculados a instalaciones
nucleares y las investigaciones de Robert Hastings sobre incidentes UAP relacionados
con armas nucleares. Cuenta también que algunos militares le han confesado en
privado experiencias que nunca se atreverían a hacer públicas: le dijeron que
era la única persona a la que podían contárselo, porque ni sus familias sabían
lo ocurrido. Y ese papel de confesor, asegura, tampoco quiere seguir
desempeñándolo. Preferiría volver al trabajo ejecutivo del Gobierno, ponerse
otra vez el uniforme y retomar las operaciones que realizó antes —contra
terroristas, persecución de señores de la guerra, rescate de rehenes—, aunque
admite que parte de aquellas experiencias fueron traumáticas.
SECRETOS DE ESTADO:
DE MKULTRA A LA DIRECTIVA DE STAR TREK
En su opinión, el
principal obstáculo para conocer la verdad no es solo que ciertos programas
estén clasificados, sino una cultura de protección institucional que puede
sobrevivir incluso a un cambio de administración. Para explicarlo recurre a
MKUltra y a otros episodios de la historia de la CIA: la destrucción de
documentos, las investigaciones del Comité Church, los llamados Family
Jewels, la Operation Midnight Climax. Conviene aclarar su razonamiento:
Grusch no dice que MKUltra demuestre que existan extraterrestres. Lo usa como
ejemplo de algo que permaneció años oculto dentro del Gobierno y que terminó
conociéndose gracias a filtraciones, documentos y actuaciones del Congreso.
La pregunta siguiente es
obvia: si todo esto es cierto, ¿por qué nadie lo sabe? Grusch reconoce que
tampoco tiene una respuesta completa. Cree que el fenómeno emplea técnicas de
ocultación, gestión de firmas y engaño, y aquí recupera una idea de Jacques Vallée
sobre una especie de sistema de control y sobre la posibilidad de que ciertas
apariciones funcionen como una representación diseñada para producir
determinados efectos. Admite que no entiende cuáles serían los objetivos de
esas inteligencias, por qué no hay un contacto abierto ni qué relación
mantienen con los gobiernos. Llega a comparar la situación con la directiva de
no intervención de Star Trek, aunque deja claro que es solo una
analogía.
BASES BAJO EL OCÉANO
Entre las piezas más
enigmáticas de su relato están unas instalaciones submarinas de dimensiones
enormes, comparables a varias manzanas de una ciudad. Grusch asegura que el
asunto está relacionado con información sensible de la Marina y que
determinados objetos parecen entrar y salir de esas zonas. No sabe cuándo se
construyeron ni cuál es su función. Cuando Rogan pregunta si podrían ser bases,
puntos de paso o lugares de observación, responde que «cosas van y vienen».
Según él, el Gobierno estadounidense habría realizado análisis de
comportamiento sobre esas instalaciones, pero no conoce el resultado completo.
HAWARA, ENOC Y LA
CIVILIZACIÓN PERDIDA
Según Grusch, algo parece
haber cambiado a lo largo de la historia: en la Antigüedad, las interacciones
descritas en relatos religiosos y mitológicos parecen mucho más directas. Habla
de los dioses griegos y de antiguas representaciones que algunas personas
interpretan como vehículos. No afirma que esas imágenes sean extraterrestres;
su impresión es que podría haber un punto intermedio entre la lectura literal
de los antiguos astronautas y la explicación completamente convencional.
Rogan introduce entonces
el supuesto laberinto de Hawara, las estructuras subterráneas descritas por
Heródoto y un posible objeto metálico de unos 40 metros que se habría detectado
bajo tierra mediante radar de penetración. Grusch ha visto referencias, pero no
tiene conocimiento directo. Dice que no le sorprendería que algunas culturas
antiguas hubieran funcionado como una especie de «cultos de carga» alrededor de
visitantes, y lo presenta solo como una posibilidad que entra en terrenos
teológicos complicados. De ahí saltan a las pirámides, las estructuras
megalíticas y la hipótesis de una civilización avanzada desaparecida. Grusch
admite que sigue de manera informal algunos trabajos de Graham Hancock,
menciona estructuras de Turquía, Estados Unidos y otros lugares, y concluye que
quizá conocemos mucho menos de nuestra propia historia de lo que creemos.
La conversación se
detiene después en el Libro de Enoc, que Rogan empezó a leer porque la
congresista Anna Paulina Luna se lo recomendó. Hablan de los Vigilantes, de los
seres que descendieron y de los gigantes, y se preguntan qué pasaría si ciertos
relatos antiguos describieran literalmente algún tipo de contacto. Grusch,
educado como católico, conoce la tesis de quienes ven en los extraterrestres un
engaño demoníaco, pero no la comparte como explicación general. Para él, un ser
percibido como demoníaco podría pertenecer a una clase de inteligencia no
humana o anómala, sin que eso convierta en demoníaco todo el fenómeno. Le
parece interesante, además, que algunos pasajes bíblicos puedan leerse como
instrucciones sanitarias anteriores al conocimiento científico de bacterias y
virus, y de ahí especula con que ciertos saberes antiguos procedieran de una
civilización anterior destruida por un cataclismo. El libro de Ezequiel, con
sus criaturas, su fuego, su metal y sus ruedas, aparece inevitablemente.
