jueves, 8 de octubre de 2026

HISTORIAS DE COBERTURA: SECRETOS, OVNIS Y DESINFORMACIÓN

 



Recientemente se ha puesto el foco sobre un curioso documento de 1992 que resulta especialmente llamativo cuando se coloca junto a la trama, casi cinematográfica, de un supuesto programa de desinformación OVNI que, según una investigación interna del Pentágono, nunca existió.

El protocolo al que nos referimos está fechado el 29 de mayo de 1992 y su título no tiene nada raro, Special Access Program Supplement to the National Industrial Security Program Operating Manual. Era un borrador sobre los procedimientos de seguridad aplicables a determinados programas de acceso especial. Pero, cuando se entra en su contenido, aparecen algunas definiciones que ayudan a entender hasta qué punto podía llegar el nivel de secretismo. El documento establecía lo siguiente:

«Los Programas de Acceso Especial son de naturaleza muy sensible y, como tales, se dividen en dos categorías principales: SAPS RECONOCIDOS y SAPS NO RECONOCIDOS».

La distinción era importante porque, en el segundo caso, no se trataba simplemente de restringir el acceso a la información, sino de mantener oculta incluso la existencia del programa. El propio borrador lo dejaba expresamente claro:

«UN PROGRAMA DE ACCESO ESPECIAL NO RECONOCIDO NO SE DARÁ A CONOCER A NINGUNA PERSONA QUE NO ESTÉ AUTORIZADA PARA RECIBIR DICHA INFORMACIÓN».

Es decir, el secreto podía afectar no solo al contenido de un proyecto, sino también al conocimiento de que ese proyecto existía. Y para reforzar ese control aparecía uno de los conceptos fundamentales de este tipo de programas, la llamada necesidad de conocer:

«Necesidad de conocer (Need-to-know). La información clasificada del programa SAP solo se puede discutir o difundir a aquellas personas específicamente adoctrinadas y solo después de una determinación del nivel de acceso requerido».

La consecuencia práctica era que disponer de una determinada autorización de seguridad no significaba necesariamente tener acceso a toda la información. Había que estar específicamente autorizado y, además, demostrar que se necesitaba conocer ese contenido para desempeñar una función concreta.

El documento contemplaba incluso la posibilidad de limitar de antemano el número de personas que podían acceder a un programa:

«Plazas asignadas (Billets). Determinación de que, con el fin de cumplir con la protección de la necesidad de conocer, ciertos programas SAP pueden optar por limitar el acceso a un número predeterminado de empleados debidamente acreditados».

Por tanto, el acceso podía quedar restringido a un grupo muy reducido de personas, incluso aunque otras dispusieran de las correspondientes acreditaciones de seguridad. Pero quizá la definición más significativa para entender el funcionamiento de un SAP no reconocido era esta:

«Un SAP con controles de protección que garantizan que la existencia del programa no sea reconocida, afirmada ni dada a conocer a ninguna persona no autorizada para recibir dicha información. Todos los aspectos (por ejemplo, técnicos, operativos, financieros, logísticos, etc.) se gestionan de manera NO RECONOCIDA».

Aquí aparece una diferencia fundamental. El secreto no se limitaba a determinados documentos o detalles técnicos. Podía extenderse a prácticamente todos los aspectos del programa, desde sus operaciones y cuestiones financieras hasta su logística, manteniendo al mismo tiempo una política destinada a impedir que personas no autorizadas supieran siquiera que existía.

En una de sus secciones se hablaba además de las llamadas “Program Cover Stories”, historias de cobertura destinadas precisamente a proteger un programa frente a personas que no tenían necesidad de conocer su verdadera naturaleza. El borrador explicaba cómo debían utilizarse:

«Historias de Cobertura del Programa (Programas NO RECONOCIDOS). Se pueden establecer historias de cobertura (cover stories) para programas no reconocidos con el fin de proteger la integridad del programa de personas que no tienen necesidad de conocer. Las historias de cobertura deben ser creíbles y no pueden revelar ninguna información sobre la verdadera naturaleza del contrato. Las historias de cobertura para los Programas de Acceso Especial deben contar con la aprobación del PSO antes de su difusión».

Este último punto resulta especialmente interesante porque muestra que el secretismo podía requerir algo más que guardar silencio. En determinadas circunstancias estaba previsto recurrir a una explicación alternativa, una historia de cobertura creíble que permitiera ocultar la verdadera naturaleza del programa. En la práctica, esto abría la puerta a una gestión muy controlada de la información, donde no necesariamente había que negar los hechos, sino ofrecer una explicación distinta, plausible y cuidadosamente diseñada. La desinformación, en este contexto, podía apoyarse precisamente en historias creíbles, transmitidas además por personas que resultaran convincentes y que estuvieran en posición de ser consideradas fuentes fiables.

El texto señalaba además que esas narrativas “creíbles” no podían revelar la verdadera naturaleza del contrato y que, en el caso de los Special Access Programs, debían contar con la aprobación del Program Security Officer.

En definitiva el documento explica un procedimiento de seguridad, ya que los programas secretos necesitan protegerse y una coartada o historia alternativa a la real puede servir para despistar a quien no tiene autorización para conocer lo que realmente sucede.

