viernes, 2 de octubre de 2026

DAVID GRUSCH REVELA LA EXISTENCIA DE UNA GRAN CONSPIRACION OVNI

 



David Grusch ha vuelto a sentarse frente a Joe Rogan y, esta vez, apenas necesitó unos minutos para dejar claro que no había regresado para repetir el relato de 2023. Sus nuevas declaraciones fueron mucho más allá, con afirmaciones tan extraordinarias y sorprendentes que algunas resultan difíciles incluso de creer: «Estoy viviendo una pesadilla», suelta nada más empezar. La entrevista se emitió el 30 de septiembre de 2026 en The Joe Rogan Experience y dura aproximadamente dos horas y media. El propio Rogan lo presenta como antiguo oficial de inteligencia de la Fuerza Aérea, antiguo representante de la National Reconnaissance Office ante la UAP Task Force y antiguo responsable de análisis UAP en la National Geospatial-Intelligence Agency.

Lo interesante es hasta dónde se ha ensanchado su relato. Grusch ya no se limita a hablar de programas de recuperación de objetos. Ahora entran en escena presuntas actividades criminales dentro del aparato de seguridad estadounidense, amenazas personales, problemas de salud en su entorno, reuniones secretas con personal del Senado, cuerpos biológicos vistos en vídeo, distintos tipos de entidades que podrían estar enfrentadas, bases bajo el océano, inteligencia no biológica y hasta una posible relación entre la inteligencia artificial y el fenómeno.

Y aquí conviene detenerse en un detalle clave. Buena parte de lo que cuenta no viene acompañado de pruebas que el público pueda examinar. Él mismo reconoce en varios momentos que no tuvo acceso completo a determinados programas, que conoce algunos episodios por terceros o que no puede comprobar ciertos documentos. Hay que separar, por tanto, tres planos: lo que dice haber visto personalmente, lo que le contaron quienes participaron en los hechos y lo que son simples hipótesis. Esa distinción acompaña a toda la entrevista y conviene no perderla de vista.

DE LA PESADILLA AL CONGRESO

El UAP Disclosure Act de 2023 no salió adelante y, según explica, durante 2024 Grusch decidió mantenerse en un segundo plano. Después llegó una nueva etapa: el congresista Eric Burlison lo incorporó como miembro profesional de su equipo y asegura que pasó aproximadamente un año y medio trabajando desde dentro del Congreso. Ahora ha cerrado ese capítulo y habla de una «siguiente fase», precedida de un descanso, porque lleva varios años funcionando a toda velocidad.

Su retrato del Capitolio es el de una cámara dividida entre quienes no creen en el fenómeno y lo que él llama el «UAP caucus». Dice haber participado en reuniones clasificadas en instalaciones SCIF con miembros y asesores del Congreso, donde presentó la historia del asunto y también lo que describe como aspectos mucho más oscuros, relacionados con actividades criminales.

LA «EMPRESA CRIMINAL»

Grusch afirma que, mientras investigaba ciertos movimientos de dinero y actividades ligadas a programas de seguridad nacional, se topó con lo que denomina una «empresa criminal» vinculada a una agencia gubernamental. Cuando Rogan le pregunta de qué actividades habla, la respuesta es extraordinariamente grave: tráfico de personas y, en concreto, de menores. Según su relato, informó de ello a miembros del Congreso en un entorno clasificado y trabajó también con el Departamento de Justicia. Insiste en que no acusa a todo el aparato gubernamental, sino a un grupo reducido que habría aprovechado ciertos programas y estructuras para actuar fuera de la ley y mover dinero al margen de los controles ordinarios.

Para explicar cómo algo así sería posible recurre a un precedente histórico: Irán-Contra y la financiación encubierta de los Contras. En la conversación aparecen Barry Seal, Freeway Ricky Ross y el antiguo agente de narcóticos de Los Ángeles Michael Ruppert, y Rogan recuerda las acusaciones sobre el uso del narcotráfico para financiar operaciones. Pero Grusch introduce aquí una cautela importante: reconoce que algunas de aquellas acusaciones nunca se confirmaron oficialmente. Su argumento no es que Irán-Contra demuestre nada sobre los UAP, sino que existen precedentes de estructuras clandestinas capaces de escapar al control. Muchos programas relacionados con el fenómeno, sostiene, pueden tener un origen legal. El problema surge cuando falta supervisión y pequeños grupos empiezan a actuar por su cuenta, mientras la mayoría de los implicados simplemente cumple con su trabajo convencida de proteger la seguridad nacional.

REPRESALIAS, AMENAZAS Y UN POSIBLE «SÍNDROME DE LA HABANA»

Grusch asegura haber quedado atrapado en esa situación. Llevaba unos quince años en inteligencia, había tratado asuntos extremadamente sensibles y empezó a informar al Consejo de Seguridad Nacional en la Casa Blanca cuando aún tenía veintitantos años. Al entrar en la UAP Task Force en 2019, su actitud era bastante convencional: si existía un programa estadounidense relacionado con estos objetos, acabaría encontrándolo, obtendría acceso y entendería cómo funcionaba. No fue así.

Hacia octubre de 2020, cuenta, comenzaron actuaciones administrativas contra él y su entorno. Su jefe en la National Reconnaissance Office fue expulsado de las instalaciones de la agencia en Virginia por acusaciones de conducta personal que Grusch considera fabricadas, y también se actuó contra miembros de su equipo. A él le sacaron a relucir su salud mental y el trastorno de estrés postraumático que sufrió tras su servicio en Afganistán. Sostiene que esas circunstancias estaban comunicadas oficialmente, que no le impidieron conservar su autorización de seguridad y que todavía mantiene la de máximo nivel.

A comienzos de 2022, dice, la cosa se volvió mucho más seria. Detectó actividad sospechosa cerca de su domicilio y recibió un mensaje que interpretó como una amenaza directa contra él y su esposa. «Pueden tocarnos», viene a decir, y quienes lo enviaron sabían dónde vivían. Rogan intenta averiguar qué pudo desencadenarlo —¿el tráfico de menores?, ¿algún programa sin supervisión?—, pero Grusch admite que no lo sabe con seguridad. Sospecha que alguien vigilaba el ordenador clasificado donde guardaba sus notas y que se preocupó por lo mucho que había descubierto, aunque insiste en que no puede afirmarlo.

A eso añade un elemento todavía más extraño. Personas que colaboraban con él empezaron a sufrir síntomas que relacionó con el llamado «síndrome de La Habana». Su primera reacción no fue pensar en extraterrestres, sino en una operación de inteligencia extranjera, ya fuera de Rusia, de China o de otro servicio, porque los síntomas le parecían compatibles con el uso de energía dirigida mediante microondas. No detalla cómo se detectó esa posibilidad ni afirma que los incidentes fueran consecuencia de su investigación sobre UAP; de hecho, al principio se resistió a relacionarlos.

Más adelante relata una reunión fuera de los cauces habituales en una instalación segura de Washington, vinculada al Comité de Inteligencia del Senado. Había personal al que conocía profesionalmente y numerosos asesores de miembros del comité. Tras repasar la historia de los programas UAP, algunos de los presentes señalaron a determinadas personas y le dijeron que querían hacerle daño físicamente. Grusch no sabe por qué. Su interpretación es que pudo acercarse demasiado a algo mientras preparaba material para el inspector general y cruzar una especie de línea roja. Añade que existe una investigación en marcha y que por eso no ofrece más detalles.

Hasta aquí, la entrevista sigue siendo una historia de inteligencia, represalias y programas secretos. A partir de la mitad aparece lo que probablemente más interés ha despertado entre quienes siguen el fenómeno.

LO QUE GRUSCH VIO (Y LO QUE NO)

Rogan le pregunta por las evidencias biológicas relacionadas con supuestos accidentes y la respuesta es tajante: Grusch afirma haber visto material audiovisual de cuerpos recuperados tras un accidente. No dice cuándo ni dónde ocurrió, porque cualquier detalle que permita identificar la operación podría poner en riesgo a quienes participaron. Eso sí, el vídeo no tenía el aspecto de una filmación de los años cincuenta: era contemporáneo y lo bastante nítido para distinguir con claridad lo que mostraba.