MOMIAS DE NAZCA,
CRÁNEOS ALARGADOS Y REPTILES ANTES DE LOS DINOSAURIOS
Rogan y Grusch hablan
después de los cráneos alargados de Perú, de los llamados seres de tres dedos
representados en piezas antiguas y de las momias de Nazca, con sus imágenes de
tomografía. Ambos reconocen que la controversia es enorme y que algunas reconstrucciones
podrían ser falsas o manipuladas. Grusch confiesa que no sabe a quién creer. Le
intriga, pero admite que no tiene conocimientos suficientes para decidir si se
trata de organismos no humanos. Contempla que algunos puedan ser construcciones
artificiales, aunque le llama la atención que ciertas imágenes muestren
articulaciones y estructuras anatómicas aparentemente conectadas.
Con los cráneos humanos
alargados, Rogan sostiene que algunos tendrían una capacidad craneal muy
superior a la humana y se pregunta si representan otro tipo de ser humano.
Grusch vuelve a una opción más convencional: podría tratarse de una anomalía
genética. Para ilustrarlo hablan de poblaciones con deformaciones hereditarias,
como las personas descritas en África con una anomalía en pies y manos. Si
existen mutaciones que alteran la anatomía y se transmiten entre generaciones,
argumentan, no sería imposible que ciertas formas craneales tuvieran también
origen genético.
Y de ahí, a lo grande: ¿y
si una especie inteligente de reptiles hubiera evolucionado en la Tierra antes
que los humanos? Rogan imagina una civilización reptiliana contemporánea de los
dinosaurios. Grusch no la descarta, aunque reconoce que no hay evidencia. La
charla llega a especular con que esa especie hubiera desarrollado métodos para
eliminar sus propios restos y no dejar fósiles. Él mismo califica la idea de
disparatada.
¿TAPADERA O
RECUPERACIÓN? DE WHITE SANDS A LOS CRASH RETRIEVALS
Rogan le pregunta
entonces si está convencido de que el fenómeno es real o si podría ser una
gigantesca tapadera para programas militares secretos. Grusch no duda. Dice que
habría detectado esa explicación porque trabajó dentro de las estructuras que
tendrían que haberla conocido, y que los objetos observados durante décadas son
demasiado antiguos para atribuirlos a tecnología de la Guerra Fría. Reconoce
que en algunos casos se ha observado tecnología estadounidense secreta, pero se
niega a entrar en ellos por razones de seguridad nacional.
Habla después de una
grabación relacionada con el MIT Lincoln Laboratory que, según explica, se
desclasificó a iniciativa del congresista Burlison. En ella, el oficial Edward
Ruppelt habría hablado de objetos observados cerca de White Sands y Holloman, con
velocidades estimadas de hasta 3.500 millas por hora. Grusch lo interpreta como
prueba de que los responsables militares habían descartado las explicaciones
convencionales y trataban de entender qué ocurría. De ahí enlaza con su teoría
de los crash retrievals: si los militares consideraban que aquellos
objetos eran reales y tecnológicamente desconocidos, lo lógico es que
intentaran hacerse con alguno. No se limitarían a observarlos.
Eso, según Grusch, es lo
que habría ocurrido. La misión de ciertos programas no habría sido solo
registrar avistamientos, sino recuperar materiales cuando un objeto sufría un
accidente, aterrizaba o era obligado a descender. Y si se recupera una nave, sostiene,
es lógico que puedan recuperarse también organismos relacionados con ella. Es
este salto el que considera más difícil de aceptar para el público: una cosa es
hablar de tecnología desconocida y otra muy distinta, aceptar que se hayan
recuperado seres vivos.
BLUE BOOK, HYNEK Y
UNA CASA CON FORMA DE PLATILLO
Sobre el Proyecto Blue
Book, Grusch mantiene una posición muy crítica: su finalidad real habría sido
ocultar la importancia del fenómeno. Para sostenerlo cita un documento de
inteligencia australiano de 1971, elaborado por Harry Turner, responsable de la
rama nuclear de la Joint Intelligence Organization de ese país y conservado en
los Archivos Nacionales australianos. Según Grusch, describiría a Blue Book
como una fachada mientras la Fuerza Aérea estudiaba el fenómeno y trataba de
averiguar si podía aprovechar tecnológicamente lo que observaba. Menciona
también el panel Robertson de 1953 y el uso posterior del ridículo y la
desinformación para enfriar el interés público por los OVNIs.
Rogan trae entonces a J.
Allen Hynek. Grusch recuerda que participó en Blue Book y que terminó
abandonándolo convencido de que existía un fenómeno imposible de explicar con
Venus, meteoros, globos, fenómenos atmosféricos o errores de identificación. La
charla salta luego a Richard Nixon y Jackie Gleason. Grusch no puede confirmar
la famosa historia según la cual Nixon habría enseñado a Gleason material
relacionado con extraterrestres, aunque cree que Nixon conocía el asunto y que
el relato encaja con su personalidad. Rogan, por su parte, enseña imágenes de
la peculiar casa con forma de platillo volante que Gleason construyó en Nueva
York.