Y ¿Cómo enlaza esto con nuestros ovnis? En junio de 2025, The Wall Street Journal publicó una investigación de Joel Schectman y Aruna Viswanatha sobre operaciones de desinformación relacionadas con la mitología ufológica dentro del aparato militar estadounidense. El trabajo señalaba que una investigación impulsada por el Pentágono había revisado miles de documentos, grabaciones, correos electrónicos y mensajes, además de entrevistar a funcionarios, científicos y contratistas. De esta forma habían dado con el Yankee Blue. Según el periódico, durante décadas algunos militares destinados a unidades altamente clasificadas habrían sido desinformados con historias extraordinarias. Se les mostraban imágenes de algo parecido a un platillo volante y se les decía que estaban entrando en un programa secreto relacionado con una supuesta nave de tecnología antigravitatoria y su ingeniería inversa. El problema era que Yankee Blue no existía oficialmente. O, al menos, esa fue la conclusión de la investigación de AARO citada por el Wall Street Journal. A lo sumo se decía que esto habría servido como una especie de prueba, novatada o mecanismo de desinformación interna. Lo más llamativo es que, según el reportaje, algunos de quienes la conocieron llegaron a abandonar el servicio creyendo que aquello había sido real.
Y aquí aparece la pregunta interesante. ¿Por qué utilizar precisamente una historia relacionada con extraterrestres?
La investigación del periódico situaba algunos de estos episodios en el contexto de la protección de programas militares extremadamente sensibles. Uno de los casos descritos se relacionaba con el entorno del Área 51. Un antiguo coronel de la Fuerza Aérea habría reconocido ante investigadores del Pentágono que había entregado fotografías manipuladas de supuestos platillos volantes al propietario de un bar cercano. La intención era alimentar una explicación fantástica sobre lo que ocurría en la zona.
La realidad era bastante más terrestre. Allí se desarrollaban aeronaves avanzadas y programas relacionados con tecnología furtiva. El F-117, por ejemplo, tenía una apariencia suficientemente extraña como para alimentar rumores si alguien lograba verlo durante un vuelo de pruebas.
El mecanismo tampoco resulta complicado. Si alguien observa algo extraño sobre el desierto de Nevada y las autoridades aseguran que allí no sucede nada, la pregunta continúa. Si empieza a circular la historia de que se están probando naves extraterrestres recuperadas, la atención puede desviarse hacia una explicación fantástica que pocos van a creer. El secreto militar queda escondido detrás de una pantalla.
Y es aquí donde volvemos al documento de 1992. Este borrador demuestra que, al menos sobre el papel, la utilización de una historia de cobertura creíble formaba parte de los procedimientos contemplados para determinados programas no reconocidos. Eso no significa que Yankee Blue naciera de aquella normativa. Aclarar que el documento no menciona ni extraterrestres, ni platillos volantes, ni ninguna operación concreta.

Pero tambien es obvio que puede existir una relación. Durante décadas, muchos investigadores de OVNIs han sospechado que algunos rumores sobre ovnis y platillos volantes accidentados, podían haber servido para ocultar proyectos militares. Ahora existen evidencias de que, al menos en determinados episodios, historias relacionadas con OVNIs fueron utilizadas efectivamente con fines de engaño o para proteger secretos militares. Un ejemplo especialmente revelador llegó en 1997, cuando la CIA publicó, a través de su historiador Gerald K. Haines, un estudio sobre su papel en la investigación de los OVNIs. En él se reconocía que los vuelos secretos de los aviones espía U-2 y OXCART explicaban más de la mitad de los informes recibidos por la Fuerza Aérea a finales de los años cincuenta y durante los sesenta. Aquellos vuelos eran secretos y no podían explicarse públicamente, así que la Fuerza Aérea ofrecía al público otras explicaciones, como fenómenos naturales o globos, para proteger la verdadera naturaleza de las operaciones. Décadas después, se admitía así que detrás de buena parte de aquella oleada había un programa secreto de reconocimiento aéreo.

Esto demostraría que durante décadas han convivido tres realidades distintas dentro de la ufología. Por un lado, avistamientos e incidentes realmente inexplicados. Por otro, programas militares secretos. Y, además, operaciones de desinformación que utilizaron el mito de los OVNIs como una cortina de humo. Cuando esas tres historias se mezclan, separar una de otra se vuelve bastante difícil. Hay además otro detalle que merece atención. Según la investigación del Wall Street Journal, algunas de las historias utilizadas para proteger secretos militares terminaron adquiriendo vida propia. Los rumores sobrevivieron a quienes los habían originado y acabaron entrando en la cultura OVNI. El mecanismo es casi perfecto. Alguien inventa una historia para proteger un secreto. Otro la escucha. Después alguien la cuenta fuera del entorno militar. Un investigador la recoge. Un antiguo miembro del servicio la recuerda años después. La historia incorpora detalles nuevos y comienza a parecer cada vez más sólida. Finalmente puede regresar al propio Gobierno convertida en una acusación. Se da la paradoja de que el fabricante de la leyenda termina investigando la evolución de la leyenda. Según la información publicada por el Wall Street Journal, la práctica relacionada con Yankee Blue habría continuado durante décadas y habría sido detenida en 2023 mediante una directiva del Departamento de Defensa. Pero tampoco aquí todo está cerrado. Una solicitud posterior de información no consiguió localizar el supuesto memorando de 2023. En septiembre de 2025, la Oficina del Secretario de Defensa comunicó que no había encontrado registros correspondientes a la petición.

Por ahora, lo único que podemos afirmar es que el secreto OVNI sigue sin resolverse y que, en los últimos años, la confusión ha alcanzado niveles difíciles de ignorar. Circulan historias extraordinarias que sus protagonistas aseguran que son ciertas, mientras resulta cada vez más complicado distinguir entre información, desinformación y rumores. ¿Estamos realmente ante revelaciones que nos acercan a la verdad o ante historias de cobertura diseñadas para mantenerla oculta?





JOSE ANTONIO CARAV@CA


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