Grusch insiste en que no se limitó a creerse la historia. Cuando recibía documentos, grabaciones u otro material, lo incorporaba a un proceso de recopilación y trataba de comprobarlo con fuentes independientes. Dado lo fácil que resulta hoy fabricar imágenes realistas con inteligencia artificial, se declara especialmente desconfiado. Asegura que llegó a guardar ciertos materiales durante años antes de sentirse seguro de que no formaban parte de una operación de engaño o de un limited hangout, una revelación controlada destinada a desviar la atención.

Cuando Rogan pregunta por fin qué vio, la descripción parece sacada de la literatura ufológica más clásica: un cuerpo humanoide, muy parecido a un ser humano y, según Grusch, extraordinariamente bello. La piel era de un tono blanco azulado, aunque se apresura a matizar que no era el azul de los personajes de Avatar, sino más bien la palidez de una persona albina o de alguien que hubiera muerto ahogado. Recuerda entonces al general McCaslin, que habría recomendado a otras personas pensar en los dioses griegos para imaginar ciertas entidades, y dice que después de ver las imágenes entendió mejor la comparación.

Ahora bien, hay una precisión fundamental: Grusch no vio el cuerpo, vio una grabación. Distinguió tres o cuatro cuerpos, aunque no sabe si ese era el total; el cabello le pareció grisáceo y las figuras parecían llevar una prenda ajustada, aunque no pudo observarla bien. Según su relato, los cuerpos se conservaron para su análisis, posiblemente mediante congelación, pero no conoce el procedimiento. Nunca llegó a consultar los informes biológicos completos ni los análisis científicos que habrían permitido saber qué eran aquellos restos, y admite que esa es una de sus mayores frustraciones. Lo que sí asegura es que confirmó por otras vías que el incidente ocurrió, y de ahí concluye que los programas de recuperación son reales y que Estados Unidos ha recuperado materiales y restos biológicos.

GRISES, REPTILIANOS Y SERES DE ASPECTO NÓRDICO

Después la conversación entra de lleno en el territorio de los «grises», los «reptilianos» y los seres de aspecto nórdico, y es ahí donde la entrevista deja definitivamente de parecerse a la comparecencia de un exoficial de inteligencia hablando de burocracia y programas clasificados. Grusch asegura que algunos compañeros suyos vieron entidades vivas tras ciertos accidentes, entre ellas grises y seres de aspecto reptiliano. Menciona también el caso de la escuela de Ariel, en Zimbabue en 1994, donde numerosos niños dijeron haber visto seres pequeños junto a un objeto con forma de disco. Para él, que ese relato forme parte de la cultura popular dificulta separar la imagen que tenemos de los extraterrestres de lo que realmente vieron los testigos.

Cuando Rogan le pide un catálogo, vuelve a marcar una frontera. Dentro de los programas puede existir información mucho más completa, pero él nunca vio un organigrama ni tuvo acceso suficiente para ofrecer una lista fiable. De las conversaciones que recuerda salen grises altos y pequeños, varias variantes de seres reptilianos y humanoides que irían desde figuras casi humanas hasta otras claramente no humanas. También ha oído hablar, de manera informal, de entidades con aspecto de insecto, pero deja claro que no tiene conocimiento de alta confianza sobre ellas. No sabe cuántas especies existen, de dónde proceden, si trabajan juntas ni si pertenecen a una única civilización. Tampoco sabe qué buscan aquí; lo que sostiene es que existe algún tipo de presencia y que la interacción con los humanos podría ser mucho más antigua de lo que suele pensarse.

La gran pregunta que le ronda es por qué esos seres se parecerían tanto a nosotros si hubieran evolucionado de forma independiente. Grusch contempla varias posibilidades: seres diseñados o modificados genéticamente para desenvolverse en nuestro entorno, una rama distinta de la evolución, tecnología que permita adoptar ciertas características o incluso un origen terrestre. No se decanta por ninguna.

EL «GORILA REPTILIANO»

El episodio más extravagante de la entrevista es el del supuesto accidente de una nave con aspecto de «tic tac». Según la información que recibió Grusch, en el lugar había seres reptilianos y grises, y él interpreta la escena como parte de un posible conflicto entre distintos tipos de inteligencia no humana. No afirma haber visto a los reptilianos: la información procede de personas que, según él, estuvieron relacionadas con el incidente.

La descripción es extraordinaria. Uno de aquellos seres habría medido más de dos metros, unos siete pies, con el aspecto de un gorila cubierto de escamas. Grusch admite que a él mismo le resulta absurdo estar hablando de un «gorila reptiliano» después de años como oficial de inteligencia, pero insiste en que no es una historia que se haya inventado. Los seres estaban vivos tras el accidente y después fueron asesinados: los militares abrieron fuego porque constituían una amenaza y varios miembros del personal estadounidense resultaron heridos o murieron. No conoce el número de bajas y tampoco estuvo allí, de modo que repite que le gustaría que algún día hablaran en público quienes participaron directamente. Prefiere que se escuche a un testigo antes que depender de su versión de segunda mano.

«SUENO COMO UNA PERSONA LOCA»

Grusch es consciente de cómo suena todo esto. Reconoce que parece «chiflado», que ni él mismo puede creer que esté contándolo en el programa de Joe Rogan y que entiende perfectamente que alguien piense que se ha vuelto loco. Rogan, por su parte, le responde que si algo así fuera real, necesariamente sonaría disparatado. Ese es justo el argumento de Grusch: si existen fenómenos y entidades muy alejados de nuestra experiencia cotidiana, describirlos va a sonar absurdo. Recuerda que era un oficial serio, acostumbrado a manejar información extremadamente sensible, y que jamás imaginó que acabaría explicando a miembros del Congreso historias de grises, reptilianos y naves accidentadas. Aun así, dice conocer a las personas con las que habló y estar convencido de que aquello forma parte de una realidad que existe detrás de escena.

Según Grusch, además, los testimonios de militares sobre encuentros extraños son mucho más numerosos de lo que llega al público. Menciona los casos vinculados a instalaciones nucleares y las investigaciones de Robert Hastings sobre incidentes UAP relacionados con armas nucleares. Cuenta también que algunos militares le han confesado en privado experiencias que nunca se atreverían a hacer públicas: le dijeron que era la única persona a la que podían contárselo, porque ni sus familias sabían lo ocurrido. Y ese papel de confesor, asegura, tampoco quiere seguir desempeñándolo. Preferiría volver al trabajo ejecutivo del Gobierno, ponerse otra vez el uniforme y retomar las operaciones que realizó antes —contra terroristas, persecución de señores de la guerra, rescate de rehenes—, aunque admite que parte de aquellas experiencias fueron traumáticas.

SECRETOS DE ESTADO: DE MKULTRA A LA DIRECTIVA DE STAR TREK

En su opinión, el principal obstáculo para conocer la verdad no es solo que ciertos programas estén clasificados, sino una cultura de protección institucional que puede sobrevivir incluso a un cambio de administración. Para explicarlo recurre a MKUltra y a otros episodios de la historia de la CIA: la destrucción de documentos, las investigaciones del Comité Church, los llamados Family Jewels, la Operation Midnight Climax. Conviene aclarar su razonamiento: Grusch no dice que MKUltra demuestre que existan extraterrestres. Lo usa como ejemplo de algo que permaneció años oculto dentro del Gobierno y que terminó conociéndose gracias a filtraciones, documentos y actuaciones del Congreso.

La pregunta siguiente es obvia: si todo esto es cierto, ¿por qué nadie lo sabe? Grusch reconoce que tampoco tiene una respuesta completa. Cree que el fenómeno emplea técnicas de ocultación, gestión de firmas y engaño, y aquí recupera una idea de Jacques Vallée sobre una especie de sistema de control y sobre la posibilidad de que ciertas apariciones funcionen como una representación diseñada para producir determinados efectos. Admite que no entiende cuáles serían los objetivos de esas inteligencias, por qué no hay un contacto abierto ni qué relación mantienen con los gobiernos. Llega a comparar la situación con la directiva de no intervención de Star Trek, aunque deja claro que es solo una analogía.

BASES BAJO EL OCÉANO

Entre las piezas más enigmáticas de su relato están unas instalaciones submarinas de dimensiones enormes, comparables a varias manzanas de una ciudad. Grusch asegura que el asunto está relacionado con información sensible de la Marina y que determinados objetos parecen entrar y salir de esas zonas. No sabe cuándo se construyeron ni cuál es su función. Cuando Rogan pregunta si podrían ser bases, puntos de paso o lugares de observación, responde que «cosas van y vienen». Según él, el Gobierno estadounidense habría realizado análisis de comportamiento sobre esas instalaciones, pero no conoce el resultado completo.

HAWARA, ENOC Y LA CIVILIZACIÓN PERDIDA

Según Grusch, algo parece haber cambiado a lo largo de la historia: en la Antigüedad, las interacciones descritas en relatos religiosos y mitológicos parecen mucho más directas. Habla de los dioses griegos y de antiguas representaciones que algunas personas interpretan como vehículos. No afirma que esas imágenes sean extraterrestres; su impresión es que podría haber un punto intermedio entre la lectura literal de los antiguos astronautas y la explicación completamente convencional.

Rogan introduce entonces el supuesto laberinto de Hawara, las estructuras subterráneas descritas por Heródoto y un posible objeto metálico de unos 40 metros que se habría detectado bajo tierra mediante radar de penetración. Grusch ha visto referencias, pero no tiene conocimiento directo. Dice que no le sorprendería que algunas culturas antiguas hubieran funcionado como una especie de «cultos de carga» alrededor de visitantes, y lo presenta solo como una posibilidad que entra en terrenos teológicos complicados. De ahí saltan a las pirámides, las estructuras megalíticas y la hipótesis de una civilización avanzada desaparecida. Grusch admite que sigue de manera informal algunos trabajos de Graham Hancock, menciona estructuras de Turquía, Estados Unidos y otros lugares, y concluye que quizá conocemos mucho menos de nuestra propia historia de lo que creemos.

La conversación se detiene después en el Libro de Enoc, que Rogan empezó a leer porque la congresista Anna Paulina Luna se lo recomendó. Hablan de los Vigilantes, de los seres que descendieron y de los gigantes, y se preguntan qué pasaría si ciertos relatos antiguos describieran literalmente algún tipo de contacto. Grusch, educado como católico, conoce la tesis de quienes ven en los extraterrestres un engaño demoníaco, pero no la comparte como explicación general. Para él, un ser percibido como demoníaco podría pertenecer a una clase de inteligencia no humana o anómala, sin que eso convierta en demoníaco todo el fenómeno. Le parece interesante, además, que algunos pasajes bíblicos puedan leerse como instrucciones sanitarias anteriores al conocimiento científico de bacterias y virus, y de ahí especula con que ciertos saberes antiguos procedieran de una civilización anterior destruida por un cataclismo. El libro de Ezequiel, con sus criaturas, su fuego, su metal y sus ruedas, aparece inevitablemente.

MOMIAS DE NAZCA, CRÁNEOS ALARGADOS Y REPTILES ANTES DE LOS DINOSAURIOS

Rogan y Grusch hablan después de los cráneos alargados de Perú, de los llamados seres de tres dedos representados en piezas antiguas y de las momias de Nazca, con sus imágenes de tomografía. Ambos reconocen que la controversia es enorme y que algunas reconstrucciones podrían ser falsas o manipuladas. Grusch confiesa que no sabe a quién creer. Le intriga, pero admite que no tiene conocimientos suficientes para decidir si se trata de organismos no humanos. Contempla que algunos puedan ser construcciones artificiales, aunque le llama la atención que ciertas imágenes muestren articulaciones y estructuras anatómicas aparentemente conectadas.

Con los cráneos humanos alargados, Rogan sostiene que algunos tendrían una capacidad craneal muy superior a la humana y se pregunta si representan otro tipo de ser humano. Grusch vuelve a una opción más convencional: podría tratarse de una anomalía genética. Para ilustrarlo hablan de poblaciones con deformaciones hereditarias, como las personas descritas en África con una anomalía en pies y manos. Si existen mutaciones que alteran la anatomía y se transmiten entre generaciones, argumentan, no sería imposible que ciertas formas craneales tuvieran también origen genético.

Y de ahí, a lo grande: ¿y si una especie inteligente de reptiles hubiera evolucionado en la Tierra antes que los humanos? Rogan imagina una civilización reptiliana contemporánea de los dinosaurios. Grusch no la descarta, aunque reconoce que no hay evidencia. La charla llega a especular con que esa especie hubiera desarrollado métodos para eliminar sus propios restos y no dejar fósiles. Él mismo califica la idea de disparatada.

¿TAPADERA O RECUPERACIÓN? DE WHITE SANDS A LOS CRASH RETRIEVALS

Rogan le pregunta entonces si está convencido de que el fenómeno es real o si podría ser una gigantesca tapadera para programas militares secretos. Grusch no duda. Dice que habría detectado esa explicación porque trabajó dentro de las estructuras que tendrían que haberla conocido, y que los objetos observados durante décadas son demasiado antiguos para atribuirlos a tecnología de la Guerra Fría. Reconoce que en algunos casos se ha observado tecnología estadounidense secreta, pero se niega a entrar en ellos por razones de seguridad nacional.

Habla después de una grabación relacionada con el MIT Lincoln Laboratory que, según explica, se desclasificó a iniciativa del congresista Burlison. En ella, el oficial Edward Ruppelt habría hablado de objetos observados cerca de White Sands y Holloman, con velocidades estimadas de hasta 3.500 millas por hora. Grusch lo interpreta como prueba de que los responsables militares habían descartado las explicaciones convencionales y trataban de entender qué ocurría. De ahí enlaza con su teoría de los crash retrievals: si los militares consideraban que aquellos objetos eran reales y tecnológicamente desconocidos, lo lógico es que intentaran hacerse con alguno. No se limitarían a observarlos.

Eso, según Grusch, es lo que habría ocurrido. La misión de ciertos programas no habría sido solo registrar avistamientos, sino recuperar materiales cuando un objeto sufría un accidente, aterrizaba o era obligado a descender. Y si se recupera una nave, sostiene, es lógico que puedan recuperarse también organismos relacionados con ella. Es este salto el que considera más difícil de aceptar para el público: una cosa es hablar de tecnología desconocida y otra muy distinta, aceptar que se hayan recuperado seres vivos.

BLUE BOOK, HYNEK Y UNA CASA CON FORMA DE PLATILLO

Sobre el Proyecto Blue Book, Grusch mantiene una posición muy crítica: su finalidad real habría sido ocultar la importancia del fenómeno. Para sostenerlo cita un documento de inteligencia australiano de 1971, elaborado por Harry Turner, responsable de la rama nuclear de la Joint Intelligence Organization de ese país y conservado en los Archivos Nacionales australianos. Según Grusch, describiría a Blue Book como una fachada mientras la Fuerza Aérea estudiaba el fenómeno y trataba de averiguar si podía aprovechar tecnológicamente lo que observaba. Menciona también el panel Robertson de 1953 y el uso posterior del ridículo y la desinformación para enfriar el interés público por los OVNIs.

Rogan trae entonces a J. Allen Hynek. Grusch recuerda que participó en Blue Book y que terminó abandonándolo convencido de que existía un fenómeno imposible de explicar con Venus, meteoros, globos, fenómenos atmosféricos o errores de identificación. La charla salta luego a Richard Nixon y Jackie Gleason. Grusch no puede confirmar la famosa historia según la cual Nixon habría enseñado a Gleason material relacionado con extraterrestres, aunque cree que Nixon conocía el asunto y que el relato encaja con su personalidad. Rogan, por su parte, enseña imágenes de la peculiar casa con forma de platillo volante que Gleason construyó en Nueva York.

LA POLÍTICA DE LA REVELACIÓN

El episodio de Nixon sirve para plantear una cuestión más seria. Según Grusch, ya en aquella administración se habría estudiado la posibilidad de una revelación pública, e incluso existiría una evaluación según la cual podría provocar un caos considerable. Salta después a Hillary Clinton, que antes de las elecciones de 2016 había hablado de abrir los archivos sobre OVNIs si llegaba a la Casa Blanca. En su interpretación, alrededor de John Podesta se habría desarrollado una operación de «popularización» destinada a preparar el terreno para una eventual revelación, y en ese contexto menciona a Tom DeLonge, al general McCaslin, a Robert Weiss y a otros nombres de la fase inicial de To The Stars Academy.

Rogan pregunta si todo aquello pudo tener una finalidad política, y Grusch responde que, evidentemente, hay una dimensión política: cualquier presidente podría utilizar una revelación con fines electorales. Pero eso, a su juicio, no invalida que exista información gubernamental real sobre el fenómeno.

¿QUIÉN MUEVE A GRUSCH? EL CASO MATTHEW BROWN

En el tramo final aparece Matthew Brown y una acusación que circulaba públicamente: que Grusch lo habría manipulado para convertirlo en denunciante. Grusch lo niega. Dice que ni siquiera conoció a Brown hasta poco antes de la audiencia de 2024 y que nunca vio el supuesto documento o briefing que Brown afirma haber encontrado en un sistema clasificado. Admite haber elaborado en el pasado presentaciones informales sobre Star Trek para sus subordinados, pero niega haber preparado el documento que describe Brown. En cuanto a las teorías que lo presentan como una pieza dirigida por personas situadas por encima, asegura que no responden a la realidad: trabaja con amigos y con algunas personas que le ayudan, pero nadie le dice qué debe hacer.

Entonces llega una confesión inesperada: las sincronías. Grusch dice haber vivido demasiadas coincidencias extrañas a lo largo de su carrera como para no preguntarse si hay algo detrás, aunque reconoce a la vez que los seres humanos tendemos a encontrar significado en sucesos estadísticamente aleatorios. Aun así, ha hablado con suficientes personas que cuentan experiencias parecidas como para pensar que podría existir una «mano oculta» relacionada con el fenómeno. Está seguro de que los OVNIs existen, aunque no sabe cómo encaja eso en nuestra comprensión de la realidad, y está convencido de que detrás de décadas de avistamientos hay algo que no se reduce a tecnología militar estadounidense.

Para Grusch, el problema ya no consiste en demostrar que los OVNIs existen. Lo que importa es averiguar qué son, quién los controla, desde cuándo están aquí y qué relación han mantenido con nosotros. Y, sobre todo, qué ocurrirá cuando el Gobierno deje de hablar de «fenómenos no identificados» y tenga que explicar públicamente todo lo que, según él, lleva décadas ocultando.

UNA PREDICCIÓN Y UNA PELÍCULA ARCHIVADA

La entrevista termina con un pronóstico personal. Grusch cree que debería producirse una revelación básica antes de que acabe la actual presidencia de Donald Trump. No habla de presentar todas las respuestas, sino de superar lo que llama el «umbral mínimo de reconocimiento»: que no estamos solos y que existen objetos cuya naturaleza y tecnología no comprendemos.

Llega a sugerir incluso que una administración anterior preparó material audiovisual para acompañar una eventual declaración pública. No sabe si aquella película sigue archivada. Le gustaría verla.

EL MIEDO REAL: LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Pero su preocupación final no está en los extraterrestres, sino en la inteligencia artificial. Grusch teme que una IA suficientemente avanzada pueda descubrir por sí sola lo que los gobiernos llevan décadas intentando ocultar. No necesariamente porque acceda a archivos secretos, sino porque podría cruzar cantidades gigantescas de datos médicos, genéticos, históricos y procedentes de sistemas de vigilancia, detectar contradicciones en los registros, descubrir operaciones de engaño y reconstruir hechos deliberadamente ocultados. El propio sistema, en definitiva, podría convertirse en el mecanismo de la revelación.

Plantea además una posibilidad todavía más extraña: si ciertas inteligencias no humanas son orgánicas y tienen formas de comunicación que no comprendemos, quizá la inteligencia artificial sea justo la tecnología capaz de encontrar el lenguaje adecuado para comunicarse con ellas. No asegura que sea así. Dice que no lo sabe.

AGOTADO

La entrevista termina exactamente donde empezó, con Grusch hablando de agotamiento. Asegura que todo esto ha sido «debilitante», que ha pasado por situaciones muy difíciles y que ha puesto mucho en juego por lo que considera un secreto fundamental de Estados Unidos. Dice sentirse honrado por haber acabado en ese lugar.




JOSE ANTONIO CARAV@CA



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