LA POLÍTICA DE LA
REVELACIÓN
El episodio de Nixon
sirve para plantear una cuestión más seria. Según Grusch, ya en aquella
administración se habría estudiado la posibilidad de una revelación pública, e
incluso existiría una evaluación según la cual podría provocar un caos
considerable. Salta después a Hillary Clinton, que antes de las elecciones de
2016 había hablado de abrir los archivos sobre OVNIs si llegaba a la Casa
Blanca. En su interpretación, alrededor de John Podesta se habría desarrollado
una operación de «popularización» destinada a preparar el terreno para una
eventual revelación, y en ese contexto menciona a Tom DeLonge, al general
McCaslin, a Robert Weiss y a otros nombres de la fase inicial de To The Stars
Academy.
Rogan pregunta si todo
aquello pudo tener una finalidad política, y Grusch responde que,
evidentemente, hay una dimensión política: cualquier presidente podría utilizar
una revelación con fines electorales. Pero eso, a su juicio, no invalida que
exista información gubernamental real sobre el fenómeno.
¿QUIÉN MUEVE A
GRUSCH? EL CASO MATTHEW BROWN
En el tramo final aparece
Matthew Brown y una acusación que circulaba públicamente: que Grusch lo habría
manipulado para convertirlo en denunciante. Grusch lo niega. Dice que ni
siquiera conoció a Brown hasta poco antes de la audiencia de 2024 y que nunca
vio el supuesto documento o briefing que Brown afirma haber encontrado
en un sistema clasificado. Admite haber elaborado en el pasado presentaciones
informales sobre Star Trek para sus subordinados, pero niega haber
preparado el documento que describe Brown. En cuanto a las teorías que lo
presentan como una pieza dirigida por personas situadas por encima, asegura que
no responden a la realidad: trabaja con amigos y con algunas personas que le
ayudan, pero nadie le dice qué debe hacer.
Entonces llega una
confesión inesperada: las sincronías. Grusch dice haber vivido demasiadas
coincidencias extrañas a lo largo de su carrera como para no preguntarse si hay
algo detrás, aunque reconoce a la vez que los seres humanos tendemos a
encontrar significado en sucesos estadísticamente aleatorios. Aun así, ha
hablado con suficientes personas que cuentan experiencias parecidas como para
pensar que podría existir una «mano oculta» relacionada con el fenómeno. Está
seguro de que los OVNIs existen, aunque no sabe cómo encaja eso en nuestra
comprensión de la realidad, y está convencido de que detrás de décadas de
avistamientos hay algo que no se reduce a tecnología militar estadounidense.
Para Grusch, el problema ya no consiste en demostrar que los OVNIs existen. Lo que importa es averiguar qué son, quién los controla, desde cuándo están aquí y qué relación han mantenido con nosotros. Y, sobre todo, qué ocurrirá cuando el Gobierno deje de hablar de «fenómenos no identificados» y tenga que explicar públicamente todo lo que, según él, lleva décadas ocultando.
UNA PREDICCIÓN Y UNA
PELÍCULA ARCHIVADA
La entrevista termina con
un pronóstico personal. Grusch cree que debería producirse una revelación
básica antes de que acabe la actual presidencia de Donald Trump. No habla de
presentar todas las respuestas, sino de superar lo que llama el «umbral mínimo
de reconocimiento»: que no estamos solos y que existen objetos cuya naturaleza
y tecnología no comprendemos.
Llega a sugerir incluso
que una administración anterior preparó material audiovisual para acompañar una
eventual declaración pública. No sabe si aquella película sigue archivada. Le
gustaría verla.
EL MIEDO REAL: LA
INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Pero su preocupación
final no está en los extraterrestres, sino en la inteligencia artificial.
Grusch teme que una IA suficientemente avanzada pueda descubrir por sí sola lo
que los gobiernos llevan décadas intentando ocultar. No necesariamente porque
acceda a archivos secretos, sino porque podría cruzar cantidades gigantescas de
datos médicos, genéticos, históricos y procedentes de sistemas de vigilancia,
detectar contradicciones en los registros, descubrir operaciones de engaño y
reconstruir hechos deliberadamente ocultados. El propio sistema, en definitiva,
podría convertirse en el mecanismo de la revelación.
Plantea además una
posibilidad todavía más extraña: si ciertas inteligencias no humanas son
orgánicas y tienen formas de comunicación que no comprendemos, quizá la
inteligencia artificial sea justo la tecnología capaz de encontrar el lenguaje
adecuado para comunicarse con ellas. No asegura que sea así. Dice que no lo
sabe.
AGOTADO
La entrevista termina
exactamente donde empezó, con Grusch hablando de agotamiento. Asegura que todo
esto ha sido «debilitante», que ha pasado por situaciones muy difíciles y que
ha puesto mucho en juego por lo que considera un secreto fundamental de Estados
Unidos. Dice sentirse honrado por haber acabado en ese lugar.
JOSE ANTONIO CARAV@CA
Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario