Recientemente se ha puesto el foco sobre un curioso documento de 1992 que resulta especialmente llamativo cuando se coloca junto a la trama, casi cinematográfica, de un supuesto programa de desinformación OVNI que, según una investigación interna del Pentágono, nunca existió.
El protocolo al que nos referimos está fechado el 29 de mayo
de 1992 y su título no tiene nada raro, Special Access Program Supplement to
the National Industrial Security Program Operating Manual. Era un borrador
sobre los procedimientos de seguridad aplicables a determinados programas de
acceso especial. Pero, cuando se entra en su contenido, aparecen algunas
definiciones que ayudan a entender hasta qué punto podía llegar el nivel de
secretismo. El documento establecía lo siguiente:
«Los Programas de Acceso Especial son de naturaleza muy
sensible y, como tales, se dividen en dos categorías principales: SAPS
RECONOCIDOS y SAPS NO RECONOCIDOS».
La distinción era importante porque, en el segundo caso, no
se trataba simplemente de restringir el acceso a la información, sino de
mantener oculta incluso la existencia del programa. El propio borrador lo
dejaba expresamente claro:
«UN PROGRAMA DE ACCESO ESPECIAL NO RECONOCIDO NO SE DARÁ A
CONOCER A NINGUNA PERSONA QUE NO ESTÉ AUTORIZADA PARA RECIBIR DICHA
INFORMACIÓN».
Es decir, el secreto podía afectar no solo al contenido de un
proyecto, sino también al conocimiento de que ese proyecto existía. Y para
reforzar ese control aparecía uno de los conceptos fundamentales de este tipo
de programas, la llamada necesidad de conocer:
«Necesidad de conocer (Need-to-know). La información
clasificada del programa SAP solo se puede discutir o difundir a aquellas
personas específicamente adoctrinadas y solo después de una determinación del
nivel de acceso requerido».
La consecuencia práctica era que disponer de una determinada
autorización de seguridad no significaba necesariamente tener acceso a toda la
información. Había que estar específicamente autorizado y, además, demostrar
que se necesitaba conocer ese contenido para desempeñar una función concreta.
El documento contemplaba incluso la posibilidad de limitar de
antemano el número de personas que podían acceder a un programa:
«Plazas asignadas (Billets). Determinación de
que, con el fin de cumplir con la protección de la necesidad de conocer,
ciertos programas SAP pueden optar por limitar el acceso a un número
predeterminado de empleados debidamente acreditados».
Por tanto, el acceso podía quedar restringido a un grupo muy
reducido de personas, incluso aunque otras dispusieran de las correspondientes
acreditaciones de seguridad. Pero quizá la definición más significativa para
entender el funcionamiento de un SAP no reconocido era esta:
«Un SAP con controles de protección que garantizan que la
existencia del programa no sea reconocida, afirmada ni dada a conocer a ninguna
persona no autorizada para recibir dicha información. Todos los aspectos (por
ejemplo, técnicos, operativos, financieros, logísticos, etc.) se gestionan de
manera NO RECONOCIDA».
Aquí aparece una diferencia fundamental. El secreto no se
limitaba a determinados documentos o detalles técnicos. Podía extenderse a
prácticamente todos los aspectos del programa, desde sus operaciones y
cuestiones financieras hasta su logística, manteniendo al mismo tiempo una
política destinada a impedir que personas no autorizadas supieran siquiera que
existía.
En una de sus secciones se hablaba además de las llamadas
“Program Cover Stories”, historias de cobertura destinadas precisamente a
proteger un programa frente a personas que no tenían necesidad de conocer su
verdadera naturaleza. El borrador explicaba cómo debían utilizarse:
«Historias de Cobertura del Programa (Programas NO
RECONOCIDOS). Se pueden establecer historias de cobertura (cover stories)
para programas no reconocidos con el fin de proteger la integridad del programa
de personas que no tienen necesidad de conocer. Las historias de cobertura
deben ser creíbles y no pueden revelar ninguna información sobre la verdadera
naturaleza del contrato. Las historias de cobertura para los Programas de
Acceso Especial deben contar con la aprobación del PSO antes de su difusión».
Este último punto resulta especialmente interesante porque
muestra que el secretismo podía requerir algo más que guardar silencio. En
determinadas circunstancias estaba previsto recurrir a una explicación
alternativa, una historia de cobertura creíble que permitiera ocultar la
verdadera naturaleza del programa. En la práctica, esto abría la puerta a una
gestión muy controlada de la información, donde no necesariamente había que
negar los hechos, sino ofrecer una explicación distinta, plausible y cuidadosamente
diseñada. La desinformación, en este contexto, podía apoyarse precisamente en
historias creíbles, transmitidas además por personas que resultaran
convincentes y que estuvieran en posición de ser consideradas fuentes fiables.
El texto señalaba además que esas narrativas “creíbles” no
podían revelar la verdadera naturaleza del contrato y que, en el caso de los
Special Access Programs, debían contar con la aprobación del Program Security
Officer.
En definitiva el documento explica un procedimiento de seguridad,
ya que los programas secretos necesitan protegerse y una coartada o historia
alternativa a la real puede servir para despistar a quien no tiene autorización
para conocer lo que realmente sucede.
Y ¿Cómo enlaza esto con nuestros ovnis? En junio de 2025, The
Wall Street Journal publicó una investigación de Joel Schectman y Aruna
Viswanatha sobre operaciones de desinformación relacionadas con la mitología ufológica
dentro del aparato militar estadounidense. El trabajo señalaba que una
investigación impulsada por el Pentágono había revisado miles de documentos,
grabaciones, correos electrónicos y mensajes, además de entrevistar a
funcionarios, científicos y contratistas. De esta forma habían dado con el Yankee
Blue. Según el periódico, durante décadas algunos militares destinados a
unidades altamente clasificadas habrían sido desinformados con historias extraordinarias.
Se les mostraban imágenes de algo parecido a un platillo volante y se les decía
que estaban entrando en un programa secreto relacionado con una supuesta nave
de tecnología antigravitatoria y su ingeniería inversa. El problema era que
Yankee Blue no existía oficialmente. O, al menos, esa fue la conclusión de la
investigación de AARO citada por el Wall Street Journal. A lo sumo se
decía que esto habría servido como una especie de prueba, novatada o mecanismo
de desinformación interna. Lo más llamativo es que, según el reportaje, algunos
de quienes la conocieron llegaron a abandonar el servicio creyendo que aquello
había sido real.
Y aquí aparece la pregunta interesante. ¿Por qué utilizar precisamente una
historia relacionada con extraterrestres?
La investigación del periódico situaba algunos de estos episodios en el
contexto de la protección de programas militares extremadamente sensibles. Uno
de los casos descritos se relacionaba con el entorno del Área 51. Un antiguo
coronel de la Fuerza Aérea habría reconocido ante investigadores del Pentágono
que había entregado fotografías manipuladas de supuestos platillos volantes al
propietario de un bar cercano. La intención era alimentar una explicación
fantástica sobre lo que ocurría en la zona.
La realidad era bastante más terrestre. Allí se desarrollaban aeronaves
avanzadas y programas relacionados con tecnología furtiva. El F-117, por
ejemplo, tenía una apariencia suficientemente extraña como para alimentar
rumores si alguien lograba verlo durante un vuelo de pruebas.
El mecanismo tampoco resulta complicado. Si alguien observa algo extraño sobre
el desierto de Nevada y las autoridades aseguran que allí no sucede nada, la
pregunta continúa. Si empieza a circular la historia de que se están probando
naves extraterrestres recuperadas, la atención puede desviarse hacia una
explicación fantástica que pocos van a creer. El secreto militar queda
escondido detrás de una pantalla.
Y es aquí donde volvemos al documento de 1992. Este borrador demuestra que, al
menos sobre el papel, la utilización de una historia de cobertura creíble
formaba parte de los procedimientos contemplados para determinados programas no
reconocidos. Eso no significa que Yankee Blue naciera de aquella normativa. Aclarar
que el documento no menciona ni extraterrestres, ni platillos volantes, ni
ninguna operación concreta.
Pero tambien es obvio que puede existir una relación. Durante
décadas, muchos investigadores de OVNIs han sospechado que algunos rumores
sobre ovnis y platillos volantes accidentados, podían haber servido para
ocultar proyectos militares. Ahora existen evidencias de que, al menos en
determinados episodios, historias relacionadas con OVNIs fueron utilizadas
efectivamente con fines de engaño o para proteger secretos militares. Un
ejemplo especialmente revelador llegó en 1997, cuando la CIA publicó, a través
de su historiador Gerald K. Haines, un estudio sobre su papel en la
investigación de los OVNIs. En él se reconocía que los vuelos secretos de los
aviones espía U-2 y OXCART explicaban más de la mitad de los informes recibidos
por la Fuerza Aérea a finales de los años cincuenta y durante los sesenta.
Aquellos vuelos eran secretos y no podían explicarse públicamente, así que la
Fuerza Aérea ofrecía al público otras explicaciones, como fenómenos naturales o
globos, para proteger la verdadera naturaleza de las operaciones. Décadas
después, se admitía así que detrás de buena parte de aquella oleada había un
programa secreto de reconocimiento aéreo.
Esto demostraría que durante décadas han convivido tres
realidades distintas dentro de la ufología. Por un lado, avistamientos e
incidentes realmente inexplicados. Por otro, programas militares secretos. Y,
además, operaciones de desinformación que utilizaron el mito de los OVNIs como
una cortina de humo. Cuando esas tres historias se mezclan, separar una de otra
se vuelve bastante difícil. Hay además otro detalle que merece atención. Según
la investigación del Wall Street Journal, algunas de las historias
utilizadas para proteger secretos militares terminaron adquiriendo vida propia.
Los rumores sobrevivieron a quienes los habían originado y acabaron entrando en
la cultura OVNI. El mecanismo es casi perfecto. Alguien inventa una historia
para proteger un secreto. Otro la escucha. Después alguien la cuenta fuera del
entorno militar. Un investigador la recoge. Un antiguo miembro del servicio la
recuerda años después. La historia incorpora detalles nuevos y comienza a
parecer cada vez más sólida. Finalmente puede regresar al propio Gobierno
convertida en una acusación. Se da la paradoja de que el fabricante de la
leyenda termina investigando la evolución de la leyenda. Según la información
publicada por el Wall Street Journal, la práctica relacionada con Yankee
Blue habría continuado durante décadas y habría sido detenida en 2023 mediante
una directiva del Departamento de Defensa. Pero tampoco aquí todo está cerrado.
Una solicitud posterior de información no consiguió localizar el supuesto
memorando de 2023. En septiembre de 2025, la Oficina del Secretario de Defensa
comunicó que no había encontrado registros correspondientes a la petición.
Por ahora, lo único que podemos afirmar es que el secreto
OVNI sigue sin resolverse y que, en los últimos años, la confusión ha alcanzado
niveles difíciles de ignorar. Circulan historias extraordinarias que sus
protagonistas aseguran que son ciertas, mientras resulta cada vez más
complicado distinguir entre información, desinformación y rumores. ¿Estamos realmente
ante revelaciones que nos acercan a la verdad o ante historias de cobertura
diseñadas para mantenerla oculta?
JOSE ANTONIO CARAV@CA
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